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Opinión

Golpes y Rosas. El jardinero de la UCA y las últimas palabras de Ellacuría

Carolina Ávalos*

 
 

Pasos calculados que golpean contra el asfalto frente a la casa que se esconde sobre la Avenida Rio Lempa. Pasos que callaron con sus huellas de terror las risas inocentes de los niños, risas que alguna vez se escucharon allí.

Transcurrieron diez días oscuros durante la ofensiva final “Hasta el Tope”, tiempo del que tuve que excavar de lo más profundo de mis recuerdos, días en donde ese vecindario escuchó los estruendos causados por los disparos ciegos de armas usadas por hermanos, vecinos y amigos que, separados por una lucha política, se mataron entre ellos.

En la noche del 15 de noviembre de 1989 se esparció una calma y un silencio penetrante sobre el vecindario. Sus habitantes se refugiaron en sus casas sin más remedio que esperar lo que se acechaba. Esa noche sonaron con más vigor las botas gastadas sobre el asfalto, el ritmo frío y calculado de los que venían a irrumpir el silencio de la noche.

Desde la ventana media abierta y entre la oscuridad de la noche se asoman unos diez o doce hombres de estatura promedia “salvadoreña”, y dos que tres hombres de estatura “gringa”. Estos últimos, que esconden sus rostros con pasamontañas, son los que recorren las calles con sus pasos calculados golpeando cada más fuerte sobre el asfalto, quebrantando el silencio.

En la madrugada del 16 de noviembre yo también escuché los sonidos espeluznantes de las ráfagas y, luego, el silencio aterrador. Me quedo inmovilizada, perdida en el tiempo hasta que se despierta mi conciencia. Me pongo unos shorts y unos zapatos tenis, y corro varios metros hasta llegar al sitio en donde se originaron los destellos de luz siniestra. Me encuentro en una escena tan surreal y tan real a la vez, simplemente indescriptible. Pero, ¿qué paso?

Las ideas no se matan, menos cuando éstas expresan la aspiración de encontrar una salida pacífica al conflicto armado. Las ideas esparcidas por el patio y el dormitorio, en donde los seis padres jesuitas yacían inmóviles, y en ese cuarto en donde Elba, una madre trabajadora y protectora, abraza a su hija Celina y caen juntas esa madrugada cuando les fue arrebatada su inocencia, su esperanza y sus vidas por un grupo de soldados.

Entre ese olor a muerte y pólvora quemada, entre los sacerdotes con miradas de espanto que se acercaban lentamente al lugar del crimen aquél amanecer, vi a don Obdulio Ramos, con una mirada fija y un cuerpo tembloroso, un hombre cuya existencia se detuvo ese día en que asesinaron a las dos mujeres que amaba, a su esposa Elba y a su bella hija adolescente Celina.

Don Obdulio: hombre trabajador, símbolo de nuestra gente, a quien la guerra le llevó a sus dos personas amadas. Sí, recuerdo bien a Don Obdulio, en medio de esa escena en donde cuestioné la existencia de la compasión humana y en donde me pareció inconcebible que nos matáramos unos a otros. En medio de todo eso cuando yo era muy joven y cuando creía, y sigo creyendo, que hay injusticias en el mundo por las que hay que luchar, pero esa lucha como decía Ellacuría hay que hacerlas en un contexto de paz y a través del diálogo.

Fue don Obdulio quien, desde su pequeña casa junto a la entrada privada de la UCA, escuchó las últimas palabras del padre Ellacuría. Y lo que él dijo en esas circunstancias no contenía ni un ápice de miedo ante la muerte. Más bien, Ellacuría estaba preocupado por el dolor y el repudio social que la consumación de este hecho, su asesinato y el de sus hermanos jesuitas, les causaría a los soldados en el futuro. Don Obdulio lloró de vergüenza y dolor cuando compartió estas palabras de Ellacuría apenas cinco horas después del horrendo crimen, mientras mi padre, un médico, lo atendía.

“Hijos, no se ensucien las manos… por nada”, dijo Ellacuría. “Porque nosotros no le hemos hecho daño a nadie. No se ensucien las manos, porque toda su vida… será algo terrible para ustedes, después, y hasta sus hijos los van a despreciar si nos llegan a hacer esto. Sobre todo si son sus madres católicas.”

A unas cuantas horas de haber perdido lo más preciado de su vida, a su esposa y a su hija, todavía recuerdo a don Obdulio sentado en la terraza de mi casa, en un estado de shock. Andrea, mi hija de 2 añitos en ese entonces, jaló su diminuta silla de plástico hasta colocarla a la par de la de él, y se sentó y le tomo la mano. Andrea, que a su tierna edad ya sabía expresar con palabras todo lo que se le venía en mente, sin pausas ni filtro, decidió guardar silencio esa mañana. Durante dos horas se sentó junto a don Obdulio y apretó su mano para consolarlo. Ese día, ambos conectaron en el dolor de un padre que había perdido a su hija.

Pasaron los días y los meses, y de vez en cuando, entre clases, pasaba a saludar a don Obdulio, y a admirar el jardín de rosas que cuidaba con tanta dedicación en el lugar donde habían muerto grandes defensores de la justicia. Al verme, él se acercaba y me decía: “Niña, acá le tengo unos manguitos”. Testigo de un día de horror de nuestra nación, Don Obdulio dejó este mundo sin que jamás se hiciera justicia por el asesinato de su esposa Elba y de su bella hija adolescente Celina. Por ellas y por los padres jesuitas asesinados, perdura hoy el jardín de rosas que este humilde jardinero de la memoria plantó en nombre de la verdad.

*Carolina Ávalos es economista y expresidenta del FISDL.

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