Estebana procreó a 19 hijos, que le dieron 70 nietos y seis bisnietos. Con los tres que vienen en camino, los Escobar pronto serán 100. En este remoto cantón de Jutiapa, los niños Escobar se cuentan por docenas, es imposible recordar los nombres de todos, y las grandes cifras repelen a las fiestas: este Día de la Madre será un día cualquiera.
Lunes, 10 de mayo de 2010
Patricia Carías / Fotos: Mauro Arias
***
La casa de Estebana y Luis se encuentra a la orilla de una calle de tierra que brinda acceso hacia el caserío El Mestizo. Unas pocas viviendas separan la casa de los Escobar, ubicada en el cantón Carolina Arriba, de este caserío. La familia vive aquí desde hace 45 años. En esta casa nacieron los 19 hijos del matrimonio. Un extenso portal frente a la puerta principal da la bienvenida y separa las habitaciones del patio. En este pasillo se ubica una mesa de comedor desgastada, forrada con plástico y acompañada de sillas de madera rústicas. Junto a esta mesa, Estebana y Luis miran su álbum de fotos. En este día de finales de abril están casi solos. Pero la primera semana de mayo el ambiente es muy bullicioso, pues están reunidos unos 50 miembros de la familia. “Niños, nos corran que se van a caer”, dice Estebana a sus nietos, que corretean de un lado a otro entre juegos y risas. Mientras ella cuenta cómo conoció a Luis, al final del pasillo están las hijas menores del matrimonio, quienes palmean la masa entre sus manos, preparando las tortillas del almuerzo. Minutos más tarde Luis comenta sobre la vaca de la familia que está a punto de dar a luz y que con mucha probabilidad necesitará la ayuda de su dueña, a quien le parece rutinaria la situación. En el terreno de los Escobar también hay otra edificación: un templo donde se congrega feligresía evangélica del caserío, construido por Luis y sus hijos junto a la casa del matrimonio. En el resto del caserío, a pocas cuadras a la redonda, están diseminadas otras siete viviendas donde habitan los hijos, nietos y bisnietos. Alrededor de 75 de los 97 Escobar actuales viven en el cantón. Pronto serán 100, porque en la familia hay tres mujeres embarazadas.
Carolina Arriba es campo abierto, con puñados de casa por aquí y por allá, en donde se vive de lo que produce la tierra, en donde la vida pasa de forma pacífica y en donde se come lo que hay. En Carolina Arriba la tecnología y la infraestructura básica aún tienen trecho por cubrir.
El mismo año en el que se casaron, Estebana quedó embarazada. A su primera hija la nombraron Juana, así no más, sin un segundo nombre de pila. “De mí se admiraron cuando tuve mi primer niño, porque me decían que yo no había hecho ningún escándalo”, comenta, orgullosa, la mujer que hoy tiene 61 años.
Los adolescentes padres primerizos tuvieron que madurar de golpe. A Juana se le unió Ángela y luego llegó Rosa. En los primeros tres años de casados los Escobar ya eran. cinco. Pero los esposos querían tener más hijos y querían que llegara un varón.
-¿Por qué decidieron tener tantos hijos?
-Es que uno de joven derrama muchos hijos –es la explicación que encuentra Luis, ante una pregunta a quemarropa. Estebana, entonces, interrumpe a su esposo, con el que pareciera ser eterno sentido del humor que los caracteriza:
-Que no tuvimos el cuidado quizás, ja, ja, ja... Esa fue la cosa, porque ahora hay quienes que se cuidan, el hombre cuida a la mujer... Hay métodos de planificación familiar...
El tiempo siguió su curso y Estebana seguía quedando embarazada. Después de Rosa, efectivamente, en el cuarto embarazo, llegó el primer varón. Los esposos estaban contentos y le llamaron Armando. Luego nació Aníbar y después Roberto y así, después de aproximadamente cinco años de casados, juntaron la primera media docena.
Luis se dedicó a cultivar la tierra que su padre, años más tarde, le heredó. También negociaba cerdos y hacía trabajos de albañilería. Tenían que alimentar a seis hijos y se repartieron el trabajo. Él salía a trabajar y ella se quedaba a trabajar; él labrando la tierra, haciendo albañilería y criando cerdos, y ella labrando el hogar y criando a los hijos.
La casa en que vivieron estos primeros seis hijos era pequeña, con un área de cocina y un portal y un dormitorio para las ocho personas. Ahí crecieron tomando leche de cabra, en medio de cerdos, gallinas y paredes de bajareque.
El dormitorio no tenía tanto espacio y los hermanos tenían que dormir dos o tres en una misma cama, y para una familia con recursos limitados, era norma que los zapatos de los hijos mayores se convirtieran en herencia para los menores cuando se volvían demasiado chicos para los pies crecientes. Esos eran años en los que con frecuencia tenían que compartir un huevo estrellado entre tres o cuatro hermanos. Los frijoles y las tortillas de maicillo no faltaban.
Y a pesar de que las condiciones económicas de la familia Escobar eran estrechas, todos estos primeros seis niños fueron al kínder. Estebana sabe que su caso es excepcional. No cualquier mujer llega a tener 19 hijos, y ella no disimula su orgullo cuando habla de los primeros seis. “Ni uno se me quemó, ni uno se me enfermó, a ninguno tuve en el hospital grave, a mí me felicitaban las enfermeras”, comenta.
Luego, sin embargo, su historia de éxitos tuvo un importante tropiezo. Estebana nunca recibió ningún tipo de control prenatal y hubiera sido una extravagancia pensar en la posibilidad de que sus hijos pasaran por consultas con pediatras.
Aún con esa experiencia llena de privaciones, Estebana afrontó su séptimo embarazo. Todo transcurrió con normalidad. El niño nació sin dificultad y le llamaron Fredy. Al igual que sus seis hermanos mayores, Fredy solo tendría un nombre de pila. El bebé nació y solo pasó una semana cuando Estebana supo que algo andaba mal. Fredy, el recién nacido, parecía quejarse de dolor. Su madre no entendió lo que sucedía ni la gravedad del problema hasta que el médico le explicó que el ombligo del bebé se había infectado después de haber cortado el cordón umbilical. Le explicó que ya era demasiado tarde y Fredy murió.
Con el paso de los años se añadieron cada vez más y más miembros a la familia. Gladys, Ovidio, Orlando, Marlene y Luis. 12 hijos. La presión comenzó a sentirse en el hogar. El dinero, el espacio en las camas, la olla de frijoles y hasta los nombres a escoger comenzaban a escasear. La casa era una guardería constante, siempre había alguien para chinear, había juegos, gritos, peleas, risas y llanto siempre, casi las 24 horas del día los siete días de la semana los 12 meses del año. No me quiero bañar, no quiero comer, me duele la panza, esto no me gusta... Una y otra vez. El concepto vacación no existía en la mente de Estebana, cuya ocupación de atender a los hijos solo se alteraba cuando tenía que alternarla con con la pila de trastos que se formaba tres veces al día, con las montañas de ropa sucia y con la limpieza en la casa. En estas dos década teniendo hijos, lo normal había sido que cada vez que el hijo menor cumplía a lo sumo un año y medio, Estebana ya esperaba otro.
El problema de los nombres era que ya eran 14 personas entre hijos y padres, incluido el fallecido Fredy, y no todos los nombres posibles eran agradables como para escoger cualquiera. Habían echado mano ya de un almanaque para buscar opciones. Por suerte, y quizás gracias a que no sabían leer ni escribir -ellos no saben explicarlo-, a los primeros 12 hijos solo les pusieron un nombre. Sin saber escribir, era difícil escoger un nombre y anotarlo, copiando letra por letra, para posteriormente presentarlo a la alcaldía, donde tenían que asentar a los pequeños. De repente, cualquier sugerencia era bienvenida en aquella casa. Fue así como Marlene, la niña producto del embarazo número 11 de Estebana, recibió su nombre. Fue una vez que un exterminador de plagas visitó la zona. Estebana estaba embarazada y platicando sobre el futuro alumbramiento, el hombre sugirió: “Si es niña, le deberían poner Marlene”. Ni Luis ni Estebana recuerdan por qué aquel hombre pidió que le pusieran ese nombre a la niña.
'Con la primera docena de hijos fue un poco difícil la situación', admite Estebana, de nuevo, usando terminología que no cualquiera puede darse el lujo de usar: no todos los matrimonios pueden contar sus hijos por docenas.
Con la llegada del primer bebé de la segunda docena, Estebana comenzó a notar 'debilidad' en su cuerpo. La jovencita fuerte que solía tener a sus hijos sin ayuda, sin control prenatal alguno, solo con la presencia de una partera -si era necesario-, comenzó a sentir el paso de los años. A sus 32 años quedar embarazada no era cosa del otro mundo para ella, pero su organismo comenzó a reaccionar de forma negativa.
Ese día, Estebana había machucado dos montones de semillas de aceituno para hacer jabón. La mujer embarazada comenzó a quejarse de dolores en el vientre y pronto aquel malestar provocó una hemorragia severa. Ella recuerda haber caído inconsciente, aunque recuerda a los niños hablando a su alrededor. Luis, junto a tres hombres más, pusieron a la mujer en una hamaca y la cargaron hasta el hospital de Ilobasco. Fueron más de dos horas a pie desde el cantón Carolina Arriba. Gladys, la hija número ocho, también evoca aquel episodio de angustia. “Yo recuerdo cómo la sangre sonaba cuando la llevaban en la hamaca. Como la coladera cuando se hace jabón, coloradeaba en el suelo y sonaba aquello abajo cuando caía la sangre... la rodeábamos un gran puño de niños llorando, decíamos que se iba a morir. Mirábamos cómo se afligía mi papá. Dicen que cuando llegó no llevaba ni un poquitito de sangre, iba casi muerta”, cuenta.
A partir de esa pérdida, Estebana experimentó cuatro abortos más. Todos fueron difíciles, pero no impidieron que se comenzara a formar una segunda docena de hijos, aunque en realidad esta nunca se completó. Los abortos sugirieron que era tiempo de ponerse en control. Fue así como en sus últimos siete partos, acudió a la Unidad de Salud del cantón Carolina, para ponerse en control.
El tiempo pasó, se acabaron los juegos de muñecas y las escondidillas, y los niños mayores se volvieron hombres y mujeres. Las primeras en casarse fueron las mayores: Juana, Ángela y Rosa. Volaron del nido para formar sus propios hogares, guardando la tradición que había iniciado su madre: tener muchos hijos. Juana tiene 10, Ángela nueve y Rosa también nueve. Las tres hermanas mayores compartieron sus primeros embarazos con los últimos embarazos de su madre.
Pero esa mujer que nunca antes requirió ningún tipo de revisión prenatal y que ya era madre de 12 descendientes, ahora se enfrentaba a todo un nuevo proceso, en el cual su proeza de madre fértil no le causó felicitaciones del personal médico que la atendía. “Mire, las señoritas me regañaban porque muy seguido los tenía. Como tuve cuatro partos que a los 14 meses ya tenía el otro, entonces me ponían dificultades y enfrente de la gente me regañaban y me decían que me esterilizara, pero yo no tenía valor”. Eso la hacía pensar dos veces antes de ir a control de sus embarazos. Era una situación incómoda, y Luis se rehusaba a atender la sugerencia de las enfermeras. “Deciles que mientras no me les falten los frijolitos, el arroz y el maíz, no, porque eso es pecado”, le decía Luis a ella.
Así nacieron otros cinco niños Escobar: Anabel, José Ángel, Mirna Carolina, María Delmy y Élmer Antonio. En este lote de hijos ya hubo algunos que sí recibieron dos nombres de pila. En esos años, después de 17 partos, sobrevino una segunda tragedia. Armando, el primer hijo varón, que había sido soldado durante la guerra civil, se quitó la vida. Era 1990 y faltaban casi dos años para que acabara la lucha. Luis dice que embrujaron a su hijo. Estebana dice que Armando 'se transformó', 'se volvió loco' y atacaba a la gente antes de suicidarse.
Pero una mujer tan fértil como Estebana no podía cerrar su labor de madre, sino con un final distinto. “Cuando los estaba teniendo supe que eran dos. Yo me vi el estómago bien grande y dije: este niño es grande, quizá no lo voy a poder tener, yo digo que quizás me voy a morir”, recuerda su sufrimiento. La misma noche del parto Estebana pujó con todas sus fuerzas hasta que salió el primer bebé.
-Chenta, yo creo que tengo otro ahí adentro, todavía lo siento -le dijo con dudas a la partera.
-Quizá son dos, voy a revisarla -le dijo la mujer que la atendía-. ¡Sí, son dos, ahí está el otro! Puje otra vez...
En la casa se escuchó el llanto del segundo recién nacido. Acababan de venir al mundo Arístides y Aracely. Estebana tuvo gemelos.
Ese llanto doble anunció el final de un cuarto de siglo. El final de 25 años teniendo bebés. La fábrica de niños cerraba después de dos décadas y media de producción continua y cuando Estebana tenía 42 años de edad. No volvería a sentir ese dolor intenso jamás. 24 veces vio su vientre ensancharse durante 25 años, 24 veces en 25 años sufrió meses de mareos y náuseas, 24 veces sorprendió a Luis diciéndole “estoy embarazada”. 19 alumbramientos y cinco abortos en 25 años. Se acabó su vida fértil. Por ahora, ella tiene 95 descendientes directos, pero hay tres mujeres embarazadas en la familia en este momento, de tal manera que es previsible que incluyendo a Estebana y Luis, los Escobar pronto sean 100.
Aunque los esposos Escobar ya no iban a tener más hijos, eso no iba a impedir que se convirtieran en una especie de los bíblicos Abraham y Sara, pues su primera docena de vástagos comenzó a formar nuevas familias y a procrear rápida y prolíficamente. Los nietos se multiplicaban por decenas. Había dos o tres embarazadas por año. Mientras una daba a luz, otra comenzaba a sufrir los mareos y náuseas, y otra más destetaba a algún nieto. Era una fábrica de niños activa. Los nombres no bastaban. Cuatro niñas llamadas Ana, tres niños que se llaman Josué y así una infinidad de nombres bíblicos.
Cada vez fue más difícil celebrar cumpleaños, navidades, aniversarios o fechas especiales. Sobre todo porque los invitados de rigor ascendían a alrededor de 80 personas. No bastaban una torta, un pastel, un pavo o tres libras de frijoles. Las cantidades y los gastos para celebraciones triviales eran similares a las de un presupuesto para una boda lujosa, por sencilla que fuese la comida. Aun así, Estebana descubrió la forma de poder compartir junto a toda su familia. Inventó el día de la quesadilla, una fiesta que tiene la gran ventaja de que cae en la fecha en que su creadora desee que caiga. En esa ocasión se invita a toda la familia a compartir quesadillas hechas por Estebana. Se cocinan alrededor de 150 latas de quesadillas en el horno de la casa de la matriarca. Grandes y pequeños disfrutan.
Nietos de Estebana Escobar que acuden a la parvularia en el Centro Escolar caserío El Mestizo. Foto Mauro Arias
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La casa de Estebana y Luis se encuentra a la orilla de una calle de tierra que brinda acceso hacia el caserío El Mestizo. Unas pocas viviendas separan la casa de los Escobar, ubicada en el cantón Carolina Arriba, de este caserío. La familia vive aquí desde hace 45 años. En esta casa nacieron los 19 hijos del matrimonio. Un extenso portal frente a la puerta principal da la bienvenida y separa las habitaciones del patio. En este pasillo se ubica una mesa de comedor desgastada, forrada con plástico y acompañada de sillas de madera rústicas. Junto a esta mesa, Estebana y Luis miran su álbum de fotos. En este día de finales de abril están casi solos. Pero la primera semana de mayo el ambiente es muy bullicioso, pues están reunidos unos 50 miembros de la familia. “Niños, nos corran que se van a caer”, dice Estebana a sus nietos, que corretean de un lado a otro entre juegos y risas. Mientras ella cuenta cómo conoció a Luis, al final del pasillo están las hijas menores del matrimonio, quienes palmean la masa entre sus manos, preparando las tortillas del almuerzo. Minutos más tarde Luis comenta sobre la vaca de la familia que está a punto de dar a luz y que con mucha probabilidad necesitará la ayuda de su dueña, a quien le parece rutinaria la situación. En el terreno de los Escobar también hay otra edificación: un templo donde se congrega feligresía evangélica del caserío, construido por Luis y sus hijos junto a la casa del matrimonio. En el resto del caserío, a pocas cuadras a la redonda, están diseminadas otras siete viviendas donde habitan los hijos, nietos y bisnietos. Alrededor de 75 de los 97 Escobar actuales viven en el cantón. Pronto serán 100, porque en la familia hay tres mujeres embarazadas.
Carolina Arriba es campo abierto, con puñados de casa por aquí y por allá, en donde se vive de lo que produce la tierra, en donde la vida pasa de forma pacífica y en donde se come lo que hay. En Carolina Arriba la tecnología y la infraestructura básica aún tienen trecho por cubrir.
El mismo año en el que se casaron, Estebana quedó embarazada. A su primera hija la nombraron Juana, así no más, sin un segundo nombre de pila. “De mí se admiraron cuando tuve mi primer niño, porque me decían que yo no había hecho ningún escándalo”, comenta, orgullosa, la mujer que hoy tiene 61 años.
Los adolescentes padres primerizos tuvieron que madurar de golpe. A Juana se le unió Ángela y luego llegó Rosa. En los primeros tres años de casados los Escobar ya eran. cinco. Pero los esposos querían tener más hijos y querían que llegara un varón.
-¿Por qué decidieron tener tantos hijos?
-Es que uno de joven derrama muchos hijos –es la explicación que encuentra Luis, ante una pregunta a quemarropa. Estebana, entonces, interrumpe a su esposo, con el que pareciera ser eterno sentido del humor que los caracteriza:
-Que no tuvimos el cuidado quizás, ja, ja, ja... Esa fue la cosa, porque ahora hay quienes que se cuidan, el hombre cuida a la mujer... Hay métodos de planificación familiar...
El tiempo siguió su curso y Estebana seguía quedando embarazada. Después de Rosa, efectivamente, en el cuarto embarazo, llegó el primer varón. Los esposos estaban contentos y le llamaron Armando. Luego nació Aníbar y después Roberto y así, después de aproximadamente cinco años de casados, juntaron la primera media docena.
Luis se dedicó a cultivar la tierra que su padre, años más tarde, le heredó. También negociaba cerdos y hacía trabajos de albañilería. Tenían que alimentar a seis hijos y se repartieron el trabajo. Él salía a trabajar y ella se quedaba a trabajar; él labrando la tierra, haciendo albañilería y criando cerdos, y ella labrando el hogar y criando a los hijos.
La casa en que vivieron estos primeros seis hijos era pequeña, con un área de cocina y un portal y un dormitorio para las ocho personas. Ahí crecieron tomando leche de cabra, en medio de cerdos, gallinas y paredes de bajareque.
El dormitorio no tenía tanto espacio y los hermanos tenían que dormir dos o tres en una misma cama, y para una familia con recursos limitados, era norma que los zapatos de los hijos mayores se convirtieran en herencia para los menores cuando se volvían demasiado chicos para los pies crecientes. Esos eran años en los que con frecuencia tenían que compartir un huevo estrellado entre tres o cuatro hermanos. Los frijoles y las tortillas de maicillo no faltaban.
Y a pesar de que las condiciones económicas de la familia Escobar eran estrechas, todos estos primeros seis niños fueron al kínder. Estebana sabe que su caso es excepcional. No cualquier mujer llega a tener 19 hijos, y ella no disimula su orgullo cuando habla de los primeros seis. “Ni uno se me quemó, ni uno se me enfermó, a ninguno tuve en el hospital grave, a mí me felicitaban las enfermeras”, comenta.
Luego, sin embargo, su historia de éxitos tuvo un importante tropiezo. Estebana nunca recibió ningún tipo de control prenatal y hubiera sido una extravagancia pensar en la posibilidad de que sus hijos pasaran por consultas con pediatras.
Aún con esa experiencia llena de privaciones, Estebana afrontó su séptimo embarazo. Todo transcurrió con normalidad. El niño nació sin dificultad y le llamaron Fredy. Al igual que sus seis hermanos mayores, Fredy solo tendría un nombre de pila. El bebé nació y solo pasó una semana cuando Estebana supo que algo andaba mal. Fredy, el recién nacido, parecía quejarse de dolor. Su madre no entendió lo que sucedía ni la gravedad del problema hasta que el médico le explicó que el ombligo del bebé se había infectado después de haber cortado el cordón umbilical. Le explicó que ya era demasiado tarde y Fredy murió.
Con el paso de los años se añadieron cada vez más y más miembros a la familia. Gladys, Ovidio, Orlando, Marlene y Luis. 12 hijos. La presión comenzó a sentirse en el hogar. El dinero, el espacio en las camas, la olla de frijoles y hasta los nombres a escoger comenzaban a escasear. La casa era una guardería constante, siempre había alguien para chinear, había juegos, gritos, peleas, risas y llanto siempre, casi las 24 horas del día los siete días de la semana los 12 meses del año. No me quiero bañar, no quiero comer, me duele la panza, esto no me gusta... Una y otra vez. El concepto vacación no existía en la mente de Estebana, cuya ocupación de atender a los hijos solo se alteraba cuando tenía que alternarla con con la pila de trastos que se formaba tres veces al día, con las montañas de ropa sucia y con la limpieza en la casa. En estas dos década teniendo hijos, lo normal había sido que cada vez que el hijo menor cumplía a lo sumo un año y medio, Estebana ya esperaba otro.
El problema de los nombres era que ya eran 14 personas entre hijos y padres, incluido el fallecido Fredy, y no todos los nombres posibles eran agradables como para escoger cualquiera. Habían echado mano ya de un almanaque para buscar opciones. Por suerte, y quizás gracias a que no sabían leer ni escribir -ellos no saben explicarlo-, a los primeros 12 hijos solo les pusieron un nombre. Sin saber escribir, era difícil escoger un nombre y anotarlo, copiando letra por letra, para posteriormente presentarlo a la alcaldía, donde tenían que asentar a los pequeños. De repente, cualquier sugerencia era bienvenida en aquella casa. Fue así como Marlene, la niña producto del embarazo número 11 de Estebana, recibió su nombre. Fue una vez que un exterminador de plagas visitó la zona. Estebana estaba embarazada y platicando sobre el futuro alumbramiento, el hombre sugirió: “Si es niña, le deberían poner Marlene”. Ni Luis ni Estebana recuerdan por qué aquel hombre pidió que le pusieran ese nombre a la niña.
'Con la primera docena de hijos fue un poco difícil la situación', admite Estebana, de nuevo, usando terminología que no cualquiera puede darse el lujo de usar: no todos los matrimonios pueden contar sus hijos por docenas.
Con la llegada del primer bebé de la segunda docena, Estebana comenzó a notar 'debilidad' en su cuerpo. La jovencita fuerte que solía tener a sus hijos sin ayuda, sin control prenatal alguno, solo con la presencia de una partera -si era necesario-, comenzó a sentir el paso de los años. A sus 32 años quedar embarazada no era cosa del otro mundo para ella, pero su organismo comenzó a reaccionar de forma negativa.
Ese día, Estebana había machucado dos montones de semillas de aceituno para hacer jabón. La mujer embarazada comenzó a quejarse de dolores en el vientre y pronto aquel malestar provocó una hemorragia severa. Ella recuerda haber caído inconsciente, aunque recuerda a los niños hablando a su alrededor. Luis, junto a tres hombres más, pusieron a la mujer en una hamaca y la cargaron hasta el hospital de Ilobasco. Fueron más de dos horas a pie desde el cantón Carolina Arriba. Gladys, la hija número ocho, también evoca aquel episodio de angustia. “Yo recuerdo cómo la sangre sonaba cuando la llevaban en la hamaca. Como la coladera cuando se hace jabón, coloradeaba en el suelo y sonaba aquello abajo cuando caía la sangre... la rodeábamos un gran puño de niños llorando, decíamos que se iba a morir. Mirábamos cómo se afligía mi papá. Dicen que cuando llegó no llevaba ni un poquitito de sangre, iba casi muerta”, cuenta.
A partir de esa pérdida, Estebana experimentó cuatro abortos más. Todos fueron difíciles, pero no impidieron que se comenzara a formar una segunda docena de hijos, aunque en realidad esta nunca se completó. Los abortos sugirieron que era tiempo de ponerse en control. Fue así como en sus últimos siete partos, acudió a la Unidad de Salud del cantón Carolina, para ponerse en control.
El tiempo pasó, se acabaron los juegos de muñecas y las escondidillas, y los niños mayores se volvieron hombres y mujeres. Las primeras en casarse fueron las mayores: Juana, Ángela y Rosa. Volaron del nido para formar sus propios hogares, guardando la tradición que había iniciado su madre: tener muchos hijos. Juana tiene 10, Ángela nueve y Rosa también nueve. Las tres hermanas mayores compartieron sus primeros embarazos con los últimos embarazos de su madre.
Pero esa mujer que nunca antes requirió ningún tipo de revisión prenatal y que ya era madre de 12 descendientes, ahora se enfrentaba a todo un nuevo proceso, en el cual su proeza de madre fértil no le causó felicitaciones del personal médico que la atendía. “Mire, las señoritas me regañaban porque muy seguido los tenía. Como tuve cuatro partos que a los 14 meses ya tenía el otro, entonces me ponían dificultades y enfrente de la gente me regañaban y me decían que me esterilizara, pero yo no tenía valor”. Eso la hacía pensar dos veces antes de ir a control de sus embarazos. Era una situación incómoda, y Luis se rehusaba a atender la sugerencia de las enfermeras. “Deciles que mientras no me les falten los frijolitos, el arroz y el maíz, no, porque eso es pecado”, le decía Luis a ella.
Así nacieron otros cinco niños Escobar: Anabel, José Ángel, Mirna Carolina, María Delmy y Élmer Antonio. En este lote de hijos ya hubo algunos que sí recibieron dos nombres de pila. En esos años, después de 17 partos, sobrevino una segunda tragedia. Armando, el primer hijo varón, que había sido soldado durante la guerra civil, se quitó la vida. Era 1990 y faltaban casi dos años para que acabara la lucha. Luis dice que embrujaron a su hijo. Estebana dice que Armando 'se transformó', 'se volvió loco' y atacaba a la gente antes de suicidarse.
Pero una mujer tan fértil como Estebana no podía cerrar su labor de madre, sino con un final distinto. “Cuando los estaba teniendo supe que eran dos. Yo me vi el estómago bien grande y dije: este niño es grande, quizá no lo voy a poder tener, yo digo que quizás me voy a morir”, recuerda su sufrimiento. La misma noche del parto Estebana pujó con todas sus fuerzas hasta que salió el primer bebé.
-Chenta, yo creo que tengo otro ahí adentro, todavía lo siento -le dijo con dudas a la partera.
-Quizá son dos, voy a revisarla -le dijo la mujer que la atendía-. ¡Sí, son dos, ahí está el otro! Puje otra vez...
En la casa se escuchó el llanto del segundo recién nacido. Acababan de venir al mundo Arístides y Aracely. Estebana tuvo gemelos.
Ese llanto doble anunció el final de un cuarto de siglo. El final de 25 años teniendo bebés. La fábrica de niños cerraba después de dos décadas y media de producción continua y cuando Estebana tenía 42 años de edad. No volvería a sentir ese dolor intenso jamás. 24 veces vio su vientre ensancharse durante 25 años, 24 veces en 25 años sufrió meses de mareos y náuseas, 24 veces sorprendió a Luis diciéndole “estoy embarazada”. 19 alumbramientos y cinco abortos en 25 años. Se acabó su vida fértil. Por ahora, ella tiene 95 descendientes directos, pero hay tres mujeres embarazadas en la familia en este momento, de tal manera que es previsible que incluyendo a Estebana y Luis, los Escobar pronto sean 100.
Aunque los esposos Escobar ya no iban a tener más hijos, eso no iba a impedir que se convirtieran en una especie de los bíblicos Abraham y Sara, pues su primera docena de vástagos comenzó a formar nuevas familias y a procrear rápida y prolíficamente. Los nietos se multiplicaban por decenas. Había dos o tres embarazadas por año. Mientras una daba a luz, otra comenzaba a sufrir los mareos y náuseas, y otra más destetaba a algún nieto. Era una fábrica de niños activa. Los nombres no bastaban. Cuatro niñas llamadas Ana, tres niños que se llaman Josué y así una infinidad de nombres bíblicos.
Cada vez fue más difícil celebrar cumpleaños, navidades, aniversarios o fechas especiales. Sobre todo porque los invitados de rigor ascendían a alrededor de 80 personas. No bastaban una torta, un pastel, un pavo o tres libras de frijoles. Las cantidades y los gastos para celebraciones triviales eran similares a las de un presupuesto para una boda lujosa, por sencilla que fuese la comida. Aun así, Estebana descubrió la forma de poder compartir junto a toda su familia. Inventó el día de la quesadilla, una fiesta que tiene la gran ventaja de que cae en la fecha en que su creadora desee que caiga. En esa ocasión se invita a toda la familia a compartir quesadillas hechas por Estebana. Se cocinan alrededor de 150 latas de quesadillas en el horno de la casa de la matriarca. Grandes y pequeños disfrutan.
Nietos de Estebana Escobar que acuden a la parvularia en el Centro Escolar caserío El Mestizo. Foto Mauro Arias
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