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Opinión

La izquierda y la democracia

Ricardo Ribera

 
 

Se viene insistiendo en los riesgos para la democracia si gana el FMLN. Primero, revisemos un poco la historia. Han pasado veinte años desde las elecciones de 1994, las primeras en democracia. Se dice que en el país no la había habido desde 1931. Discutible pues en tal época no se permitía votar a las mujeres y el voto no era secreto, se emitía a viva voz y quedaba anotado. Pero sí concurrieron las más diversas fuerzas políticas. Participó el Partido Comunista, recién fundado un año antes, el cual respaldó la candidatura de Araujo y su programa reformista, que se inspiraba en el laborismo británico y en los planteamientos vitalistas y de reforma social de Masferrer.

Pronto los comunistas se decepcionaron con Araujo por la falta de cumplimiento de sus promesas electorales y su poca capacidad para hacer frente a los efectos de la crisis económica mundial de 1929. Por eso, al inicio saludaron el golpe del 2 de diciembre que instaló al vicepresidente Maximiliano Hernández Martínez en el poder.

Pero las municipales de enero de 1932 serían las últimas elecciones en que participarían legalmente. El descarado fraude los motivó a presionar al general Martínez con el anuncio de un levantamiento, fijado para el 22 de enero. Esto fue aprovechado por el militar para capturar a Farabundo Martí y demás dirigentes, fusilarlos, y hacer un baño de sangre en la región de los izalcos, con el fin de paralizar por el terror toda muestra de descontento. Inició la dictadura militar.

El PCS fue proscrito desde entonces, perseguido y forzado a la total clandestinidad, mientras un irracional anticomunismo era propagado en la sociedad salvadoreña. A pesar de la persecución, los comunistas siempre buscaron y hallaron formas de hacerse presentes en la vida política nacional, bien en el movimiento sindical y estudiantil, bien en la lucha electoral usando de fachada a partidos legales.

Así, participaron en 1944 de las luchas de abril y mayo hasta expulsar al dictador y estuvieron activos políticamente con el PRAM y, tras su ilegalización en los sesenta, mediante la UDN. En los setenta junto a MNR y PDC conformaron la Unión Nacional Opositora, UNO, que le ganó dos veces consecutivas las presidenciales al PCN. Eso forzó al régimen a hacer fraude, último recurso para mantener el poder. La dictadura fue degenerando en terrorismo de estado, aumentando el repudio, al grado que al final ni Estados Unidos siguió respaldándola.

Con el golpe de estado de 1979 y la fundación del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, FMLN, se da la reconciliación de comunistas y organizaciones revolucionarias guerrilleras para la lucha armada conjunta. En enero de 1980 se creaba la CRM, Coordinadora Revolucionaria de Masas, en mayo se formaba la DRU y en octubre FPL, RN, PCS, ERP y PRTC fundaban el FMLN. Pero doce años de conflicto armado no bastaron para que el Frente se convirtiera en un partido unificado. Bajo la conducción de Schafik Hándal se entró a la negociación, que culminó con el Acuerdo de Paz. En diciembre de 1992 el FMLN fue legalizado. La izquierda era, al fin, aceptada y tolerada por el sistema.

“Nosotros, comunistas, prosperamos mucho más en condiciones de legalidad y democracia”. La frase es de Federico Engels. El amigo de Marx había estado en las barricadas más de una vez, pero al final de sus días valoraba las conquistas sociales y políticas obtenidas por la socialdemocracia alemana en el tramo último del siglo XIX. La vocación democrática de la izquierda revolucionaria es verídica y está basada no solamente en principios y en una concepción humanista del socialismo, sino también en razones prácticas de eficacia política.

A la izquierda, cuando sabe moderar su discurso político y sabe darle gradualidad a sus metas inmediatas, le va muy bien en democracia. Mucho mejor que en la ilegalidad y la clandestinidad, la cual nunca ha sido una libre elección, sino que siempre fue imposición del sistema opresivo y represor. La democracia es, pues, conquista y triunfo de las fuerzas revolucionarias antes proscritas, que forzaron su salida del cajón donde se las quiso mantener encerradas.

Veinte años después de su primera participación eleccionaria, ya con la experiencia de haber sido partido de gobierno, el FMLN viene en esta coyuntura a buscar no sólo reeditar su triunfo de 2009. Hoy va a intentar la victoria sin el recurso que tan bien le funcionó en la anterior elección presidencial: llevar de candidato a un independiente que no cargue con un pasado de guerra, que no vea menguadas sus posibilidades a causa de su militancia, que no se le pueda señalar con el estigma de “comunista”.

En la actual cita histórica el Frente se decidió por hacer una apuesta más arriesgada, pero también de mayor significación estratégica. Ha escogido llevar de candidato a la Presidencia de la República a un miembro de su histórica Comandancia General. El único que queda, tras el deceso de Schafik Hándal en 2006 y el extravío – que mucho tiene de suicidio político – de los otros tres máximos responsables del FMLN en el tiempo de la guerra civil.

Muchos cuestionamos y pusimos en duda lo atinado de la selección del candidato. De partida, las encuestas señalaban una imagen con más opiniones negativas que positivas. Poco a poco fue remontando. Y los aspectos positivos de su candidatura cobraron relieve.

La capacidad y cúmulo de experiencias de la dirección del Frente se hallan personificadas en Salvador Sánchez Cerén. Líder magisterial de ANDES 21 de junio en los sesenta, desde 1983 máximo dirigente de las FPL-Farabundo Martí, conocido como el comandante Leonel González. Símbolo de unidad al interior del partido, hacia fuera es apreciado como el luchador de toda la vida, entregado por entero a su causa, alejado no obstante de cualquier fanatismo; alguien sencillo, dialogante y concertador.

El FMLN posee, es indudable, una cabeza colectiva que combina las cualidades y talentos de las distintas individualidades que componen la dirigencia. Haberse decidido por Leonel implica haber privilegiado su multifacética experiencia acumulada y absoluta confiabilidad por encima de aspectos menos sustanciales, como la imagen pública, la capacidad oratoria o el carisma personal. Seguramente alguien como Schafik reunía en su persona lo esencial y lo accesorio, conseguía ser la síntesis de contenido y forma. No obstante el “príncipe moderno colectivo” que es el partido suple como ente colegiado los méritos y capacidades que un príncipe individual – sobre el que reflexionaba Maquiavelo en el siglo XVI – difícilmente alcanzaría a reunir. Así como el dicho popular apunta a que “cuatro ojos ven más que dos”, la organización partidaria que representa a las clases populares confía en esta sabiduría práctica: “varios cerebros, trabajando al unísono, piensan más y mejor que uno solo”.

Completa la fórmula un compañero de larga militancia, destacado mando medio durante el conflicto armado, desde el 2000 uno de los alcaldes del país más queridos, con amplia aceptación ciudadana. La fórmula “Salvador y Óscar” logra una combinación complementaria. Óscar Ortiz aporta sus capacidades comunicativas y habilidad para la concertación. Si se recuerda, le disputó a Schafik la candidatura del 2004, en unas primarias muy reñidas. Su actual postulación muestra el elevado grado de unidad que hay ahora en el partido.

El FMLN, al fin en situación de dar a conocer sus ideas y propósitos – tal como pedía Marx –, trabaja para ir conquistando la voluntad de las mayorías, lo mismo que cualquier otro partido político. La gente está en general satisfecha con los cambios que iniciaron, aunque falta mucho por hacer. El Frente no ha gobernado para su propia base, que era principalmente de clase media, sino que ha privilegiado a los más pobres. Ello es coherente con sus principios. Y también sirvió para terminar quitándole a Arena la hegemonía en el área rural.

No hay por qué desgarrarse las vestiduras si la izquierda da la impresión de querer permanecer en el poder de manera indefinida. Lo mismo desea todo partido político. Está en su naturaleza. Es un fin legítimo, si el medio es democrático. Así como Arena se mantuvo en el poder por veinte años consecutivos, con la misma legitimidad podría hacerlo la izquierda. ¿Por qué no? El pueblo decidirá.


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