La EHPM mostró que en 2011, del total de hogares pobres un 16% dijo haber gastado en gaseosa en la semana anterior, y del total de no pobres, el 16.8% destinó parte de su presupuesto al consumo de gaseosa. Es decir, que en ambos grupos entre 16 y 17 de cada 100 familias compraron gaseosa.
Según la encuesta ese año se registraron 646 mil 609 hogares pobres y 946mil 24 hogares no pobres. Dentro del grupo de los pobres están otros dos grupos, los hogares que están en pobreza relativa y los que están en pobreza extrema.
En El Salvador los pobres y los no pobres están separados por la posibilidad de costearse una canasta básica desfasada que se supone que refleja el ingreso familiar mínimo necesario para poder subsistir. Se dice que los hogares que no pueden cubrir la canasta básica son aquellos que se encuentran en un nivel de pobreza extrema y los hogares cuyos ingresos no alcanzan para cubrir el doble de la canasta básica están en pobreza relativa.
Según estos parámetros, y suponiendo que todos los hogares en pobreza extrema rascaran el techo de la canasta básica que define quiénes son pobres extremos -que en 2011 fue de 182.6 dólares- y que todos los hogares en pobreza relativa tuvieron ingresos cercanísimos al rasero de 365.2 dólares, resultaría que los hogares en pobreza extrema gastarían en gaseosa tres centavos por cada dólar de ingresos, mientras que los pobres relativos un poco menos de dos centavos por cada dólar.
La EHPM estableció que el promedio de gasto mensual en gaseosa que hicieron los hogares en pobreza extrema en 2011 fue de 6.49 dólares, mientras que aquellos en situación de pobreza relativa el gasto mensual promedio se quedó solo ligeramente arriba: 7.04 dólares.
Aunque estos datos no los conoce, esta es la preocupación que martilla en el pensamiento del padre Antonio Molina, el director del Centro Escolar Católico de Panchimalco, que atiende a niños que suelen provenir de familias pobres del municipio. “Yo observé que las mamás le daban dinero a sus niños y ellos compraban a las 7:30 una gaseosa y un churro. Entonces no hacía falta ni medir o pesar a los niños para ver que tenían falta peso... son bien pequeñitos. Y por eso eliminamos la comida chatarra y las gaseosas”.
Esos niños bajos de peso y talla que veía el padre hace cinco años probablemente son ahora parte de las estadísticas que presentó la Fesal de 2008, cuando reveló que el 19.2 % de los niños menores de cinco años de edad (uno de cada cinco) tienen una talla por debajo de la esperada para su edad. Y en la zona rural del país la talla baja es más aguda, porque un 24.9 % de los menores en ese rango de edad estaban en esa condición aquel año. En contraste, la incidencia en sus coetáneos de la zona urbana era de un 13.5 %.
El problema se observa también en el peso.
Hace 13 años, en 2000, El Salvador junto a los demás Estados miembros de la Organización de Naciones Unidas se propusieron cumplir ocho Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) a más tardar para el año 2015. El propósito general era erradicar el hambre, la pobreza, el analfabetismo y las enfermedades que atacan a los países más pobres del mundo. Uno de esos objetivos, el primero, tenía como fin 'erradicar la pobreza extrema y el hambre'. Para ello, dividieron este objetivo en tres metas, de las cuales El Salvador logró saldar la primera: reducir el número de hogares en pobreza extrema. La segunda meta era reducir el número de familias que viven con menos de un dólar al día y la tercera, reducir el porcentaje de menores de cinco años con bajo peso.
De acuerdo con los datos que comparte el sistema de Naciones Unidas en su sitio web, en El Salvador las últimas dos metas aún no se alcanzan. Y en el caso de la última, Nacional Unidas casi ha desahuciado al país centroamericano, al estimar que se trata de una meta “de difícil cumplimiento”. Y es que en gran medida esta última está ligada a la malnutrición de los salvadoreños.
Los cuidados del padre Molina, de Panchimalco, han sido un esfuerzo aislado en este país donde las autoridades apenas han comenzado a analizar posibles medidas legales. Pero incluso esfuerzos como los del cura resultan cuesta arriba, si no hay conciencia en las familias de los niños estudiantes. Molina ahora considera aquel capítulo como una batalla perdida, aunque no se da por vencido.
-¿Y qué paso después de prohibirlas? Todos los niños iban a comprar a los tienditas afuera de la escuela o llevaban los churros escondidos en las mochilas… Ese fue un intento fallido de darles a los niños buenos alimentos.
Esas ideas son las mismas que durante los últimos cinco años se desarrollaron en países como Italia, Francia, Dinamarca, el Reino Unido, Costa Rica y México, donde los gobiernos están tomando medidas para desincentivar el consumo de refrescos azucarados o “azúcar líquido” en las escuelas. Según José Ruales, representante de la OMS en El Salvador, el argumento detrás de las acciones de estos gobiernos es que “es más barato prevenir la obesidad que pagar los costos de las enfermedades relacionadas, como la diabetes, enfermedades cardiovasculares o colesterol alto”.
Uno de los casos más recientes y emblemáticos a nivel mundial fue la reforma impulsada por Michael Bloomberg, alcalde de Nueva York, quien el año pasado prohibió la venta de gaseosas en las escuelas e impidió que las bebidas azucaradas se sirvieran en envases de más de medio litro, medida que algunos la comparan con la restricción de fumar en lugares públicos. Cinco años atrás, el demócrata Gavin Newsom, alcalde de San Francisco (California), había propuesto gravar los refrescos azucarados para combatir la obesidad.
“El trabajo en las escuelas es importante para lograr una mayor incidencia en la promoción de estilos de vida y alimentación saludables, por lo que se debe actuar antes de que el problema se vuelva más serio. Estamos a tiempo, pero no se puede esperar mucho para tomar medidas que desmotiven el consumo de comida chatarra y bebidas azucaradas”, concluye Ruales.
Ruales cree que restricciones rigurosas como las de Nueva York deberían reproducirse en países como El Salvador: “Se debe tener cierta agresividad, como se ha hecho en otros países, para contrarrestar el avance del sobrepeso, aunque las medidas que se deban tomar no siempre son del agrado de algunos sectores que pueden ver afectados sus intereses económicos”.
Al igual que el representante de la OMS, la directora del Conasan cree en la necesidad de que en El Salvador se regule la venta de bebidas azucaradas en las escuelas. Durante la presentación de la nueva Política Nacional de Seguridad Alimentaria y Nutricional, hecha a finales de 2012, Márquez reveló que la institución que dirige tiene en mente elaborar una propuesta de ley que podría ser enviada a la Asamblea Legislativa para discusión este año.
Esta iniciativa es la tercera línea estratégica de la política nutricional del Conasan, con la que buscan “Promover prácticas de alimentación saludable y la nutrición afectiva, revalorizando la cultura alimentaria”. Algunos partidos políticos, como el FMLN al igual que el gobierno de Mauricio Funes, ya están trabajando en un anteproyecto de ley que en colaboración con los ministerios de Salud y Educación.
La sencillez con la que Ariel describe la razón por la que gusta de la gaseosa esconde la amenaza a la nutrición que esta supone. Muchas bebidas gaseosas incluyen entre sus ingredientes ácido fosfórico, y el problema del exceso de fósforo es que esto altera la absorción de calcio en los niños, lo que se traduce en huesos débiles.
Según un estudio de la Escuela de Salud Pública de Harvard (Harvard School of Public Health) una típica botella de 20 onzas de cualquier tipo de soda contiene entre 15 y 18 cucharaditas de azúcar y más de 240 calorías. Esto equivale a que en una lata de gaseosa pueden encontrarse diluidas entre 8 y 10 cucharaditas de azúcar. Estas cantidades de azúcar combinadas con la falta de higiene bucal en los niños de escasos recursos se convierten en problemas dentales serios.
La presencia de cafeína también es otro de los factores de alto consumo de bebidas gaseosas. “No tengo la culpa de que me gusten tanto las gaseosas. Supuestamente, cuando yo era bebé, mi mamá puso gaseosas en mi pacha. Entonces, después de más de 30 años de tomar gaseosas, no puedo dejarlas ahora porque soy adicta”, explicó a El Faro la periodista Summer Harlow, una estadounidense fanática de las gaseosas de la marca Dr. Pepper y Pepsi. “También necesito la cafeína y a mí no me gusta el café. Me gusta el sabor de gaseosas, pero más que todo, me gusta cómo me quema la garganta, por eso digo que una gaseosa es como una quemadura. Mejor gaseosas que cigarrillos o alcohol, ¿no?'
Al padre Antonio Molina, después de su esfuerzo mal correspondido por eliminar las gaseosas del cafetín de la escuela, no le queda más que continuar la lucha por amor a los alumnos. Ahora, incluso ironiza lo que para él fue un intento fallido. “Yo creo que sería más fácil erradicar la entrada de armas y drogas al penal de Mariona que los churros y las gaseosas en una escuela. Pero yo voy a seguir diciendo en misa que no compren esas chatarras”.
