Segundo Siliézar pensó en convertirse en ladrón, en un Robin Hood doméstico que, armado con cuma, atracaría en la colonia Bosques del Río o en las cercanías de Unicentro, en Soyapango. Eso pensó cuando sintió los bracitos desnudos de sus dos hijos más pequeños jaloneándole las piernas. Desde la noche anterior su familia había aguantado hambre, y para cuando regresó de la milpa, ya era la 1 de la tarde del miércoles 7 de julio. Segundo pensó en robar cuando todavía tenía encima las miradas tristes de aquellos dos caretos. “Papi, ida”, le suplicó por segunda vez el pequeño Juan Diego. Segundo, entonces, fue el hombre más desesperado de la Tierra y pensó en robar.
Ese día, Segundo regresó a su champa con la espalda partida, el cuello tostado por el sol y las manos castigadas por el mango de su cuma. Regresó triste porque allá arriba, esta vez, ni siquiera la naturaleza le había regalado los mangos con los que desde hacía año y medio entretenía el estómago de sus hijos cuando no había qué comer. Regresó cansado, y lo cansó más reconocer que ese día, si tenían suerte, cenarían. Pero por cómo iban las cosas parecía que completarían un día entero de hambre. Una familia iba camino a padecer un día completo de hambre en este caserío a pocos kilómetros al oriente de San Salvador.
Fatigado por trabajar sin recoger frutos –la milpa estará lista hasta la segunda quincena de agosto- sin dinero y con la súplica de sus hijos más pequeños, solo robar parecía una opción. Sin embargo, con las migajas de razón que todavía le quedaban en la cabeza, rechazó la idea al reparar que lo podían capturar o matar en defensa propia. Entonces, se convenció de que era mejor apretar los labios y morir de hambre junto a su familia que morir baleado en la calle o podrido en la cárcel. Sobre todo porque morir baleado en la calle o podrirse en la cárcel lo haría solo, con la angustia perforándole el pecho y recordándole que sus siete hijos y su esposa igual morirían con los estómagos vacíos y sin él.
—Ya va, papitos, ya va —les dijo a Álex, de tres años, y a Juan Diego, de año y medio.
Después huyó al patio de la champa, perseguido por la angustia. Segundo ya tenía aleccionados a Alejandra, José y Gerardo con la ley dura y yerma de la vida del pobre: “Coman cuando hay, porque cuando no hay, sóquense la pita”. Estos tres niños, de 12, 10 y 8 años, le hacían caso y se amarraban el estómago con un nudo imaginario y no se quejaban cuando aquel crujía por dentro. ¿Pero cómo se le explica a dos chiquitos que cuando no hay nada para comer, no hay nada? Aquella tarde, Segundo no encontraba salidas. Un año y medio sin empleo, 10 meses intentando sin éxito que en las construcciones aceptaran esos dos brazos vencidos por 59 aniversarios, una milpa que todavía no da para comer... En esas cavilaciones estaba cuando Álex y Juan Diego contrajeron las pancitas infladas, levantaron el pecho en un último intento desesperado por llamar la atención, y chillaron con más fuerza. Chillaron como dos niños que piden “ida” porque no prueban bocado desde hace un día.
Presa de la impotencia, del pánico, de la desesperación, su padre dio vueltas por el patio, pidió a Dios en vano y se detuvo un instante frente a la casa, contemplando cómo esas gotas de miseria derramaban el vaso de su cordura. Entonces clavó la vista en uno de los tablones de su champa y recordó que ahí, dos años atrás, había colocado un cumbo de plástico. Sintió una chispa de esperanza al constatar que el cumbo seguía ahí. Y más aun cuando corroboró que unos granos de maíz pintados con tintura verde también seguían rellenando el cumbo. Lo destapó, cogió cinco pepitas con su mano derecha y las olió; y mientras lo hacía, otra idea todavía más loca que salir a robar echó raíces en su cabeza. Y eran tan profundas estas, que la razón, maniatada y humillada, ya no pudo espantar a ese cuervo negro que lo convenció de que todo saldría bien. Su familia tenía hambre y lo único que había para comer era libra y media de maíz envenenado. Envenenado hacía dos años.
—Primero Dios no nos va a pasar nada —pensó Segundo—. Primero Dios.
La niña Mima llegó a la comunidad Las Cañas a vender hojas de mora, de chipilín y cochinilla a los habitantes de este caserío escondido de Soyapango, el tercer municipio más poblado de El Salvador. Llegó con su canasto y con su hijo de ocho años desde el cantón Las Fuentes, ubicado al otro lado del río, en Tonacatepeque. Llegó como todos los miércoles al mediodía: fatigada, con sed y con hambre. La morena y diminuta Mima también es pobre.
Los clientes de Mima llegaron aquí en los años 80s, después de que el ejército los sembró como refugiados de la guerra luego de recolectarlos en Usulután, Morazán, Zacatecoluca y San Vicente. Las Cañas es una comunidad a la orilla de un río contaminado con las aguas negras del Gran San Salvador y no ofrece la posibilidad de la pesca.
En el primer lustro de los 80s, los primeros refugiados compartían una galera ubicada en lo que hoy es el centro de la comunidad. Adentro de la galera, las familias dormían separadas con cortinas, arrulladas por el repique de martillos que convirtieron a Soyapango, en tres décadas, en un nido de suburbios llenos de obreros y de empleados clase media baja. Pero aun con esa expansión inmobiliaria, incrementada en los 90s, junto al apogeo económico tras la guerra, la urbe no bajó hasta Las Cañas, que se quedó rural, a la orilla del río. Ahí abajo la gente no se deprimió por la relativa opulencia que ostentaban los menos pobres de los suburbios cercanos, o por la verdadera opulencia de los ricos de San Salvador. La gente se organizó y delimitó sus terrenos. Gladys Siliézar, la sesentera hermana de Segundo, crio dos hijas frente al río. Narcisa Robles es una morena y alegre mujer que divide su tiempo en atender a su familia y en presidir la comunidad. Rosa Clímaco, prima de Segundo, logró prosperar gracias a la idea emprendedora de montar en este rincón olvidado de El Salvador un chalé que luego se convirtió en una pequeña abarrotería.
En el génesis de Las Cañas, los familiares de estas tres mujeres, y de muchas otras más, llegaron seducidos por el canto de un río que regalaba arena para comerciar con ella. Espantados por las balas que les aventaban en las montañas del oriente del país, la segunda tanda de lugareños creyó que este hoyo acabaría con su pobreza. Atraído también por ese sueño, en una tarde de finales de 1989, apareció Segundo Siliézar, agarrado de la mano de una mujer morena, 20 años más joven y embarazada. Los colonos, ya asentados, escrituraron sus tierras dentro del núcleo central de la comunidad. Los segundos, como el mismo Segundo, se tomaron los terrenos del Estado ubicados a la orilla de la línea del tren. 20 años después todavía siguen ahí.
—Mías solo son esas láminas y esas tres camas —dice Segundo.
Para 2007, el mercado de Mima, la mujer del canasto, ya era una comunidad con abuelos pobres, con hijos pobres, con nietos pobres y con parientes de otros mucho más pobres que ellos. Siendo rural -porque aquí nada parece urbano-, el Censo de Población de 2007 la marginó aún más, cuando dijo que en Soyapango no quedaba ninguna zona con características rurales. Quizá lo urbano que encontraron los encuestadores fue la escuela de concreto, con un techo que no aguanta más lluvias. O las cuatro casas de cemento, ubicadas a la orilla de ese río sucio que solo sirve para comerciar con su arena a precios de miseria: con suerte, cada día, un cargador de arena vende una camionada a cuatro dólares. Con mala suerte, por la competencia, se la pagan a dos dólares o no vende nada. Con suerte, el río no crece y los montículos de arena sobreviven. Con mala suerte, llueve y toda la faena del día se va con la corriente. Los días de lluvia traen mala suerte. Y esa mala suerte afecta al 70% de una comunidad compuesta por 177 familias que viven precisamente de eso: de jalar arena. El censo quizás se equivocó o no bajó hasta Las Cañas, porque ahí lo que hay son muchas champas desperdigadas que crecen como la maleza, con piso de tierra y paredes de bahareque.
Si un pobre tiene que vivir en algún lugar de San Salvador, tiene que vivir en este hoyo al que se llega después de recorrer tres kilómetros en bajada, sobre una calle lodosa y alfombrada con ripio que algunos lugareños tiran a los baches a cambio de coras que les avientan los conductores de los camiones. Cuando Segundo se miraba en aprietos, le pedía a Alejandra y a José que le ayudaran. Ayudarle era que los niños salían a picar ripio y a tapar los hoyos de la calle. Así los camiones lograban sortear la dificultosa vía de acceso hasta el río. El río muerto Las Cañas da vida a la comunidad Las Cañas.
Si un pobre tiene que vivir en el peor de los mundos, tendría que ser en este hoyo. Las Cañas no fue lo suficientemente rural para aparecer en los mapas de pobreza del programa Red Solidaria, lanzado en 2005; y tampoco es lo suficientemente urbana para aparecer en el mapa de pobreza a partir del cual el gobierno pretender ayudar al millón de pobres que viven en las zonas urbanas “más pobres” del país.
Sólo entendiendo cómo sobreviven estas familias puede comprenderse cómo es que Mima insiste en llegar ahí con su canasto para vender comida a gente pobre. Y Mima insiste tanto porque como lo que vende son hojitas y hierbitas, remedios para el estómago de los hambrientos, sabe que su clientela es vasta. Caso contrario, hace trueques, como el que hizo en una champa con paredes de bahareque, techo de lámina y vigas de madera, ubicada a un costado de la línea férrea, aquel mediodía del miércoles 7 de julio. Esa casita que los Siliézar llaman hogar y al que Mima frecuenta, al finalizar su recorrido, para descansar.
Cuando la vendedora del canasto entró al terreno de los Siliézar -un pedazo de tierra de 10 metros de ancho por 15 de fondo, con una champa de un solo cuarto en la que hay un fogón y tres camas para que duerman ocho personas-, Mima encontró a su amiga, Blanca Alicia Toj, terminando de lavar libra y media de un maíz blanco como la leche. Mima y Blanca Alicia ríen juntas desde hace cinco años, y cuando se encuentran en este lugar, pactan un trueque de subsistencia que le permite a Mima no gastar en comida y a Blanca Alicia darle sabor al caldo: hojitas y hierbitas a cambio de tortillas y agua que recogen de las cantareras. La tradición se repitió ese miércoles. Lo que Mima no supo sino hasta cuatro horas más tarde, es que el maíz que ella misma molió todavía tenía impregnado el veneno con el que fue tratado hace dos años para evitar que las plagas lo dañaran. Las tres lavadas y la hervida que Blanca Alicia le había dado minutos antes servían, según los Siliézar, para conjurar la amenaza del veneno. Las semillas ya estaban despintadas de la tintura verde. Segundo había rogado a Dios que no les pasara nada.
Cuando la niña Mima regresó del molino con aquella masa, la sopa de arroz con hojitas de chipilín ya estaba en su punto. Así que las dos mujeres palmearon tortillas y se dispusieron a servir un almuerzo tardío frente a los ojos hambrientos de seis niños. Para los Siliézar, era el primer bocado del día. Para Mima y su hijo, pudo haber sido el último.
Segundo Siliézar, su esposa Blanca Alicia Toj y la niña Mima comieron dos tortillas cada uno, y una pupusa de cochinilla, una hierba que comen salvadoreños como los Siliézar para darle gusto a la masa simple. Alejandra, José y Gerardo Siliézar comieron tortilla y media cada uno. El hijo de Mima comió una; y los dos chiquitines, Álex y Juan Diego, calmaron su hambre con un plato de arroz aguado y media tortilla. Solo así Álex y Juan Diego dejaron de llorar, y Segundo Siliézar vio que lo que había hecho estaba bueno. Y seguía confiado en que Dios había escuchado su ruego.
—Como ya tenía dos años guardado... más las lavadas... pensé que se le había ido el veneno —dice ahora.
A las 2:30 de la tarde, Segundo Siliézar bebió agua, se despidió de las dos mujeres y se fue con su cuma.
—Tenía una galladita —recuerda. Un kilómetro río arriba, en la comunidad Santa Rosa, trocearía un árbol caído a cambio de ocho dólares. Ese dinero hubiera significado el primer 'sueldo' que Segundo recibiría en todo el año. Ese dinero hubiera impedido que al día siguiente volviera a zumbar por su cabeza el cuervo negro que lo convenció de comer aquel maíz pintado de verde. Al salir de la champa, Segundo dejó a Alejandra, de 12; a José, de 10, y a Gerardo, de 8, jugando peregrina, al lado de la vía, junto al hijo de Mima. Se fue con esa imagen de sus hijos jugando después de ganarle una partida al hambre.
Mima se fue con su hijo de la casa de los Siliézar a las 3 de la tarde. Se marcharon rumbo a su casa en Tonacatepeque. El canasto iba más cargado: adentro iba un rimero de tortillas con una sustancia invisible llamada carbamato. El carbamato corría ya por la sangre de todos.
El carbamato es uno de los componentes químicos venenosos presente en tres de los 13 pesticidas más dañinos a la salud que se han usado, por décadas, en los cultivos de El Salvador y del resto de la región centroamericana. El carbamato es un nombre genérico para un grupo de químicos que en los humanos evitan las desconexiones neuronales, con lo cual el sistema nervioso entra en una fase de trabajo continuo. Con el sistema nervioso enviando señales continuamente a los músculos y órganos del cuerpo, se producen temblores, convulsiones y finalmente la muerte.
El carbamato con que se baña el maíz 'mejorado' (porque es una semilla de laboratorio usualmente con la virtud de ser más productiva) es un plaguicida que puede tener varios nombres comerciales. El que viajaba en el rimero de tortillas de Mima era de una semilla mejorada que Segungo compró en un agroservicio en 2008, cuando aún podía darse el lujo de comprar algunas cosas.
El año pasado, el Ministerio de Salud registró mil 639 casos de intoxicaciones en salvadoreños debido al uso de pesticidas. En la mayoría de los casos, la gente se intoxica por un descuido o por accidente o por ingesta involuntaria. La ingesta de los Siliézar, en cambio, fue voluntaria. Segundo recuerda que en más de alguna ocasión, en la misma cosecha en la que ocupó a las hermanas de las semillas que mataron a sus dos hijos, comió con las manos aún coloreadas con el verde de las semillas mejoradas y nunca le pasó nada.
—Por el sol, la deshidratación y el calor uno se atonta y se le olvida lavarse las manos. Pero si no era tan fuerte...
Orgulloso, Segundo dice que cuando compró esas semillas malditas que se comió, todavía tenía un empleo con el que mantenía a su familia. La libra y media de maíz que se comieron en aquel almuerzo fatal eran el remanente de ocho libras que compró en un agroservicio de San Martín hace dos años. En esta ecuación de pobeza, resulta irónico descubrir que por esas ocho libras pagó la misma cantidad que obtendría después de trocear el árbol: 8 dólares.
Hace dos años, Segundo Siliézar todavía recibía un sueldo de 180 dólares por portar una pistola y pararse 24 horas frente a una gasolinera en la carretera de oro. No tenía seguro de vida, no tenía prestaciones sociales, no tenía más que un ritmo de un día de trabajo y un día libre. Ese día libre se iba a cuidar la milpa, y al día siguiente regresaba a cuidar la gasolinera. Así los siete días de la semana los 12 meses del año. Así. Con ese ingreso alimentaba a sus siete hijos y a su esposa. Comían arroz, frijoles, tortillas, mora, chipilín. Siempre. Chile, de vez en cuando.
—¡Ella se metía dos platadas de arroz sancochado con mora! —recuerda Segundo, mientras señala la foto en la que aparece Alejandra, en una especie de altar construido para ella, para José y para Gerardo.
—¿Y José?
—Dos platadas cada uno. ¡Platadas galanas! “¿Y dónde te cabe eso, hija?”, le preguntaba. “¡Ay, papi, si la vida es comer!”, me decía ella. Y lo que le encantaba a ella era el chile. Bueno, a todos. Allá se iba con el hermano a juntar coritas en aquel piedrero, y ya regresaban con unos chilitos jalapeños. ¡Buenos para el chile!
Una vez al mes, Segundo ajustaba para “una pelota de gallina”. Cuando Segundo pronuncia esto, los ojos le brillan al recordar aquella bonanza. Una pelota de gallina al mes. Cuatro cuartos para nueve personas. Separada en porciones, apenas y les ajustaba. Pero todo acabó al finalizar la segunda mitad de 2008. Entonces, su hija mayor, Julia, consiguió trabajo como empleada doméstica y le ayudaba con lo que podía. Ella ganaba 60 dólares a la quincena y de ahí tenía que sacar para sus pasajes, su comida en la ciudad de Soyapango y su estudio de bachillerato. Con lo que le daba al papá, Segundo compraba un quintal de maíz que le aguantaba 20 días. Compraba dos libras de frijoles y estas morían de un día para otro. Poco a poco, Segundo se dio cuenta de que llegarían días en que solo tomarían una tacita de café amargo cada uno. Fue cuando aleccionó a Alejandra, José y Gerardo por primera vez: “Coman cuando hay, porque cuando no hay, sóquense la pita”, les dijo.
El trabajo de vigilante fue el ascenso que Segundo Siliézar había esperado toda su vida. Desde que huyó del cuartel de Usulután, al final de los 80s, nunca había tenido un ingreso tan fuerte y tan alto como ese: 180 dólares al mes.
Segundo dejó la guerra y abandonó el país porque dice que nunca le ha gustado eso de andar en pleitos. Así que una madrugada de 1989, en su segunda licencia, tomó un bus rumbo a Guatemala y se refugió en Escuintla. Ahí encontró un cañaveral escondido en un pueblo que recibió con brazos abiertos a aquel salvadoreño flacucho de 39 años. Segundo, en aquella época, se defendía en la vida con seis armas: una gran sonrisa, un pelo castaño peinado de lado, un par de ojos café miel y la energía de dos brazos serviciales. Con los últimos consiguió trabajo en el cañal, y con los penúltimos conquistó a una morena color chocolate, flanqueada en la cara con una quijada afilada como las que tienen las indias de los cuentos. Una nativa 20 años menor que Segundo, pero con dos ojos negros como la noche que aquel quería para combinar el resto de sus días.
—La vi y me la traje. Me vio y se vino— resume Segundo. Por supuesto que entre ellos pasó algo más, y a los meses de haber llegado a Las Cañas, Blanca Toj dio a luz a una niña salvadoreña. Salvadoreña y soyapaneca.
Convertido en padre, Segundo pasó de rozar caña en Guatemala a podar cafetales en la Hacienda Prusia, de Soyapango. La primogénita de los Siliézar nació a los seis meses de que estos se instalaran en la que hoy sigue siendo su champa. Era morenita como su madre y flaca como su padre. Demasiado flaca, tal vez, producto de su aparición prematura en la vida: la niña era sietilla. A los tres meses de nacida quizá la niña presagió el futuro de la familia y resolvió que no tendría fuerzas para soportarlo. Segundo quizá se dio cuenta, porque decidió llevársela a un hospital para que la trataran.
—Murió entubadita. No resistió. Es que era sietilla —dice. Pero Segundo y Blanca no se resignaron. Y al año siguiente nació otra niña, que salió morena como la mamá, y con los ojos del papá. La llamaron Rosa. Cuatro años después nació Claudia, con el color del maíz como el del papá. Tres años más tarde nació Alejandra, con las facciones de la mamá, pero con un color moreno claro en la piel. Un año después llegó José, que sacó el color de piel de Segundo y, sobre todo, los ojos pícaros y de color miel que conquistaron a su mamá. Gerardo nació en 2002, moreno, robusto, fuerte. Tan fuerte como para sobrevivir al veneno que quizá en igual cantidad mató a sus hermanos mayores, Alejandra y José. Álex llegó en el 2007, “negro” –como le dice su papá-, curioso y calladito. Juan Diego llegó en 2008, rubio, chelito, risueño, gritón.
Cuando el último Siliézar nació, Segundo ya no trabajaba de vigilante. Lo despacharon porque no tenía licencia para manejar armas, después de una ley aprobada por la Asamblea Legislativa que impuso esta prohibición. Sin trabajo, resignado volvió a tocar las puertas de la Hacienda Prusia, pero a la tercera quincena lo despidieron.
—¡Querían que hiciera el trabajo de cuatro mozos por el precio de uno! Me quejé y me echaron— cuenta Segundo.
Esos 180 dólares obtenidos en las tres quincenas fue el último sueldo que tuvo entre sus manos antes de decidir comer maíz envenenado. Juan Diego, desde entonces, se convirtió en el único Siliézar que desde su nacimiento tuvo que soportar el crujir de sus tripitas vacías. Juan Diego, en resumen, ha sido el Siliézar que más hambre ha aguantado. Aquel miércoles, antes de que comieran tortillas con veneno, Segundo recuerda que Juan Diego lloraba como con la fuerza de dos niños. Su llanto era tan fuerte, dice, que opacaba el de Álex.
Alejandra y José, cuando había, le llevaban a su padre la comida hasta la milpa, ubicada dos kilómetros cuesta arriba. Segundo reconoce que no supo interpretar lo que la tierra le quiso decir en la siembra de 2009. De las ocho libras de semilla tratada que compró con uno de sus últimos salarios como vigilante, le habían sobrado tres, porque en aquella época solo cultivaba seis tareas. En 2009, ya sin trabajo, las propietarias del terreno –unas monjitas católicas- donde cultiva, le permitieron trabajar una manzana y media a cambio de que este cuidara la zona durante su estadía. Segundo intentó sembrar la mitad de aquellas semillas que compró, pero estas se pudrieron adentro de los surcos. Entonces guardó el resto en un cumbo blanco y no se acordó de ellas hasta ese miércoles.
Ahora las tiene tan presentes, que maldice la hora en la que decidió comerlas, aunque se resigna con el resultado fatídico de aquella tarde. Segundo también maldice a aquellos que creen que deberían investigarlo por “matar” a sus hijos.
—Cuando ya están los hechos, sobran mil comentarios. Pero cuando uno se está muriendo no hay alcalde, no hay gobierno, ¡no hay nadie! ¡No nos demos paja! Pero cuando uno está en desgracia ahí viene la Fiscalía, la Corte Suprema de Justicia, ¡el diablo y el demonio! Perdón que dije la palabra. ¡A mí cólera me da!
—¿Se arrepiente de haber tomado esa decisión, Segundo?
—Si en ese momento alguien me hubiera dicho: “no comás esto”, y luego me lo hubiera quitado... ¡bum! Tal vez no hubieran comido...
Segundo asegura que si sus hijos murieron es porque ya tenían los días contados.
—Quizá ya les tocaba —dice.
Pero no lo dice por gusto. Cuenta que en noviembre de 2009, tras las lluvias de Ida (que mataron a más de 200 personas en todo el país), ambos niños estuvieron a punto de morir aplastados por el árbol y el lodo que cayó del paredón ubicado detrás de la champa. Aquella mole partió la cama en la que minutos antes habían estado durmiendo Alejandra y José. De la historia hoy solo quedan unos plásticos que hacen las veces de pared en ese extremo de la choza.
Los hermanitos estaban predestinados para morir niños, es la conclusión de este padre. Y murieron comiendo una semilla que se supone es un recurso clave para los más pobres. Y pese a lo que se escribió en periódicos y se difundió en la televisión cuando estalló la noticia, tras la muerte de Alejandra y José, las semillas que comieron Segundo y su familia no eran de las que reparte el gobierno.
Pero comieron, y la mezcla entre ayunas y el hambre crónica más la dosis del veneno que no se fue del maíz, atacó primero a Alejandra, que comenzó a sudar helado, a restregarse en espasmos y a vomitar un líquido amarillento.
Blanca Toj se desesperó, y en su desesperación mandó a José, que ya comenzaba a sentir las contracciones musculares lacerándole el cuerpo, a buscar a su padre. José, como pudo, caminó un kilómetro río arriba, hasta la comunidad Santa Rosa. Pero José no encontró a su padre y regresó vencido: con temblores, con desmayos y con evacuaciones.
En Santa Rosa, Segundo Siliézar no sabía qué ocurría en la casa pero estaba a punto de descubrirlo. Minutos antes, minutos después de que su hijo saliera a buscarlo, Segundo terminaba de cortar el tercer trozo del árbol cuando sintió un temblor que le recorrió todo el cuerpo. Apretó con fuerza el hacha y asestó un golpe más al tronco. Entonces sintió cómo se le templaron los huesos, y cómo entre la carne se iban rompiendo nervios, provocándole un dolor agudo que escaló hasta su nuca. Gritó de dolor. Luego sintió calor, un calor sofocante. Luego, 'una bolencia'. Cuando comenzó a ver cosas raras agarró el hacha y retornó a su champa.
De camino a casa Segundo Siliézar ya sabía qué sucedía y rogaba porque sólo él estuviera envenenado, porque la maldición recayera sólo en él. Él, que fue el de la idea. Él, que le apostó mal a la vida con unas barajas de muerte. Pero esa duda no la iba a disipar sino hasta la semana siguiente. Despertó hasta el sábado 10, pero por el cuadro cardíaco que presentaron él y su esposa, los médicos recomendaron retrasarles la noticia de la muerte de sus hijos. Hasta la semana siguiente Segundo iba a saber que su hijo José solo le había sacado una ventaja de 15 minutos en el camino entre las dos comunidades de regreso al hogar. No supo sino hasta ya muy tarde que José lo buscó en la casa equivocada de la comunidad Santa Rosa. Supo demasiado tarde que la vida les dio una última oportunidad cuando su hijo fue a buscarlo y no lo encontró.
—El niño fue a buscarme, pero el loquito buscó en la primera casa. Yo estaba en la segunda. Llegó, se embucó, y como no me vio salió de regreso. Si él hubiera pasado al otro solar, me hubiera visto. '¡Papi!', me hubiera gritado, y me hubiera dicho que esta (Alejandra) ya había caído en temblores y desmayos en los pieses. Pero no me halló. Quizá era lo que convenía. No me halló.
Segundo llegó tambaleándose a la champa, entró de súbito al cuarto y las dos piernas aguadas no lo pudieron sostener más. Se levantó y se volvió a caer. Se levantó de nuevo y volvió a caer. A rastras, se asomó a la cama, y se encontró con dos niños moribundos.
—Me les tiré encima, los abracé y le dije a ella: “Mamita, ¿qué sentís? No hablaba nada. Ninguno de los dos. Cuando vi eso, empeoré. Pegué el grito llorando y ahí caí. De allí, ya no me acuerdo de nada.
Blanca Toj, que presenció todo, cayó en shock. Y cuando vino a reaccionar, para dos de sus hijos el tiempo ya se había agotado. Entre el desmayo de Alejandra, la búsqueda y posterior recaída de José, la aparición de Segundo y la reacción que tuvo Blanca, pasó una hora, aproximadamente. En el cuerpo de todos, el carbamato ya tenía dos horas y media haciendo estragos, ya tenía 150 minutos haciéndoles cortocircuitos en el sistema nervioso.
Pero Blanca no fue la única que se perdió por culpa del pánico. Su segunda hija, Claudia, llegó a la champa después de tortear en un comedor de Bosques del Río. Si Segundo no hubiera caído presa de la desesperación, con los cinco dólares que Claudia llevaba en el bolsillo hubieran cenado algo ese día.
—Mi hermana y mi hermanito estaban algo moraditos. Mi papá estaba en la cama, quejándose. De pronto, veo que mi mamá estaba parada a un lado sin moverse y le dije que fuera a buscar a don Carlos.
Detrás de Blanca, Claudia recuerda que salió a buscar a su hermana mayor, confiada en que esta ya debería venir en bajada por la empinada de tierra y piedras por la que suben los camiones cargados de arena. Blanca Toj, a las 4:30 de la tarde, tocaba la puerta de Narcisa Robles de López, pidiendo ayuda. Blanca no le hizo caso a su hija, porque en el camino quizá recordó que la presidenta de la comunidad es también la encargada del comité de salud.
—Mi esposo está mal. Le está saliendo espuma por la boca —le dijo.
Entrenada en los efectos que producen las intoxicaciones, Narcisa acertó con su primer diagnóstico: veneno. Por eso, le preguntó:
—¿Qué comió? ¿Qué tomó? ¿Por qué está así?
—Cocimos libra y media de semillas de esas que dan para la siembra —respondió Blanca, mientras ya caminaban rumbo a la champa.
—¿¡Por qué hicieron eso, Blanca!? —inquirió Narcisa, sorprendida.
—¡Lo lavamos bien! —respondió Blanca, todavía confiada en la esperanza que Segundo le había plantado en la cabeza.
En el centro de la comunidad, Rosa Clímaco, prima de Segundo, dueña de la única tienda del lugar y de un camión jalador de arena, estaba lavando las verduras para la cena en la pila que tiene frente a la calle. El compadre Lando, un padre de 25 años, que dos días atrás regresaba de su quinto intento por cruzar la frontera sur de Estados Unidos, platicaba con Toñito, un joven de 19 años, con cuarto grado de estudios y resignado a jalar arena para vivir.
—¡Ayúdenme que se nos muere don Segundo! —abogó Narcisa. Su compadre Lando la siguió, con su diminuto cuerpo y su cara gastada. Lando tiene 25 años pero pareciera tener 10 más. También la siguió Toñito, un joven fornido y moreno. Rosa siguió al grupo con la vista y siguió lavando las verduras. Todavía no había escuchado que su primo estaba muriéndose.
Los primeros en ingresar a la champa de los Siliézar fueron Lando y Toñito. Segundos antes, en el cruce que de la línea férrea conduce a la empinada, se toparon con Claudia, que desesperada les contestó que iría a buscar a su hermana mayor para que los auxiliara a todos. La comitiva siguió su curso y en la entrada de la champa encontraron vómito, a Segundo tirado en el suelo, balbuceando palabras ininteligibles y echando espuma por la boca. Lando y Toñito, segundos después, salieron disparados del rancho y casi botan a Narcisa a su paso.
—¡Los niños ya están muertos! —le dijo Lando a su comadre.
Entonces Narcisa les tomó el pulso a ambos niños para ver si era cierto lo que Lando decía. “Todavía están vivos”, pensó. Salió de la casa y dejó atrás a Blanca, que había entrado en un nuevo trance, con la diferencia que ya comenzaba a padecer los mismos síntomas que su esposo. Narcisa buscó a los otros pequeños y se topó con Gerardo, que protegía a los más chiquitos. “¿A qué horas comieron, papá?”, le preguntó. “Hace ya ratos”, le contestó el niño. Entonces Narcisa dio un par de indicaciones a los vecinos, que ya eran un grupo de 20, y regresó al centro de la comunidad para aporrear el zaguán de Carlos Fajardo, el esposo de Yesenia, sobrina de Segundo. Carlos vive de sacar a sus vecinos hasta la pavimentada con un pick up blanco y desvencijado. Cuando Rosa Clímaco, que seguía lavando verduras en su pila, oyó aquel barullo, se asomó a ver qué pasaba.
Entonces Rosa escuchó la versión de Narcisa, y corrió con ella de regreso a la línea, mientras Carlos alistaba el viejo pick up. Cuando terminaron de trepar la cuesta, vieron que del otro lado de la calle dos vecinos corrían hacia ellas con dos menores en los brazos. Uno traía a José, que venía desnudo, apenas tapado con una camisa. Otro hombre cargaba a Alejandra. Alguien más, en ese momento, llamó a la policía. Alguien más, en ese momento, detuvo uno de los camiones y le pidió de favor al conductor -un lugareño que ha conseguido trabajo de chófer- que auxiliara al resto de enfermos. En el desorden, Claudia se perdió. Hay quienes dicen que la vieron subiendo la empinada a toda prisa. Iba a buscar a su hermana. En el desorden, Gerardo y sus dos hermanitos empezaron con la tembladera. Blanca Toj ya estaba vomitando. El carbamato atacaba a siete de los Siliézar.
El primer grupo se fue en el pick up de Carlos. Primero subieron a la niña, luego al niño y por último a Segundo. Los acostaron en la cama. Rosa se subió también, al ver que era la única familiar en la comitiva que podía dar datos sobre ellos en el hospital, ubicado a 15 minutos, cerca de Unicentro, si se sube la empedrada a toda velocidad.
El tiempo para Alejandra, sin embargo, ya se había acabado. La niña, desde que la acostaron, llevaba la vista desencajada. Ya no movía los ojos. Rosa le tocó el pecho a ambos para ver si el corazón aún les latía y alcanzó a distinguir algo de vida en ellos. Entre la empedrada y la pavimentada de Bosques del Río, Segundo seguía echando espuma blanca de la boca. Rosa recuerda ese último hálito de vida de la niña, así:
—En el momento en que ya nos incorporamos a la calle principal, la niña, que tenía los ojos hacia atrás, cerró los párpados, y le digo yo al otro señor que también iba en el carro: quizá se murió.
Cuando el pick salió de Bosques del Río, José siguió a su hermana.
—El niño movió la cabeza y también cerró los ojos. Ninguno dijo nada. Ni balbuceaban los pobrecitos. ¡Hoy sí se murieron!, le grité al otro señor que iba conmigo –dice Rosa. Segundo todavía iba con vida y no paraba de escupir espuma.
El operativo de rescate organizado por Narcisa y compañía duró 50 minutos. A las 5:10, Segundo llegó al hospital. 10 minutos después llegó Blanca. En la comunidad, a las 5:30, Narcisa indagó en el molino quién había molido el maíz después de los Siliézar. Visitó a esa familia y los encontró bien. Entonces descubrió el papel de Mima en este drama y mandó a llamar a un jalador de arena, originario del mismo cantón de la vendedora de hierbitas, para que la alertara. Narcisa asegura que este muchacho corrió 'como degenerado” hasta la otra comunidad, y que llegó justo cuando Mima estaba poniendo la mesa para cenar frijoles, arroz y tortillas. Las tortillas que se había llevado de la casa de los Siliézar. Mima y su hijo fueron dados de alta el domingo 11 de julio.
Los médicos del hospital Molina Martínez, de Soyapango, que atendieron a Segundo, a José y a Alejandra (a los dos últimos en calidad de cadáveres); y los médicos que atendieron al resto de los niños en el Bloom, concuerdan en que la relación del peso corporal y la cantidad de carbamato ingerido determinó quiénes vivirían y quiénes morirían ese día. A Alejandra y José el carbamato les invadió en una dosis letal. O la pobreza les inoculó una dosis letal de carbamato.
La hermana de Segundo, Gladys Siliézar, dice que estos niños vivían con una alegría extraña, con una energía extrema, con una felicidad increíble, si se toma en cuenta sus condiciones.
—Era como si supieran que su paso por esta vida sería corto –dice su tía.
Todos en la comunidad concuerdan con esta versión, y recuerdan haber visto a ambos niños, semanas atrás del incidente, tapando hoyos en la empedrada para ayudarle a su papá con los gastos de la casa. Eso fue en la segunda mitad de junio. Los Siliézar ya tenían dos meses con el recibo de la electricidad vencido y necesitaban 8 dólares para que no se las cortaran. Segundo ya no podía pedirle nada a sus hijas mayores porque Rosa acababa de perder el empleo que tenía y solo trabajaba por horas. Lo mismo pasaba con Claudia, la segunda. Entonces, Alejandra y José le dijeron a su padre que le ayudarían, y dejaron de ir a la escuela una semana para recolectar las coritas que les aventaban los camioneros de la arena.
—Esas rastritas, gracias a Dios, me querían los niños y lograron reunir el dinero para pagar la luz —cuenta Segundo.
La tía de los niños recuerda, llorando, otra característica de Alejandra y José. Siempre andaban juntos. A donde fuera que estaba ella, estaba él; y viceversa. Eran inseparables.
—Y mire, tanto eran el uno con el otro que hasta a la otra vida se fueron unidos —dice Gladys.
Ya pasaron más de dos semanas desde que Segundo le apostó al maíz envenenado para calmar el hambre de sus hijos. A José y Alejandra los enterró esta comunidad de pobres en ausencia de sus padres. Hoy los Siliézar viven en casa de Gladys, que no es sino otra champa, de unos 30 metros de largo por siete de ancho, con piso de tierra y techo de lámina. Viven ahí porque ninguno aguanta regresar al lugar donde el hambre les tendió una celada. En casa de Gladys también velan las fotos de los dos niños muertos.
De los intoxicados, aparte de Alejandra, José y Segundo, el más grave fue Gerardo. Logró el alta en el Hospital Bloom hasta el jueves pasado, 22 de julio. La tragedia ha permitido que Álex y Juan Diego, quizá por primera vez en sus vidas prueben la leche en polvo, donada una semana después de la intoxicación por la Secretaría de Inclusión Social.
Rosa, la mayor de los hijos Siliézar, se ha echado a la familia al hombro: cuida a los más pequeños y atiende a sus padres. Blanca y Claudia andan por esa casa con la mirada perdida, cabizbajas. Andan como distraídas y angustiadas. Segundo todavía tiene unas ojeras pronunciadas pero ya está mejorando, aunque hablar mucho todavía le marea. Él dice que los médicos han recomendado un seguimiento riguroso para evitar complicaciones en el hígado y el páncreas.
De Segundo hay un vídeo en internet en donde sale apretando los labios, gimiendo como niño, hinchando el pecho, soltando un llanto desgarrador. Lo tomó uno de los noticiarios de la Telecorporación Salvadoreña el día cuando sus hijas mayores le contaron que sus 'almuerceros' estaban muertos. Hoy Segundo ya no llora, pero prefiere no hablar de Alejandra ni de José porque dice que le duele el alma. Ofrece a cambio una cátedra de economía, de política, de ciencias sociales... de realidad.
—Esto se da, como le vengo repitiendo, a través de la pobreza, de la escasez de trabajo. Pero el gobierno no hace nada. Y no es que sea solo este gobierno. Así son todos. No hacen nada. ¡No nos demos paja!
El Salvador ha estado coqueteando en los últimos cinco años con los países de renta media del mundo. Es decir, aquellas naciones que ya no son las más pobres. Sin embargo, también ha estado disputando a nivel continental los primeros lugares en desigualdad entre ricos y pobres. Cerca de un millón de salvadoreños viven en condiciones comparables a las de los Siliézar.
Hoy que dos de sus hijos murieron, Segundo está consciente de que el futuro para los dos chiquitines que se le guindaron de las piernas rogándole por comida tendrá una tortilla más, un plato de arroz aguado con hojas de chipilín más. Sabe que soñar con un trabajo es igual de falso como la ilusión que le hizo creer que el veneno de las semillas estaba muerto. Pero Segundo dice que no se dejará vencer. Dice que Dios lo rescató de la muerte porque tiene un plan para su vida.
—Y es bonito ese plan: ¡estos niños no vuelven a aguantar hambre! Como estos dos que se me fueron, ninguno podrá decir que fui un tata que no se sacó el bocado de la boca para dárselo mejor a ellos.
