Yo viví en México y tuve la oportunidad de ver un poco el mundo del teatro. Entré a una escuela de la UNAM y me sorprendió que todas las chamacas andaban como en ropa interior.
¡Ah, ja!
¿Es cierto que los ponen desnudos a todos en un cuarto para desinhibirse?
Se hacen ejercicios como muy aventurados, sobre todo el primer año. No nos ponen desnudos a todos en un cuarto, pero sí hacemos ejercicios en leotardos, mallitas. Son para decir: “OK” y aceptar tu propio cuerpo, aceptar el de los otros, aceptar el ser visto por los demás. A veces eso se mal entiende y los maestros a veces se aprovechan un poco. Se les pasa la mano, no es necesario.
También había oído eso de “tenés que besarte con una chava o con un chavo”. ¿Nunca te pasaron cosas así?
No, eso no. No dudo de que hay cosas que también suceden en las escuelas de actuación, y en particular esta escuela que tiene tanta fama de ser tan estricta y tan rígida, que todos están dispuestos a hacer lo que sea por estar ahí. Pero también hay abusos y de hecho yo estuve varias veces a punto de salirme porque no estaba de acuerdo con cosas que sucedían, cómo manejaban las cosas, cómo seleccionaban los elencos o cosas así. Yo decía: “No, a ver, espérenme. No estoy de acuerdo”. Como les digo, era medio rebeldita y estando en la UNAM dije: “A ver, esto es la universidad. Esto tiene que ser democrático. Soy una estudiante y tengo derechos y voy a dar mi opinión. No estoy de acuerdo con esto”. Por ello se me echaron los maestros encima. Uno muy importante ahí me dijo directamente: “Esto puede afectar tu carrera, ¿eh?”. Y yo: “Pues sí, pero no me voy a quedar callada. Es lo que pienso, es lo que opino y no me puedo quedar callada. Esto es la universidad”. O sea, si hubiera sido en una compañía era diferente. Ahí, el director hace lo que quiere y los que están de acuerdo están en esa compañía y los que no bye, bye. Total que me hice algunos enemigos.
¿Te quedaste solo por esa obra entonces?
No, la obra no era dentro de la escuela. La estaba haciendo a parte, algo que no te dejaban hacer, la estaba haciendo clandestinamente.
¿Era prohibido?
Sí. Nos prohibían hacer otras cosas porque decían que estábamos en formación y si te vas a estudiar con alguien más, otro director que tiene otros principios, otras técnicas, todo, pues, te ibas a confundir.
¿Eran seis actores de la escuela?
Algunos habían estudiado en el curso y otros no.
¿Cuánto tiempo te dedicaste a hacer teatro?
Pues, desde antes de salir de la escuela, desde el 88 y hasta ahora sigo haciendo teatro. Cuando decidí irme a Los Ángeles, en 2006, no me fui pensando en hacer teatro. Fui a Los Ángeles pensando en un cambio. Dije: “Ok, ahora quiero hacer cine y televisión y otra técnica”. Es una técnica diferente de actuación, es un manejo diferente de energía, es otra cosa. En Los Ángeles conocí al director Jesús Manuel Castaños-chima, quien me preguntó si conocía la obra 'El Ogrito'. Me dijo: 'Oye, es que estoy pensando en hacer esta obra', y le dije: '¡Ay, órale, pues, vamos!”
Te fuiste a Los Ángeles a buscar el sueño americano, así como Dolores en “Dirt”.
El sueño americano... yo hice la audición en México. El director que hizo el cásting envió luego el material a la directora, Nancy Savoca. Ella vio el material, fue a la ciudad de México y me conoció en persona, igual al que hace de mi marido en la película, Ignacio Guadalupe… Porque me probó con varios maridos, me pasaron como con cinco maridos...
¡Que no oiga eso tu mamá!
Ja, ja, ja... No, nada más ante la cámara y una escenita, ¿no? De pronto entra Ignacio Guadalupe: '¡Quehubo, Nacho!', y él: “¡Julita!”. Entonces cuando vio que había esa química, dijo: 'Bueno, pues se quedan los dos'.
“Dirt” es la historia de una mujer salvadoreña que vive en Nueva York. ¿Cómo es que una actriz mexicana nacida en Pensilvania y chilanga honoraria termina encarnando a una inmigrante ilegal salvadoreña en Nueva York?
Bueno, originalmente, Nancy estaba buscando una actriz salvadoreña, pero no la pudo encontrar. Eso era 2003. Antes de iniciar la filmación, Nancy me dijo: “Vente una semana antes para que puedas platicar con salvadoreñas acá”. Era para estudiar un poco al personaje, el acento, las palabras: el “cipote”, el “cabal”… ¡No metimos ni un “cabal” la película, no lo puedo creer! Ahora la vi otra vez y dije... Estando aquí, estoy escuchando más el acento, el cantadito, el “vos”, el “andate” y el “vení”... Eso que nosotros no usamos, esas cosas sí las pude anotar y tener presentes... Como las eses: “Nojotros”, ja, ja, ja...
… Ja, ja, ja... ¡Qué “feyo”!
Pero ahora veo la película, habiendo estado unos días aquí y platicado con ustedes, puedo ver que pude haber hecho más trabajo en el acento, en la forma de hablar, en la entonación y en las palabras. Pero no tuve el tiempo... Lo que sí hice fue hacer investigación con las mujeres que limpian casas, para ver cómo trabajan, ver cómo funciona la cosa y fue donde me di cuenta que hay muchos trabajadores ilegales que son invisibles o que buscan ser invisibles a la hora de trabajar.
… ¿Qué aprendiste de los salvadoreños al terminar la película?
Al terminar la película... pues... algo que me... yo le pregunté a Nancy y a otras gentes: ¿Por qué salvadoreña y no mexicana o guatemalteca?, digo me suena. Hay un montón… Nada más proporcionalmente hay mucha más gente mexicana que emigra a Estados Unidos.
¿Y por qué salvadoreña?
En primer lugar, porque la mujer que le hacía el aseo a ella era salvadoreña. En ella se inspiró. De hecho, se usó su casa, la que construyó su familia en El Salvador con el dinero que ella mandó, para hacer parte de la filmación. Ella nunca la ha visto, nunca ha estado ahí, la vio por la película. Nancy se inspiró mucho en ella para toda la película. Y, además, me dijo que si para un mexicano es difícil cruzar la frontera, pues para un salvadoreño es más...
Suena a Los Tigres del Norte, a 'Tres veces mojado'.
Algo he oído de eso. Otro muchacho decía que sí, que tienes que pasar varias fronteras, México es largo, es enorme, y hay mucha corrupción, entonces a la hora de cruzar la frontera con Estados Unidos ya pasaron una odisea. Es peor para ellos, los sudamericanos y centroamericanos la tienen peor, el recorrido es largo.
¿Qué sabías de El Salvador antes de que hicieras esta película?
No mucho. Sabía dónde estaba ubicado, de la guerra y la guerrilla, de las pupusas, que eran muy parecidas a las “gorditas”, pero no sabía mucho... Después me puse a estudiar y a poner atención.
¿Y de la migración salvadoreña en Estados Unidos?
De eso tampoco sabía mucho en especial... Sé de la migración en general de Centro y Suramérica hacia Estados Unidos... Yo, viviendo en la ciudad de México y sin ningún interés en ir a Estados Unidos, pues no sabía mucho...
Ahora se da la recesión en Estados Unidos, bajan los salarios y regresás al teatro. Siempre se regresa al primer amor... y ese amor, el teatro, te ha traído a El Salvador.
Pues sí, es el teatro el que me trajo a El Salvador... Yo me propuse: “No quiero hacer teatro, nada más quiero cine y televisión”. Pero ahora, con “El Ogrito”, retomé el amor y ya estoy preparando otra obra para dos mujeres. La estoy trabajando con una actriz y gran amiga, Norma Angélica, que vive en México, y ensayamos por Skype. Yo, en Los Ángeles, y ella, en México. Lo que quisiera ahora, más bien, es no cerrar las puertas ni del teatro ni de México. No quedarme nada más esperando que me llame mi agente para una serie de televisión o una película, sino hacer mis proyectos, tanto del teatro como reconectarme con México.
