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El nuevo magnate de la televisión salvadoreña

Pagó más de un cuarto de millón de dólares por ocho frecuencias televisivas. Este abogado, que dice sorprenderse de que lo califiquen como "desconocido", tiene más canales que el emporio TCS. Su pasado como abogado muestra a un representante de personajes a los que algunos vincularon palabras como lavado de dinero, narcotráfico, política y corrupción.

 
 

Antes de visitarlo, intenté imaginármelo dos veces, pero desistí a la tercera porque sólo se me vino a la mente un traje oscuro y un rostro sin rasgos faciales. En aquel momento solo tenía confirmadas un puñado de cosas relevantes sobre él: como su nombre, la dirección de su casa, que es abogado y notario, y que por el año 2000 pidió ala CorteSupremaque declarara inconstitucional un decreto que regulaba al sector azucarero de El Salvador. Ignoraba si era gordo o flaco, alto o bajito o si miraba con ojos amigables a un extraño. Para calmar los nervios, entre el parqueo y la puerta de su casa, apreté el vaso medio lleno con café frozen que acababa de comprar. Él, al abrir la puerta, apretaba una cajetilla de Diplomats rojos. Yo, finalmente, estaba ante Luis Francisco Adalberto Pinto García. Y aunque no había podido imaginármelo, en realidad, ahora que lo tenía enfrente, sabía que nunca lo hubiera imaginado así. Su cuerpo parecía una escuálida y pequeña "H" con gafas, vestida con camiseta, pants y tenis juveniles. Desde debajo del arco que dibuja su puerta, me frunció el ceño cuando me oyó saludarlo con un "¡Buenas!"

—Ajá, buenas. ¿Qué quería?
—¿Usted es el señor Pinto?
—Sí. ¿Qué deseaba?
—Disculpe la intromisión... me hubiera gustado tener un teléfono para avisarle que vendría. Solo conseguí su dirección, así que no tenía otra... quiero saber de usted...

Pinto García me dejó entrar a su casa con tres condiciones: nada de fotos, la grabadora tenía que permanecer apagada y aquella plática no era una entrevista. Este primer encuentro ocurrió un miércoles de hace tres semanas, a las 3:30 de la tarde. Ocurrió porque entre ese puñado de información confirmada que yo tenía de él, había una que me intrigaba mucho. Yo quería saber quién era y cómo lucía y vivía ese hombre que, aparentemente, un día apareció de la nada para adueñarse de siete canales de televisión abierta con cobertura nacional. Eso lo hace la persona con mayor potencial mediático en El Salvador, desplazando a Boris Eserski, dela TelecorporaciónSalvadoreña, que tiene cinco frecuencias.

***

La casa de Luis Francisco Adalberto es una estructura de dos pisos dentro de una residencial privada de clase media alta, custodiada por vigilantes armados con escopeta, y resguardada por portones que sólo se abren para propios o invitados. Está ubicada en las afueras de Santa Tecla y, aunque no es esta una residencial de ricos y famosos, sí es territorio de alguien que se sabe con una gallina que puede producirle cientos –o mejor miles- de huevos de oro con los que más tarde podría mudarse a una mansión.

—Aunque no me lo crea, sabía que ustedes un día de estos vendrían a tocar mi puerta –dijo.
—Halago que nos hace.
—¿Cómo me encontró? ¿Con la policía?
—No, no. ¿Por qué dice eso?
—Le advierto que de los canales no voy a hablar nada. No tengo por qué hacerlo... ni nada que ocultar. Los tengo, son míos y todo está en regla. Así que no sé de qué quiere que hablemos. Usted dirá...

Una semana ante de visitarlo, el nombre de este abogado apareció en el noticiario del mediodía de Teleprensa, Canal 33. La nota pretendía hacer un cuestionamiento a la legalidad de esas frecuencias, cuyo debut en televisión de señal abierta había sido autorizado por el gobierno en marzo de 2009, pocos días después de que el partido Arena perdió la elección presidencial.

Esas frecuencias fueron asignadas por la desaparecida ANTEL en los años 80s para que fueran ocupadas como canales de televisión pagada. Más de 20 años después, Luis Francisco Adalberto consiguió una autorización para explotarlos en la televisión de señal abierta.

Esta autorización sorprende hoy a algunos por dos razones: porque se sabía, desde 2006, que el pastel de frecuencias para la televisión abierta estaba agotado, según informó la Superintendencia General de Electricidad y Telecomunicaciones (SIGET) en diciembre de ese año; y porque la autorización del traslado –sacar siete frecuencias de cable para señal abierta- ocurrió el 24 de marzo de 2009, nueve días después de que el partido de izquierdas FMLN ganara la presidencia de la República al partido de derechas Arena.

Los canales 39, 41, 43, 45, 47, 49 y 51 de Luis Francisco Adalberto modificaron el esquema televisivo al que estamos acostumbrados los salvadoreños. Con sus canales supera al emporio televisivo Telecorporación Salvadoreña (canales 2, 4, 6, VTV y el por estrenar Canal 31); aísla más a los canales 33 y 12, manda a Grupo Megavisión al tercer lugar –en número de frecuencias- y abre las posibilidades para que cualquier interesado descubra un nuevo mercado con el poder que dan 24 horas al día de transmisión.

El poder de la televisión es increíble. En buenas manos la televisión puede ser una gallina de los huevos de oro. Un ejemplo: el canal Televisión Oriental, creado en el año 2000 y cuyos propietarios son los hermanos Salgado (Wilfredo, el alcalde, y Sandra, la diputada), ya facturaba en 2006 medio millón de dólares, monto que lo colocaba en la lista de los grandes contribuyentes del Ministerio de Hacienda. Con las ganancias, TVO logró colocar tres repetidoras en la zona oriental del país. Cuando nació estaba destinado para una red local, cuya principal área de acción eran San Miguel, La Unión, Santa Rosa de Lima... Este 2010, Luis Francisco Adalberto tiene en sus manos siete veces lo que TVO, pero aún con más poder, porque son frecuencias para cobertura nacional.

—¡Y qué tiene de malo! –dice, a la defensiva. Luego menciona que en el mundo siempre ha habido pequeños grandes hombres que se han convertido en grandes líderes y han dejado huella en la historia—. Napoleón, Stalin...
—Don Luis Francisco Adalberto —le interrumpo, tratando de seguirle la lógica de sus palabras. 

Estalla en risas y achina más sus pequeños ojos. Su risa es muy peculiar: suena como si la garganta se le contrajera y la nariz se le tapara para expulsar un aire carraspeado, forzado.

—¡No´mb’e, tampoco! Queremos hacer una nueva televisión, pero tampoco —vuelve a reír.

Cuando Luis Francisco Adalberto habla de su proyecto lo hace conjugando los verbos con la primera persona del plural. Y es ahí donde radica el gran misterio de su hazaña: nunca ha estado ligado a los medios de comunicación y ahora es el magnate de la televisión salvadoreña. ¿Lo hace solo? ¿Acompañado? ¿Quién es él que tiene la capacidad de sacarse 283 mil 228.26 dólares de la bolsa, pagar por las siete frecuencias, ganarle a las corporaciones ya existentes y luego soñar con la escalera que tiene para subir al estrellato?

***

Seis días antes de apostar y jugármela con el timbre de la casa de Luis Francisco Adalberto, hablé con el gerente de Telecomunicaciones dela SIGET, Saúl Vásquez, para saber qué conocía él de este hombre. También quería que me explicara el embrollo que alborotó a algunas cadenas de televisión, a usuarios del portal Svcommunity.org y a los usuarios del blog de Ernesto Rivas Gallont. Si ya no existían frecuencias, ¿de qué manga se sacaba SIGET este traslado de cable a televisión abierta? Cuando el canal 33 transmitió la nota, el caso incluso alarmó al ex superintendente Tomás Campos Villafuerte, despedido en enero de 2010 por el presidente Mauricio Funes. Según Campos Villafuerte, la maniobra de autorizar el traslado de las frecuencias que hizo su antecesor fue ilegal. "A mí me escondieron esa documentación", aseguró, vía telefónica.

Hasta aquí, dos más dos era igual a cinco. Pero Vásquez aclaró la ecuación diciendo que el traspaso de las frecuencias fue una maniobra legal, amparada en los convenios que el país tiene conla Unión Internacionalde Telecomunicaciones (UIT). Desde hace muchos años, la UIT ya tenía definidas qué tipo de frecuencias serían ocupadas para qué cosa. En resumen, basta decir que los dígitos con que se numeró a las frecuencias —hoy en manos de Luis Francisco Adalberto- están destinados a la “radiodifusión”, cuya principal característica es que es abierta al público y sin cobro.

Según la SIGET, la ANTEL de los años 80s otorgó las frecuencias erróneamente al original concesionario para televisión pagada, y hoy lo que se ha hecho es regresarlas a su estado correcto. ¿Por qué entonces ANTEL en los 80s y SIGET a partir de la segunda mitad de los 90s permitieron que se violara un convenio internacional? Vásquez responde que fue una equivocación en el uso de las mismas. Fuera de eso, dijo, no había más. Y sobre el caso de Luis Francisco Adalberto y su aparición sorpresiva, la SIGET hace la vista a un lado. La institución no se mete a ver si X empresa está ligada con Y, y sólo verifica que sus concesionarios tengan la “capacidad técnica instalada para explotar el recurso”. El dueño de los siete canales dice que sus instalaciones están en dos lugares: una parte, en un espacio alquilado a TCS en el Boquerón, y otra parte, en una habitación de su casa.

Sentado en una silla de mimbre, forrada con algodón, frente al patio de la casa en la entrada a Santa Tecla, Luis Francisco Adalberto escuchaba mi explicación de que aun cuando estaba al tanto de la legalidad de su transacción, quería conocer la historia del nuevo magnate de la televisión salvadoreña.

—¿¡Pero por qué!? Yo no quiero publicidad. No la necesito. ¿Cuál es el objetivo? ¡Ahí andan diciendo que soy prestanombres! ¿¡El qué!? ¿Qué es eso?

Tiene razón: por ahí anduvieron diciéndolo. Y no necesariamente mencionándolo directamente. En svcommunity.org, el 3 de marzo pasado, un usuario de nombre “iskgeli” escribió:

—Hoy los canales en prueba, pues, siguen con barras de colores. Únicamente un cambio: el 41 ya no está al aire. Se rumora que de esos canales son varios de TV Azteca, que viene con más canales. Uno será Telesur en señal abierta, 24 horas; otro será de Funes y otro de Saca...

En el mismo foro web, titulado “Nuevos canales en señal abierta”, dark365 se aventuró:

—Al parecer no se vienen programas interesantes. AlbaTV, GANATV y otro montón de canales más de TCS... (después de los suspensivos, dark365 puso una carita de asco).

***

El patio de la casa de Luis Francisco Adalberto es un rectángulo de unos siete metros de largo por 10 de ancho, adornado en los bordes por plantas multicolores. Atrás y a los lados, lo rodean el patio de otras tres casas. Estamos sentados en una salita de mimbre con mesa de cristal. En un revistero hay un ejemplar de la revista Speed (de autos) y un menú para llevar del restaurante Suchi Itto. Al lado, una mesa y más sillas de mimbre; un surtidor de bebidas en el que reposan cuatro litros de soda en envase plástico, un mueble, y una radio con tocadiscos.

Desde cuando entré a su casa hasta cuando salí, Luis Francisco Adalberto no dejó de fumar. A media plática, mi frozen se había terminado. Le hablé desde un cómodo sillón con respaldo y braceras, y él me respondió sentado en un banquillo redondo. Le gusta palpar a su interlocutor con las manos, como para comprobar que le están poniendo atención. Lo supe cada vez que me tocaba el brazo como para enfatizar cosas importantes.

—¡Dicen qué soy prestanombres de Saca! ¡De TCS! ¡No´mb’e! ¡Qué voy a ser prestanombres de nada! “Prestanombres”. ¿¡Qué es eso!? Mire: vi la oportunidad, la tomé, y si nos va bien, bueno; y si no, la regué.
—¿Si “nos” va bien?

Luis Francisco Adalberto evadió responderme, me pidió que dejara mis cosas en la mesa y que lo acompañara al segundo piso. Acepté con gusto porque me dijo que me enseñaría sus instalaciones televisivas. En el trayecto alcancé a ver un cuadro con dos caras: una de un niño y una de una niña. Son las caras de sus hijos cuando niños. Ahora son universitarios. Las pintó Ramírez, ese que pinta caras de niñas indias.

Cerca de las gradas había otras fotografías, un cuarto cerrado, un baño, y otro cuarto cerrado. Luis Francisco está divorciado.

Tocó  la puerta del segundo, abrió, y saludó a Elena, una mujer morena, menuda y joven que tecleaba frente a una computadora. Por todo el cuarto había papeles. En el escritorio, en las estanterías... Parecía un cuarto de casa común y corriente convertido en despacho, pero que albergaba una estantería muy particular, ubicada al otro extremo. En ella había unos aparatos extraños —parecidos a  los dvds—, que tiraban lucecitas de colores. Conté 10.

—Son los microondas —me dijo—. De aquí sale la señal hacia la antena de transmisión, en el Boquerón.

Allá arriba, dice, TCS le permite tener otro equipo que decodifica la señal y un espacio en su antena para colocar la suya. Bajamos. Salimos al patio y le repregunté por el “nosotros” del que me habla cuando se refiere a sus empresas. Son tres sociedades las dueñas de las frecuencias. Y se supone que él es el dueño de ellas. Pero a propósito de frecuencias, es muy frecuente que no hable en primera persona del singular, sino en primera persona del plural. De nuevo, no me contestó.

Le pregunté si Elena era la otra accionista de las sociedades Edu TV, Televisión Independiente y TV Juventud. Hasta ese momento desconocía el nombre de Elena y pensé que se trataba de Concepción Isabel Pérez de Jesús, quien junto a Luis Francisco Adalberto fundó, en diciembre de 2008, las tres sociedades que nacieron con un capital de 2 mil dólares -cada una-, divididas en 200 acciones de 10 dólares. En las tres, él es el accionista mayoritario: 597 acciones. Ella, su socia, invirtió sólo 30 dólares en las empresas.

Le pregunté, entonces, que si el "nosotros" se debe a que la incluye a ella, o si incluye a otros inversionistas. Me dijo que si había otros inversionistas eso era asunto suyo.

Esa tarde de miércoles acabó con Luis Francisco Adalberto haciéndome unas advertencias. En primer lugar me dijo que lo que publicara podía incomodarlo o afectarle su negocio. Me dijo que está de moda demandar a periodistas. Cuando le respondí que no tendría por qué demandarme y que me parecía de mal gusto el tono de su comentario, volvió a resoplar aire con esa su risa característica. Me dijo que no me preocupara, dándome una palmada en el hombro. Con el hecho de abrirme las puertas de su casa, agregó,  me demostraba su amabilidad y sus buenas intenciones.

—Nada me costaba decirle al vigilante que no lo dejara pasar, ¿o no?

Le agradecí. Le pedí —le rogué— su número de teléfono y le dije que le hablaría de nuevo. Salí de su casa, y él me despidió en la cochera. Todavía fumaba. Y entonces volvió con sus extrañas intervenciones. Me preguntó si yo no era como el que cayó en el pozo de los leones de la Biblia. Le contesté que ni por cerca. Rio una vez más y me dijo que tuviera cuidado porque los leones son fieras salvajes, particularmente cuando están en manada. Salí del pasaje con muchas dudas acerca de quién es el nuevo magnate de la televisión salvadoreña.

***

En los días subsiguientes le aposté a dos rutas para conducirme sobre un esbozo de perfil de Luis Francisco Adalberto. La primera fue buscar a su socia, Concepción de Jesús, de quien sabía, nada más, que tenía 43 años, que era secretaria y que años atrás había sido también socia fundadora minoritaria de otra empresa: American Office Supplies (AOS). Tal vez ella me contaba cómo fue que se les ocurrió esta pegada de hacerse con siete canales televisivos.

La AOS es una empresa cuyas oficinas están ubicadas en la primera planta del centro comercial Balam Quitzé, en el Paseo General Escalón, de San Salvador. Es una empresa que vende artículos de oficina a granel. Ahí me dijeron que la compañía tenía nuevos dueños y que no me podían dar más información. En mi segunda visita a Luis Francisco Adalberto le pregunté por su socia y me respondió que tenía nueve años de trabajar con él, pero que una tarde de enero se fue y ya nunca más volvió.

—Salió a comprar almuerzo, habló de cómo los muchachos de hoy solo andan de vagos. Unos muchachos que estaban cerca la escucharon, resultó que eran mareros, y le mandaron a decir con el vigilante que la iban a matar —me explicó. Ahí se me acabó el primer camino.

Me quedaba apostarle a la mejor combinación de teclas en Google para ver si aparecía, por ahí, algún dato revelador que me perfilara mejor a Luis Francisco Adalberto. Y me aparecieron dos. Con esa información fui al Registro de Comercio y me puse a buscar como loco en las empresas a las cuales estaba ligado. Hay un viejo adagio que dice que “por sus actos los conoceréis”, y otro que sentencia que "dime con quién andas y te diré quién eres", y como ni él me brindaba información ni tenía a nadie que me pudiera hablar de su vida, resolví que lo mejor sería averiguar sobre su trabajo como abogado y notario profesional.

En 2005, Luis Francisco Adalberto, el abogado, fue apoderado general judicial de Tropigas de El Salvador, S.A., cuyo representante es Eduardo Zaragoza Fuentes, miembro de la familia Zaragoza, una familia gasera de México.

Esta familia sorteó entre 2007 y 2008 denuncias por supuestas actividades ilícitas que van desde el lavado de dinero hasta el narcotráfico, pasando por el tráfico de influencias con la Secretaría de Energía (en épocas en que era dirigida por el actual presidente de México, Felipe Calderón), la Comisión Reguladora de Energía y la estatal petrolera PEMEX. Asimismo, se le acusaba de intimidar con sobornos y amenazas de muerte a los periodistas que revelaron los supuestos ilícitos de los Zaragoza entre 2004 y 2008.

Según la Revista Fortuna, de México, “la incursión de la familia Zaragoza en el mercado centroamericano fue en la década de 1960, cuando Miguel y Eduardo Zaragoza Fuentes se asociaron con Shell, que en 1953 creó Tropigas. Las pugnas entre los hijos de Miguel Zaragoza Vizcarra –fundador de Hidrogas, la primera empresa del denominado Grupo Zeta (Fortuna 52)— obligaron a Shell a venderles sus acciones y salir de Costa Rica”.

Años después, los hermanos pelearon una batalla legal y Miguel se quedó con Tropigas en Costa Rica. El otro se quedó con las sucursales de la empresa en Honduras, El Salvador y Nicaragua. "Décadas más tarde —plantea Fortuna—, Miguel instaló en Costa Rica Gas Nacional Zeta”.

A uno de los miembros de esta familia representó legalmente hace cinco años el nuevo magnate de la televisión salvadoreña, en un caso iniciado en 2003 y finalizado en 2005.

***

Mi siguiente visita a la casa de Luis Francisco Adalberto fue el jueves 6 de mayo, por la mañana. Con la información recabada le dije que quería “pelotear” un poco sobre su vida profesional, para hacer de él un dibujo un poquito más acabado. Por teléfono, su voz suena elocuente, grave, potente. Decidí que su voz tiene presencia.

—¡Pero no es entrevista! –insistió.

Más tarde, comprobé que la imagen que proyecta con su timbre, por teléfono, decae cuando ríe, en persona. Cosa que hizo una vez me vio parado, de nuevo, frente a su puerta. Esta vez, él vestía unos jeans, una camisa Lacoste y zapatillas color café. Me pidió que la grabadora la dejara en el recibidor. Sobre la pared, encima del recibidor, cuelga un cuadro con siete barcos y una canoa. A veces —pensé en voz alta— las coincidencias son extrañas. Los siete barcos bien podrían representar a los siete canales cuya concesión hoy están en su poder. ¿Y la canoa? A la frecuencia televisiva que la SIGET le prohibió en marzo de 2009 para televisión abierta. Pinto iba con todo: quería ocho canales en televisión abierta, pero el código de la frecuencia No. 8 no correspondía al campo de la televisión abierta. Así que esa frecuencia se quedó como la canoa de la pintura, amarrada al muelle, viendo cómo sus hermanos mayores zarpaban rumbo a un glorioso ocaso. Igual pagó por ella otros 40 mil dólares. No me explicó en qué piensa ocuparla.

Luego de aquella visita se me ocurrió, de nuevo, que las coincidencias pueden ser extrañas. La pintura bien podría representar, también, a los barcos que a principios de los 90s estuvo ligado el abogado Luis Francisco Adalberto Pinto García. Pero él hace una salvedad:

—Aquellos eran seis.

Se trata de los barcos Annette, Mariscal, Barón, Michelle, Príncipe y Duquesa. Por ellos, cinco empresas litigaron más de siete años en cortes del país. Para algunos abogados a quienes les comenté el caso, esto les pareció raro pero fascinante a la vez. Sobre todo por su final sorprendente. Resulta que allá por 1991, con un El Salvador todavía en guerra, una empresa llamada “Procesadora San Michelle” pidió un amparo ante la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema porque alegó que le querían quitar sus barcos. Todos ellos, de casco de hierro y de más de 20 metros de eslora, eran barcos pesqueros.

Según San Michelle, la Marina Nacional, Capitanía del Puerto de Acajutla, pidió le fueran entregados los barcos por órdenes del juzgado de Primera Instancia de Acajutla y Juzgado Segundo de lo Mercantil de San Salvador. En esos juzgados, Astilleros Monarca, de nacionalidad mexicana, demandó a Pesquera Salvamex porque, según dijeron sus abogados, la segunda no pagó en el plazo estipulado el precio de las naves, y por lo tanto estas debían ser devueltas a la dueña original. "¿Qué tenía que ver San Michelle en ese entuerto?", alegaban los abogados a quienes consulté. Al parecer, nada.

Lo mismo alegó Luis Francisco Adalberto, abogado de "Inversiones del Mar", "Swissco, S.A. de C.V."  y "Legumbres, S.A. de C.V.", que se decían, también, dueñas de los barcos. Eran seis empresas en pugna.

En el proceso, los abogados de Astilleros Monarca aseguraron que si los barcos aparecían registrados a nombre de otras empresas y no a nombre de Pesquera Salvamex, “es este el resultado de una maniobra más que equívoca y dudosa...”  La Sala no tomó en cuenta los alegatos de Monarca y los barcos quedaron en manos de sus dueños.

—¡Ganamos! —celebra Luis Francisco Adalberto, equivocándose, confundiendo que trabajó con San Michelle, y no con las otras compañías, como en realidad sucedió. Al corregirlo, se excusa en el tiempo transcurrido—: Ya no me acuerdo bien.

De Pesquera Salvamex dice recordar que era una "empresa mexicana" que nada tenía que ver con las suyas. Salvamex nació en 1983 con dos socios salvadoreños y dos mexicanos. En 1985, por deudas con San Michelle, S.A. de C.V., esta última se quedó con sus propiedades. Esto fue en octubre del 85. Dos años más tarde, en julio de 1987, Monarca inició un juicio para recuperar sus barcos sin saber, al parecer, que estaban en manos de otra empresa. El juicio lo ganó en el 91 contra Salvamex, y fue entonces cuando San Michelle interpuso el recurso de amparo y la sentencia se congeló.

Seis años más tarde, en enero de 1997, la Sala descubrió que el abogado de San Michelle actuó con malicia al pretender reclamar seis embarcaciones para sí, cuando en realidad suya era solo una: “Michelle”. La Corte determinó que las otras cinco eran de las tres empresas representadas por Pinto García, y que estas solo estaban registradas en el Registro de Comercio, mas no en la Marina Nacional, Capitanía del Puerto de Acajutla. Luego, otra coincidencia extraña. Extraña porque el nombre que apareció es muy conocido en El Salvador: el principal y mayor accionista de las empresas Pesquera Salvamex, Procesadora San Michelle y Swissco S.A. de C.V. es el mismo: Enrique Rais. Rais es mejor conocido por liderar la empresa de tratamiento de desechos sólidos Mides y por haber salido salpicado en un millonario escándalo de corrupción entre el Banco de Fomento Agropecuario y El Ingenio El Carmen. Recientemente, Rais también fue conocido como uno de los impulsores de la candidatura del actual presidente Mauricio Funes, cuando este aceptó que el despedido candidato del Partido de Conciliación Nacional, Tomás Chévez, se sumara a su bando antes de los comicios.

Luis Francisco Adalberto me confirmó que aquella primera pista que tenía sobre él (la petición de inconstitucionalidad de un decreto en el sector azucarero) está ligada con el caso entre el BFA y el Ingenio El Carmen. Su trayectoria como abogado, me dijo, también ha pasado por varios bancos, la telefónica Digicel y —mucho antes— la Secretaría Particular del gobierno de Álvaro Magaña, en los años 80s. También está ligado a las empresas Industrias Egeo e Industrias Sintéticas de Centroamérica.

—Cuando me dicen que soy un abogado desconocido, no lo entiendo. El doctor Magaña y Chachi Guerrero son dos de mis mentores. En esa oficina me inicié –dice, aludiendo a la nota que sobre él publicó el Canal 33.

De su juventud resta contar que se la pasaba entre la universidad y bailes en la discoteca Mario´s. Hoy, a sus 52 años, a Luis Francisco Adalberto todavía le fascina la música disco. No me costó imaginármelo con pantalones acampanados, bailando como Travolta. A lo mejor uno de sus canales —pensé— regresa al pasado de Saturday Night Fever.

—¡Buenísima! —dice, y ríe.

Luis Francisco Adalberto Pinto García, el abogado, se graduó de la Universidad José Matías Delgado, en la misma promoción del ex fiscal general Félix Garried Safie, del fiscal general Romeo Barahona, de la ex superintendenta de Competencia, Celina de Escolán, y de un hombre al que según él describió, es poderoso en el emporio de la Telecorporación Salvadoreña.

—Mi amigo Carlos Aguilar Calderón —dice Pinto, agregando el nombre a la lista, mientras me enseña la foto de la promoción, tomada frente al monumento a la Revolución, en la Colonia San Benito. Pinto aparece al final de una de las filas superiores, sin lentes, para no matar el look. En la foto, sonríe.

***

—¿Y qué quiere hacer con los canales? —le pregunto.
—Televisión automática —responde, seguro.

Eso es algo así como que él alquila una hora prime time a un cliente X. Entonces, X, desde cualquier punto con acceso a internet, filma su show y lo mete en un programa de computadora alquilado por el dueño de los canales. Luego, de la computadora del cliente sale una señal hacia los microondas de la segunda planta de la casa; ahí, el equipo pispilea, tira lucecitas y envía la señal al Boquerón para que la antena la reparta hacia los televisores del país. En el proceso se ahorra la producción. Cuando esto suceda, los canales dejarán de pasar las barras de colores que en estos días muestran. Esto será pronto.

—Estamos negociando con iglesias de las que tienen pisto —dice.

Otro canal a lo mejor lo podría alquilar. Otro, a lo mejor, lo podría conducir él —pensé—, luego que me confesara que le fascina el programa “Poné a Francella” que pasa las noches de martes y viernes canal 33. Es un programa cómico con el actor argentino Guillermo Francella, quien hace las veces de gigoló enamorado de exuberantes mujeres, de cura o de padre seducido por una "Lolita" universitaria, compañera de su hija. Entonces le puse cara al traje negro —smoking— con el que imaginé al magnate de la televisión. "Poné a Adalberto".

—¡Es buenísimo ese programa! ¡Buenísimo! —dice, y ríe.

Pero él prefiere estar detrás de cámaras. Me jura y perjura que sabe manejar el equipo de microonadas. Por alguna razón me cuesta creerle. Y sobre el manejo de medios, confiesa, tiene poca experiencia. Lo más cercano que estuvo fue en sus épocas de universitario, cuando probó suerte en La Femenina. Dice que solo estuvo dos meses porque lo sacaron "por loco". Sólo quería poner música disco. Hoy dice que está en clases de salsa. Pensé en un programa en el que Luis Francisco Adalberto y su flaco cuerpo eran los anfitriones de un concurso.

—¡No vaya a poner eso! —dice, pero ríe de nuevo.

Contrario a su poca experiencia en medios, hay en la Telecorporación Salvadoreña un Carlos Aguilar Calderón que sí está bien metido en el negocio. Está ligado a más de 60 sociedades, incluidas las empresas en donde Boris Eserski, el fundador de la Telecorporación Salvadoreña, tiene metidos sus pies: televisión, radio, cine, inversiones, compañías de cable...

De manera aparentemente circunstancial —de nuevo, las extrañas coincidencias—, la historia de Aguilar Calderón y Luis Francisco Adalberto se cruza en un tema: el reparto de frecuencias televisivas autorizado por la SIGET. En los años 80s, las frecuencias que hoy posee el abogado fueron de la empresa Telesat (Futurama); y para el nuevo siglo ya eran de Amnet, la gigante del cable salvadoreño que terminó fusionándose con la teléfonica Tigo.

Amnet, sin embargo, ya había tenido otra fusión: con la Compañía de Cable Salvadoreña y Metrotelecom Limitada Sucesores. En estas dos empresas aparece un socio, de nombre Álvaro Salazar Amaya, que también está ligado en dos empresas con Aguilar Calderón y Eserski: Cablevisa y Multicable; y en una más con Aguilar: Unicable.

Salazar Amaya, Aguilar y Eserski están relacionados también con Amnet: La Prensa Gráfica reportó el 19 de diciembre de 2006 que 16 frecuencias que eran de Cablevisa ya eran propiedad de Amnet. Este 2010, la SIGET confirmó a El Faro que Amnet, en los últimos dos años, no solo le traspasó siete frecuencias a Luis Francisco Adalberto, sino que también le cedió una frecuencia más al emporio TCS: la del canal 31, en donde aparece como director secretario de la empresa "Alquileres y Servicios" Carlos Aguilar Calderón. Esas frecuencias, dice SIGET, son las mismas que alguna vez tuvo Telesat (Futurama).

La Ley de Telecomunicaciones dice que las concesiones en televisión duran 20 años. Pregunté a la SIGET cuál era el fundamento legal que avala que estas frecuencias —que originalmente son de un concesionario que tiene que reunir ciertos requisitos— pasen como si nada de un dueño a otro, como si lo que se estuviera sometiendo a transacción fuera un jabón. Hasta la fecha la SIGET no ha respondido.

Pregunté además a Luis Francisco Adalberto si aparte del nexo que hay por el espacio que según él le alquila TCS en el Boquerón, hay otra conexión, y me respondió que no. Le pedí lo mismo al director de noticieros de la Telecorporación, Jorge Hernández y a la fecha no ha habido respuesta. Jorge Hernández acaso sea como un Luis Francisco Adalberto en pequeño: a nombre suyo aparecen ligadas dos empresas televisivas (Canal 29 y Canal 25); y en 2005, la empresa dueña del 29 (Unicentro) consiguió lo mismo que el abogado obtuvo en 2009: SIGET autorizó que la frecuencia saliera de cable y se fuera a televisión abierta.

En la última visita a Luis Francisco Adalberto recibí tres nuevas advertencias que tenían que ver con lo que publicara en esta nota. La primera fue así:

—Si me raspa, lo raspo dos veces...

La segunda fue un complemento de la primera:

—Si es chiquito, me lo como; y si es grande (tomó con su mano derecha su brazo izquierdo e hizo un ademán de morderse la muñeca), lo muerdo, y aunque sea un pedacito le voy a arrancar.

Luego rio, de nuevo, con ese su resoplido, y al ver mi cara de molestia, aclaró que eso era broma.

En el portón de su casa, junto al Volkswagen Beetle que maneja, me soltó la tercera advertencia:

—Esta sí es en serio: si no me gusta lo que saca no lo vuelvo a recibir en mi casa.

Le agradecí su paciencia, le dije que ojalá eso no llegue a suceder y me despedí. Cuando me marchaba vi que sobre la casa de Luis Francisco Adalberto había dos antenas parabólicas color gris ancladas con pernos al techo color naranja. Las antenas apuntaban hacia el Boquerón.

 


 

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