Rosarlin fue la primera en decírmelo. “--Son igualitos”, me dijo, divertida, mostrándome la imagen de Jorge Volpi, mientras me alargaba el libro “El fin de la locura”. Mi primera reacción fue de disgusto. Uno no siempre escoge sus espejos. Se dice que todos tenemos un doble en alguna parte. El mío está en México y es bastante conocido. Acaba de ganar el premio de narrativa Planeta-Casa de América.
Por unos días, hace unos meses, en Ciudad de México, “fui” Jorge Volpi. Aquí les cuento.
Habíamos declinado la invitación de mi buen amigo Rubén Aguilar para ocupar su casa, grandiosa y remota, y acampamos con María Tenorio en un minúsculo y bien ubicado hotelito del Centro Histórico.
En la cafetería de al lado, donde regularmente íbamos a desayunar, noté que una pareja de estudiantes universitarios me miraba con cierto disimulo. “Parece que me han confundido con alguien”, le dije a María. Mi percepción quedó confirmada cuando, después de pasar por la caja, los dos chicos se acercaron para decirme. “¿Volpi? Es usted el escritor, ¿no?”.
No lo conozco. No sé si tiene sentido del humor, pero Volpi y yo somos como hermanos. No piensen que escribo esto para presumir. Los dos somos feos. Me parece que ambos tenemos unas gotas de sangre mulata mezclada con un chorro de linfa nahuat. Volpi descenderá con seguridad de emigrantes italianos. Según mi amiga Francesca, el suyo es un apellido común en la Toscana. La genealogía de mi apellido paterno, en cambio, carece de heráldica. Se habrá originado, probablemente, del sobrenombre de algún tipo flaco cuya descendencia llegó hasta Suchitoto, el pueblo de donde era originario mi padre. El mío es el 1557° apellido más común de España. Quiero decir que tenemos muy poca historia en común y, sin embargo...
Y sin embargo, en La Condesa, mientras hurgaba entre los anaqueles de la librería “Rosario Castellanos” sorprendí a un extranjero (yo no me siento extranjero en México) mirándome con una extraña fascinación; se aproximó hacia mí, luego dudó por unos segundos y, finalmente, retrocedió con disimulo hasta extraviarse de mi vista en los sanitarios. En el restaurante dos señoras no pararon de sonreír y mirarme. “Otra vez te han confundido con Volpi”, se reía mi mujer.
Me topé con Volpi en todas partes, hasta en las farmacias. (Sus libros están por todos lados, inclusive en El Salvador, donde apenas se leen libros.) Desde las contratapas, con su bien estudiado gesto, parecía provocar que la gente me mirara… Ahora que ha ganado un nuevo premio, y aparecerá en Facebook y en los periódicos, no faltará quien me repita, como Rosarlin, “se parece a ti”…
Fui lector de Volpi hace algunos años. “En busca de Klingsor” cayó en mis manos como producto de uno de esos trueques de libros. “Siempre me ha apasionado el tema de la bomba atómica”, les explicaba a mis amigos. Intenté, sin suerte, leer la novela que me prestó Rosarlin, junto con otra de Pedro Lemebel. Era un mal momento. En El Salvador hubo un desastre, mi vida entró en una espiral, me mudé de casa, pero nada de esto viene al caso.
Pero lo que me ocurrió a mí en Chapultepec no tiene precio. María había ido a buscar no sé que cosa y yo descansaba, sentado en una banca. Se vinieron a mi mente los versos: “…Estoy sentado en aquella banca desde donde te diviso, leyendo sus cartas”, y la imagen del poeta, aspirando el “suave hedor a guanaco”, recordando los aspavientos de su mamífera. En eso, dos chicas ligeramente despeinadas, pájaras de mal encuentro, se fueron directamente hasta mi banca para decirme no sé qué cosas de mi trabajo en la televisión, enfurecidas por alguna idea sobre la diversidad, “y qué sabes tú de los prejuicios masculinos de la época”. Eran de armas tomar y yo, para ellas, era Volpi.
Para mi suerte, algo me delató. Mi acento, talvez. O mi tamaño. La forma de mis gafas. El tamaño de mi boca. O mi bigote, ligeramente entrecano. Talvez mis dientes. “¡Oh, perdona, no eres tú!”, exclamaban entre risas tapándose la boca. “No eres Volpi, que suerte tienes”, se fueron dando de gritos.
* Miguel Huezo Mixco es escritor salvadoreño. Colaborador de El Faro.
