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La invisible herencia africana de El Salvador

Este trabajo nos obliga a revisar la narrativa dominante de los salvadoreños del siglo XXI con respecto a nuestra historia étnica: la insistencia en tener la población más mestiza de América Latina, que ya no tenemos poblaciones indígenas, que a diferencia de nuestros vecinos no tenemos herencia africana. Ninguna de estas afirmaciones se sostiene ante la evidencia histórica disponible para demostrar que los salvadoreños sí reconocían su herencia africana.

Wolfgang Effenberger

 
 

En su investigación sobre la relación entre raza, nación y poder en El Salvador (Seeing Indians, 2005) la politóloga Virginia Tilley señala que a pesar de la presencia histórica de afrodescendientes en El Salvador por rechazo y amnesia social, al contrario de lo indígena, la negritud no forma parte de los discursos identitarios del mestizaje en El Salvador.

Sin embargo si bien es cierto que la negritud como definición de la identidad cultural, étnica o nacional en El Salvador no es muy “visible”, no podemos constatar un olvido y rechazo del todo a lo largo de la historia. En mis investigaciones, indago formas de representación y autorepresentación de “ser negro” producidas por políticos, médicos, antropólogos, viajeros y escritores. Un punto de partida de la investigación son las consideraciones del antropólogo Peter Wade según el cual conceptos de mestizaje tanto de corte oficial y colonial como subalterno crean espacios de lo “indígena” y lo “negro”. No obstante por un lado la representación y visibilidad de un “otro”  que es diferente racial y culturalmente, se manifiesta como violencia simbólica que busca establecer y legitimar asimetrías y formas de poder.

 

Valorizaciones ofensivas sobre la población zamba - que según la nomenclatura colonial de larga duración es de origen racial africano e indígena - se encuentran en los escritos de David J. Guzmán (1883/1916). Así Guzmán supone la existencia de una población afrodescendiente en El Salvador sin embargo, según su opinión, este grupo era tan pequeño y desgraciado que no sería relevante para el futuro del país. Sin embargo, al contrario de Guzmán quien negaba una población “negra” en el país, el historiador y funcionario Rafael Reyes  sostiene que la población de El Salvador se componía por “indios, mestizos o mulatos, negros, zambos…”. Reyes indicaba que alrededor de 3,300 personas de la población en 1887 eran negros, al mismo tiempo subsumía mulatos, zambos, y mestizos bajo el término “ladino” (1888, 1885).Sin embargo después de 42 años para el censo de 1930 el número de la población negra en El Salvador se reduce  a 90 personas. La base ideológica del censo es evidente en los ensayos historiográficos y psicosociales que acompañan las demografías de la década de 1920 publicados por la Dirección de Estadística en particular a cargo de Pedro Fonseca. A pesar que se afirma una población africana en el país, se destaca que se trata de un número ínfimo  sin relevancia nacional, al contrario de la importancia del mestizo en vías del blanqueamiento racial y cultural.

Un concepto diferente del mestizaje proviene del misionero Antonio Conte que relataba que el pueblo San Alejo en el departamento de la Unión ofrecía “una curiosa mezcla de tres razas, negra, cobriza y blanca, fundidos en una sola, sin perder los rasgos característicos de cada una de ellas”, Conte añadía que con ello se daba la mano Usulután, San Vicente y Atiquizaya. Para Atiquizaya destacaba que en 1916/17, o sea 14 años antes del censo de 1930, había alrededor de 15,000 habitantes y que de ese número,  los negros africanos no eran pocos. Una estrategia de autorepresentación emana de los escritos de Miguel Ángel Ibarra (1947) quien en su novela testimonial “Cafetos en Flor” incluye la única etnografía en El Salvador que describe expresiones culturales de los campesinos “afroamericanos” en Atiquizaya. Además hasta hoy en día sería la única novela salvadoreña cuyo protagonista es afrodescendiente. La novela relata desde la perspectiva del artesano comunista Jorge Ibáñez, quien se autodenomina “Jorge, el negro” acontecimientos previos del 32. Además la narración menciona la vida del herrero negro Regino y su hijo, involucrado en la organización del levantamiento. De tal manera la novela corresponde a la historia oral y textos literarios que narran el papel de afrodescendientes en la insurrección (Lara Martínez, 2009; Gould; Lauria Santiago, 2008).

Los ejemplos citados muestran la vigencia de la arbitrariedad en la racialización de la población y visiones de mestizaje que alterna desde las políticas de invisibilización  y disminución de la presencia negra en El Salvador por parte del Estado, hasta la valorización de lo local, lo indígena y negro en contradicción con las historias oficiales.


 

* Wolfgang Effenberger López es alemán-salvadoreño, obtuvo su magíster en Americanística Precolombina y Estudios Latinoamericanos en la Freie Universität de Berlín, Alemania. En El Salvador ha trabajado y colaborado entre otros con la Secretaría de Cultura de la Presidencia, la Universidad Don Bosco, la Academia Salvadoreña de la Historia y la Universidad Tecnológica. Sus investigaciones incluyen su participación en el taller sobre pensamiento crítico en El Salvador, convocado por la Secretaria de Arte y Cultura del FMLN en colaboración con Lucio Oliver, de la UNAM, en julio 2013, otra que se publicará este año en “Gallaga, Emiliano (coord.) ¿Negro?...no, moreno...: Afrodescendientes y el imaginario colectivo en México y Centroamérica (San Cristóbal de las Casas: UNACH)” y la ponencia que presentó en el Simposio Internacional “El significado de la negritud” organizado por Rina Cáceres y Paul Lovejoy de la Universidad de Costa Rica, febrero 3-8, 2014, San José, Costa Rica, que se publicará durante el presente año.


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