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¡Es la cultura, imbécil!

Élmer L. Menjívar

 
 

Trastocar la célebre frase con que Bill Clinton arremetió contra el discurso de George H. W. Bush en 1992 siempre es efectivo para llamar la atención sobre cualquier idea que sugiera que la solución para algún problema está en una dirección diferente a la que se ha tomado. “Es la economía, imbécil (it’s the economy, stupid)” dice la sentencia original. Lo más probable es que la frase haya sido idea de James Carville, el estratega de Clinton, que quiso demostrar la firme convicción de que la solución a los problemas de los estadounidenses no estaba en la política exterior sino en la gestión económica.

La idea de montarme en la frase para ponderar la cultura en estos tiempos se me impuso durante las jornadas del VI Congreso Iberoamericano de Cultura, realizado en Mar del Plata, Argentina, del 15 al 17 de septiembre. Este encuentro es un apéndice de la Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado y de Gobierno, y reúne a los funcionarios y actores de la actividad cultural que los anfitriones consideran más relevantes en cada país de la región.

En aras de la credibilidad que puede tener alguna conclusión de un evento tan institucional como este, hay que decir un par de cosas. El filtro de personajes invitados a cada congreso obviamente es político e institucional, al fin y al cabo es organizado y financiado por los gobiernos de turno. Sin embargo, también es cierto que son los intelectuales, académicos y artistas un influyente motor del disenso, y si a esto sumamos que el espectro de ideologías y estilos de gobierno en Iberoamérica hoy en día es más variado que nunca, podemos dar, al menos, el beneficio de la duda. También recordemos que entre pasillos, café y copas hay mucho debate fuera de agenda y sin moderador, y estos, a mi juicio, suelen ser más interesantes.

El lema de esta edición fue “Cultura, política y participación”, y mucho se habló de modelos de políticas culturales tratando de bajar el concepto de las quimeras, y subrayando el tema de las industrias culturales, la producción y la economía. En algún momento también se discutió mucho sobre los cambios que solo son posibles si se toma en serio y con conocimiento de causa a la cultura como el ingrediente que da consistencia social e histórica a cualquier cambio que quiera promoverse en cualquier sociedad.

La idea de cultura en este escenario ya no se limita al arte, ni a los artistas, ni a la producción artística. Ahora se dice que “la cultura es todo”. La cultura es el fundamento del modo de pensar y del modo de hacer las personas, los funcionarios y los gobernantes. El sentido de justicia, que es pilar de convivencia, por ejemplo, se instala culturalmente, y no necesariamente porque se enseñe en la escuela y se publiquen novelas que lo promuevan, se instala con la praxis de la justicia en cada ámbito de acción social e individual. Se desarrolla institucionalmente en leyes y se hace real con el respeto a las leyes. Para respetar las leyes tiene que haber individuos que rijan sus actos a partir de modelos que el contexto les ofrezca durante un tiempo histórico consistente.

Siguiendo con este ejemplo, en El Salvador podemos hablar de las recientes actuaciones de la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia. Era parte de nuestra cultura esperar que esta instancia evitara enfrentar a los políticos y esto porque culturalmente asociamos a los jueces un sometimiento a los intereses de los políticos, que a su vez, en el “saber popular” estos responden a intereses económicos propios o de grupos determinados. Y este país funcionaba con este sentido cultural de justicia. Ha sido necesario que los integrantes de la Sala de lo Constitucional “cambiaran” su modo de hacer, basado en su modo de pensar, y contradijeran las expectativas que la población ha tenido del poder judicial durante, al menos, los últimos 100 años. Este giro de tuerca tiene el potencial de desarrollar progresivamente, tanto en la institución como en la población, otro modo de pensar y otro modo de hacer.

Esto puede parecer una caricatura, porque nuestros problemas son muchos, graves y complejos, y quizá mi ejemplo solo sea producto de la casualidad. Por eso vale decir que los cambios necesarios no son automáticos y hace falta constancia y coherencia. Lo cierto es que hoy percibimos un cambio, y si hay constancia y coherencia, en algunos años habrá quien tendrá al menos la esperanza de que los políticos y los partidos no sean intocables ni eternamente impunes, que si denunciamos tal vez sí se nos haga caso, que si violamos la ley quizá sí nos castiguen. Entonces quizá ya no le pegue a mi mujer, o ya no pague sobornos para un trámite, o me haga un conductor responsable, o trate a mis empleados como la ley manda.

Ninguna medida económica, ningún programa de educación, ningún paquete de beneficios sociales se consolidará como un “cambio” sino se impregna de una ambición cultural, y esto no se logrará sin libertad de creación, sin nuevas ideas, sin atrevimiento, sin eliminar el servilismo, sin disenso, sin abrir los ojos. No solo se trata de aumentar presupuestos ni de crear ministerios, se trata de crear las formas que nos permitan permear la identidad de cada persona y cada institución desde todos los ámbitos, y no para fortalecer el lema ideológico de un gobierno pasajero, sino para generar una cultura que provea mejores realidades.

En uno de los debates del Seminario Iberoamericano de Periodismo Cultural, Gumersindo Lafuente, de El País, de España, sentenció: “Si la cultura es todo, el periodismo cultural no es solo lo que hacen los periodistas culturales”. Es una frase llena de sentido de responsabilidad, y es también un guiño para que todos los que hacemos algo desde cualquier flanco profesional o vital, lo pensemos primero como un hacer cultural y luego hagamos lo que hacemos con una ambición cultural.

El mayor problema con la cultura es que siempre enfrenta el riesgo de la abstracción absoluta, o bien de no pasar de ser una síntesis iconográfica. Muchos gobiernos reducen sus políticas culturales a cambios discursivos o a pretextos que hablan sobre escasez presupuestaria. Si entendiéramos de otro modo la cuestión, sabríamos que un estado dispone de todos sus recursos para llevar a cabo una política cultural, que no debe estar solo en esta tarea, que tanto el sector privado como lo países amigos, los foros mundiales y las entidades financieras son aliados. A veces el truco consiste en no llamarle cultura, sino desarrollo, economía sostenible, infraestructura, mercado.

Sé que hay que ser ingenuo para confiar en que un día los que toman las grandes decisiones al verse en el espejo arremetan contra su imagen diciéndole “¡Es la cultura, imbécil!”. Aunque todo puede empezar domésticamente, como en mi caso.

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