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El Dubai de las Américas... pero con pobreza

Con los rascacielos más altos de América Latina, obras faraónicas como la ampliación del Canal o la reciente inauguración del primer metro de Centroamérica, paseos marítimos, bancos y casinos, Panamá es llamado por el presidente Ricardo Martinelli el “Dubai de las Américas”, en referencia al fastuoso emirato árabe. Pero uno de cada cuatro panameños sobrevive por debajo del umbral de pobreza.

Juan José Rodríguez (AFP) / El Faro

 
 

Así luce Ciudad de Panamá desde el aire, la urbe con los rascacielos más altos de Latinoamérica. Foto Roberto Valencia.
 
Así luce Ciudad de Panamá desde el aire, la urbe con los rascacielos más altos de Latinoamérica. Foto Roberto Valencia.

Ciudad de Panamá, PANAMÁ. Jaime llega todos los días desde hace 25 años al puesto donde vende revistas, caramelos y muestras de perfume para llevar el sustento a su familia en un barrio pobre de Ciudad de Panamá, la capital de los rascacielos más altos de Latinoamérica.

En muebles desvencijados de madera y tapetes desgastados, Jaime Jiménez, de 54 años, comparte una estancia húmeda con otros buhoneros en un paso elevado que conecta su barrio de Viejo Veranillo con la Universidad de Panamá y un hospital, por donde miles pasan a diario. “En Panamá hay riqueza, lo que pasa es que está mal compartida. Los más ricos se quieren quedar con todo y no darle nada al pobre, y los políticos solo piensan en su progreso”, dice Jaime.

Con un boom inmobiliario sin precedentes, obras faraónicas como la ampliación del Canal y el primer metro de Centroamérica, paseos marítimos, bancos y casinos, Panamá es llamado por el presidente Ricardo Martinelli el “Dubai de las Américas”, en referencia al fastuoso emirato árabe.

El gobierno asegura que hay pleno empleo y que programas sociales permitieron bajar en cinco años la pobreza del 33% al 26% de los 3.5 millones de habitantes. Pero más de un tercio del trabajo es informal, miles no tienen agua potable ni vivienda digna o no acceden a servicios de salud, educación o transporte.

Ese es el país de contrastes que recibirá el gobierno que los panameños elegirán el domingo 4 de mayo.

Frente al puesto de Jaime, otro con películas y discos pirateados atrae a los transeúntes. En uno de ellos se lleva la superproducción El arca de Noé por dos dólares. “Es algo ilegal pero no perjudica a nadie, prefiero hacer esto a estar robando”, dice el vendedor, mientras un olor a sopa llega desde la fonda de enfrente.

Nadie come obras

Martinelli dice haber invertido unos $15,000 millones en obras públicas, lo que propició un crecimiento promedio anual del 8.5%, en su gobierno de cinco años.

“Es verdad que Martinelli ha hecho muchas obras, pero nadie come eso. Si nos quiere ayudar, que baje mejor el costo de la comida y suba el salario”, opina Roberto Bowen, un guardia de seguridad del humilde barrio El Chorrillo.

A su espalda se ve la entrada del Canal, el recién inaugurado estadio de Maracaná, un nuevo paseo marítimo y el futuro museo de la biodiversidad diseñado por el arquitecto canadiense Frank Gehry.

“Estas obras a mí no me sirven para nada, falta más para que el pueblo esté satisfecho. La gente que a mí me ayuda es ésta, porque a la de plata no le interesamos nosotros”, dice Luis Valdés, señalando a los autos que aborda gritando “mi amigo”, para lavar el parabrisas por un puñado de monedas.

Pese a tener los ingresos de una vía interoceánica por donde pasa el 5% del comercio marítimo mundial, Panamá es, según Cepal, el sexto país más desigual de América Latina.

“Hay un problema serio de distribución de riqueza y acceso a infraestructuras básicas. Mucha gente está en la dura (situación difícil) como para decir que estamos en el 'Dubai de las Américas'. El crecimiento económico ha beneficiado a una élite. Los millonarios son más millonarios, pero a costa del sufrimiento de los de abajo”, comenta el analista Jaime Porcell.

¡Tiburones!

Siempre bajo la duda de los paraísos fiscales, Panamá es también atracción para extranjeros, que buscan oportunidades de empleo y negocios.

A Salomón, un pescador de 65 años, lo que le preocupa del desarrollo es que su barrio Boca La Caja, un laberinto de calles que desembocan en un embarcadero, termine devorado por los proyectos inmobiliarios, pujantes en esa zona frente al oceáno Pacífico.

“¡Tiburones! Los inversionistas no vienen nunca, mandan a dos o tres pendejos para ver si mordemos el anzuelo”, dice refiriéndose a los abogados que buscan convencerlos de vender sus viviendas.

Tejiendo frente a su casa una red de pesca, destruida –dice– por una raya de 300 libras, Salomón, quien según cuenta aprendió a pescar con su abuelo mirando la luna, asegura que no venderá la suya como una baratija. “El rico siempre ha sido ladrón: entre más tiene, más quiere”, sentencia.

Tras doce horas de trabajo, Jaime regresa a su casa de madera pintada de verde, donde vive con su familia de 10 miembros, la mayoría niños. A su barrio, de casas enrejadas donde ondean banderas de partidos políticos, muchos no se atreven a entrar por la delincuencia. Dos bisnietas salen comiendo mangos a recibirlo, descalzas entre piezas rotas de azulejos y agua estancada.

© Agence France-Presse

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Periodistas para la Transparencia y la Anticorrupción

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