Los huesos que no enterró la amnistía

Daniel Valencia Caravantes y Mauro Arias

 
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Se preguntarán quiénes somos o, más bien, quiénes fuimos. Somos 17, según el Equipo de Antropología Forense del Instituto de Medicina Legal de El Salvador, que ahora nos tiene en custodia. Hace 32 años vivíamos en un pequeño caserío escondido entre las montañas del norte de Morazán, en el oriente del país. Nuestra casa, protegida por un amate, estaba al pie de un cerro llamado La Cruz. Tienen que verlo: es un paraje hermoso. En diciembre de 1981, bajo ese cerro nos mataron. Nos masacraron a casi todos en El Mozote. Nosotros somos 17 de un millar de víctimas. Alrededor de 400 fuimos asesinados en ese caserío y otros 600 en poblados aledaños. Casi 32 años después hay quienes aseguran que teníamos merecido lo que nos pasó. Otros, que “no hay que revolver el pasado” porque eso robaría la paz al país. Queremos decir, primero, que nosotros no fuimos guerrilleros. De hecho, dos de este grupo no tenían edad para cargar un fusil. Una incluso era más pequeña que un fusil. En segundo lugar, ¿de cuál paz hablan? ¿Podemos nosotros y nuestras familias tener paz? Hoy que la Corte Suprema de Justicia estudia si es constitucional la Ley de Amnistía, queremos dar nuestra opinión. No puede ser que hablen todos y nadie nos pregunte. No puede ser que de nuevo pretendan hablar por nosotros y por nuestros parientes vivos quienes hicieron la guerra, quienes nos mataron. Nosotros fuimos los asesinados, los quemados, los enterrados, los escondidos, los olvidados. Y los que nos mataron pretenden que nosotros, en aras de la paz, ya los perdonamos. Si nos privaron de vivir, ¿nos permiten hablar?