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Celebrando la Independencia en un país en crisis

Dos décadas después de los acuerdos de paz tenemos serias preguntas sobre donde estamos y hacia donde vamos. Los discursos de las celebraciones de independencia de 1846 resaltaban muchos temas que resuenan con fuerza en la segunda década del siglo XXI.

Domingo, 8 de septiembre de 2013
Selección de Héctor Lindo

El Faro Académico publicará documentos que ayuden a dar un contexto amplio a los debates del día. Dos décadas después de los acuerdos de paz tenemos serias preguntas sobre donde estamos y hacia donde vamos. Los discursos de las celebraciones de independencia de 1846 resaltaban muchos temas que resuenan con fuerza en la segunda década del siglo XXI. Los siguientes extractos de los discursos de Francisco Dueñas e Isidro Menéndez hablan de los problemas de participación política, movilidad social, desigualdad, derechos humanos, violencia, corrupción, educación, y crecimiento económico tal como se percibían veinticinco años después de la independencia de España. *

Fragmento del discurso del 15 de septiembre de 1846 del Lic. Francisco Dueñas:

De miserables colonos que éramos antes del glorioso 15 de septiembre de 1821 pasamos súbitamente a formar una nación libre y soberana y a disfrutar todos los derechos que el Creador ha dispensado a los hombres para su conservación y felicidad. Este bien, que quizá no sabemos apreciarlo bastante porque no nos costó como a nuestros hermanos torrentes de sangre, debe estar siempre gravado en nuestros corazones como el más grato, el más útil y el más necesario de los que poseemos.

Por la independencia adquirimos el derecho de gobernarnos nosotros mismos, por la independencia nosotros y nuestros hijos podemos optar a todos los destinos y todas las dignidades eclesiásticas, por la independencia nos pusimos en capacidad de instruirnos en todas las ciencias y artes y de aproximarnos a la perfectibilidad del entendimiento humano con el desarrollo de nuestras facultades intelectuales, por la independencia y la democracia vemos salir hoy de las masas populares los generales, los ministros, los presidentes, los obispos, los sacerdotes, los médicos y los abogados, mientras sin ella todo teníamos que esperarlo de nuestros opresores. Leyes restrictivas de los derechos del hombre deprimían al americano industrioso y lo detenían en su marcha progresiva. Distinciones ridículas separaban al peninsular criollo sin permitirle a este jamás nivelarse con sus dominadores. La independencia y sólo la independencia vino a libertarnos de la esclavitud.

Si la divina providencia al otorgarnos este inapreciable bien ha querido compensarnos con todas las penalidades que experimentamos en nuestras guerras intestinas debe consolarnos la idea de que nuestros mismos errores nos instruyen cada día en las verdades que deben conducirnos a la felicidad, y que ninguna de las demás secciones de América ha estado exenta del funesto azote de la guerra. Pero siquiera tenemos el consuelo de saber que chocamos y derramamos nuestra sangre por nuestros propios intereses, por la consistencia de nuestras instituciones, por nuestra libertad. Bajo el yugo de España o de cualquiera otra potencia serían sus intereses o los de sus monarcas, o tal vez el capricho o la vanidad de un rey o de un subalterno los que nos conduciría a las continuas guerras en que viven empeñados. Nuestra sangre se derramaría inútilmente y nuestra condición jamás adquiriría una ventaja.

No ha faltado quien en vista de nuestros males crea que estos se deben a la independencia; pero los que así juzgan, no han examinado de cerca la cuestión. La libertad se alimenta y sostiene por la agitación y el movimiento, sólo el despotismo es inmóvil como la muerte. Ni se crea que únicamente nosotros hemos sufrido de los males de la guerra. Tendamos la vista al mundo y veremos por todas partes a las naciones agitadas en sentidos diversos. Le España se regenera, entre desastres y calamidades, y después de haber recorrido por más de 14 años una larga escala de desgracias funda al fin la monarquía constitucional. La Bélgica recobra con la sangre de sus hijos su independencia y libertad. Los argentinos hacen frente a las escuadras europeas, y nuestros vecinos, los mejicanos, defienden actualmente su territorio invadido en donde aun humea la sangre de sus más valientes defensores.

Fragmento del discurso del 15 de septiembre de 1846 del Presbítero y Doctor Isidro Menéndez:

Que reine la paz en las familias, entre los pueblos del mismo Estado, y entre un Estado y sus vecinos. Que no se agrien los ánimos con reclamaciones avanzadas ni con pretensiones injustas, que se respeten recíprocamente los derechos y consideraciones de los Estados y de los ciudadanos, que se afiance la paz pública y la tranquilidad de los pueblos, que se garantice la seguridad individual, que se suministre pronta y cumplida justicia, que se remueven los obstáculos que obstruyen la agricultura, las artes y el comercio, que se recauden, administren e inviertan las rentas públicas con pureza y economía, que se fomente con decidido empeño la ilustración pública, sin la cual no puede elevarse a un alto rango la sociedad.



* Estos discursos se encuentran en Arturo Taracena Arriola, compilador. Periódicos salvadoreños de la primera mitad del siglo XIX: edición facsimil (Fundación Dr. Manuel Gallardo y Centro de Estudios Mexicanos y Centroamericanos, 1996)
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