El Ágora /

'Mi esposa de entonces me dijo: Yo o el partido'

En ese momento, en plena guerra, el ahora ministro de Gobernación optó por la segunda opción: el FMLN. Ahora, dice, los tiempos han cambiado y convive en armonía con el hogar que formó tras la firma de la paz. Fue telegrafista, sindicalista, diputado, discípulo de Schafik Hándal y periodista. Centeno tiene historias de sobra para hacer un libro. Es un tipo al que le gusta la viñeta de revolucionario y hombre de izquierdas. Afirma que está de acuerdo con el aborto terapéutico y con que las personas del mismo sexo puedan vivir como lo deseen. 'Es un debate abierto dentro del partido', dice, al explicar que el discurso del FMLN en algunos temas es contradictorio con lo que se espera de un partido de izquierdas. El ministro no espera la primera pregunta y él mismo comienza a hablar sobre términos del periodismo.


Domingo, 7 de marzo de 2010
Sergio Arauz y Mauro Arias. Fotos: Mauro Arias

 

Humberto Centeno muestra dibujo de Óscar Arnulfo Romero en su oficina en el Ministerio de Gobernación. Foto: Mauro Arias
Humberto Centeno muestra dibujo de Óscar Arnulfo Romero en su oficina en el Ministerio de Gobernación. Foto: Mauro Arias

¿Y de dónde nació la militancia? ¿De su familia o de sus compañeros de trabajo? ¿Entró limpio de política a trabajar?
Bueno, miren... Mi papá fue romerista en 1944. Romero era de Tacuba, Ahuachapán. Él fue romerista, participó activamente y cuando fracasó ese movimiento, él se quedó sin ninguna militancia. Mi papá fue juez del pueblo... Él era comerciante de ganado al por mayor y vengo de una familia que jamás aguantó hambre. Éramos de clase media. Mi casa era una casa de trabajo. Ahí vivíamos con mis tres hermanas. Era un niño privilegiado. No sé por qué a los hijos no les ponen tantas tareas del hogar como a las hijas, pero yo sí tenía mis obligaciones aseando donde estaban las vacas y los caballos. Y, en la casa, se destazaban reses, los sábados, y cerdos, de lunes a viernes. Entonces, siempre había trabajo. Pasábamos horas moliendo carne para hacer chorizo, por ejemplo. Eran horas. Pasábamos dos o tres horas amarrando tamales, porque mi mamá tenía unos grandes peroles para hacer tamales de los buenos. Pasábamos horas sacando chicharrones de los peroles y poniéndolos en unas bateas o en unos huacales. Y siempre hubo trabajo. Nunca mi papá y mi mamá tuvieron una disputa. Era una casa muy tranquila. Mi papá era un buen hombre y mi mamá, una mujer trabajadora. Yo heredé de ella mi forma de ser un poco dinámico. 

¿Un poco dinámico? Ja, ja, ja...
... Soy inquieto, soy extravertido... Soy buena persona, hasta ahora...

… Ja, ja, ja. Hasta ahora…
... Aunque no me lo crea, hasta ahora jamás he herido a alguien. En la escuela jamás tuve una pelea con ningún compañero, ¡nunca! Y aunque tengo arma, no me gustan. Tengo mi hijo mayor, que se llama Vladimir, que siempre me ha criticado, cuando fui diputado y ahora que soy ministro, por el tema de la seguridad. Me critica porque dice que soy un gran descuidado. Una vez me quisieron asaltar ahí por el Camino Real, como a la 1 de la tarde. 

¿Hace poco?
No, allá por 1995. Salió en La Prensa Gráfica. Hirieron a un muchacho que iba con nosotros y a mi hijo, el que mataron en Guatemala, me regaló una pistola, una Luger muy linda. Ahí la tengo y no la uso.

¿Pero la porta?
Sí, la porto...  (Se levanta de su silla y hace un ademán como si sacara la pistola de su cinturón)... No, no la ando. Revíseme.

Ja, ja, ja.
No, no me gusta. Pero regresando a la historia: ya en San Salvador un grupo de compañeros decidimos estudiar. Habían pasado cerca de 10 años desde que había sacado el sexto grado. Tenía como 24 años, iba a trabajar de noche y estudiar de día. Nos fuimos a meter al colegio David J. Guzmán, que quedaba por el cine Apolo para arriba y que tenía profesores algo colorados. Toda esa zona era una zona bastante organizada. 

Ja, ja, ja.
Tenían vínculos con otras instituciones del magisterio y daban charlas para designorar a los alumnos. A nadie obligaban a que se organizara, pero sí eran bien críticos con el sistema. 

¿Algún profesor en especial?
El profesor Campos, un excelente hombre. 

¿Qué le decía?
Era el director y daba charlas. Él hablaba de la realidad. Comenzamos a tener relación con estudiantes de otros institutos. Nos involucramos en el movimiento juvenil, en el MERS. Y tuve un hermano solo de parte de papá –él tuvo 11 hijos con otra señora- que se llamaba Roberto Vega Centeno y que éramos de la misma edad. Él se había comprado para escuchar a Fidel Castro, ya en la Sierra Maestra. Y con él platicábamos y aparecía en las manifestaciones organizadas por los sindicatos, por la Universidad de El Salvador, sin ser él universitario ni sindicalista. Y platicábamos, y cuando llegaba al pueblo escuchaba con él a Fidel o al Che. Entonces, uno se va formando, pero además de eso, lo que más me formó a mí mi conciencia revolucionaria sobre todo fue esa relación con la gente. Cuando estaba en primaria, en mis vacaciones me iba a ese pueblo que se llama  San José el Naranjo, y ahí uno realmente piensa que es el fin del mundo en cuanto a la pobreza: 95% de niños y niñas descalzos, muchos de ocho o nueve años desnudos. Entonces fui adquiriendo conciencia desde muy niño. Mi papá tenía una propiedad de unas 15 manzanas y un río atravesaba la propiedad. Y tuve mucha relación con niños pobrecitos. Después, cuando fui telegrafista ambulante, en los 12 municipios, tuve mucha relación con la gente y bastantes llamadas telefónicas o telegramas no los cobraba a la gente pobre. Es que a mí me daba lástima que la gente sacándose un su trapito con un nudito y comenzaba a encontrar los centavitos para pagar y les decía que no valía nada. Entonces, ya en San Salvador participamos sobre todo en la lucha social.

Cuando usted estaba en el David J. Guzmán, faltaba para que comenzara en la YSU...
Sí, eso fue años...

¿Cómo terminó con lo de la escuela?
Yo en el David J. Guzmán saqué el primer lugar todos los años.

¿Pero usted ya era grandote entre...?
Sí... ahí había de 18 años, de 19, de 23, pero el de mayor edad era yo. La ventaja es que soy pequeño, y entonces los años los encubría. Eso es bueno y usted (dice, dirigiéndose a Mauro), cuando tenga mi edad, se va a mirar bien viejo, porque es muy alto.

Gracias (responde Mauro, con ironía).
Ahorita se mira como que es de 40 años.

Vaya (vuelve a ironizar Mauro).
Y no tiene 40, ¿verdad?

Cómo no, ya los voy a cumplir.
Vaya. Entonces, este... yo... ehh... saqué mi bachillerato... en esos años una señora de Cojutepeque se embarazó de mi primer hijo... me casé...

¿'Se embarazó'? ¡La embarazó, je, je, je!
Se embarazó, porque si ella no hubiera querido no se hubiera embarazado. Fue por allá por el terremoto del 86... no, del 65. Nació mi hijo en marzo, Vladimir, y con el nacimiento de él me reafirmó mi amor hacia los niños, y me fui para Cojutepeque.

¿Vladimir por Lenin?
Claro. Se llama José Vladimir Centeno López. Me voy a vivir a Cojutepeque y, al final, con la madre de Vladimir, tuvimos cuatro hijos, tres varones y una hembra. Y decidí seguir estudiando. Trabajé 10 años de noche en Antena para estudiar en la Universidad de El Salvador allá por el 77.

¿Qué estudió?
Licenciatura en periodismo. Posteriormente, un grupo de estudiantes de periodismo de la UES decidimos hacer nuestras prácticas en la YSU. Llegamos como ocho: María Teresa Fajardo, Carlos Mario Márquez, Guillermo Valencia, David Rivas... Estuvimos ahí e hicimos algo por la YSU y por el país: ya no permitimos que ahí hubiera menta. Antes, los ministros y algún empresario hacían sus boletines y en la emisora se leían completos. Nosotros, con una nueva visión de honradez y de la ética, decidimos que ya no les íbamos a leer los comunicados. Fíjense que nosotros criticábamos... yo recuerdo que cuando trabajaba en radiotelégrafo en ANTEL, había corresponsales extranjeros, uno de ellos -que no digo el nombre, pero que lo conocemos, de origen guatemalteco y operó desde El Salvador-, ¿saben cuáles eran sus despachos? Bueno, él cortaba lo que El Diario de Hoy decía, lo pegaba a una hoja de papel, lo firmaba y le ponía ahí France Presse México. Eso transmitíamos nosotros. Por eso, en los 80s, las agencias de prensa serias decidieron mandar corresponsales a El Salvador, porque ya no confiaban en los de El Salvador, que mentían. La ACAN-Efe, que tenía un buen staff de periodistas, operaba por télex. La ACAN-Efe tenía su origen, pero primero pasaba por la central. Ahí se revisaba el texto, se le pasaba al jefe y el jefe, en comunicación con el gerente de ANTEL, decidía qué partes de esa comunicación de ACAN-Efe no le convenían al régimen y, ya mutilado el mensaje, se transmitía a Panamá. En algunas ocasiones, cuando la situación se fue complicando, ACAN-Efe sacaba la información apegada a lo que pasaba, pero ahí se tiraba al cesto de la basura. Entonces, un grupo pasó a hacer prácticas a la YSU y yo era el corresponsal de la radio en Cojutepeque. Me iban a traer a Tenancingo... Tenía cuello con los compas, que nunca me negaron información y nunca me cerraron el paso. Yo cubrí cuando se liberó a Nidia Díaz de Mariona y a la Comisión de Derechos Humanos por la hija de Duarte. También cubrí elecciones en Honduras y Guatemala, para la YSU. En 1984 fui elegido secretario de relaciones internacionales de Astel, fundamos el sindicato.

¿Todo esto mientras usted seguía progresando en su trabajo en ANTEL?
Sí. Organizamos el sindicato en 1984. Recuerdo que un día hablé con el señor Suvillaga, el dueño de la YSU, y le dije que me habían nombrado dirigente de los sindicalistas de ANTEL y que si había un problema renunciaba. “No”, me dijo, “vos te quedás aquí porque sos un buen periodista y sabés ubicarte cuando sos sindicalista y cuando sos periodista'.

¿Y no le costaba mucho...?
... No, no... La YSU era conservadora, pero era opositora a Duarte, y eso daba cierto margen para decir la verdad. Durante el terremoto de 1986 estuve ahí en el Rubén Darío, donde murieron dos compañeros.

¿Usted cubrió ese terremoto también?
¡A mí me sacaron del Rubén Darío!

¡Usted estaba adentro!
Como a las 6 de la tarde me sacaron. Y todo sucio llegué a la YSU, me bañé y nos coordinamos con la Radio Caracol, de Colombia, y estuvimos una semana de emergencia en la YSU. Denunciamos la corrupción... Duarte se enojó y llamó al turco Saadee, le dijo que éramos unos escandalosos. Estaba muy molesto con nosotros porque estábamos denunciando la corrupción. Ahí estaba Raúl Beltrán también, y ahí conocí a Tony Saca, quien tenía el área deportiva de la YSU, un joven muy ambicioso económicamente hablando, con muchos deseos de progresar. Decirles que Saca, los años que estuve en la YSU, me tuvo mucho respeto y mucho cariño, y cuando él fue presidente, siempre tuvimos comunicación. Yo me accidenté en mi carro hace como cuatro años, me quebré la columna, y él supo que yo estaba en cama y se puso a la orden. “No importan las diferencias políticas e ideológicas”, me dijo, “pero si en algo te puedo servir para sacarte del país, estoy a la orden”. Yo solo le pedí que llamara al Seguro Social para que agilizaran todos mis exámenes y mi tratamiento, porque todo el sistema de salud es una triste historia en este país. Y me atendieron con diligencia.

Vaya. No hemos llegado a...
Ya lo tengo enchibolado, ¿verdad? 

No, es que... mire, ¿cómo era pertenecer a un sindicato cuando la guerra estaba más dura?
Tengo un gran cariño y admiración a los comités de mujeres de presos políticos... Aquí hubo años cuando solo ellas se manifestaban. ¡Qué mujeres tan valientes! Nunca dejaron de manifestarse pacíficamente. Después de que fui electo en el sindicato de Astel… En el 85 comenzó la represión, al secretario general lo quitaron, a algunos compañeros los amenazaron y se fueron del país, al final yo asumí la secretaría general del sindicato. El año siguiente nació la UNTS. Tenía unos sus 10 dirigentes nacionales. Era una gran sombrilla. Nosotros nos enfrentamos directamente con el sistema, con los planes de contrainsurgencia, dentro de  los cuales se catalogaba a todos los que no andábamos con arma. Yo jamás durante la guerra empuñé un arma y mi militancia con el Partido Comunista era desde antes. Pero mi papel...

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