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El Ágora

Roberto Salomón entra al alfabeto de la austera Academia Salvadoreña de la Lengua

La austeridad que rige al Gobierno ha despojado a la Academia Salvadoreña de la Lengua de la versión impresa de su boletín y de una línea telefónica para responder las inquietudes de su público. La precariedad de sus condiciones, sin embargo, no ha minado su voluntad de producción y difusión de la lengua. Eso pasa por la inclusión de nuevos miembros a sus filas, a la que desde el pasado 12 de marzo se unió gustoso el director de teatro Roberto Salomón.

María Luz Nóchez

 
 

En la Casa Dueñas hay fiesta. Hay vino y boquitas. La sala es pequeña y en ella hay unas 15 personas festejando. No hay música amenizando la celebración, pero resuena el reguetón desde los bares que están frente y detrás del inmueble. La fiesta ocurrió la tarde del jueves 12 de marzo recién pasado, en honor a la incorporación a la Academia Salvadoreña de la Lengua (ASL) del director de teatro Roberto Salomón.

El abecedario de la Academia Salvadoreña de la Lengua consta solo de 25 letras y cada una es representada por un sillón, en donde, por razones que ellos tampoco saben, faltan los sillones de la K y de la Ñ. De las 25 letras, solo hay 18 ocupados, repartidos entre distinguidos escritores, investigadores, historiadores, abogados, filósofos y, desde el jueves, el actor, director y traductor Roberto Salomón. La inclusión de mujeres a la Academia también es prioridad para la Junta Directiva y celebran que en los últimos siete años, esta sea la Academia que más mujeres la conforman, con un total de cinco.

Cada 2 meses los académicos se posan en sus sillones, cada uno con su letra en el respaldo, para proponer investigaciones, actividades a realizarse en pro de la difusión y la defensa del lenguaje común que se utiliza en El Salvador, y para postular candidatos a utilizar las sillas vacías. No existe un plazo para juramentar a un nuevo miembro ni para completar todos los cupos. Los requisitos que estipulan sus estatutos en el artículo 9 para ser miembro de número, además de tener nacionalidad salvadoreña, son “Gozar de amplia y merecida reputación moral e intelectual; y haber realizado estudios y aportes significativos en el campo de la investigación lingüística o de ciencias afines”.

Una vez aprobado el nombramiento, el nuevo miembro puede escoger entre las vacantes a quién quiere sustituir, lo que se pide es justificar un vínculo con la última persona que ocupó la letra. Salomón escogió la consonante B para reemplazar a Reynaldo Galindo Pohl, quien dirigió el Ministerio de Cultura de 1950 a 1956 y desde ahí fundó la Dirección General de Bellas artes, que significó la creación, entre otros, de la Dirección General de Teatro.

Salomón leyó su discurso de incorporación "El teatro", y el discurso de contestación fue de Luis Salazar Retana, pero lo leyó Ana María Nafría, por ausencia por enfermedad del académico. El nuevo académico recibió en 2014 el premio nacional de cultura.

La escena de los meseros moviéndose en bis entre los invitados ofreciendo vino y boquitas es absolutamente inusual en la Casa Dueñas, pues sus nobles habitantes son extremadamente pobres en recursos económicos, y se mantienen activas únicamente por el amor a la Lengua y a la Historia que sus ilustres miembros demuestran. Entrada la noche, en la breve y modesta recepción, uno de los académicos me confiesa, en confianza, que las finanzas están tan mal que es el recipiendario quien se está dando a sí mismo la bienvenida que la Academia le debería dar a él, refiriéndose al coctel ofrecido a los invitados. 

La Academia Salvadoreña de la Lengua no es una institución gubernamental, pero recibe fondos del Programa de Transferencia de Recursos (PTR) de la Secretaría de Cultura, una subvención a diferentes instituciones culturales. Este año la mayoría de instituciones beneficiarias del PTR sufrió un recorte del 50 %, lo que para la ASL significa recibir 10 mil dólares para su funcionamiento en 2015. Su actual sede, la Casa Dueñas, la comparte desde 2001 con la Academia Salvadoreña de la Historia, otra afectada por la austeridad. Entre ambas academias se reparten los costos de mantenimiento del inmueble, pero con la reducción del presupuesto hay cosas de las que han tenido que prescindir, como la línea telefónica.

La dotación económica que los gobiernos dan a la ASL no es un acto caridad, es un compromiso de Estado. Todo se remonta al 13 de junio de 1967, cuando el escritor Hugo Lindo, como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de El Salvador en Colombia, suscribió el Convenio multilateral sobre la Asociación de Academias de la Lengua Española, en el cual los países firmantes se comprometen "a prestar apoyo moral y económico a su respectiva Academia nacional de la Lengua Española, o sea a proporcionarle una sede y una suma adecuada para su funcionamiento". Desde su inclusión al PTR en la década de los 90, a la ASL le fueron asignados 25 mil dólares al año; en 2010 ese monto fue reducido a 20 mil y en 2015 a 10 mil. Con esos fondos, los académicos deben, además de pagar los servicios y el mantenimiento de la sede, financiar investigaciones sobre el uso de la lengua en El Salvador. En años anteriores, sufragar algunos costos ha sido posible gracias a las regalías por las ventas del Diccionario oficial que la Real Academia Española reparte entre las 22 academias que existen en hispanoamérica, pero esta fuente de ingresos desaparecerá porque, asegura Márgara de Simán, subdirectora, la Edición 23 que publicará este año la RAE será la última que se distribuya en papel, lo que cortaría la entrada de esos fondos extra.

La precariedad, sin embargo, no inmobiliza a la Academia, incluso es tomada con cierto sentido del humor. Ana María Nafría, secretaria de la institución, recuerda entre risas y con algo de pena cómo mientras ella representaba a El Salvador en la elaboración de la última edición del Diccionario de Americanismos en España, en 2012, su colega de Honduras enviaba a revisión el trabajo del día al equipo de 12 lexicógrafos de su país, y ella, para la misma labor, contaba únicamente con su par Márgara de Simán, subdirectora de la ASL. Ambas son las únicas con un nivel de grado o posgrado en Lexicografía y Lingüística dentro de la institución. Es que además del dinero, reconocen dos miembros de la Junta directiva, no hay en El Salvador suficientes personas especializadas en lexicografía o lingüística que podrían ser consideradas para ingresar a las filas de la institución como miembros de número de la Academia, pero eso no es por falta de idoneidad de los pocos especialistas que existen, sino que es una estrategia, pues los miembros de número no pueden postularse como investigadores para un premio o para recibir una subvención para una investigación, y es por eso que prefieren que hagan sus aportes desde fuera, pues tampoco tienen recursos para contratarlos como investigadores internos. 

Así, la Academia cumple este octubre 140 años desde su fundación en 1875, y, a pesar de su madurez, no cuenta con fondos suficientes para contratar un equipo de lexicógrafos o para pagar a investigadores jóvenes que se trasladen al interior del país. Aun así, para celebrar su aniversario, presentarán un estudio sobre los gentilicios en el territorio salvadoreño, que contrasta lo oficial con la versión que los mismos habitantes de los municipios conocen. Pagar esta investigación, sin embargo, requirió hacer malabares con un fondo que se les había entregado para la reparación del techo de la casa. Una vez resuelto el problema, de lo que sobró lograron pagarle al investigador. Además, para tener margen de maniobra, algunos miembros aportan 100 dólares al año para cubrir los gastos.

La celebración terminó, y entre el ritual de despedida, una mujer alta, blanca, con acento anglosajón se acerca a Nafría para sugerirle a una conferencista que es su amiga, quien, a su parecer, sería un aporte fenomenal para las actividades de la Academia. “Sería genial traer a Elena Poniatowska a dar una conferencia. Pero a ella hay que reconocerle su trabajo. No hay necesidad de pagar hotel, yo la puedo hospedar en mi casa”. Nafría la mira con una mezcla de emoción y resignación en el rostro, y no necesita pronunciar palabras para entender que no hay manera de que esa y otras ideas se pueda lograr en el corto plazo.


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