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Rutilio Grande S.J. 12.03.1977

El 12 de marzo de 1977 ametrallaron en El Paisnal al sacerdote jesuita Rutilio Grande junto a dos de sus colaboradores. Eva del Carmen Menjívar, la hermana Evita, estuvo allí aquella noche. El asesinato, atribuido a la Guardia Nacional, ocurrió en el primer mes de Monseñor Romero como arzobispo. Rutilio y Óscar Arnulfo eran amigos. Su muerte lo marcó para siempre.

 
 

12.03.1977. Es sábado, casi domingo, pero el parque central de Aguilares es un hervidero. Parece que todos quieren ver de cerca los cadáveres que yacen en un pasillo del convento, cerca de la iglesia El Señor de las Misericordias. Los ametrallaron poco antes de las 5 de la tarde, cuando se dirigían en un Volkswagen Safari blanco hacia El Paisnal, un pequeño pueblo a no más de diez minutos en carro desde aquí. Son tres. Nelson Lemus era un acólito de apenas 16 años al que le gustaba repicar las campanas y del que se dice que sufría ataques de epilepsia; tiene cinco balazos. Don Manuel Solórzano, el mayor con sus 72 años, era uno de los más activos colaboradores de la parroquia; presenta diez perforaciones. El tercer cuerpo, de un hombre fornido de 48 años de edad, es el del párroco, y los 18 orificios de bala son la prueba de que se ensañaron con él. Se llamaba Rutilio Grande, el padre Rutilio Grande.

Entre la multitud está la hermana Evita, una carmelita de San José. Ha llegado desde Guazapa pasadas las 8, en bus, junto al padre José Luis Ortega, jesuita, como jesuita también era el padre Grande. Es tanto el gentío que les ha costado acercarse hasta el convento y más aún acceder al pasillo donde están los cuerpos. A los tres los tienen sobre unas mesas, semi-envueltos con sábanas blancas, para que todos los vecinos de Aguilares, de sus cantones y de los cantones de los pueblos vecinos vean qué les han hecho.

Una de las balas atravesó el cráneo del padre Grande, y a medianoche, casi siete horas, todavía sangra. A la hermana Evita le parece demasiado, pide una toalla al padre Salvador Carranza, otro de los jesuitas presentes, y comienza a pasársela por la cabeza. En ese momento el silencio se torna más silencioso. Entran dos obispos. Uno de ellos es Monseñor Óscar Arnulfo Romero y aparece vestido de riguroso negro. El sacerdote que está acribillado sobre la mesa es su amigo. Se acerca ensimismado, desconcertado, y de inmediato reconoce a la mujer que limpia el rostro con la misma delicadeza con la que se limpia la estatua de un santo.

—Si hoy no cambiamos, no habrá cuándo, ¿verdad, hermana? –le dice Monseñor Romero a la hermana Evita.

La noche recién comienza.

***

Eva del Carmen Menjívar Brizuela nació 30 de enero de 1939 en La Laguna, un pequeño y enmontañado pueblo del departamento de Chalatenango, cerca de la frontera con Honduras. Su padre, Simeón Menjívar, fue un inquieto agricultor al que su esposa le enseñó a leer y escribir. Su madre, Secundina Brizuela, fue una maestra de escuela profundamente religiosa a la que el matrimonio confinó en su hogar. Eva del Carmen, Evita, tuvo cuatro hermanas y cinco hermanos, toda una prole que le garantizó juegos en la infancia, pero que no impidió que, en la transición a la adolescencia, La Laguna le pareciera un lugar demasiado rural como para labrarse un futuro allí. Solo se podía estudiar hasta tercer grado y, en un hogar en el que el dinero no sobraba, una de las pocas opciones reales para huir era hacerse monja. Con 15 años llegó a la ciudad de Santa Tecla a conocer el colegio Belén, que administraban y sigue administrando las Hermanas Carmelitas de San José.

—Son la única congregación de aquí, salvadoreña, y a mí eso me llamó la atención –dice Evita.

Se consagró joven, apenas 21 años. Su primera década como religiosa la pasó recluida en centros educativos de las carmelitas en El Salvador y en Honduras. Pero en 1972 surgió la oportunidad de realizar trabajo pastoral social en la parroquia de Ciudad Barrios, el pueblo natal de Monseñor Romero. Pasó más de cuatro años entre comunidades eclesiales de base, ayudando a crear una especie de sucursal del polémico Centro de Promoción Campesina Los Naranjos, que los padres pasionistas tenían en Jiquilisco.

Tanto Ciudad Barrios como Jiquilisco pertenecen a la diócesis de Santiago de María, de la que Monseñor Romero fue nombrado obispo a finales de 1974. Por tratarse de una diócesis tan pequeña –apenas una veintena de parroquias–, el contacto con él era fluido.

En diciembre de 1976 la congregación trasladó a Evita a Guazapa, muy cerca de Aguilares, un sector donde los jesuitas, con el padre Grande a la cabeza, llevaban años de intenso trabajo con las comunidades. A mediados de 1979 hubo profundos cambios en las Hermanas Carmelitas de San José, y tanto la superiora general como el resto de autoridades se replantearon la línea pastoral, que hasta entonces había sido anuente con las ideas progresistas bombeadas desde Medellín. Inconforme con los nuevos lineamientos, Evita renunció.

—¿Por qué dejó la congregación? –le pregunto.
—No fui yo sola. Las que pensábamos igual éramos unas 15, aunque al final solo ocho nos salimos. Nos fuimos porque era muy difícil estar amarradas a las estructuras de una congregación. En un primer momento la congregación tuvo su razón de ser, pero después, cuando conocimos los problemas del país, comenzamos a cuestionarlo. Y la madre superiora nos lo planteó así: o dejábamos la labor pastoral o nos salíamos. Además, nos lo pidieron cuando más dura estaba la represión. Irme de Guazapa habría sido lo más fácil, pero…
—…Optó por salirse.
—Sí, aunque no fue tan sencillo. Lo hablamos mucho con Monseñor, nos pidió que lo meditáramos, incluso hicimos un retiro en Apulo. La decisión nos tomó meses, pero él siempre nos apoyó.

Estallada la guerra civil, ni el asesinato de Monseñor Romero ni una bomba en la casa en la que vivían en Guazapa evitaron que Evita se involucrara aún más en comunidades eclesiales de base. De entre las hermanas que salieron de la congregación surgió, de hecho, la semilla que en 1990 germinó en un pequeño grupo llamado Biblistas Populares de El Salvador (BIPO), que hoy trata de revivir, mediante lecturas comunitarias, talleres de formación bíblica y modestas publicaciones, ese espíritu organizativo que tanto se diluyó durante la guerra y la posguerra. Voluntariado en estado puro.

***

01.03.1977.  Faltan once días para que lo asesinen.

El padre Grande ha salido esta mañana temprano de Aguilares. Se dirige a Domus Mariae, unas instalaciones que el arzobispado tiene en Mejicanos, y se ha detenido en Guazapa para recoger a Evita y a otras hermanas. Como cada primer martes de mes, toca reunión del clero de la archidiócesis. Entre los alicientes hoy está que será el bautismo del nuevo arzobispo en este tipo de encuentros.

—Pónganse en oración, hermanas, que tenemos que hacer que nuestro obispo cambie –comenta el padre Grande en algún punto de la carretera que conduce hasta San Salvador.

La hermana Evita conoce bien a Monseñor Romero, desde Santiago de María, donde lo vio hacer cosas que en San Salvador ni siquiera se sospechan, como cuando se presentó solo en la delegación de la Guardia Nacional de Ciudad Barrios para pedir que liberaran a dos catequistas que estaban siendo torturados; sin embargo, su nombramiento también fue una decepción para ella.

Monseñor Romero tomó posesión el martes 22 de febrero y acude a la reunión consciente de que hay un sentimiento generalizado de hostilidad hacia su persona. En el salón del Domus Mariae son mayoría los que en cierta manera lo siguen viendo como un usurpador del cargo que correspondía a monseñor Rivera Damas. Por si fuera poco, el ambiente político de estos días también contribuye a crispar los ánimos.

El 20 de febrero hubo elecciones presidenciales y las ganó el candidato oficialista, el general Humberto Romero, pero las denuncias de fraude son sonoras y están organizadas. El domingo hubo una multitudinaria concentración en el parque Libertad de la capital. En la madrugada de ayer –lunes, 28 de febrero–, cuando la cifra de manifestantes bajó a unos seis mil, la Fuerza Armada ordenó el desalojo. Ante la negativa, se abrió fuego a discreción. La iglesia del Rosario, a un costado del parque, se convirtió en el improvisado refugio. Al amanecer hubo más enfrentamientos en el centro de la ciudad. Todo eso ocurrió hace 24 horas, pero la información aún es escasa a esta hora de la mañana por la férrea censura implementada por el Gobierno. Con el tiempo se sabrá que el número de masacrados fue de entre cuarenta y sesenta; algunos reportes elevarán la cifra hasta los trescientos.

El ponente principal de la reunión del clero en Domus Mariae es el padre Grande, y la idea inicial es hablar sobre el trabajo pastoral que realizan en Aguilares. Pero la agenda se cambia por completo cuando el padre Alfonso Navarro, uno de los presentes ayer en el parque Libertad, toma la palabra y comienza dar algunos brochazos que permiten hacerse una idea de lo ocurrido. Monseñor Romero propone crear catorce grupos para debatir realidad nacional, cada uno integrado en función del departamento de nacimiento. El tono de las discusiones está marcado por la preocupación, y las conclusiones convergen en la idea de que la Iglesia no debe callar ante tanto atropello.

Monseñor Romero habla poco, prefiere escuchar. Al final se muestra condescendiente pero cauteloso.

—Por favor –les pide–, ayúdenme, porque yo solo no puedo.

De regreso a Aguilares, el padre Grande maneja satisfecho. Él ha visto en su amigo un cambio que invita al optimismo.

—Es una señal –le hace saber a Evita y a las demás.

***

12.03.1977. Noche cerrada, pero Monseñor Romero aún no ha salido hacia Aguilares. Está tratando de digerir la noticia del asesinato del padre Grande cuando le avisan de que el presidente de la República, el coronel Arturo Armando Molina, quiere platicar con él. Se conocen desde hace años, son amigos, y la llamada se enmarca dentro de la lógica. El coronel Molina le da el pésame y le promete una investigación seria y un informe oficial.

Es casi medianoche cuando Monseñor Romero llega a Aguilares. Lo acompaña monseñor Rivera Damas. Entra en el convento, mira los tres cadáveres, mira a la hermana Evita con la toalla ensangrentada en sus manos, y mira al nutrido grupo de jesuitas encabezados por su provincial, el padre César Jerez. Pronto sabrá que las armas utilizadas son pesadas (calibre .45 o .51) y que la ausencia de las autoridades para investigar ha sido tan notoria que los jesuitas han traído a su propio médico forense. La sospecha de que los asesinos son miembros de la Guardia Nacional ya se ha apoderado de Aguilares.

Dos años atrás, en junio de 1975, cuando una matanza similar ocurrió en el cantón Tres Calles, Monseñor Romero escribió una carta al presidente Molina: “Con esta misma limpia intención pastoral ruego al Señor Presidente su decisiva intervención a fin de que retorne al cantón Tres Calles la paz de los hogares, perdida ante la amenaza y el temor, y se haga justicia a las víctimas del atropello y se restituya, de alguna manera, a las familias, por la pérdida de quienes eran su sostén”.

Dentro de dos días escribirá una carta también al presidente Molina, pero el tono será este otro: “Me dirijo a usted para manifestarle que surgen en torno a este hechos unas serie de comentarios, muchos de ellos desfavorables a su Gobierno. Como aún no he recibido el informe oficial que usted me prometió telefónicamente el sábado por la noche, juzgo de suma urgencia que usted ordene una investigación exhaustiva de los hechos. […] La Iglesia está dispuesta a no participar en ningún acto oficial del Gobierno mientras este no ponga todo su empeño en hacer brillar la justicia sobre este inaudito sacrilegio que ha consternado a toda la Iglesia”. 

Algo está ocurriendo esta noche. El padre Jon Sobrino, también presente en la vela del padre Grande, describirá años después muy gráficamente lo que a su juicio hoy le sucederá a Monseñor Romero. Se le cayó la venda de los ojos, dirá.

***

Si hacemos a un lado los sectores de ultraderecha que promovieron o celebraron su asesinato y a sus ahijados políticos, cuesta en la actualidad encontrar a alguien que critique en público a Monseñor Romero. El paso de los años lo ha convertido en un referente mundial de lucha contra la desigualdad, de compromiso con los más desprotegidos, de respeto a los derechos humanos, de promotor de la verdad como premisa para la reconciliación, de… Pero no siempre fue así.

Hubo un tiempo en el que muchos de los que hoy le aplauden lo criticaron con dureza. En la calentura por convertir El Salvador a cualquier precio en una república socialista, Monseñor Romero también fue cuestionado por muchos compas. Tras el apoyo expreso al golpe de Estado del 15 de octubre de 1979, lo llamaron viejo burgués, lo acusaron de olvidarse del pueblo, lo presentaron como un promotor de los intereses gringos. “Hubo un tiempo en que buena parte de la dirigencia de las organizaciones populares estaba convencida de que se había cambiado de bando”, me dijo en una ocasión, bajo condición de anonimato, alguien muy cercano a él.

Cuando uno plantea hoy este tema, hay quien prefiere pasar de puntillas, quizá para evitar retratarse como lo que fueron: personas que durante semanas o meses creyeron que Monseñor Romero era un traidor. Por eso, como periodista se agradece tanto la naturalidad con la que Evita admite que la izquierda política cometió con él gruesos errores, errores que algunos ahora tratan de ocultar o redimir con estatuas y palabras de falsa admiración.

—Con eso de la Junta de Gobierno –admite Evita–, hubo organizaciones que le mandaron cartas fuertes. Le decían que cómo era posible que estuviera apoyando eso.

Monseñor Romero lo llamaba fanatismo. Y lo criticó, fiel a sus convicciones, en repetidas ocasiones. “Ilusionados por esa misma tentación del poder –dijo en su homilía del 30 de diciembre de 1979, cuando arreciaban las críticas–, están cometiendo muchos errores también los grupos de izquierda y las organizaciones populares que pierden de vista el objetivo legítimo de sus presiones, que debe ser el bien común del pueblo y no el fanatismo de su grupo o la obediencia de consignas extranjeras”.

Fanatismo hubo, hay y quizá nunca deje de haberlo en El Salvador.

***

13.03.1977. La noche recién comienza.

Entre los presentes persisten dudas sobre cómo actuará Monseñor Romero ante los cadáveres del padre Grande y sus dos colaboradores; seguramente él también las tiene. Es la máxima autoridad eclesiástica presente en Aguilares, pero su actitud se limita a escuchar sin proponer. Una pregunta atormenta su cabeza: ¿qué debe hacer la Iglesia después de esto?

Pasada la medianoche se decide oficiar una misa. Trasladan los cuerpos del convento a la iglesia, y los colocan frente al altar. A pesar de la hora, son cientos los presentes. Tras la misa, Monseñor Romero propone que todos los sacerdotes y religiosas, Evita incluida, se reúnan en privado, reunión a la que invitan a un pequeño grupo de líderes comunales. ¿Qué debe hacer la Iglesia después de esto? Entre las respuestas que escucha están las que podrían considerarse lógicas, como publicar un comunicado de condena o exigir al Gobierno que esclarezca el caso. Pero también se plantean dos medidas que, de ser aceptadas, supondrán un puñetazo sobre el tablero. Por un lado, se pide a Monseñor Romero que no asista a ningún acto oficial del Gobierno hasta que se esclarezcan los asesinatos. Por otro, se propone que, para evidenciar qué significa perder a un párroco, se cierren todas las iglesias de la arquidiócesis un día y se convoque a una misa única en Catedral metropolitana.

La reunión termina sin decisiones firmes. El sol asoma cuando Monseñor Romero emprende el camino de regreso a San Salvador.

Las ideas propuestas se llevarán el martes a una reunión extraordinaria del clero en el Seminario San José de la Montaña. Monseñor Romero está consciente de que lo planteado redefiniría el rol de la Iglesia en una sociedad tan polarizada como lo es la salvadoreña, y quiere escuchar las opiniones de todas las tendencias que hay en el seno de la Iglesia, no solo las de los jesuitas.

Pero llegado el día, no habrá marcha atrás. El domingo 20 de marzo Catedral metropolitana acogerá, en contra de la voluntad de Emanuele Gerada, el nuncio apostólico, un hecho sin precedentes en la historia de El Salvador: una única misa.

***

20.03.1977. Monseñor Romero toma la palabra durante la homilía en la misa única celebrada como consecuencia del asesinato del padre Grande.  

—La misa está recuperando en este momento todo su valor; porque quizá, por multiplicarla tanto, la estamos considerando simplemente, muchas veces, como un adorno y no con la grandeza que en este momento está recobrando. […] Estamos en la primera parte precisamente, la palabra de Dios, llamando a los hombres para que comprendan que en su palabra está únicamente la solución de todos los problemas: políticos, económicos, sociales, que no se van a arreglar con ideologías humanas, con utopías de la tierra, con marxismos sin horizontes, con ateísmos que prescinden de la única fuerza. La única fuerza que puede salvar es Jesús, que nos habla de la verdadera liberación. […] Mi corazón siente alegría profunda al tomar posesión de la arquidiócesis y sentir que mi propia debilidad, mis propias incapacidades, encuentran su complemento, su fuerza, su valentía, en un presbiterio unido. Queridos sacerdotes, permanezcamos unidos en la verdad auténtica del evangelio, que es la manera de decir, como Cristo, el humilde sucesor y representante suyo aquí en la arquidiócesis: el que toca a uno de mis sacerdotes a mí me toca…

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Este relato es una versión del perfil sobre Eva del Carmen Menjívar incluido en el libro "Hablan de Monseñor Romero", escrito por el periodista Roberto Valencia y que usted puede adquirir en la tienda virtual de El Faro. Más información en el siguiente enlace > http://bit.ly/1IyolR0

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