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La hora más oscura de Arena

Entre 2003 y 2009 (durante las administraciones Saca y Rodrigo Ávila combinadas), el partido Arena pasó de un superávit de 4 millones de dólares a deber 6 millones. Con el agravante de que ya no hay donantes sino "prestantes", algunos dirigentes coinciden en que Arena sufre la peor de sus crisis: condenada a la irrelevancia legislativa tras perder 12 diputados, con una dirección a la que desafía todo mundo y con los bolsillos rotos.

Carlos Martínez

 
 

Convención de Arena del 11 de octubre 2009. Foto Archivo
 
Convención de Arena del 11 de octubre 2009. Foto Archivo

Era 2008 y los estrategas del partido Arena habían identificado a su propio coco. Sus investigaciones les habían hecho una revelación: el electorado identificaba a su partido como el de los ricos, y creyeron necesario ocupar sus artes para alejar esa imagen del candidato presidencial, si querían ganar la elección. En resumen, la estrategia era esta: poner a Rodrigo Ávila a hablar de medidas que no gustarían a los grandes empresarios salvadoreños y convencer a estos de contravenir públicamente a Ávila. Así ya no serían más el partido de los ricos. Casi nueve meses después de haber perdido la elección, Arena ya no necesita a expertos de en campañas para apartarse de los ricos: la derrota en las urnas dejó en los huesos al partido, con una deuda asfixiante y a su presidente pidiendo clemencia a los acreedores.

Dice Antonio Salaverría que cuando él entregó la presidencia del Consejo Ejecutivo Nacional (Coena) en 2003 a Antonio Saca lo hizo con cuatro millones de dólares en la cuenta bancaria. Cuando Alfredo Cristiani recibió las riendas del partido, en mayo pasado, venía con una deuda de 6 millones de dólares. La administración Saca-Rodrigo Ávila (2003-2008 el primero, y 2008-2009 el segundo) cavó un agujero de 10 millones de dólares en seis años. De la deuda de 6 millones, dos ya estaban vencidos cuando asumió el nuevo Coena y Cristiani se vio obligado a pedir a los acreedores un poco de flexibilidad, que obtuvo a cambio de hipotecar hasta la casa.

Los cuatro inmuebles que posee el partido en el país están hipotecados ante el Banco Agrícola. Uno de ellos es la sede departamental de Ahuachapán, que fue adquirida en 2003 por 50 mil dólares. El Registro de la Propiedad da cuenta de los tres locales que están en San Salvador: el edificio en el que funcionaba “Arena Estratégica”, en la Colonia Escalón, y la sede departamental, ubicada en la 51a. Avenida Sur; ambos con una hipoteca de un millón y medio de dólares cada uno, y 15 años de plazo para pagarla, a una tasa de interés abierta. Sobre la sede del cuartel central del partido pesa una hipoteca de 625 mil dólares, que deben ser honrados en 60 meses, con una tasa abierta.

Parte de esa deuda se debe a un inmueble comprado en la capital. Algunos líderes del partido se preguntan por qué Rodrigo Ávila adquirió la sede departamental en junio del año pasado, cuando en San Salvador había ya dos locales que eran propiedad del partido. En ese momento, según el Registro de la Propiedad, el inmueble costó 700 mil dólares. El Faro consultó con Ávila, pero este prefirió no dar declaraciones al respecto.

El partido también quedó con una deuda -que algunos dicen millonaria- en favor de Grupo Cinco, responsable de la producción de los spots de la campaña y de su colocación en medios, el valor de los servicios prestados. Jorge Velado, vicepresidente de ideología del partido, dice que se trata de un monto “importante”, aunque asegura no recordar la suma precisa. Algunas fuentes del partido aseguran que supera el millón de dólares. El Faro consultó a una empleada de esa empresa, pero se negó a informar sobre la deuda argumentando que es un asunto privado.

Contrario a su principal adversario político, el FMLN, Arena no cobra cuotas a sus afiliados, ni demanda una especie de impuesto sobre el salario a sus funcionarios públicos. Su arcas se nutren exclusivamente de donaciones privadas. El problema, comenta Velado, es que desde que dejaron de ser gobierno, cada vez hay menos donantes y más “prestantes”.

El segundo al mando del partido asegura que la mayor parte de los ingresos areneros en la actualidad provienen de una modalidad que describe así: “Prestame ahorita y en buena época te vamos a ir pagando. Definitivamente, es la peor crisis que el partido ha atravesado”.

Velado no cae en el pecado del optimismo vano. Está seguro de que los problemas del partido están lejos de terminar o de que se resuman a líos de dinero: “El partido necesita choques eléctricos, oxígeno y recuperación -ilustra-, que es lo que hemos planeado, pero no nos lo han permitido”. No se los han permitido.

La mística versus la pística

Osmín Antonio Guzmán, “El Tigre”, alcalde de Apaneca, ondea la bandera de su partido durante la convención de su partido el 11 de octubre del presente año. Foto Archivo
 
Osmín Antonio Guzmán, “El Tigre”, alcalde de Apaneca, ondea la bandera de su partido durante la convención de su partido el 11 de octubre del presente año. Foto Archivo

En un salón amplio, sentados alrededor de una elegante mesa de reuniones, están el ex ministro del Interior Mario Acosta Oertel y tres de sus amigos. Uno de ellos, al que apodan El Negro, fue uno de los personajes que más cercanía tuvo con el fundador de Arena, Roberto d'Aubuisson. Su nombre es Fernando Sagrera y, como el resto de los que comparten la tertulia, acompañó al líder desde el principio, en el movimiento que terminó convirtiéndose en el partido Arena. Fuman puros y no se inmutan al ver la luz roja de la grabadora. Tienen ganas de hablar de política.

Es difícil por estos días encontrar a líderes del partido dispuestos a opinar ante una grabadora encendida. La mayor parte alega que ha pasado ya su momento, que prefieren mantenerse al margen, que aparecer en público podría estropear algunos negocios personales. Eso sí, la mayoría tiene una opinión muy precisa de lo que pasó.

Parece distante una cita multitudinaria que tuvo lugar hace menos de dos meses. Era 11 de octubre y la asamblea nacional arenera que se celebraba parecía estar terminando con siete meses de estupor, luego de la derrota en la presidencial del 15 de marzo: ya había un nuevo Coena, lleno de caras nuevas y encabezado por el ex presidente de la República Alfredo Cristiani; Arena presentaba una nueva foto de familia, con la que pretendía aplacar la idea de que los ex presidentes estaban librando una batalla feroz por el control del partido. Desde la tarima, el máximo líder arenero se sentía fuerte e incluso advirtió al nuevo Ejecutivo que sufriría un boicot legislativo si no cumplía ciertas condiciones. También se habló ese día de un poderoso bloque de derecha parlamentario, pues a los 32 escaños areneros se podía agregar los del PDC y los del PCN.

La escena de unidad y de fuerzas recuperadas duró poco. Un día, para ser precisos. La mañana siguiente, un grupo de 12 diputados areneros anunció que se separarían del partido definitivamente si el Coena no aceptaba algunas demandas; entre ellas, sustituir a al menos tres miembros de la recién nombrada cúpula partidaria para incorporar dos diputados y un alcalde. Cristiani no dio un solo paso atrás, dejó claro que la única entidad autorizada a hacer cambios era la asamblea general y que el único camino posible era que los disidentes recapacitaran y volvieran al redil. No volvieron nunca y el embate terminó dejando al partido sin su principal músculo en su papel de oposición.

En el nuevo escenario, la aritmética legislativa no le concede a Arena la más mínima oportunidad de tomar decisiones si no es por medio de dos caminos: uno, en alianza con su principal adversario político, el FMLN, que les supondría 55 votos, y el otro, con sus propios disidentes, aunque a estos ya los ha acusado públicamente de actuar para defender intereses personales y de ser proclives a la corrupción. En contraste, el juego de las sumas posibles deja a un FMLN con varias alternativas para conformar la mayoría simple (necesaria para aprobar la mayoría de leyes) y a Arena sin siquiera la posibilidad de bloquear la conformación de mayoría calificada (necesaria para la aprobación de préstamos y de nombramientos de funcionarios de segundo grado, o para superar vetos del presidente).

Todo este entuerto había comenzado el 31 de agosto, cuando la bancada legislativa hizo llegar una carta a Cristiani pidiéndole una cuota de participación en el Coena. La carta estaba firmada por todos los diputados, incluido el jefe de los parlamentarios, Donato Vaquerano. Solo seis no la suscribieron: Roberto d'Aubuisson, Milena Calderón, Rodrigo Samayoa, Mario Valiente, Guillermo Ávila Qüehl y Mario Marroquín. En respuesta, Cristiani argumentó que no era conveniente que funcionarios públicos fueran a la vez dirigentes partidarios.

La disputa pública duró tres semanas, con un Cristiani firme y con unos diputados disidentes firmes. Estos se marcharon la madrugada del 31 de octubre, cuando anunciaron que ahora se llamarán Gana. Cristiani se mantuvo firme hasta el 25 de noviembre, cuando concedió tardíamente el deseo de los rebeldes al sustituir a dos dirigentes por la alcaldesa Milagro Navas y por el diputado Donato Vaquerano. También se agregó como “asesores” a la diputada Margarita Escobar y al ex miembro del Coena anterior, Óscar Santamaría. Y Cristiani, de paso, también tuvo que tragarse sus palabras de que no se podía hacer esas incorporaciones porque la asamblea general ya había hablado. Ahora hay en la dirigencia tres personas que a la vez desempeñan cargos públicos. Con la diferencia de que ahora la bancada legislativa tiene 12 sillas menos.

Y aunque no es la primera vez que Arena tiene disidencias, esta ha sido la más estrepitosa. A finales de 1996 y a principios de 1997 hubo una que por primera vez mostró públicamente que detrás de la retórica del "partido graníticamente unido" había fisuras. Una serie de personajes conocidos como los "maneques" dejaron Arena y casi todos recalaron en el PCN. De los desertores, el principal fue Víctor Antonio Cornejo Arango, quien había sido lugarteniente del fundador del partido Roberto d´Aubuisson. Con él se fueron también Sigifredo Ochoa Pérez y el ex presidente de la Corte Suprema Mauricio Gutiérrez Castro. Aquella confrontación, sin embargo, terminó con esas salidas y no hubo daños secundarios a nivel de Asamblea, como esta vez sí ocurrió.

El Negro Sagrera enciende un cigarrillo y se aclara la garganta: “Yo te voy a decir qué fue lo que pasó: el problema es que el partido se fue alejando de sus principios desde el primer gobierno, y se fue convirtiendo en un club de negocios... con el tiempo la ideología no importó, sino sólo los negocios”.

En este punto coinciden dos ex presidentes del partido que prefieren no ser mencionados por sus nombres: “Las diferencias en Arena no son ideológicas, sino de ambiciones personales”, señala uno. El otro cree que Arena se preocupó demasiado por ser una eficiente maquinaria electoral y muy poco por su ideología. Por eso, al perder las elecciones se encontró hueca, sin fundamentos, pero además sin atractivo para un buen número de correligionarios que había visto en el partido un puente para estar cerca del gobierno.

Algunos meses antes de las elecciones, sentado en una cafetería, Acosta Oertel reflexionaba sobre lo duro que sería perder los comicios. En aquella ocasión el ex ministro creía que el partido había generado demasiado arraigo con el Ejecutivo y que eso había provocado una dinámica en la que el partido era insostenible sin una vitamina clientelar. Ahora, en este tertulia, resume esta condición como una en la que la mística perdió terreno frente a la “pística”. La falta de voluntariado. La “pistocracia”, le llama Velado.

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