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Plática /
“Todos me dicen el Rambo salvadoreño”

Este 4 de abril se cumplieron 10 años de la muerte de Natividad Méndez Ramos, el primer soldado salvadoreño muerto en la guerra de Iraq. En la batalla de Nayaf -la ciudad sagrada chiíta- Samuel Toloza sobresalió porque a filazos de cuchillo rescató de milicianos enardecidos a un compañero y porque lideró el rescate del cuerpo de Natividad. Ahora, con 35 años de edad, cuando un cuchillo de combate lleva su nombre y él sirve al Batallón Presidencial, recuerda aquellos días.


Fecha inválida
Daniel Valencia Caravantes, Mauro Arias y Valeria Guzmán

 

Si la memoria no nos falla, hace unos cuatro años Samuel Toloza se convirtió para nosotros en un blanco perfecto. Un mito que valía la pena rastrear. Una historia por contar. A un periodista de El Faro una fuente cercana a las Fuerzas Armadas le habló del Toloza Knife, un cuchillo comercializado para fanáticos de las armas militares. A otro le contaron la misma historia, pero le dijeron que Toloza era como un fantasma arisco, egoísta con los extraños. A alguien más le dijeron que el Ministerio de la Defensa jamás permitiría llegar hasta él.

De Samuel Toloza sabíamos muy poco, pero todas esas pocas cosas nos remitían a un lugar común: el 4 de abril de 2004, él sacó un cuchillo y se batió en duelo con un grupo de iraquíes seguidores del clérigo chiíta Muqtada Al Sadr, religioso que había organizado el 'Ejército del Mahdi' para resistir la invasión de Estados Unidos y sus aliados. Los soldados del Mahdi habían rodeado a unos soldados salvadoreños en Nayaf y en el enfrentamiento El Salvador sufrió la primera baja mortal en esa guerra. Natividad Méndez Ramos, de 19 años, originario de una comunidad rural, polvosa y muy pobre de Guaymango, Ahuachapán, fue el primer salvadoreño cuya sangre humedeció suelo iraquí por la decisión del todavía presidente Francisco Flores de acompañar al Pentágono en su invasión para derrocar a Sadam Hussein.

La muerte de Natividad Méndez Ramos y el silencio que la Fuerza Armada ha guardado sobre la emboscada a un convoy del II contingente del Batallón Cuscatlán -el primer Batallón estuvo en Iraq entre agosto de 2003 y febrero de 2004- eclipsaron el rol de Toloza, que entonces tenía 25 años de edad. En internet son un par de relatos escuetos los que se encuentran sobre su hazaña. En algunos blogs, exsoldados estadounidenses lo llaman un “badass” (un... un 'chingón'). Cuando combatió estaba soltero y había decidido viajar a Iraq porque quería conocer mundo, tener aventuras, tener algo que contarle a sus hijos y a sus nietos. ¡Y vaya que tiene mucho que contar! Comienza a hacerlo desde el corredor de su vivienda, ubicada en la zona paracentral del país, frente a los oídos incrédulos de sus tres pequeñas hijas.

Samuel González Toloza posa para una foto al lado del río Eufrates en Najaf.
 
Samuel González Toloza posa para una foto al lado del río Eufrates en Najaf. 'Es el mismo río que se nombra en la biblia' comenta orgulloso.

Llegar hasta él no fue fácil. Hace unos tres meses Toloza se cruzó, de nuevo, por nuestro radar. “Trabaja en el Batallón Presidencial”, nos dijeron, y entonces quién sabe por qué, a Mauro Arias, nuestro editor de fotografía, se le ocurrió ir a un acto del presidente Mauricio Funes para ver si entre los uniformados con guayabera blanca y corte al ras daba con él. No lo encontró, pero sus compañeros se entusiasmaron con la posibilidad de una entrevista de su compañero héroe. Al siguiente día alguien llamó por teléfono: “Mi nombre es Samuel Toloza”, dijo a Mauro. “Me dijeron que me quiere hacer una entrevista”.

Y así hemos llegado hasta aquí, luego de cruzar un pueblo con un pequeño mercado, de subir y subir sobre una carretera llena de túmulos salvajes. A los lados del camino dejamos la maleza tostada, las palmeras, el aire asfixiante y húmedo. Dejamos también casas de bahareque, casas de concreto, casas de lámina. Estamos en el campo, en el territorio desde el cual, hace casi dos siglos, surgió un indio rebelde que quería justicia para los suyos: Anastasio Aquino.

Parqueamos frente a una ermita que gobierna una pequeña cumbre y es blanquísima. Bajamos sobre una calle llena de piedras y polvo. Toloza sale a recibirnos desde detrás de una reja. Lleva camiseta, una calzoneta y chancletas. Sonríe. Nos recibe contento. Ahora, a sus 35 años, tiene una barriguita y es dueño de una cordialidad que se agradece. No nos hemos terminado de sentar cuando nos advierte que han preparado una sopa –suculenta, comprobaremos más tarde- de gallina india. Pero para el almuerzo falta que se acaben tres horas de una plática que empieza con una confesión un tanto extraña, mística, si se quiere: “Entré al ejército para buscar una respuesta”.

¿Y cuál es la respuesta que andaba buscando? 
Yo tenía un tío, Miguel González Toloza, miembro del Comando de Fuerzas Especiales, que murió en un accidente en paracaídas en mayo de 1994. Tenía unos 30 años. Yo no sé si ustedes se dieron cuenta, pero en esa época ocurrió ese accidente. Él cayó en el techo de una casa, en Ilopango. Su cuerpo quedó todo trozado: las manos por allá, una parte del cuerpo quedó ahí, en el techo, y como a los 15 minutos cayó encima del colchón de una cama. Él estaba sacando el curso de descenso libre en el Comando de Fuerzas Especiales.

¿Fue un accidente? ¿Falló el paracaídas? 
Sí. Le faltaban cinco saltos para sacar el curso. Eso me incitó a mí a conocer la Fuerza Armada: quería saber cómo es que él había fallecido, y quería saber un poco cómo era eso del descenso libre. 

Si eso fue en el ’94, significa que su tío combatió en la guerra. 
Sí, él fue uno de los combatientes de la guerra. 

¿Dónde estuvo? 
Estuvo en la 5a. Brigada y en el Comando de Ingenieros.

En la paracentral hubo fuertes batallas. 
A pues ahí estuvo él.

¿Tenían una relación estrecha? 
Fíjese que estaba yo muy pequeño. Él vivió por aquí cerca, en el caserío, y éramos todos muy cercanos.

¿Hay más militares en su familia? 
Sí, hay más militares pero solo yo entré a las fuerzas especiales.

¿Cuántos familiares tiene en el ejército? 
Por el momento solo tres están. Con mi persona somos cuatro. En la época esa éramos más, casi toda la familia: tíos, mis hermanos... unos 10.

¿Por qué se enlistaron los Toloza? 
Porque eso había que hacer en tiempo de guerra. Como usted sabe que en la zona no hay trabajo y entonces buscamos esos lugares como para poder tener dinero para poder sobrevivir. Y esa fue la historia en el tiempo mío. Y de ahí se me dio la oportunidad que pudimos viajar hacia Iraq.

A los 19 años ingresó al ejército, tratando de entender cómo y por qué murió su tío. 
Sí. Entré a la Fuerza Aérea en el ’97, hice mi año obligatorio y de ahí directo para el Comando de Fuerzas Especiales, Batallón de Paracaidistas.

¿Y consiguió las respuestas que buscaba? 
No, y casi fracaso yo también.

Cuéntenos. 
En el Comando de Fuerzas Especiales es indispensable sacar el curso normal de paracaidismo, que consta de 30 saltos. Una vez terminado ese curso, uno opta por el curso de salto libre, que es donde murió mi tío.

¿Cuál es la diferencia entre un salto y otro? 
El salto de combate es el que uno engancha dentro del avión en un cable y entonces uno sale de la puerta del avión con el paracaídas ya extendido. En el libre es diferente: uno no engancha nada sino que uno sale de la puerta del avión y en descenso hace todo el procedimiento para abrir el paracaídas. Entonces me fui en el primer curso y lastimosamente me fracturé la columna. Solo dos saltos hice. 

¿¡Cómo se fracturó la columna!? 
El norte estaba bien fuerte y me fui a favor del viento. Frené el paracaídas y lo solté, todo el procedimiento normal. Pero no senté los pies sino que pegué con las nalgas y me devanó todo… pero tampoco renuncié. Quería ir a saltar de nuevo, pero mis compañeros, los instructores, ya no me quisieron mandar. Me dijeron que no se podían arriesgar a que me llegara a matar.

¿Y cómo es que quería seguir saltando? Supongo que un golpe en la columna es algo grave. 
Yo me podía mover pero no me podía sentar normalmente, así como estoy ahora. En el aula de clase me sentaba de esta manera así (se inclina hacia adelante, levantando las caderas, ladeando el cuerpo hacia la izquierda). El instructor me veía y me decía: '¿Qué te pasa?'. 'Nada', le decía yo. '¿Seguro?'. 'Sí'. '¡Sentate bien!'. Y venía yo y me sentaba bien.

¿Ya no pudo saltar? 
Me rebajaron del curso. Pero a los tres años me volví a meter. Hice mi primer salto de libre, pero hasta ahí llegó todo.

¿Qué pasó? 
En libre primero nos tiran a nosotros y los instructores de último se tiran. Entonces, ese día, salimos nosotros a la puerta del avión y de último se tiró el instructor. Y ese fue el último salto que yo hice porque mi compañero –el instructor- saltó también, no le extendió el paracaídas y se mató.

Como que la saltada no era para usted. 
Sí, eso no era para mí. Ese año 2003 no pude graduarme porque el curso lo suspendieron porque se mató el compañero.

Entonces no pudo disipar sus dudas tras la muerte de su tío. 
Eso quería yo: sentir aquella gran emoción de cómo se sentía descender desde bien alto en un paracaídas, pero lastimosamente no.

Samuel González Toloza en su hogar en el municipio de Santiago Nonualco, La Paz. Foto Mauro Arias
 
Samuel González Toloza en su hogar en el municipio de Santiago Nonualco, La Paz. Foto Mauro Arias

Usted ahora tiene 35 años. De la guerra recuerdo la ofensiva, que me marcó. Recuerdo a los guerrilleros que nos sacaban casa por casa; y días después a los helicópteros del ejército, que bombardeaban y disparaban hacia los pasajes y las casas para cazar a los guerrilleros. 
Para la ofensiva no estuve aquí, sino en los Planes de Renderos. Para allá nos fuimos nosotros porque de aquí fuimos sacados por parte de la guerrilla. Tenía unos siete años en esa época. 

¿Cómo fue eso? 
Aquí bajaba la guerrilla desde el volcán Chichontepec. Bajaban y venían a rebuscarse la comida. Venían a comprar gallinas, chumpes… por allá abajo había unas casonas grandes en esas épocas y ahí ellos se reunían y ahí cocinaban las gallinas. Después salían corriendo para que no los agarrara el ejército. En esa época pusieron en mal a mi papá, la gente misma de acá, y entonces una vez vinieron ellos, los guerrilleros, y le dieron nada más 72 horas a mi papá para desalojar la casa.

¿Dijeron: 'Don Juan es oreja” y ellos vinieron por él? 
Como aquí había bastante gente involucrada en esas cosas, venían y la misma gente los señalaba. De aquellos que más sospechaban se los llevaban y los mataban. Aquí bastante falleció por eso, que se los llevaban. En esa época que a mi papá le dieron 72 horas se llevaron como a cinco muchachos jóvenes de por acá y esos nunca han aparecido. 

A veces creo que en esa época éramos todos contra todos. 
Así es, así era. Acuérdese que aquí en el tiempo ese hay gente que se prestaba a poner en mal a alguien.

Prácticamente las amenazas contra su papá venían por la cercanía con parientes soldados. 
Sí. Ya estaba en el ejército el tío que falleció por el paracaídas.

¿Y no tuvo parientes en la guerrilla? 
Otro tío, ¡cómo no!, se lo llevaron los de la guerrilla.

¿Y qué pasó con él? 
Al igual que otro tío que lo mataron estando en el ejército, ahí llegaron a tocarle la puerta a mi abuela para decirle que había fallecido. Así hacían antes. Por eso mi abuela cuando me pasó lo que me pasó en Iraq, no quería recibir a una gente de CNN que vino a buscarla.

A ver, cuéntenos. 
Cuando sucedió eso allá, los de CNN vinieron a buscar a mi familia acá. Dieron con mi abuela. Y viene mi abuela -y como le han matado a esos dos hijos: uno en la vida militar y otro en la guerrilla- les dice: “¡no quiero que me vengan a dar noticia que mi hijo está muerto! ¡No quiero! Así que mejor ¡váyanse!”. Como solo así llegaban a dar la noticia en aquel tiempo. “No, abuela, ¿su nieto es fulano de tal?”. “Sí, pero mejor váyanse que no quiero platicar nada”. “No, es que él está vivo”. “¡Ah! ¡Si está vivo platiquemos!”.

Ja, ja, ja.
Ja, ja, ja.

Ya nos va a contar, Samuel, eso que muy pocos en El Salvador conocen: su historia en Iraq. Pero antes: ¿es cierto que a los comandos especiales de El Salvador les obligan, como en otros países, a comer zopilotes crudos? ¿Algo parecido a lo que hacen con los kaibiles en Guatemala, o les dan un cachorrito vivo y luego les obligan a comerlo? 
La verdad es que yo no he pasado eso. Ya no se ha dado eso en los entrenamientos, pero antes, así como usted dice, se hacía eso y más. Un compañero fue a sacar un curso al Destacamento Militar No. 4, en Morazán, y él me contó eso que usted dice. Fue a sacar el curso de Comando Espina, que le dicen. Y entonces, desde que entran al curso les dieron un cachorrito. Dice que le daban comida, lo engordaban y todo, y al final cuando se venían a graduar, el cachorrito estaba ya grande. Entonces para graduarse tenían que comérselo entre todos. Pero yo ese curso no lo obtuve.

 ¿Qué ha sido lo más pesado que ha hecho? 

Lo más complicado que yo sentí fue sobrevivir a bombas de gas lacrimógeno. Ahí sí le digo: hasta el más hombre llora. Ahí sí se salen las lágrimas.

¿Cómo es esa prueba? 
¿No sé si reconocen el lugar ese que le dicen Changallo? Ahí hay un área de entrenamiento del comando de Fuerzas Especiales. Entonces esa prueba consistía en que nos encerraban en un gran hoyo y nos amarraban las botas con los demás compañeros. ¡Nudo ciego!

¿Cuántos? 
El escuadrón estaba compuesto por 104 en esa época. 104 amarrados, bota con bota. Solo de las botas. ¡Nudo ciego! Y desamarrar esas cintas no es fácil, porque las cintas son nylon. Entonces primero tiraban el humo amarillo, humo blanco. Y nosotros decíamos: '¡Ah! ¡Esto no es nada!', pero al ratito... ¡el gas lacrimógeno! Y todos queriendo salir… ¡al final se reventaban las cintas! Y algunos compañeros sí salían del hoyo. Y otros no. Yo al menos me quedaba adentro a soportar.

¿Cómo que se quedaba a soportar? 
Uno oía de los más antiguos cómo hacer para superar el humo. Y uno de ellos me dijo: 'Escarbá, hacé un hoyo y meté la cabeza o la nariz y medio te sostenés ahí y ahí dejá a los demás que salgan'. Cabal, como cinco lo hicimos y ahí sobrevivimos.

Como avestruces. 
Como lo que el humo hace es expandirse de cierta manera, así se levanta, comienza a evaporarse y uno ya medio enterradito ya se soporta eso, pero los demás compañeros salían llorando.

¿Ser comando de fuerzas especiales es convertirse en un Rambo?
Sí. Es la unidad élite de El Salvador. Ahí lo entrenan a uno por aire, agua y tierra.

En nuestra guerra, ser de unidad élite tenía otra connotación. ¿Percibe usted un cambio en el ejército de antes y en el de ahora? 
Sí, bastante.

¿Cuál sería esa diferencia? 
Cuando entré al Comando yo conocí a unos compañeros que ellos sí fueron fregados en el tiempo ese. Pero hoy todo está diferente. Porque acuérdese que ya en tiempos de paz uno no ha peleado, y en el tiempo de la guerra era diferente. En el tiempo de guerra solo lo jalaban y se lo llevaban. Hoy no. Hoy lo que hacen, si alguien quiere prestar su servicio militar, se presenta, lo evalúan y, si pasa, queda.

Defíname 'fregados'. ¿Qué es ser 'fregado'? 
Digamos, fregados en la época esa. Si decían a pegarle a alguien, no andaban...

No escatimaban. 
Ellos no.

No tenían pena. 
Sí, ellos de un solo le daban a uno.

¿Un soldado de hoy a quién quiere imitar? ¿Tienen un referente? 
Fíjese que el único que siempre se lleva en mente es al finado teniente coronel Monterrosa en todas las unidades militares. Él es admirado como un héroe. Le inculcan a uno cómo fue el finado Monterrosa. 

Dicen que era muy bueno dirigiendo en combate. 
Sí, dicen que era bueno.

Pero a él se le señala como uno de los comandantes que dirigió la masacre de El Mozote. ¿Qué piensa de eso? 
Ahí no tengo nada que decir porque casi no he visto bien ni he leído bien la historia sobre eso.

¿De eso no les hablan en los salones? ¿No se toca ese tema? 
Va, yo aquí voy a ser claro: del tema ese casi no he oído nada. El tema ese si ustedes lo pueden ver hace poco se ha oído lo que fue la masacre esa, porque nuestro presidente actual tocó el tema. No porque de eso no se oía nada.

¿Choca que le inculquen a uno un “héroe” y venga alguien más y diga: “no, él no se merece ser llamado héroe”? 
Las acciones buenas del finado Monterrosa le recuerdan a uno que fue buen elemento. Si ya vienen a decir lo contrario y que “dicen que él hizo”, ahí podemos decir: si ambos bandos hicieron lo mismo. Se vieron muchas cosas tanto en la guerrilla como en el ejército. Ahí no vamos a cubrir porque lo que está en la vista no se puede negar. Así es.

¿Qué piensa de nuestra guerra? ¿Valió la pena? 
En mi familia me cuentan, los más ancianos, que los tiempos como están hoy se parecen a los tiempos de la guerra. Esto de los mareros es parecido a lo que se vivía en la guerra, dicen. Y entonces así como vamos se puede dar de nuevo otra guerra interna. Pero se puede evitar también, porque acuérdese que aquí hay convenios. ¿Qué es lo que se hiciera? Que intervenga la ONU, como cuando los Acuerdos de Paz.

En los últimos años he hablado con muchos soldados que no combatieron en la guerra. Es decir, soldados como usted, formados en tiempos de paz. Y ellos me cuentan que cuando surgió la posibilidad de ir a la guerra de Iraq, muchos se emocionaron. Pensaron que al fin podrían combatir. ¿Es cierto eso? 

La verdad es que uno de comando de Fuerzas Especiales... en esas misiones somos los primeros en romper. De hecho, el primer grupo que salió, primer contingente, fue solo de comandos de fuerzas especiales. Nada más.

Samuel González Toloza posa con su familia en su hogar en el municipio de Santiago Nonualco, La Paz. Foto Mauro Arias
 
Samuel González Toloza posa con su familia en su hogar en el municipio de Santiago Nonualco, La Paz. Foto Mauro Arias

¿Qué le animó a ir a ese país tan lejano? 
En el ejército uno desea conocer más cosas, para tener algo que contarle a los hijos, a los nietos, a la familia.

Una aventura, vaya. 
Así es, como una aventura.

Díganos una cosa, pero díganos la verdad. ¿Se enlistaban para viajar o les ordenaron viajar? 
Eh... directamente, eso fue, eh… fue voluntad propia.

¿De verdad? 
No fue obligado. Ahí solo decían: miren, está esta misión, no sé quiénes querrán ir… y como uno quiere conocer más lugares, cada quién decía: 'anóteme a mí'.

María y las tres hijas de Samuel han estado atentas a la charla. Sin intervenir en ningún momento. En el patio de la casa, las gallinas cacarean y un pato destrozará –comprobaremos tarde- algunas respuestas de Samuel.

¿En esa época estaba soltero? 
Sí, estaba soltero.

Preguntamos a María, la esposa de Samuel:

¿Y usted si hubiera estado ya con su amado lo hubiera dejado ir? 
Contesta María: ¡Ah! ¡Como que él me hubiera dejado decidir para irse!

Ja, ja, ja. ¿Usted se hubiera dejado persuadir de quedarse? 
Ja, ja, ja. Ya la conocía a ella, pero nada más éramos novios. Yo le comenté eso, y ella me decía: “No, no te vayàs”. “No, yo voy a ir a conocer”, le dije. Así es que logré ir a Iraq.

Decían que recibían un pago extra mejor que el salario regular. 
No mejor, pero sí había un salario adicional: unos 200 dólares, aparte del salario normal, que era de 210 dólares.

Según las autoridades, ¿a qué iban ustedes a Iraq? 
Que íbamos a la reconstrucción de Iraq, a dar ayuda humanitaria en la reconstrucción de Iraq.

¿Pero ustedes no ignoraban que iban a una guerra? 
Sí, sabíamos lo que pasaba pero no íbamos a pelear. Porque el primer contingente no peleó, segundo tuvimos unas ocasiones, los demás contingentes también pero no se iba a pelear, allá se iba a ayudarle a la gente. Así se me hicieron siete meses en Nayaf. Nayaf es la zona más sagrada para todos los chiítas.

¿Ellos los consideraban intrusos? 
A nosotros no. Cuando veían la bandera de Estados Unidos ellos decían: “América no good” porque como ellos eran los que habían ido a hacer la guerra.

¿A ustedes qué les decían? 
Cuando miraban nuestra bandera, que siempre iba amarrada a la antena de los humvee, decían: “Salvador good”. (Samuel levanta el pulgar derecho).

Con ustedes todo era amor y paz hasta que estalló el levantamiento de Al Sadr en Nayaf. ¿Qué fue lo que pasó? 
El campamento, de aproximadamente seis manzanas, estaba ubicado cerca de la zona religiosa de mayor influencia de los chiítas. Nosotros llegamos en febrero de 2004, y resultó que a finales de marzo y principios de abril, cuando nosotros entramos a semana santa, a Nayaf llegan, de todas partes del mundo, a orar, porque ahí tienen sus mezquitas. En esa época surgieron los enfrentamientos. Recuerdo el día 2 de abril (2004): salió un convoy de nuestros compañeros a patrullar la zona. Como a eso de las 2 de la tarde ya les tenían una emboscada.

¿Hasta entonces se dieron cuenta de que ustedes también eran el enemigo? 
Todo el tiempo nos decían que anduviéramos preparados para cualquier ataque sorpresivo, pero en ningún momento teníamos que disparar nosotros antes. Así fue cuando mis compañeros cayeron en emboscada que se oía de todo, bomba, balacera. Como que nosotros vamos pasando por ahí, y las bombas ya están puestas y nos agarran a balazos también.

Una pausa para despejar una duda. En el segundo contingente iban 380 soldados. ¿Todos eran de Fuerzas Especiales? 
Íbamos de diferentes unidades militares. Pero de esas otras la mayoría eran motoristas.

Si iban a tareas de reconstrucción, ¿por qué no iban elementos del Comando de Ingenieros? 
Como le digo: sí iban, pero eran motoristas, gente que pudiera manejar máquinas, de volteo y cosas así. Esos son los que iban.

¿Y cómo era la proporción? ¿Por cada 10 comandos, un especialista en máquinas de volteo o cómo? 
Algo así era.

¿O sea que el grueso del trabajo del contingente era patrullaje, protección? 
A mí me tocó lo más difícil porque era de la segunda compañía. La primera compañía se encargaba en poner seguridad a la base; la segunda, donde yo estaba, era la compañía de choque; y la tercera, la de apoyo. Cuando nosotros llegamos nos zampaban turno una semana sin descansar 24 horas, la semana completa sin dormir.

¿Pero qué hacían? 
Patrullar toda la ciudad, menos las mezquitas. Ahí era prohibido.

¿En uno de esos patrullajes, el 2 de abril, atacaron a los de la primera compañía? 
Sí, a los 30 elementos. Esa patrulla cayó cerca de la base. Cuando se oyó aquello, como que era 24 de diciembre (Samuel alude a la habitual quema de pólvora en El Salvador, en celebración de la llegada de la Navidad) la gran tronazón… pero al instante se quedó todo aquello calmado. Hubo compañeros heridos de bala o esquirlas de mina. Nos mandaron a 30 de apoyo y nos advirtieron que nos podían disparar. Dicho y hecho. Yo como iba con la ametralladora .60, respondí. Así fue como pudimos entrar a donde estaban los compañeros.

¿A qué distancia estaban? 

A unos dos kilómetros al sur de Nayaf.

¿Cómo es Nayaf? 
Es como un tipo pueblito, con edificios pequeños, mercado, las mezquitas y zonas planas, desérticas. Ahí donde los emboscaron no había edificios. Los edificios estaban más adelante. Ahí era como tipo mercado. Cayeron ahí y nos mandaron a nosotros de apoyo. Al llegar, nos gritaron los mismos compañeros: “¡Tírense de los humvee porque a sus 12 tienen a los francotiradores!”. Yo quité la .60 de la torreta cuando cayó el primer balazo justo en la torreta. Un compañero me dijo: “Menos mal que te tiraste, sino, ya te hubieran dado a vos”

¿Cuánto tiempo duró esa batalla? 
Llegamos a las 3 de la tarde y a las 12 de la noche todavía teníamos compañeros perdidos. Hemos venido a salir como a la 1 o 2 de la mañana.

¿Cómo cuántos eran ellos? 
Era grande la emboscada. Ellos pelean solo en grupo, no pelean en grupito de cinco. Un aproximado de 100 eran ellos.

Y ustedes eran 60. ¿Cuántos heridos hubo? 
Tres salvadoreños. Graves. Porque a un compañero le estalló una mina cerquita, toda esta parte de la cabeza (se toca el lado izquierdo del cráneo). Como que usted partiera una de esas sandías largas y no se termina de partir sino que queda así, abierta. Así quedó ese compañero. Ahí es que uno se siente molesto al ver que uno de los compañeros cae en combate.

¿Qué es ahora de él? 
Sobrevivió. Ahora está bien. Tiene trabajo administrativo en el ejército.

¿Y los otros dos heridos? 
Eran menos graves: a uno le habían pegado un balazo aquí por el carcañal; al otro, en la pierna o algo así. Eso fue de viernes 2 para sábado 3 de abril. Ese sábado nos estuvieron dando palabras de aliento, que todos estábamos bien, que nadie había muerto. El domingo 4 me tocó salir a patrullar a mí.

Antes de que continúe con la narración de la batalla. ¿Puede ilustrarnos cómo eran las milicias del Mahdi, de Nayaf? 
Ellos todo el tiempo andaban vestidos con gabán negro. Así como se visten los padres cuando hacen misa, que se ponen cosa blanca. Ellos le dicen gabán y es negro. Así se les conoce. En la cabeza no andaban nada. Solo andaban con su gabán negro, y abajo del gabán usaban el AK. Lo andaban oculto. Es que ellos se ponían el gabán porque es religión de ellos que tienen que andar así, pero ellos andan vestidos con ropa igual que uno, con ropa normal.

Entonces, ustedes salieron el 4 de abril por la mañana para hacer un patrullaje. Entiendo que se dirigían a un sector conocido como “la cárcel”, porque ahí recogían a las milicias iraquíes. 
Así es, pero la única diferencia es que no íbamos 30 en el convoy, sino que 29, porque uno de los heridos el 2 de abril era elemento de nuestra compañía. Siempre viajábamos unos tres kilómetros entre el campamento y “la cárcel” para ir a recoger a los intérpretes que nos ayudaban en los checkpoints. Salimos como a eso de las 9:30 de la mañana.

¿Cómo era movilizarse dentro de la ciudad? 
Para llegar a la cárcel había que avanzar cerca de la calle Kufah, para tomar un desvío cerca de unos edificios de segunda, tercera planta. En ellos siempre se veía gente armada dentro de las casas. Todo el tiempo que pasaba uno ahí, lo veían a uno y le ponían una MPK, que es una metralleta. Lo informamos, y la orden fue que nosotros también los apuntáramos.

¿Nadie disparaba? 
Siempre nos encañonaban y nosotros también a ellos, pero nadie disparaba. Nadie disparaba y siempre era así. Hasta ese 4 de abril. Después de que recogimos a los soldados iraquíes, que eran 10, salimos por donde entramos. Llegando a la calle principal nos topamos con los mahdi. Venían como en una caravana, parecida a la que hacen aquí los partidos políticos. Cuando nosotros quisimos salir de ahí, ya no nos dejaron. Yo era hombre punta, y en eso se me subieron al humvee unos de esos mahdi, gritando y gritando, y a saber qué gritaban. Y ahí es donde se veía aquello que quizá nos iban a atacar.

¿Eso pensó? 
Yo no pensé nada más. Solo pensé que nos iban a atacar.

¿Y qué sintió? 
Para qué decirle: yo sentía un gran miedo, hasta temblaba, como hombre punta yo era el que enfrentaba a todos.

¿Y qué hicieron? 
La misión de nosotros era que si caíamos en un enfrentamiento de esos, que tiraran una luz de bengala para que supiera la base que nosotros habíamos caído en enfrentamiento. Y la tiró un compañero.

¿A qué horas fue esto? 
Por ahí por las 10:30 de la mañana. Cuando el compañero tiró la bengala, quizás pensaron ellos que a atacarlos íbamos. Al ver eso ellos, nos atacaron.

¿Si Natividad Méndez Ramos, radio-operador, iba en ese convoy, era porque presentían que se venía un enfrentamiento? 
No, es que en cada patrullaje tiene que andar un radio-operador y en esa patrulla que a mí me tocaba andar, andaba ahí Natividad. En la emboscada del 2 de abril también andaban a otro radio-operador, pero no era Natividad porque tenía descanso.

¿Natividad iba en la humvee en que iba usted? 
No, iba en otro carro aparte. En el humvee punta íbamos seis: uno en cada puerta, el conductor y yo en la torreta.

¿Antes de que empezara el combate, no intentaron salir? 
Lo intentamos, pero nos atravesaron un carro grande para que no avanzáramos.

¿Qué pasó con los que se le habían encaramado en su humvee, los gritones?
Ellos se bajaron y se replegaron en la manifestación. Y ya luego nos atacaron, y cuando empezaron yo me quedé ido, completamente ido. De repente escuché que me gritaban: “¡Te van a matar, tirate!”. El conductor del humvee también se quedó ido. Ya después reaccioné, solo me llené de aire, solo le hice así (respira profundamente) tres veces y sentí aquella gran emoción después y comienzo a disparar con la .60.

Samuel, desde su silla plástica, dramatiza todos los movimientos. Toma los mangos de su .60 y traquetea hacia una turba enfurecida que también le dispara a él.

¿Disparaba desde la torreta? 
No: me bajé inmediatamente, sino hasta después, cuando hicimos una fila de tiradores.

¿Los atacaban desde todos los flancos? 
Ellos estaban así: enfrente no más. Nos atacaban de arriba (los edificios) y del frente.

Y usted disparó hacia la turba del frente. ¿Dio en el blanco? 
Mire, directamente, siempre se pega. Siempre se pega.

A excombatientes de nuestra guerra siempre les pregunto si tienen certezas de haber matado al enemigo. Casi todos me dicen que no saben, que los montes, los matorrales, que nunca se sabe. A veces sospecho que quieren evadir la respuesta. ¿Cuándo se dispara en combate se tiene certeza de haberle pegado al enemigo? 
Sí.

¿Usted tiró y vio que alguien cayó? 
La verdad que no es que yo esté fantaseando, pero sí, se ve.

¿Qué se siente? 
Fíjese que en el momento uno no siente nada. Porque uno lo que hace es protegerse a uno mismo. Porque si le están atacando y no se defiende, ¿qué hace? Peligroso sea que lo maten. Entonces, lo que hice yo nada más fue protegerme a mí mismo. Cuando me gritaron que me bajara, me bajé, y comienzo a disparar desde abajo, desde el suelo. Todos hicimos una fila de tiradores tendidos, y los carros salieron para la llamada cárcel. Nos poníamos tendidos, parados, corriendo, así íbamos retrocediendo para llegar a la cárcel.

¿Cuánto habían avanzado?
Quizá como kilómetro y medio. Ellos eran bastantes, alrededor de 500.

¡500 contra 39!
Atacábamos, retrocedíamos, atacábamos, retrocedíamos. Era así para poder llegar a la cárcel porque allá había otros compañeros de los que le daban adiestramiento a los iraquíes.

¿Cómo era el lugar de la batalla?
Era una calle normal, pavimentada. Los edificios quizá estaban como de la calle a una cuadra, hacia arriba. Nada más. Solo eso. De ahí todo era, digamos, de este lado (izquierdo) era edificios y de este otro todo era plano, desierto. En ciertos lugares unos talleres de mecánica. Pero que ni funcionaban esos talleres, solo se veían carros destartalados, como las hueseras que hay aquí.

No había dónde cubrirse.
No.

¿Y ellos tenían la posición?
No. La verdad es que ellos no se cubren. Ellos pelean al tope, a topar van. Un ejemplo, nosotros matábamos a los que venían al frente, ellos caían. Luego los que venían atrás no se detenían. Ellos van a topar. Nosotros seguíamos con una fila de tiradores tendidos, parados, corríamos, para atrás, retrocediendo -para llegar a la cárcel- cuando ellos quisieron hacer un envolvimiento. Querían agarrarnos vivos, según dijeron después los intérpretes.

¿Cómo cayó Natividad?
Antes que él cayera, ya habíamos sacado a uno de los iraquíes. Uno de los soldados iraquíes que nos daban apoyo también cayó en esa batalla. Nosotros seguíamos retrocediendo, pero en un punto Natividad y otros dos compañeros se tiraron al otro lado del camino que nosotros llevábamos (hacia la derecha, lejos de la sombra de unos edificios). Entonces, cuando llegamos a ese cruz calle, Natividad se fue con otros compañeros a ese otro lado.

¿Por qué?
Se dispersaron.

¿Por el desmadre?
¡Cabal, porque ahí se ve de todo! Se dispersó él, Natividad, un cabo y un sargento. Pasaron el cabo y el sargento, y cuando él cruzó la calle, le pegaron el balazo en esta parte de aquí. (Se acaricia el torso, al lado derecho a la altura de las costillas). Los que iban con él lo vieron y le dijeron: “¡hey! ¿Qué te pasó? ¿Te pegaron?”. Dicen que él les gritó: “Sí. ¡Vayánse, porque si ya me mataron, que me maten!”. Lo dejaron los otros compañeros. Al rato, cuando logramos retroceder por el otro lado, ya nos dijeron: “¡Uno MIA! ¡Uno MIA!”, que ya había un muerto. (Un caído en combate, por sus siglas en inglés). Y comenzó aquello: ¿Quién es? ¿Quién es? ¿Quién es? Cuando dijeron: “¡Natividad! ¡Natividad! ¡radio-operador!”. ¡Jum! Cuando dijeron eso, al menos yo me sentí enojadísimo. Porque ver que no iba a regresar uno, le digo… como me entrenaron a mí, en la vida militar, tengo que apoyar a mi compañero y él que me apoye a mí también. Y entonces eso es lo que yo sentí: “¡nombre! ¡Entrémosle con todo! Y entramos con todo. Y así es como pudimos detener a toda esa gente que iba contra nosotros.

¿Y cómo se convirtió en héroe?
Péreme, ahí voy: antes de enterarnos de lo de Natividad, y de pasar ese cruce de calle, otro compañero se quedó adelante, disparando.

¿Les cubría la retaguardia?
No. Él se había quedado disparando desde un gran tumbo de tierra. Cuando él vino a ver, ya nosotros íbamos atrás. Y le gritamos. Y cuando nosotros le gritamos le llegaron tres detrás de él, a agarrarlo. Lo agarraron de aquí: (dramatiza que le enrosca el brazo izquierdo en el cuello a una persona imaginaria). Le agarraron del pescuezo e iban con un yatagán a metérselo, a saber a dónde el iraquí. ¡Jum! Entonces, cuando vide eso, les dije yo: “¡Hey! ¡Agarraron a fulano!”. Indicativo Diablo le decían al compañero. “¡Agararon al Diablo!”. “¿El qué?”. “¡Sí, lo agarraron!”. “¡Puuuta, la cagamos!”

¿Y qué pasaba con el Diablo?
Soltó el fusil el compañero y agarró de la mano al que tenía el yatagán porque se lo quería meter. Le quitaron el fusil y se lo llevaron unos iraquíes. Cuando se lo llevaron: “¡No´mbre!”, dije yo. “¡Hey! ¡Apóyenme, yo voy a ir!”. Y a esto le estoy hablando que la .60 se me había encasquillado. Ya no podía disparar. Se me encasquilló. Me apoyaron dos subsargentos y un soldado. “¡Va pues!”, me dijeron.

¿Y con qué arma iba a defender a su amigo si se le había encasquillado la ametralladora? 
En lo que me iba me recordé que andaba una navaja dentro de la bota (se toca la bota izquierda). Aquí la andaba yo. Ahí la tengo, ya se las voy a enseñar. “Y la .60 aquí la dejo, ahí ténganmela. Ya voy para allá”, le dije a otros compañeros. En lo que voy donde el compañero, se vino un iraquí hacia mí. Y como yo sin nada, solo con la navaja, le hice el mate que me le iba con todo, encima de él. Viene el iraquí –supongo que no me disparó porque aunque ellos andaban fusiles debajo del gabán, solo andaban un cargador, entonces supongo que se le había acabado la munición- y agarra un caño así de grande, mire, y así de grueso (hace ademanes con las dos manos para demostrar lo largo del tubo y el diámetro). Le hice el mate, lo agarré cerquita, le hice el mate de que iba donde él y vino él y agarró el caño y con todo a darme en esta parte (se golpea la cabeza).

¿Le pegó?
¡No, pérese! A las horas de las horas, Dios le ayuda a uno. Yo me agaché, le hice el mate, me agaché y él se fue pasando.

¿Qué fue de él?
Yo no sé. Yo ahí lo dejé.

¿Pero sus dos compañeros le cubrían las espaldas a usted? ¿Se lo habrán bajado?
Yo no sé qué fue de ese iraquí, porque cuando vine a ver ya venía otro encima mío. Traía unos grandes ladrillos de esos que había por ahí. Me tiró uno encima, pero no me lo pegó. El segundo sí me lo pegó. Quizá a la cara iba, no me recuerdo, pero le puse nada más la mano así (se cubre la cara con la mano izquierda) y fue que se fracturó el dedo este: (el dedo anular izquierdo, que se lo toca). Pero en ese momento yo no sentí nada. Cuando me enfrenté con él, lo navajeé todo de las manos. Y cuando él se vio fregado, se fue.

Samuel Toloza repite la escena, una vez más, y cuando dice “lo navajeé” pinta una equis imaginaria en el aire, y luego se corta con las palmas de las manos los antebrazos izquierdo y derecho.

Faltaba el que forcejeaba con Diablo. ¿Ese iraquí se percató de que usted venía?
Yo no sé, lo que sí es que llego donde estaba el soldado, que me dice: “Hey, Charlie, váyase. De todos modos ya me agarraron, y si me agarraron que me maten”. “No viejo', le dije yo, 'si nos matan, que nos maten aquí a los dos”.

Samuel Toloza dice estas palabras y es entonces cuando la menor de sus hijas, de 18 meses, llora desconsolada, como si en su pequeña mente pudiera comprender que en este momento de la batalla, su padre ha aceptado morir junto a un compañero. La niña sigue llorando, a medida que su padre cuenta que ya no hay tiempo. Que la turba de furiosos mahdis se les vienen encima a él y al Diablo, que sigue forcejeando para que no le claven un yatagán en las costillas.

¿Qué hizo para salir de ahí?
Con la navajita le buscaba su parte de aquí (cuello) al iraquí. Pero él se me cubría en la cabeza de Diablo. Le buscaba los ojos y lo mismo. Ya no hubo de otra, porque ya teníamos cerquita el gran puño de gente también. Así que enterré en todo esto (en el centro de la cabeza). La navaja enterita, así (Toloza dramatiza con su propia cabeza). Cuando la quise sacar para arriba, ya no pude, como era alto el iraquí. Ya no pude. Y como ya no pude, agarré el cachito de la navaja, y se la rajé hacia abajo.

Samuel Toloza dramatiza la escena dibujándose una línea desde el centro de la cabeza hasta la frente.

¿Por qué no lo apuñaló en la espalda?
¿Y en la espalda para que lo voy a apuñalar? Je, je. ¿Si ahí lo podía detener? Yo le buscaba esta parte -la garganta- porque ahí uno es más frágil. O digamos los ojos, pues.

¿Y eso lo sabe por instinto o es algo apreendido?
Directamente es uno que va... (piensa cuatro segundos).

¿Mezcla de las dos cosas?
Sí. Al menos yo sé la parte en que es más débil el cuerpo humano. Entonces toda esa parte le rajé y le saqué la navaja. En lo que yo le rajé todo esto de aquí para abajo, me pasé llevando la yema del dedo aquí (muestra el anular derecho) y me corté todo esto también (muestra la palma de la mano). ¡Y la saqué! Pero a esa hora uno no siente nada. Y cuando veo al Diablo que estaba chorreando de sangre, le dije: “¡te jodí!”. “¡No, Charlie, es sangre de él”.

¿Y el iraquí no moría?
No caía. Entonces agarré la navaja, y como que estaba picando hielo, le di en toda la cabeza.

Samuel Toloza hace como que está picando hielo, agitando el brazo derecho con furia. Aprieta los ojos, el puño derecho, y su hija, la más pequeña, sigue llorando desconsolada.

¿Y así cayó?
¡Cayó! En lo que él cayó ya casi nos agarraban de nuevo los demás. “¡Córrele, viejo!”, le dije al Diablo. Corrimos. Menos mal nos estaban dando el apoyo. Si no hubiera sido diferente ese volado.

¿Cómo escaparon?
Corrimos en zigzag en el cruce de calle. Yo fui el último en cruzar, con la .60 encasquillada. Un cabo que cruzó antes le pegaron en esta parte de la pierna (muslo posterior) y cabal le salió por el ano. Cuando me tocó a mí lo único que dije fue: que Dios me proteja. Pensé: “Si Dios quiere que llegue a ver a mi familia a El Salvados, voy a llegar. Si no, aquí voy a quedar también”. ¡Así fue, sin ninguna mentira! Yo las manos ya las llevaba vencidas. De la .60 y las cananas que andaba trabadas cargadas, solo me puse la .60 en el hombro y caminé en zigzag. Llegando al otro lado de la calle, encuentro al cabo. Y me dice: “¡me estoy ahogando!”. Pero según yo, yo también estaba todo baleado, porque sí que me chorrearon las balas cuando iba caminando. Viera cómo se levantaba ese polvo de desierto. Llegué, me tiré, y comencé a tocarme (se toca las piernas, el pecho, las caderas) a ver si me veía sangre y gracias a Dios no tenía nada. Al ratito llegó un humvee a sacarnos.

¿A llevarlos a la cárcel?
Sí. Ahí nos dijeron dónde estaba el cuerpo de Natividad. Y estaba en el mismo cruce de calle, pero al otro lado. Salí de nuevo yo. Agarré un AK con unos cargadores. Y le digo a otros compañeros: “¡Vamos a traer a Natividad!”. “No´mb´e, está perro”. “¡Vamos a traerlo!”. Salimos a traerlo. A Natividad ya le habían quitado el chaleco blindado, el radio, el fusil y el casco. O sea que lo dejaron con el muy uniforme. Pero ya lo habían maltratado al pobre. Le habían zampado el yatagán en toda la frente (se toca la frente), el estómago (se toca el estómago), toda la espalda (se toca la espalda). ¡Todo, pues!

Samuel Toloza se ha emocionado. Se ha puesto de pie, ha sacado todos sus diplomas, las medallas. Tony Saca le dio una medalla bañada en oro, o quizá pintada en dorado porque el dorado ya se está despintando. Al fin, Toloza nos revela sus principales trofeos: la navaja con la que se salvó y salvó al Diablo, y un yatagán que un soldado gringo le regaló en honor a su valor. La navaja que usó para salvar a el Diablo todavía tiene la sangre del iraquí.

¿Por qué no lo ha limpiado?
No, así está de recuerdo, nada más. Así lo tengo.

¿Pero por qué?
Tal vez un día, cuando estén más grandes, ven ellas lo que fui…

... ¿Y comprendan?
Ajá, así es.

¿Usted es un héroe de guerra?
Todo lo que he relatado, y algunas otras cosas más, ellos lo están ocupando en la Escuela Militar, en los cursos de Comando, donde van los oficiales avanzados. Ahí están ocupando todo lo que hice.

¿Tiene traumas por esa batalla?
La verdad es que dentro de mi corazón siento un gran remordimiento porque falleció mi compañero, que estaba bien cipote Natividad. Y no se merecía morir así. Al menos yo siento cómo murió él. Y no digamos hoy la mamá y toda la familia de él. ¿Con qué cara va a venir uno a hablar a la familia?

¿Y no siente remordimiento por el iraquí?
Como a ellos uno no los conoce...

¿No se ha puesto a pensar: tal vez él también tiene tres hijas como yo?
De eso nada. Acuérdese que yo iba a salvar a mi compañero, nada más. Eso se me vino a mí a la mente.

Si volviera a pasar, y usted supiera que no iban a reconstruir, hubiera pensado: ¿y para qué vamos a ir a esa guerra que no es nuestra?
Directamente nunca nos dijeron que íbamos a ir a matar, pues. Si nosotros la misión era en reconstrucción. Ya estando allá no era reconstrucción, sino que era apoyo en seguridad.

¿Nunca fue a reconstruir una escuela, a poner un ladrillo?
¿¡Y cómo iba a reconstruir una escuela si ni tan siquiera eso me han enseñado!?

¿Tenía sentido que fueran los soldados salvadoreños?
Como se decía: “reconstrucción en Iraq” sí tenía sentido. Allá sí se hacían proyectos: escuelas, pozos. Pero eso lo hacían los ingenieros, los españoles que estaban construyendo recibían esa paga. Lo que hacía El Salvador nada más era prestar seguridad en el perímetro de todo eso.

La hija mayor de Samuel observa como su padre dibuja en un croquis el lugar donde quedo tendido Natividad Méndez durante la batalla de Najaf. 
 
La hija mayor de Samuel observa como su padre dibuja en un croquis el lugar donde quedo tendido Natividad Méndez durante la batalla de Najaf. 

¿Cómo los trataban los gringos y los españoles?
Los que nos miraban de menos eran los españoles. Los gringos no.

Cuéntenos de los españoles.
A mí me agarró un coronel de los españoles, después de otro enfrentamiento que tuvimos. Así como hablan ellos, me dijo: “¡ja, ja, tenéis valor, salvadoreños!” Y me dio dos manadas en el casco. Y como el casco es blindado, hasta luces me dejó viendo. “Chiquitos -le dije- pero los tenemos puestos, no como ustedes”. Bien enojado conmigo ese coronel.

¿Dos manazos le dio en el caso el gran españolote?
Sí. ¡Dos manazos! Pero le contesté, y él bien bravo. Chiquitos pero los tenemos puestos, no así como ustedes. Así le dije. Y bien bravo.

Después de la batalla del 4 de abril el campamento fue sitiado y atacado.
Siete meses nos echamos por eso.

¿Y usted después de todo lo que hizo, vio y escuchó, no regresó con traumas?
Si nosotros, después del enfrentamiento que tuvimos allá, no dormíamos tranquilos. Iba oscureciendo y salían los grandes bombazos, y al ratito la gran explosión cerca del campamento. ¡Toda la noche!

¿No regresó traumado?
Cuando estaba recién venido, sí. Aquí regresamos cuando era invierno, y los rayazos que caían aquí sentía que eran los grandes bombazos que caían allá. Y entonces no podía dormir. Pero hoy gracias a Dios ya no.

¿Cuánto tiempo pasó así?
Quizá unos seis meses. Pero de ahí me pasó.

¿Nunca le ofrecieron sicólogo?
No. Y como yo tampoco les decía nada… solo lo hablaba con mi compañera.

Y una vez aquí, ¿directamente se fue al Batallón Presidencial? ¿Lo llamaron porque querían a un guerrero cuidando presidentes?

No, primero regresé al Comando de Fuerzas Especiales tres años. Después me ayudó el capitán de mi compañía en Iraq para entrar al Batallón Presidencial.

¿En qué año?
En el 2007.

¿Andaba siguiendo a Tony Saca?
No. En el gobierno del expresidente Saca anduve con el secretario privado de la presidencia, con don Élmer Charlaix. Después me quitaron de ahí y anduve con un hijo de él. Terminé mi período, vino el nuevo gobierno, y me volvieron a sacar con el actual secretario privado, don Francisco Cáceres. Ahí le manejaba a él. De ahí le manejé a la esposa. De ahí me quitaron y le dieron la seguridad al señor Ricardo Perdomo, cuando estaba en Inteligencia. Íbamos por cuatro días, nada más, pero nos quedamos más porque le gustó el trabajo. Yo le he andado manejando solo camionetas blindadas. Cuando lo nombraron ministro de Seguridad, ahí andaba yo también. Pero luego me quitaron y me dieron una plaza administrativa.

¿Qué le toca hacer?
Nada más andar manejando en alguna comisión que salga: andar cotizando algo, cosas así.

¿Charlaix, Cáceres y Perdomo saben quién es usted y qué hizo?
Sí. Ahí aparece una fotografía de un contrato que agarré yo…

El Toloza Knife.
Ajá. De un yatagán que andan ahí los de la empresa Cóndor, junto a Imacasa. Me regalaron 12 yataganes los de Cóndor. Fui a ver a don Francisco Cáceres, se los enseñé y me los quitó a 100 dólares cada uno, para regalarles a sus más allegados, según me dijo. Al final me mandó a comprar más.

¿Cómo consiguió el trato para ponerle su nombre a unos cuchillos?
Me buscaron y me dijeron que le iban a poner mi nombre y una adaptación de la historia que pasó allá. Ahí yo fracasé. ¿Ustedes han visto los actos del 15 de septiembre en el estadio? Pues el Comando de Fuerzas Especiales agarra ese contrato para que las catanas del acto de combate se las haga Imacasa. Ya se estaba retrasando la fecha que le habían dado a un capitán para que compraran esas catanas. Entonces viene un gerente de Imacasa, habla con este capitán, y a cambio de acelerar el pedido le pide un favor: mi número. Pues vino un ingeniero y me agarró: “es que mire, que aquí, que allá…”. ¡Es más! ¡Hasta me vinieron a traer a San Salvador para ir hasta Santa Ana! Pero cometí el error de no asesorarme con alguien.

¿No le pagaron?
Fíjese que… sí me pagaron, pero prácticamente yo consulté después y creo que me bajaron.

¿En serio?
Yo agarré un contrato con ellos y nada más me dieron 300 dólares.

¿¡300 dólares por ceder los derechos!?
Ajá.

¿Usted sabe en cuántos los venden en internet?
En internet no sé, pero aquí los están vendiendo como en 89 dólares.

En internet por ahí anda: entre 70 y 100 dólares.
Aquí en El Salvador también. A mí, al ir a cotizar, me los dan en menos precio. Pero así fue como me fregaron.

Navaja quel Samuel González Toloza utilizó en su ataque en Najaf. Foto Mauro Arias
 
Navaja quel Samuel González Toloza utilizó en su ataque en Najaf. Foto Mauro Arias

Antes de terminar. ¿Cómo era Natividad Méndez Ramos?
Era un cipote tranquilo, bien bicho. Estaba bien joven. Murió de 19. Yo le llevaba como 5 o 6 años. Una vez, semanas antes de la batalla del 4 de abril, estábamos en la base, y con Natividad cubríamos una posición. Entonces él vido a un iraquí que iba de arrastre, pero vido también que había otro que ya estaba apostado. Viene Natividad y se le tira encima al teniente que andaba caminando cerca de esa posición, cuando se da cuenta que el iraquí iba a disparar. Viene el iraquí y dispara, y cuando disparó... si Natividad no se le hubiera tirado encima hubieran matado al teniente.

¿O sea que Natividad también fue un héroe? ¡Pero eso nunca se supo!
Oiga lo que le voy a contar: viene el teniente y no le gustó lo que hizo Natividad. Cuando estábamos en la cuadra lo mandó a llamar. “¡Venga, Natividad!”. “Ordene”, le dijo, como era bien disciplinado. “¡Venga!', le dijo. '¡Zámpese 500 flexiones ahí!”. Esas eran con una caja de municiones en el lomo.

¡Qué maldito!
Vengo yo, que cuando las cosas no son como son alego bastante, y le digo al teniente: “¿Y con eso quiere usted agradecerle aquí al soldado? ¿Zampándole 500?”. “Mirá', me dijo, 'vos estate callado, no vaya a ser que te pase las mismas”. “No, sí puedo pasar, ¿cuál es el problema, pues?”. Y yo también enojado. “No´mbre, Charlie, calmado', me dijo Natividad. 'Voy a hacer las cosas pero en otra vez no le estoy salvando la vida”. Pero no eran así las cosas, así que agarré una caja de munición también y me las puse en el lomo. “¿O sea que vas a bombear vos también con él?”, me dijo el teniente. “¡Sí', le dije yo, 'soy del batallón del paracaidistas, soy paracaidista, soy hermandad de la seda junto con él, con una diferencia: él es soldado y yo cabo, pero lo que siente él lo siento yo también”. Y los dos nos pusimos a bombear ahí. Cuando ya llevábamos como 100, el teniente nos dijo: “¡Retírense!”. Esa es la historia de Natividad. Era bien tranquilo el cipote, no se metía con nadie. Y lo digo no porque esté muerto. Y cuando alguien es así así, yo trato la manera de ayudarle.

¿Cuál era el indicativo de Natividad?
No, no recuerdo. Creo que solo Natividad le decíamos.

¿Y el suyo?
No me pusieron… Solo nomás cuando salíamos a misioncitas así, fuera… 'Escorpión' me decían.

¡Qué curioso!
¡Ja, ja, ja! Ya después de haber venido, todos me dicen 'el Rambo salvadoreño'.

¡Ja, ja, ja!
¡Ja, ja, ja! Ya nadie me lo quita... ¡Solo así me dicen! Cualquier compañero así me dice: ¿Qué ondas, Rambito?

La plática termina. Es mediodía. Y se viene la sopa de gallina y un rimero de tortillas gruesas, masosas, hechas en comal. Y hablamos del Poema de Amor, de Roque Dalton, pero Samuel Toloza nunca lo ha leído ni escuchado. Tampoco sabe quién es Roque Dalton. Le decimos la frase: “los primeros en sacar el cuchillo”, a él le llama la atención y prometemos pasarle el poema. A medio almuerzo, Samuel Toloza suelta una infidencia, una ironía de la vida. A juzgar por la reacción de su hija mayor, sentada a su lado, que dejó de comer, clavó la mirada hacia su padre, y se quedó con la boca abierta, esta última historia es algo que Samuel no cuenta mucho. Su padre, Juan González García, aquel hombre al que amenazaron unos guerrilleros, falleció en 1999, en un pleito de ebrios suscitado en la calle de acceso al caserío. El victimario ofreció a Juan pelearse sin los machetes, a los puños. Juan accedió, puso su machete sobre la calzada pero murió traicionado, a machetazos. El padre muere por haber guardado su filo; el hijo se salvó y salvó a otro porque desenvainó su navaja.

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