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"El Salvador no va en la dirección del desarrollo humano"

El informe de Desarrollo Humano de PNUD desnuda las carencias de nuestro proyecto social y la falta de políticas públicas que se esconde bajo lemas como “la familia es lo más importante” o “la prioridad es la educación”. Según la coordinadora del informe, Carolina Rovira, no es un problema de velocidad de crecimiento sino de que vamos en un rumbo equivocado. “Y eso no es un problema de políticos, es un problema de país”, dice.

José Luis Sanz

 
 

Carolina Rovira no tiene miedo a ser la mujer de las malas noticias. Todo un alivio en estos tiempos electorales en los que se venera hasta el ridículo la tradición nacional de esconder las verdades amargas entre palabras dulces. Por eso no ahorra palabras para explicar que el Informe de Desarrollo Humano 2013 (IDHES 2013), que ella ha coordinado, revela una verdad árida: nos han mentido. No es que, como se nos ha repetido hasta la saciedad, El Salvador no crezca o avance a la velocidad necesaria, sino que nuestro rumbo es equivocado. Lo era durante los gobiernos de Arena y lo es con el actual. Y para corregirlo no basta con prometer empleo y seguridad: hay que hacer cambios en nuestra propia médula, donde más duele.

Hasta la fecha los Informes de Desarrollo Humano, elaborados por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), habían sido monotemáticos: migraciones, empleo, del consumismo al bienestar... El IDHES 2013 trata de ser más integral que sus antecesores y aspira a evaluar la sociedad salvadoreña como un todo. Se pregunta qué le ha pasado a la sociedad salvadoreña en el hogar, en las escuelas, en el mercado laboral, en su sistema politico... y por qué el país no ha logrado un desarrollo humano alto. Y da respuestas.

“En El Salvador no somos iguales en el sentido político: no consideramos que todos los ciudadanos sean interlocutores válidos a la hora de buscar acuerdos nacionales. O sea, no todas las necesidades pesan igual porque persisten rasgos culturales discriminatorios”, dice Rovira, y desmenuza otros de los problemas estructurales del país —la fragilidad de las familias, la falta de inversión en calidad de la educación, la consolidación de las pandillas como modelo de éxito social, el estancamiento del mercado laboral, las cifras engañosas de desempleo, la falta de liderazgos políticos...— como quien lanza sobre la mesa los ingredientes de un guiso. Sin saña, pero sin algodones. Para que al cortarlos sangren. Y aunque confía en que sepamos cocinar algo nutritivo con sus quintales de franqueza, anticipa: “Yo creo que lo que decimos va a caer pesado al estómago, porque expone de golpe muchas cosas que no hemos querido ver desde hace mucho tiempo”.

¿Este informe es más superficial que los anteriores o han logrado procesar el enorme volumen de trabajo que supone tener un enfoque tan amplio?
Fue un desafío. Obviamente había que tomar decisiones y priorizar, ver ejes interactuando entre ellos en términos culturales, políticos, económicos... Si tuviéramos que ver la sociedad con cada uno de esos lentes, ¿qué es lo primero que levantaríamos? Ese enfoque nos abre la puerta a una línea de análisis más compleja, más humana, de alguna forma más concordante.

¿Sobre qué ejes lee el informe la problemática salvadoreña? ¿Qué problemas, qué interación de problemas analizan?
Uno, lo cultural. ¿Cómo nos relacionamos? Esa era la gran pregunta: cómo la forma en que nos relacionamos ha estado afectando nuestras posibilidades de alcanzar el bienestar, la felicidad, el desarrollo. Dos, lo social: lo clave para nosotros fue analizar el hogar y la escuela: ¿cómo están funcionando esos dos espacios de sociabilización fundamentales? Tres, lo económico, los mercados laborales: ¿qué tan justos, qué tan equitativos e inclusivos son? Y cuatro, lo político: abordamos la capacidad de liderazgo político para tener esta visión de integralidad y regresarla en forma de políticas públicas que respondan a las necesidades de los salvadoreños; la capacidad de dialogo y de liderazgo a nivel político.

¿Dónde encaja la inseguridad?
La seguridad pública no fue abordada directamente. Pero sí nos preguntamos por el fenómeno humano más dramático que vivimos en términos de seguridad: las pandillas. ¿Cómo este fenómeno está transformando los espacios críticos o clave para el desarrollo del ser humano: el hogar, la escuela y el mercado laboral?

¿Cuáles son los principales hallazgos y conclusiones del informe?
La gran conclusión es que el país necesita un acuerdo para transformarse, porque la dirección en la que va no es la dirección del desarrollo humano.

Es una afirmación muy dura. Los sucesivos gobiernos ha dicho siempre que hay problemas pero tenemos un rumbo; lo que usted está diciendo es que el rumbo no es el correcto. Eso es muchísimo más grave: vamos en la dirección equivocada.
No vamos en dirección al desarrollo humano, exacto. En lo cultural, por ejemplo, tenemos que transformar la manera en que nos relacionamos, porque no nos vemos como iguales. Somos una sociedad en cuyo imaginario hay grupos, y las divisiones se proyectan en las prioridades políticas. Hay unos que salen más favorecidos de las grandes decisiones que otros.

No es que no nos veamos como iguales, es que no somos una sociedad de iguales.
No somos iguales y no tenemos que serlo en muchos sentidos, pero el problema es que en El Salvador no somos iguales en el sentido político: no consideramos que todos los ciudadanos sean interlocutores válidos a la hora de buscar acuerdos nacionales. O sea, no todas las necesidades pesan igual porque persisten rasgos culturales discriminatorios —machismo, racismo, clasismo...— que no nos dejan interactuar, no dejan que todos los ciudadanos puedan poner sus demandas sobre la mesa y se les tome en cuenta con la misma fuerza.

¿Apuntan a que las élites hagan una reflexión?
No solo las élites. También ellas, porque en las elites están los grandes tomadores de decisiones. Pero la sociedad en general tiene que repensarse y entender cuál es su cuota... no quiero decir de culpa pero sí entender hasta qué punto cada uno de nosotros ha abonado a la situación a través de la apatía o la indiferencia y puede cambiarla.

¿Cuáles son los grandes grupos o perfiles de ciudadanos excluidos?
Lo podemos caracterizar de diferentes maneras, pero sociodemográficamente los excluidos son los jóvenes, las mujeres, la gente de la zona rural —particularmente los campesinos que trabajan la tierra—, las minorías étnicas y sexuales... Esos son los grandes excluidos de los mercados laborales, de las oportunidades en el hogar, en las escuelas, en todas partes.

Por contraposición está diciendo que la discusión sobre el rumbo del país la protagonizan hombres adultos, blancos o ladinos, urbanos y heterosexuales.
Uno podría llegar a esa conclusión, de alguna manera. Ya que hablas de los ladinos, el IDHES de este año hace un aporte superinteresante: hemos hecho un abordaje histórico, desde la colonia, de muchas de las temáticas, y se evidencia quiénes han sido históricamente los grandes tomadores de decisiones, cómo se ha enraizado eso, quiénes fueron los primeros en ir a las escuelas, los primeros en graduarse de las universidades...

El informe, en el campo social, analiza dos grandes espacios de socialización: hogar y escuela...
El hogar y la escuela son nuestros dos principales ámbitos de socialización, los dos en los que, desde el enfoque de desarrollo humano y de capacidades, la política pública más puede incidir. Y al estudiarlos nos encontramos con que los hogares salvadoreños no tienen la capacidad de brindarse, por sí mismos, niveles mínimos de bienestar.

¿Por qué?
Debido a fenómenos como la migración, a que el trabajo de los padres les impide estar en la casa, y los hijos que se crían sin sus padres presentes. Hicimos una encuesta de movilidad social que nos permite ver la relación entre la infancia y la adultez: crecer sin los padres afecta al número de años de escolaridad; condiciones como el material del que está hecho tu casa tienen una correspondencia con los años de escolaridad. Un niño que que sufre carencias en los materiales y servicios de su casa podría verse afectado hasta en tres años de escolaridad, crecer sin la madre puede quitarte en promedio un año de escolaridad... Cuando un niño crece en un hogar desintegrado el hogar no es el espacio de confort, seguridad y plenitud que debería ser, pero la política pública está más enfocada en otros temas, y no en fortalecer el hogar. Todavía hay déficit cualitativo y cuantitativo en el nivel de vivienda, el hábitat, la seguridad, las zonas verdes. No hay garantía de dignidad para todos. Y las inversiones en primera infancia son muy pobres. Las inversiones para poder suplir, sobre todo en los hogares más pobres, esas carencias de cuidado y educación antes de los seis años son mínimas, así que podemos decir que la política pública no está apuntalando la primera etapa del ciclo de vida, que es una etapa crítica. UNICEF, que fue nuestro aliado en este informe, trabajó mucho el tema de la primera etapa del ciclo de vida, y señala lo críticas que son las inversiones ahí y lo abandonadas que están.

Hemos escuchado miles de veces, de los sucesivos gobiernos, que la familia es la base de la sociedad, que el estado prioriza la familia, etcétera. Y lo mismo dicen casi todos los actores de incidencia: los privados, las iglesias... ¿Mienten o lo que sucede es que se ha enfocado de manera equivocada el respaldo a la familia?
Probablemente una de las grandes fallas es que la familia es, en el discurso, una noción privada, y en teoría tú la tienes que proteger porque ella es capaz de solucionar los problemas. Nosotros no queremos meternos en la privacidad de la familia, pero sí destacamos que el Estado, la política pública y la sociedad deben garantizar el cumplimiento de ciertos derechos en los hogares. Esto no tiene que ver con decidir cómo se llevan el papá y la mamá o qué enseñan a sus hijos, sino con saber si una familia no tiene por si sola la capacidad de dar a sus hijos un techo con ciertas características, porque tampoco los padres lo tuvieron, o de proteger a sus hijos entre los cero y los tres años. La sociedad y la política pública debe dar a esas familias las herramientas, ayudarla, complementarla de alguna manera.

Garantizar una especie de “hogar mínimo”.
Uno de los ejes críticos para el bienestar son las condiciones del hogar, pero pensado de manera superintegral: desde el techo y los materiales del piso o el acceso, hasta la sensación de seguridad, la tranquilidad de poder disfrutar con mi familia dentro de casa. No nos estamos metiendo a definir la familia, no nos referimos a si el papá y la mamá están casados o no. Nuestro tema es: ¿existe en la sociedad salvadoreña ese hogar seguro, tranquilo, protegido para todos o no?

Dijo que también analizaron la escuela.
Sí. Y una primera gran conclusión, desde la perspectiva histórica, es que la escuela no ha sido el espacio de construcción de identidad común que debiera ser. Por la escuela se supone que todo mundo pasa o debería pasar en un periodo de su vida. Se considera un ámbito privilegiado para crear vínculos y la idea de igualdad y solidaridad que define una sociedad. Pero la escuela salvadoreña no ha sido ese espacio, por la forma en la que se ha construido históricamente. En El Salvador la escuela no es un espacio de creación de un “nosotros” común.

¿Por qué no?
Porque la escuela fue concebida históricamente como un espacio de élites, que dejó afuera a los campesinos, los indígenas, etcétera, por mucho tiempo. Y después, cuando se incorporaron constitucionalmente todos los grupos, la escuela ya tenía un sesgo discriminador que de alguna forma está impregnado en su ethos.

Pero eso se puede aplicar a casi cualquier país del mundo.
El problema es no haberlo superado. Esa es la historia en muchos países porque así se ha configurado la historia de la humanidad, de alguna manera. El problema es que aquí no hemos reflexionado al respecto; no se ha hecho la reflexión sobre qué arrastramos de esa historia. El informe no pretende resolverlo, pero sí al menos poner sobre la mesa que parte de nuestros problemas son históricos, no vienen de los últimos 25 años, porque la historia no empezó con la paz. Hay que revisar el país con una perspectiva de 200 años. Y el otro tema es que 9 de cada 10 niños va a una escuela pública y las brechas de calidad entre lo público y lo privado son abismales. No es que todo lo privado sea bueno, pero que, hablando de educación, lo bueno está en lo privado es evidente. La infraestructura y los recursos que reciben la mayoría de salvadoreños es extremadamente limitada, y entonces no podemos esperar que la escuela sea la llave para la movilidad social. Hay quien podría decir: si el hogar no es el espacio donde los niños consiguen el confort, la protección, sus primeras habilidades, etcétera, que lo haga la escuela. Pero la escuela no lo hace.

Eso desnuda otra de las falacias del discurso político tradicional: aquello de que para todos los gobiernos lo más importante ha sido la educación. Y desafía la distinción moralista entre los jóvenes que se meten a una pandilla y los que optan por estudiar, porque estás diciendo que estudiar no siempre es garantía de un mejor futuro.
No, porque no es una cuestión de años de escuela sino de la calidad de esa escolaridad. Y hacemos énfasis en que ir a la escuela no es garantía de movilidad social ni de protección, porque las escuelas están tomadas por las pandillas. El fenómeno pandilleril está transformando el hogar, y en la escuela el pandillero ha desplazado al profesor como figura de autoridad y como figura de éxito. Si hay un pandillero en el aula la autoridad la tiene el pandillero, y peor todavía, para muchos jóvenes el referente social de éxito profesional ya no es el maestro sino el pandillero.

Entiendo. Pero aunque no estuvieran tomadas por las pandillas, sugieres que las escuelas tampoco sirven como un ascensor social eficiente.
Aquí hay un tema importante: conceptualmente los libros, la Constitución, la ley educativa, son muy buenos filosóficamente. El problema es que aquellos que tienen que implementar esto en terreno son, al final, los docentes, y ahí no se han hecho inversiones. Ahí hay un gran hoyo negro. No se invierte en capacitarlos, y hay un escalafón docente que no facilita que se les evalúe por la calidad de su docencia sino por los años que están en el sistema. O sea, un montón de incentivos perversos que hacen que, si la educación es la interacción entre un profesor y un alumno, en este caso el sistema no garantice un profesor de calidad. Uno no puede criticar la filosofía del sistema educativo salvadoreño. Está a la vanguardia. El problema es que el eslabón más débil aquí es el profesor. Se le ha abandonado. Es decir, no es que sea culpa de ellos, es que no han recibido los instrumentos necesarios. Cuando firmamos la paz y se descubrió la destrucción del sistema educativo el énfasis fue construir escuelas y formar profesores, pero formar profesores no se puede acelerar, tú no puedes formar profesores en seis meses. Y eso se hizo. Ahora tenemos contratados para 25 años a muchos profesores formados en un sistema que no está estandarizado, o formados en la universidades de garaje, etc. Y un tema que es triste y que nos conecta con el siguiente problema es que el sistema educativo no ha logrado vincularse con la realidad laboral del país. Tenemos un sistema educativo diseñado para que los estudiantes vayan a la universidad, y ese es un privilegio de minoría. La mayoría de gente va a emprender un negocio, va a trabajar en el campo, en su parcela, y para eso el sistema educativo no da herramientas, o te frustra y hace que migres antes de la educación, o quizás, peor todavía, te gradúas de bachiller con grandes expectativas e ilusiones y terminas subempleado en cualquier cosa, en un centro comercial, etcétera.

Supongo que, en esta línea, tampoco hay buenas noticias sobre el mercado laboral.
En el campo económico hicimos un análisis bien abarcador, diría yo, porque tomamos datos desde 1906.

¡1906!
Sí. Se fue a buscar cuánto gastaba el Estado en temas fundamentales como la educación y la salud desde aquella época, como porcentaje del presupuesto total, y descubrimos que las prioridades del Estado en términos de gasto no han estado ahí, nunca. A través de los diferentes modelos, ninguno ha demostrado un verdadero énfasis en aquellas cosas que a las personas les importan de verdad, como la educación y la salud. Y en términos de mercado laboral, ha sido históricamente informal y desprotegido, por lo tanto la gente no tiene todos los beneficios de la ley aunque trabaje. Es decir, la gente trabaja, porque somos un país con muy bajo nivel de desempleo, pero la mayoría de esta gente que trabaja lo hace en condiciones precarias, subutilizadas, sin seguridad, sin garantía de un salario mínimo, etcétera.

Eso me parece confuso, porque en realidad hay diferentes maneras de entender qué es el empleo y qué es el desempleo. En Europa y Estados Unidos estar empleado no es simplemente trabajar, es estar dentro del mercado formal, con garantías. Si no estás ahí, estás técnicamente desempleado.
Eso está vinculado a la definición de desempleo aquí en El Salvador, que es una definición pobre en sí misma: estar empleado aquí es haber trabajado en la última semana más de ocho horas.

Eso explica los porcentajes.
Claro, es una forma de ocultar la gran informalidad. Nosotros, oficialmente, no podemos decir que en el país hay más desempleados que lo que dice la Digestyc, ese es el dato oficial, y nos casamos con que el desempleo es bajo, pero también decimos: “mire las condiciones en las que la gente está empleada”. Solo uno de cada cinco empleados tiene trabajo decente, y trabajo decente significa trabajar las horas que dice la ley, con la protección que dice la ley, con garantías de pensión y de seguridad social.

Es un poco perverso, porque legitimas un empleo que no es digno pero es empleo. Son cifras de “empleo no digno”.
Exacto. Por eso nosotros trabajamos con la idea del empleo decente, que es justamente el empleo digno. Y la conclusión es que en el país no hay condiciones de empleo decente. Hay que convertir mucho del empleo actual en trabajo decente y empezar a crear los incentivos para que se genere nuevo trabajo decente, empleos. Como tú dices, es una falsedad decir “creamos tantos empleos” cuando estos no cumplen con las condiciones de dignidad. Y otra cosa que encontramos acá es que uno puede trabajar y ser pobre, y eso es una paradoja terrible. ¡Y trabajar mucho, sobre todo en el campo hay gente que trabaja muchas horas y es pobre!

Estamos hablando de trabajar para alimentar las felices estadísticas del mercado y, sin embargo, ser pobre.
Exacto, ser pobre y no estar cubierto por la seguridad social, etc. Y esa es una realidad tambien urbana, pero que en lo rural es dramática.

¿Y no ha evolucionado el mercado laboral a lo largo del tiempo?
El mercado laboral está bastante estancado. Es más, los salarios reales no están estancados sino que están perdiendo capacidad adquisitiva en estos días, y vertiginosamente. Y vemos que los jóvenes están cada vez más discriminados en los mercados laborales. Quizá las únicas que han ganado espacio son las mujeres, en términos de participación, pero la calidad de su participación es aún muy precaria y muy desprotegida. Además, la mujer queda también como vinculada al cuidado de la familia cuando empieza a trabajar, porque no hay un sistema de protección para el cuidado de los hijos, etc. Una mujer más que empiece a trabajar ni siquiera puede considerarse un éxito a nivel social, porque no sabemos qué está pasando en su hogar, si queremos ver los temas de forma integral.

Y dice que somos un país de jóvenes en los que los jóvenes no trabajan.
En los últimos veinte años, por ejemplo, el 21 % de los jóvenes no estudia ni trabaja. 21 de cada 100. Y ese número es estático, no ha cambiado desde el 92. Y otro detalle: de cada tres salvadoreños que han conseguido trabajo en los últimos 30 años, dos lo han hecho en Estados Unidos. O sea, que la forma de emplearse es migrar.

¡Dos de cada tres!
Sí. Es una estimación hecha en función del número de empleos que se crean anualmente y de la gente que decide emigrar, suponiendo que toda esta gente se emplee. Por lo que sabemos, la gente en el extranjero logra conseguir trabajo. Es aquí donde no lo logra.

¿Y los sectores que en teoría han generado empleo estos últimos 15 años? La maquila, los call centers, la agroindustria, los sectores emergentes... ¿Ningún sector escapa a la debacle?
El agro nos aparece como un donador, o sea que las apuestas que se están haciendo no están llegando a cambiar la realidad del agro. Los call center generarán unos tres mil empleos al año, pero necesitamos cincuenta mil, así que no pueden ser un impacto real. Y en términos de exportaciones... el país no es la potencia exportadora que se esperaba; no se han aprovechado los tratados comerciales como se debieron haber aprovechado, han sido una falacia. Y tampoco hemos despegado a nivel de industria. Bueno, el sector servicios crece porque ahí se concentra la informalidad, pero ningún sector tiene condiciones distintas de las que se plantea en términos generales.

Un ciudadano promedio diría que la culpa es de los políticos.
Lo político lo abordamos en el mismo capítulo que lo cultural, porque vinculamos lo político con nuestra cultura de discriminación y los elementos de autoritarismo que, haciendo un análisis histórico, vemos que han permeado en la esfera política y están impidiendo que se llegue a decisiones para el país. Las discusiones se quedan estancadas a nivel de discusiones partidarias, y la conclusión es que no hay capacidad de diálogo político, a causa de una herencia cultural tremendamente perversa. Los políticos deben comenzar a hacer política, a pensar en por quién están en la política, y no solo en su partido.

Dice que hay una falta histórica de diálogo, pero después de los acuerdos de 1992 hubo aproximadamente una década en la que el clima político cambió, en la que la discusión tenía más consistencia política que ahora. Había una especie de compromiso, no sé si moral, con la necesidad de dialogar, se llegara o no a acuerdos.
En el informe resaltamos que ha habido una especie de desencanto ciudadano y general, entre políticos y no políticos. Indagamos la manera histórica de hacer política en el país y la capacidad de llegar a ciertos diálogos; hicimos grupos focales con políticos más viejos, con experiencia en lograr acuerdos de país, y destacaron que en sus tiempos había claridad sobre los objetivos de país. O sea, ellos tenían una agenda, querían algo para el país. Y la percepción entre estos políticos más viejos es que eso ya no ocurre. No hay una agenda de país sino apenas una agenda partidaria.

Si no entiendo mal, no se refiere a que cada partido tenga su agenda de país, sino a que la agenda de los partidos no es de país, sino de partido.
Así es.

El panorama es desolador. ¿Tienen algún boceto, alguna hoja de ruta para la búsqueda de ese nuevo rumbo, ese nuevo diseño de país? Lo digo porque es agotador solo pensar en la dimensión del problema que plantea, y en una sociedad acostumbrada a la negación en el mejor de los casos pueden generar frustración.
La primera premisa es “o esto lo asumimos todos o no se puede enfrentar”. Esto no es un problema de políticos, es un problema de país, así que eso implica cambiar la ciudadanía, el empresariado, cambiar la forma de hacer política... Y nuestro foco, como PNUD, siempre es la política pública porque creemos que es la herramienta de incidencia más importante. Por eso nuestra propuesta está muy centrada en cómo diseñar, cómo empezar a entender la política pública para que solucione problemas complejos. Y planteamos principios orientadores. Pero si tú tienes un problema que es multisistémico la solución tiene que ser igual, no puede ser parcelada. Creemos que parte de la solución pasa por proyectar la política pública de manera distinta. Uno de los grandes ejes de actuación, el primero en realidad, es el cultural: este país tiene que cambiar culturalmente. Y hablamos de la política social productiva, de ver lo social no como algo remedial, no como algo que pone curitas en los problemas de la gente más pobre, sino como una herramienta para transformar las capacidades de las personas en ámbitos críticos de la sociedad como la educación y el hogar. Y apuntamos también a una política económica inclusiva, que consiste en dejar de ver la economía como una herramienta para producir y enriquecer, y verla como un instrumento para la gente.

¿Y cree que, con el mapa político actual, va a tener algún impacto real este informe? En la práctica, ¿dónde cree que pueda germinar algo?
Pues no sé si lo que voy a decir es una posición PNUD, pero al menos es mi opinión como coordinadora académica del informe: yo creo que lo que decimos va a caer pesado al estómago, porque expone de golpe muchas cosas que no hemos querido ver desde hace mucho tiempo. Pero espero que sirva como un llamado para gente que no está en la esfera política actual, que despierte nuevos liderazgos, que despierte cosas que ahora no están ahí porque, como tú dices, con lo que está hoy probablemente no es suficiente. Espero que haya nuevos movimientos, nuevos partidos, nuevos líderes, y que los que hemos sido apáticos digamos “quiero hacer algo por este país. Yo no me voy a ir. Me voy a quedar”. Porque otro de los hallazgos del informe es que en este país está migrando todo mundo, no solo el más pobre sino también los que más oportunidades tienen, porque aquí consideran que lo que se les ha dado no basta o se trunca porque El Salvador es un país sin libertades políticas, sin libertades de transito, porque no pueden sacar a sus hijos al jardín, etcétera. Es triste. La gente le está perdiendo fe al país.

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