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El Ágora

La inconformidad libertaria de los punks

Los fanáticos de Unión 13 están en trance total. La violencia se respira en el aire. Entre empujones y jaloneos un punk toma un ladrillo como proyectil y sus compañeros amenazan con palos a otro grupo. A eso se suman golpes amenazantes contra la puerta...

Lauri García Dueñas / Fotos: Fréderick Meza

 
 

Mario tiene 15 años, está de vacaciones y no quiere salir de su cuarto. La luz del sol que entra débilmente a su estrecho reducto, apenas deja atisbar los afiches en los muros. Chatea largas horas. El puntero de su computadora marca una calavera con dos huesos atravesados. En el mundo de este joven punk, la mayor tragedia sería que sus amigos se enteraran de quién es su mamá.

Su madre es conocida en la colonia donde vive porque siempre se pasea orgullosa de su oficio. Ella es ex combatiente de la guerrilla, madre soltera, de la que su hijo no comparte sus prácticas de vida privada. Extraña el tiempo cuando vivía solo con su abuela. “Mi mamá es solamente la que a veces me da dinero”, protesta.

Mario se escapa de clases, compra un poco de marihuana para fumar de vez en cuando; alguna vez le quitó dinero a los emos para comprar alcohol. Vagabundea, ronda conciertos cuya entrada no puede pagar, pero, sobre todas las cosas, guarda para sí el secreto de su madre, el cual -teme- lo separaría de su grupo de amigos. “Por ellos haría cualquier cosa, por los que sé que harían mucho más por mí”.

Una tarde llena de abulia, cerca de las celebraciones del 15 de septiembre, charlamos vía messenger e intenta explicarme algunas cosas que todavía no comprendo sobre su ideología. Pero antes, cuando le pregunto cómo está, me dice su clásico “aki al suave”, con la “k” que en el caló punk sustituye a la “c” y “q”.

Después del breve saludo comienza a soltar algunas ideas. "Me da tanta rabia saber que hay personas que se sienten orgullosas de su patria, qué asco sentir orgullo por una bandera, luchar por una patria que no es más que basura..."

El anarquismo, ideología a la que se vincula el movimiento punk, propugna la desaparición del Estado y de todo poder gubernamental. Eso explica la animadversión de Mario hacia la bandera azul y blanco y hacia otros símbolos patrios salvadoreños. Eso explica el recelo con que cuida la identidad de su madre ante sus amigos.

La libertad de ser

Con la referencia común de que el punk es más bien un fenómeno de la contracultura inglesa o europea, y ante el hecho de que muchos salvadoreños tampoco han visto uno en su vida, ¿cómo es una versión tropicalizada de este movimiento? Mario da algunas ideas:

-Ser punk es estar en contra de todo lo que no te deja ser vos mismo, es estar en contra de las modas, en contra del sistema, es escupir en la cara a los que no te dejan ser vos mismo.

-¿Por ejemplo?

-Los policías, el sistema.

-¿Y cómo sos vos mismo?

-No todos los punks son iguales, en el fondo soy alguien al suave, pero si me hacen enojar, cambio mucho. Ahora solo pienso en vivir el presente.

Escupir en la cara a quienes no lo dejan ser él mismo. “Los policías, el sistema...”, dice Mario. Quizás eso explica el recelo con que cuida la identidad de su madre ante sus amigos.

El lema de vivir el presente lo comparte con los demás punks, entre ellos, Osiris, una estudiante de Historia de 20 años, que esta tarde está sentada en el café de un centro comercial de Apopa. Le acompaña Pablo, de 24.

-Hay que vivir la vida conforme va, no me voy a preocupar por el día de mañana porque tal vez el mañana ya no esté para mí, ni para ninguno de los que estamos aquí, yo vivo este momento, este -subraya-. Yo vivo de una manera que no me preocupo por tantas cosas, porque si algo tiene solución, ¿para qué te preocupas?

Osiris se reúne casi a diario con sus amigos de Apopa en las bancas del centro comercial. Explica que la estructura de la tribu empieza desde las pequeñas células formadas en colonias y municipios, promoviendo la comunicación en la Universidad de El Salvador (UES), a través de los grupos de reflexión anarquista y llegando al éxtasis en los conciertos, alrededor de la música.

Sin embargo, rencillas personales o diferencias políticas hacen que los punks salvadoreños no posean una organización sólida como organismo, sino más bien, y propio de la ideología anarquista, trabajen en pequeños colectivos. A pesar de las nuevas tecnologías y el internet, los punks de San Salvador no tienen mayor relación con otros del interior, como los adolescentes de Santa Ana, quienes se quejan de ser ninguneados por los de la capital.

En la conversación, Pablo tiene una opinión diferente a la de Osiris, de lo que significa ser punk.

-Mirá, a veces es un juego difícil para menores, andar en la calle, algo te pasa, esto no es para cualquiera, la policía, la represión está siempre al día, cuesta... Ser punk yo lo he clasificado de tirarme un poco más a la calle, he rebotado, andás en otros lugares, ahí vas comprendiendo la vida.

“Andar rolando” es una expresión que se refiere a uno de los componentes esenciales de este grupo, es decir, salir a conciertos, caminar si no se tiene para el pasaje, quedarse con otros amigos, comer lo que se pueda, vivir la calle y la vida de manera directa.

La mayoría de los miembros de esta tribu con los que habló El Faro han dicho que se acercaron al punk “rolando”, compartiendo con los amigos y adorando la música de este género. Desde uno de los legendarios fundadores de Adhesivo Punk, La Vieja, hasta los adolescentes punks de Santa Ana que el 30 de julio pintaban consignas con aerosol verde.

Los punks salvadoreños del núcleo duro -hay otros que solo se visten como punks sin serlo y no comparten la ideología anarquista- se caracterizan por oír este tipo de música, ostentar un pensamiento libertario, en el que predomina siempre su propio punto de vista y el de su colectividad; admiran el valor del libre pensamiento y la libre expresión; darían la vida por sus amigos y creen que la sociedad funcionaría mejor sin los aparatos represivos y cohercitivos del Estado.

Pero en este ir y venir con los amigos, en el caso de Osiris, no todo terminó bien. Cuando iba a noveno grado, rolando por su colonia, una de sus mejores amigas, Julia, fue asesinada frente a ella por un pandillero.

-A mí me marcó para siempre, porque dije “yo a estas cosas nunca en mi vida quiero pertenecer ni que nadie de mi familia lo vaya a hacer”.

En Osiris, como en Mario, hay una especie de conciencia social anterior o a raíz de su inclusión al movimiento punk.

-¿Es justo que te hagan esto? -se pregunta Osiris-. ¿Es justo que tengamos esta vida que cuesta tanto? Uno ve a sus padres trabajando día y noche, para que quizás al final del día no tengan ni siquiera para darte lo suficiente de comida. No es justo que con estos gobiernos tengamos esta particularidad de vida, yo no lo creo. ¿Qué es lo que pasa en este país? ¿Quién es el que nos rige? ¿Por qué vamos a respetar a alguien que no nos ha respetado a nosotros? En este gobierno nadie lo ha hecho.

Formar parte de la tribu de los punks intenta dotar de sentido a estas preguntas.

Mario, aquella tarde de septiembre, confesó lo trascendente que es para él pertenecer a este movimiento:

-La verdad, no sé qué haría sin el punk.

-¿Por qué?

-Pero tampoco confundas, el punk no es valeverguismo... en cierta parte sí...

-Explicame.

-La gente que piensa que ser punk es ser valeverguista es lo más estúpido y los punks que dicen ser así son unos tontos.

-Pues sí, pero explicame.

-El punk es que te valga verga todo lo que no es importante para que vivas.

-¿Por ejemplo?

-No sé cómo expresarlo. Es estúpido que digás “me vale verga mi familia” si tu familia te aprecia. Ser punk es apreciar a las personas que te quieren, en ningún momento hay que decir que no te importa tu vida. Tu vida es lo más importante, y vas a luchar para que los demás cambien y lograr lo que queremos. Y más que todo apreciar a tus drugos.

Mario se ríe cuando le digo que me recuerda a Álex, el personaje principal de “La naranja mecánica”. “Qué honor”, dice.
“Drugos” significa amigos en el lenguaje nadsat del libro. Me llama “débochca” (chica) para recordarme luego que él es un “malchico” (chico).

“La naranja mecánica” es una novela de Anthony Burgess publicada en 1962 y adaptada al cine por Stanley Kubrick en 1971. Tanto el libro como la película son de culto para los punks, abordando el tema de la ultraviolencia y el condicionamiento al libre albedrío.

Con el estreno de la cinta en Inglaterra ocurrió una ola de crímenes perpetrados por jóvenes. Kubrick, aduciendo que su película no había sido bien interpretada, hizo que la dejaran de proyectar luego de 61 semanas en cartel. Esta película solo pudo ser vista en Inglaterra luego de la muerte del director, en 1999.

Los punks aseguran ser la exaltación del pensamiento libertario. Así lo dijo una noche frenética el vocalista de la banda Unión 13, de Los Ángeles, fundada hace 17 años y con la cual muchos salvadoreños se iniciaron en el gusto por el hardcore punk.

“El principal mensaje es la libertad de expresión, puedes decir todo lo que tú quieras, para expresar tus propios pensamientos sin tener ninguna censura, para mí, eso es grandioso, es lo que me gusta de esta cultura, de esta tradición”, dice Edward Escoto, luego de descansar de su único concierto en El Salvador. Agrega que otros ideales son la humildad, la identificación con los pobres y marginados. “Podemos expresar nuestras opiniones, pensar por nosotros mismos y no tener a alguien que nos diga qué pensar y qué decir”.

Y claro, como una sociedad utiliza a la policía como la herramienta para someter a los individuos a sus normas, los punks ven en esa institución a uno de los símbolos contra los que hay que rebelarse.

Wilfredo Ortiz, tiene 27 años, es egresado de bibliotecología, miembro del movimiento hardcore punk, y le gusta la música del grupo Unión 13. El chico asegura que en El Salvador el punk fue parte de la “combustión” que se vivió en este país luego de los Acuerdos de Paz que terminaron con doce años de guerra civil y dejaron al menos 75 mil muertos. “Todavía hace falta una respuesta generacional al conflicto que tuvimos, todavía no tenemos esa respuesta pero creo que se está construyendo y esto (el punk) tenía que darse”.

Wilfredo y Osiris reiteran que los punks no funcionan necesariamente obedeciendo una jerarquía, pues esto iría en contra de su ideología anarquista, sino más bien son grupos que se identifican por los ideales libertarios, aglutinados en lo inmediato geográficamente o por amistad, pero más allá, estas células se entrelazan en función de algo más grande: el punk.

Hay que recalcar que no todos los punks son anarquistas, los hay también de izquierda y apolíticos.

La anarquía

Wilfredo forma parte de un colectivo universitario que recientemente realizó un cine club y la presentación de una revista con nombre de mariposa para difundir las ideas anarquistas y captar a más jóvenes que se organicen alrededor de estas.
Hablan con la condición de que no se mencione el nombre de su colectivo, a pesar de que dieron una presentación pública. La explicación: aducen que siempre han sufrido persecución y rechazo incluso dentro de la izquierda y actualmente de las autoridades universitarias.

Wilfredo asegura en su artículo “Breve bosquejo histórico del anarquismo en El Salvador”, que las primeras organizaciones obreras en el país y en el resto de América Latina tienen sus orígenes en la ideología anarquista. En 2002, el entonces joven escenario hardcore-punk local fue la cuna para la fundación del Movimiento Anarquista Salvadoreño (MAS).

Miguel Mármol, “el fantasma rojo”, en su entrevista con Roque Dalton en 1966, relataba que hubo líderes anarcosindicalistas fusilados en la masacre de 1932, como el caso de Gerardo Elías Rivas, apodado “Cafecito”. “El compañero Cafecito me dijo que no contestara, que seguro estaban sacando a la gente para irla a fusilar. Pobrecito Cafecito, en que murió él también, solo que en otro paredón”, recordaba en su momento el líder comunista.

Ya en el libro de Dalton, Mármol utilizaba el mote de “equivocados políticamente” para referirse a los anarquistas. Cuarenta y tres años después esa calificación se mantiene en boca de algunos. Por ejemplo, el rector de la UES, Rufino Quezada, considera que los anarquistas tienen por fin único hacer desorden: “El pensamiento anarquista es una desviación ideológica del pensamiento científico, entonces los grupos que se autodenominan anarquistas son aquellos que no responden a nada, que no obedecen a nada, solo quieren generar desorden. No compartimos como institución el pensamiento de estos grupos”.

Los anarquistas universitarios denuncian que el rector se niega a prestarles auditorios para sus reuniones que, lejos de ser caóticas, son académicas y se mantiene el respeto a las diferentes ideas.

Durante dos días se reunieron alrededor de unas veinte personas quienes forzando la atención ante el sopor de media tarde vieron un documental sobre la historia de los movimientos anarcosindicalistas en España y recordaron cómo en El Salvador fue en los 90s cuando se volvió a divulgar esta ideología en fanzines hechos por punks y otras tribus urbanas cercanas a estos.

En la presentación también se recordó la influencia de los legendarios hermanos mexicanos Flores Magón en la formación de grupos anarquistas en El Salvador.

Uno de los asistentes sugirió la necesidad de “plantear bonita” esta ideología para ganar más adeptos, a lo que representantes del colectivo respondieron que se trata más que todo de incentivar la reflexión académica, para luego aplicarla en comunidades concretas.

Los jóvenes hablaron de sus antagonistas ideológicos, sacando a relucir al rector, a quien acusaron de haberse molestado y quejado de que ellos hayan conseguido, gracias a un prestanombres, el auditorio donde esa tarde compartían tranquilamente.

Insistieron en la necesidad de “difundir la idea” y “tropicalizar las ideas” anarquistas.

¿Por qué la gente rechaza el anarquismo?, se preguntaron, para responderse que muchas personas desdeñan estas ideas al calificarlas de infantiles, atrasadas, carentes de cientificidad y no estructuradas teóricamente. Recordaron que Salvador Cayetano Carpio, el fallecido comandante “Marcial” de la organización guerrillera FPL, las calificaba como “aberrantes desviaciones ideológicas”, al igual que lo han hecho intelectuales de izquierda e incluso el poeta Roque Dalton.

Se quejaron también de que Ítalo López Vallecillos no incluyó el surgimiento de las publicaciones anarquistas en su libro sobre la historia del periodismo en El Salvador. “Han aniquilado físicamente a los anarquistas porque no les conviene que la sociedad conozca otras ideas”, dijo uno de los miembros del colectivo.

La marcha

El 30 de julio es una fecha capital. Hace 34 años, una movilización de estudiantes que protestaban en la capital por la ocupación del Centro Universitario de Occidente fue acribillada por el ejército, por lo cual murieron al menos 50 personas.
A partir de entonces, todos los años, estudiantes universitarios y organizaciones sociales salvadoreñas realizan una marcha conmemorativa que recorre las mismas calles de 1975, hasta culminar en la 25a. avenida norte, frente al Seguro Social, donde ocurrió la masacre.

La marcha de 2009 tuvo la particularidad de ser la primera en la historia del país bajo un gobierno de izquierda, y si bien no hubo hechos de violencia, algunos estudiantes marcharon encapuchados como en la época de los gobiernos de la Alianza Republicana Nacionalista.

Las consignas sociales se enarbolaron esta vez tímidamente contra el nuevo presidente salvadoreño Mauricio Funes y llenas de rabia contra el gobierno de facto de Honduras. Los estudiantes quemaron un gorila gigante de cartón, a quien apodaron Goriletti, en honor de Roberto Micheletti, presidente del gobierno golpista del país vecino.

Como ya es tradición, grupos de punks y jóvenes anarquistas participaron en la conmemoración de los mártires estudiantiles. “¡Abolamos los aparatos represivos!”, pintaron con aerosol muchachos con pañoletas en la boca en los alrededores del colegio Externado San José. Uno de esos aparatos represivos es sin duda la policía, tal como lo señala Mario, el chico que teme que sus compañeros punks sepan quién es su mamá.

“¡Libertad, Paz y Anarquía, oi y siempre!”, agregaron tres jóvenes santanecos que desfilaron el 30 de julio. “La pobreza no tiene patria”, estamparon más adelante. Uno de ellos, aerosol en mano, portaba una camisa con la leyenda “Organízate y lucha”.

Uno de ellos, Marlon, de 17 años, explicó que el objetivo de su viaje a la capital era “apoyar al pueblo”. De por qué marcharon solos, sin unirse a la “escena” capitalina, respondió que tienen algunas diferencias que no supo precisar: “Reunirnos tanto con ellos no se da, porque ellos no encajan con uno, se puede decir. Por ellos hay diferencias, por nosotros no mucho, todo es hermandad”.

Barrera, 21 años, el de la camiseta con la leyenda exhortadora a organizarse, aseguró que el punk y la anarquía tienen un claro componente de reivindicación de los sectores menos favorecidos. “Este no debe de ser un movimiento tipo las pandillas, solo por estar en la calle. Tiene que tener algo por qué existir. Yo creo en la lucha de clases, creo que el pueblo tiene que luchar contra el poder que nos oprime”.

La escena

Llueve a cántaros. Dros, el vocalista de 27 años, ha salido de su trabajo para la entrevista. El guitarrista Guillermo Serrano, de 28, mejor conocido como “La Vieja”, está menos apresurado y con paciencia responde las preguntas básicas.

Ellos son miembros de Adhesivo, antes Adhesivo Punk, una de las primeras bandas que interpretaron este género en el país y la cual surgió hace diez años. Entonces Adhesivo era un mito, y hasta la fecha sigue siéndolo para los que crecieron coreando canciones como “Vale verga”.

Cuando “La Vieja” tenía 16 años, decenas de adolescentes los seguían para verlos tocar en garajes y participar como fanáticos de la banda. Dros recuerda que ser punk no era sinónimo de “problemático” o “malhechor” y más bien se trataba de una escena más pequeña y unida.

“Ahora ser punk es moda en un 40%”, dice “La Vieja”, quien explica que hay algunos puristas que creen que no se puede tocar punk si no se anda enseñando la cresta (peinado mohicano).

Como “escena”, “La Vieja” asegura que el punk existe en El Salvador por lo menos desde el 2000, pero no hay que olvidar que es una escena adaptada a la realidad salvadoreña, que surgió sin siquiera diferenciarse de la música nacional, para convertirse actualmente en un grupo de personas, en su mayoría de entre 16 y 20 años, que se dan cita en los conciertos.
En los años aquellos en que surgió Adhesivo, recuerda “La Vieja”, no iban muchas mujeres a verlos, a menos que fuese la novia de alguno de ellos. Ahora sí. “El género que tocábamos antes era un poco menos digerible y como no había mucha escena, era poca la gente que estaba informada de ese tipo de música, no había mucho internet, discos, y todas esas cosas”, apunta.

Pasados los años, como nada, como lo que duele crecer y asusta; Adhesivo celebró en La Luna Casa y Arte su décimo aniversario, haciéndose acompañar por un cuerpo de seguidores que iban desde los 30 hasta los 15 años y dando gracias, mediante un video, por la persistencia de sus fanáticos durante toda una década.

El lugar estaba colmado y lleno de humo. Abajo del escenario los jóvenes levantaban las manos y chocaban entre sí. Alguien jugaba con una patineta.

Javier Recinos, de 18 años, al fondo del público, estaba sudado luego de haber bailado el primer segmento. “Ser punk es no seguir a nadie, ni siquiera las mismas reglas, porque todos los sistemas matan, y la onda es hacer lo que vos querás, no importa lo que te digan. Lo que tenemos que hacer es unirnos, rebelarnos, no importa si eres o no punk, si no eres nada, lo que importa es buscar un buen futuro para El Salvador, si no, vamos a vivir en una completa miseria toda la vida”, dice. Aunque no explica cómo los salvadoreños podríamos “rebelarnos”.

Eric, de 30, tiene 10 años de ir a los toques de Adhesivo. Reconoce, como lo hace la banda, el avance en la ejecución musical de este grupo, aunque confiesa que la escena nacional ha mermado en los últimos tiempos. Lo que destaca este seguidor, y otros que gustan del punk, es que las letras de ese género musical son un homenaje a los grupos más necesitados, marginados y oprimidos.

“Discriminación siempre va a haber”, dice, al pronosticar que la sociedad salvadoreña todavía seguirá viendo mal la estética de la tribu.

Eugenia, de 20, y quien durante el concierto subió más de una vez a la tarima para hacer el baile del “monkey man” (simulando un mono caminando), dejó atrás esa noche su vida rutinaria como empleada del Ministerio de Educación, en el área de innovaciones educativas, para ser parte del núcleo duro de fanáticas de Adhesivo.

Eugenia se siente orgullosa de pertenecer a un grupo skinhead, cercano al punk, y expresa que el sentimiento que los une es “la lealtad y la hermandad”. “El orgullo de ser skin y el derecho que te da el ser skin, es que si tenés tu grupo podés decir, ‘yo por estos majes sí doy la cara’, por los conocidos y por los que vos querés. Reaccionas si a uno de estos se le para alguien, aunque sea un hombre”, explica.

“El skin apoya a los pobres, ¿cómo una familia puede vivir con un dólar al día cuando nosotros vivimos usualmente con unos veinte al menos? Pero un skin apoya al que vive con un dólar al día”, afirma Eugenia.

Los skinheads surgieron en Inglaterra a finales de los 60s, dando continuidad al movimiento mod, a quienes les gustaban las patinetas y las peleas callejeras, adoptando vestimentas obreras, cabezas rapadas para diferenciarse de los hippies y escuchando música reggae y rock steady. Los skinheads racistas fueron nada más una vertiente de este movimiento.

En El Salvador existen grupos identificados con los skinheads, y también con los rude boys. Los rude boys surgieron en los sesentas en Jamaica y también gustan del reggae y del rock steady. También hay otros que prefieren el ska, surgido en los 50s, mezcla de la música negra y alientos tropicales, padre del rock steady y del reggae.

Estos grupos –punks, hard core, skinheads y rude boys- comparten, la mayoría de las veces, armonía y complicidad, por su ideología y algunas coincidencias musicales. Sin embargo, depende de los grupos, puesto que pueden también ser antagonistas si sus miembros tienen rencillas personales –malas miradas, problemas amorosos, desplantes- entre ellos.

Víctor Ramírez, de 24 años, quien tienen una banda de ska, rock steady y reggae, explica que realmente los ideales de los skinheads son “compartir con tus amigos, divertirte y el amor a la música jamaiquina”.

Toda esa amalgama de escenas confluyeron esa noche para bailar al ritmo de uno de los pocos grupos salvadoreños que se han mantenido vigentes durante toda una década. Dros calmaba a uno que otro agresivo desde la tarima, mientras los jóvenes gritaban “¡Vale verga!”. Al fondo, la policía municipal pedía que la bulla del concierto terminara.

Los straight edge

Dentro de este amplio crisol de subgrupos o pequeñas tribus urbanas, también se encuentran los straight edge, movimiento surgido en los ochentas a través del hardcore punk y que se caracteriza por un estilo de vida sin alcohol, sin drogas y, muchos de ellos, veganos. También procuran ser fieles a su pareja.

El veganismo es una filosofía de vida que excluye todas las formas de explotación y crueldad hacia los animales e incluye una reverencia a la vida. En la práctica, se aplica siguiendo una dieta vegetariana pura y animando el uso de alternativas para todas las materias provenientes del reino animal.

Wilfredo es representante de esta contracultura, subgrupo o tribu urbana. Recuerda que por 2001, cuando se encontraba “en un período de transición personal”, empezó a escuchar sonidos nuevos y a involucrarse con esta forma de vida. “Había muchos vegetarianos, mucha convicción, camisetas, botones, demostrando lo que sos, amistad y todas estas cosas”.

Según el periodista Michael Azerrad, el straight surgió en 1980 en Estados Unidos cuando el dueño de un bar de San Francisco marcó con una equis negra en la mano a los menores de edad para que no les vendieran alcohol durante un concierto, y luego toda una generación optó por seguir la música hardcore punk, aunque no necesariamente un ambiente de bebidas y drogas.

Wilfredo nos invitó a un concierto de sraight en la colonia Nicaragua, de San Salvador, cerca del zoológico, donde el grupo español “Fuerza de Lucha” tocaba para unas 70 personas. La falta de espacios, tan emblemáticos para el movimiento punk y hard core, ha hecho que de nuevo los conciertos se hagan en garajes.

Aparentemente, el ambiente estaba relajado, las bandas salvadoreñas teloneras y los españoles afinaban sus instrumentos. Los asistentes más puntuales comían sorbete de carretón, mientras llegaba la hora. Caía la tarde. La mamá de uno de los muchachos vigilaba la entrada de su casa convertida en sitio de conciertos, gracias al amplio espacio de las viviendas construidas en la capital a partir de la segunda mitad del siglo pasado.

El clima se tensó cuando uno de los straight empezó a blandir un machete a la entrada de la casa, supuestamente en actitud de juego. Solo después de mucha insistencia de sus compañeros dejó el corvo a un lado. Ahí estuvieron algunos de los fundadores del movimiento straight edge en El Salvador, quienes hablaron de la relación de su movimiento con las drogas.

Luis Gonzalo Pacas, de 29 años, es uno de ellos. Tiene una página, www.mundocruel90.blogspot.com, que es lugar de encuentro e información donde también se puede descargar música y quejarse de problemas cotidianos como los baches en las carreteras y la negligencia del Ministerio de Obras Públicas frente a algunos deslaves.

Es característico del punk y el straight estar permanentemente en pugna con el sistema, criticándolo ácidamente. Desdeñando sus aparatos de cohersión, en primer lugar a la policía.

La convicción de no probar drogas y alcohol, dice Luis, no tambalea en aquellos miembros que llevan ya mucho tiempo formando parte de esta agrupación. Y algunas adolescentes que son hermanas de precursores straight en el país, se incorporaron por contagio a este grupo. Como Tatiana, de 18 años, cuyas amigas de la universidad no dejan de considerarla un poco rara por su forma de vestir y su renuencia a consumir bebidas embriagantes.Tan solicitadas y comunes entre los adolescentes salvadoreños.

Los clásicos

Nunca hubo gente tan emocionada. Esta noche, los fanáticos de Unión 13 están en trance total. Ese grupo de abalanzados bailadores de “mosh” (donde se golpean unos contra otros) amenaza con caer sobre cualquier espectador y por momentos parecen tan entusiastas que uno puede imaginar que puedan darle fuego al lugar.

La violencia se respira en el aire. Entre empujones y jaloneos un punk toma un ladrillo como proyectil y sus compañeros amenazan con palos a otro grupo que está del otro lado del portón del centro de conciertos de la Plaza del Artista. Golpes amenazantes contra la puerta. Pasados los minutos, se calman los ánimos y nadie sale herido.

Un joven, entonces, mira a su alrededor y se dice que esto es algo único. Nunca creyó que algún día iba a ver a estos iconos del hardcore punk en vivo. El grupo entra en trance arriba del escenario, sus integrantes gritan y sudan, pasándole el micrófono a la primera fila del público. El bajista ya no tiene voz.

Edward Escoto, su vocalista, se reúne esta noche con su padre, Ramón Escoto, luego de ocho años de no verse. Ramón es hondureño y viajó desde San Pedro Sula para escuchar a su chico. Luce conmovido. Al finalizar el frenesí, repite con orgullo: “Este es mi hijo”, tomándolo de la mano.

Ramón contó, minutos antes, que nunca había visto en escena a su hijo, ni sabía muy bien de su popularidad.

De abuelos salvadoreños y papás hondureños, Edward se muestra feliz de haber recibido “el corazón” de su público, que aunque poco numeroso se derrochó en intensidad, y que abarcaba desde gente adulta –jóvenes adultos profesionales y ejecutivos- hasta adolescentes.

Todos los que quieren una foto con la banda se la toman y algunos se van siguiendo al grupo hasta su siguiente concierto en Guatemala. Es una especie de comunión en la que los integrantes de la tribu aprenden a vibrar con las bandas de música como Unión 13, o más allá: The Misfits.

Rodrigo, de 15 años, recuerda de memoria la fecha, 24 de agosto de 2008, cuando estos músicos bajaron del Olimpo a visitar la Feria Internacional de El Salvador. Al contrario que en otros países, en El Salvador, por ser parte de la periferia cultural y económica del continente, no suelen tocar bandas como The Misfits.

Pero la excepción había ocurrido y Rodrigo estaba soportando el peso de decenas de personas que lo empujaban contra la reja de seguridad de la primera fila. A su corta edad, entendía que formaba parte de un momento irrepetible en su historia personal y la de muchos. Tenía enfrente a una banda que durante treinta años ha sido el estandarte del género, creadores del horror punk, y con Jerry Only al frente, en bajo y voz.

En el fondo, dijo, no le molestaba la posibilidad de caer aplastado. Era lo de menos. Había llegado el momento, y luego de ahorrar por meses para su boleto, tenía a sus ídolos enfrente.

Pero no todas las historias tienen un final feliz, y mucho menos las historias que se viven en la adolescencia. Alguien, un alguien que violó la religiosidad del momento, aventó una botella de agua al gran Jerry Only, quien abandonó el escenario. Todo lo que vino después sería debacle, gas pimienta, consternación, acusaciones de mala organización, tristeza e insultos rabiosos en Youtube hacia el culpable que, para su suerte, no fue descubierto. Hasta octubre, el vídeo que recoge lo ocurrido a Jerry Only aquella noche tenía 26 mil clicks. Los cibernautas insultaron, con todo el diccionario de palabras obscenas, al que se atrevió a ofender al dios del punk.

Como dice Mario, ser punk no significa solo “andar rolando”. “Es difícil ser punk en El Salvador, no solo por la policía y la sociedad, sino en parte por los imbéciles que solo llegan a hacer desvergue”.

Cuando el tiempo pasa

La novela “La naranja mecánica” termina cuando Álex, al salir del centro de readaptación, y de vuelta al bar lácteo y a sus amigos, se encuentra con Pete, un antiguo compañero quien ya está casado y tiene hijos. Entonces Álex contempla la idea de incorporarse a la sociedad.

Este libro plantea el debate entre la libertad individual y el bien común ordenado por un Estado autoritario y tirano, capaz de torturar a sus miembros.

Osiris aclara que ese incorporarse laboralmente a la sociedad no tiene que implicar dejar de ser punk. “Mi ideología es parte de mí, no pienso dejarla, me veo trabajando porque de algo tenemos que vivir, en superación académica voy a llegar hasta donde pueda. Claro que, cuando ya tenés un trabajo, tu forma de vestir tiene que cambiar, pero la forma de vestir no te da la forma de pensar, y tu forma de pensar es tu forma de vivir”, asegura.

Cuenta que su hermano punk, por el que ella ingresó al movimiento, ahora es parte de una iglesia evangélica, luego de malas experiencias con drogas.

En la mesa alta del bar, “La Vieja” y Dros, de Adhesivo, recalcan que los punks también crecen.

“Aquí no es Estados Unidos, donde podés llevar ese estilo de vida y trabajar, aquí no se puede por el tipo de sociedad en la que vivimos, es decir, una cultura no muy abierta a estas cosas”, se queja “La Vieja” y completa fatídico: “De trabajar en una central telefónica no vas a pasar”.

Dros matiza: “Incluso la misma sociedad te lleva a cambiar, de nada sirve el desorden, al final la gente dice que nosotros hemos cambiado pero no ha sido así, simplemente creo que nos tomamos más en serio. ¿Qué prefiere la gente? ¿Seguir viendo changoneta? De eso no iba a vivir Adhesivo”.

Sin embargo, Dros cree que hay ideales punks que perduran como el “no dejarnos manipular, mantenerte siempre original, no dejarte influenciar, siendo fiel a tus principios”.

El Dros se adelanta a las críticas: “Yo no usaría la palabra vendido, no he cambiado mis ideales, simplemente, la idea de los punks que yo escuchaba de pequeño y que ahora son bandas legendarias es porque empezaron haciéndolo como ellos mismos y nunca dependieron de nadie más, creo que eso todavía perdura. Si no lo hacemos nosotros, no lo va a hacer nadie más. Sí se buscan oportunidades, puertas y gradas, pero el hecho es que has llegado ahí por ti”.

El “Hazlo tu mismo” (HTM o DYS por “Do It Yourself”) es otra de las frases y pensamientos esenciales del punk que consiste en no depender de los otros para hacer las cosas que le interesan al individuo, desde las más cotidianas como las reparaciones de la casa y la ropa, hasta organizar dentro de los subgrupos los sistemas de trabajo, comunicación, edición y distribución de fanzines. Esta tendencia tienen implícita un rechazo al capitalismo que, según los punks, incita al consumo y al abuso de los servicios profesionales, para mermarle al sujeto la capacidad de satisfacer sus necesidades por cuenta propia.

En El Salvador, el HTM se manifiesta en que varios de estos chicos prefieren comprar su ropa de segunda mano, en el centro de San Salvador, hacer serigrafía para estampar sus símbolos, reciclar, reutilizar, hacer por sí mismos sus fanzines y revistas, consumir lo menos posible productos importados o de las trasnacionales. Hay de todo, por supuesto y algunos son más coherentes que otros. Es difícil continuar por esa senda.

¿Los punks pueden mantenerse ortodoxos cuando envejecen? Es difícil, sin duda, como dice Wilfredo, pues la mayoría entra siendo adolescentes al movimiento y sale antes de los treinta.

Ante la pregunta de por qué no todos llegan a los treinta, Wilfredo explica que, al principio, cuando ingresan a la tribu, necesitan divertirse, aún están en el colegio o en la escuela, no tienen responsabilidades muy grandes y sí mucho espacio para hacer las revistas, repartir panfletos, organizar conciertos, ensayar y tocar instrumentos.

“A medida va pasando el tiempo… la universidad, tenés hijos, todo eso influye, además que en un inicio empezás con una gran convicción”, reflexiona.

-¿Y luego la realidad te va frustrando?

-Quizás sí, la realidad un poco, o pensabas que el movimiento era otra cosa y, cuando mirás para atrás, decís "quizás no era como pensaba..."

-¿Se descascara la utopía?

-Las personas no fueron muy firmes, la gente cambia, yo seguí, todavía soy vegano, ya no ostento tanto esto, qué soy o qué no soy, sino que también es parte de mi vida, como que van cambiando las cosas... Vas madurando, no sé si es la palabra correcta.

Incluso un adolescente como Mario, quien guarda con celo la identidad de su madre, duda de su futuro punk.

-¿Cómo te ves en diez años?

-La verdad, no sé eso, el tiempo lo dirá, ahora solo pienso en vivir el presente.

El chico se despide, esperanzado que nuevamente baje la música del Olimpo a tocar en El Salvador en forma de banda de punk. Tal vez esta vez alcance a ver a The Casualties, y no se quede afuera rondando y bebiendo, como en el concierto de Union 13, cuando no pudo entrar porque no tenía dinero para comprar el boleto.

Entallado en su sudadera negra, el vocalista de Unión 13, Edward Escoto, les deja un mensaje a sus compañeros salvadoreños: “Sigan con la lucha, no se dejen derrotar, nosotros vinimos de barrios pobres, vivimos en tiempos difíciles con pandillas y drogas. Para nosotros, la música fue un escape. Hay que seguirle para adelante, soñando siempre”.

Y Mario seguirá con su propia lucha: que sus compañeros punks no sepan que su madre es policía.


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