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Especial Romero

Elvira y Leonor Chacón, la familia

De todos las hogares en El Salvador, había uno al que Monseñor Romero había convertido en una especie de refugio espiritual. A la puerta de la familia Chacón, Monseñor siempre llegaba sin avisar y su carta de presentación era siempre la misma pregunta retórica: ¿se puede o no se puede? Siempre se podía. Ahí, en la intimidad, Romero contó chistes, vio telenovelas y disfrutó el que quizá haya sido su platillo favorito: frijoles volteados.

 
 

Frijoles volteados al estilo Chacón.

De la olla de frijoles previamente cocidos apartar la cantidad deseada en función del número de comensales. Escurrir los frijoles, licuarlos y agregarles poco a poco pequeñas cantidades de su propio caldo hasta conseguir una consistencia pastosa. En un sartén aparte echar un chorro de aceite y freír cebolla cortada en finos aros. Retirar la cebolla cuando se haya dorado. Sofreír los frijoles licuados en el aceite usado para dorar la cebolla. Remover constantemente mientras los frijoles se van haciendo masa, agregando más aceite si nota que comienzan a pegarse. Servir en plato plano. Se recomienda acompañar con plátano frito y cuajada o requesón.

***

El 11 de febrero de 1980 resultó un lunes complicado. Catedral metropolitana amaneció tomada por enésima vez, y Monseñor Romero afrontaba como mediador sendas negociaciones para liberar al embajador de Sudáfrica, secuestrado semanas atrás por las Fuerzas Populares de Liberación (FPL), y al embajador de España, rehén de las Ligas Populares 28 de Febrero (LP-28) desde la semana anterior. Incluso estando así las cosas, predicó a primera hora en la iglesia del cantón Lourdes, municipio de Colón, que entonces era como ir al interior del país, y en la tarde recibió primero al embajador de Nicaragua, luego a un asesor venezolano del Partido Demócrata Cristiano, más luego a un ingeniero que buscaba mediación porque las LP-28 también se habían tomado su fábrica, y por último, a un seminarista de La Unión víctima de la represión estatal.

Entrada la noche, subió a su Toyota Corona y manejó hasta la colonia Las Delicias, en Santa Tecla, a la vivienda de Alfonso y Carmen Chacón, un hogar y una familia que en los últimos años se había convertido en una especie de refugio espiritual para él. La visita la consignó en su diario: “Fui a visitar a la familia Chacón y convivir también estos sentimientos humanos de familia, que son tan necesarios en estas horas de tantas tensiones”.

—¿Se puede o no se puede? –preguntó desde el umbral de la puerta.

Ya se había vuelto costumbre, y raro es que se consumiera un mes entero sin repetirse la escena. Llegaba sin avisar y su carta de presentación era siempre la misma pregunta retórica: ¿se puede o no se puede? Siempre se podía. En el hogar de los Chacón aquellas visitas hoy se recuerdan como cenas en familia, como pláticas sobre temas intrascendentes, como sentadas colectivas frente al televisor o como tardes de anécdotas y chistes.

—Él venía aquí –me cuenta Leonor Chacón– con el afán de descansar, de olvidarse de sus cosas. Aquí él no hablaba de D’Aubuisson ni de los obispos ni nada de eso. Su idea era… ¿cómo decirlo? Sentirse en familia.

—¿Y ustedes le preguntaban por sus problemas?

—No, tampoco.

Pues bien, aquel lunes 11 de febrero se presentó solo, sin sotana, con una camisa azul de manga larga y un alzacuello que se soltó al poco haber entrado. Cenaron, hablaron, rieron. Casi al final, René Quijano, uno de los yernos de Alfonso y Carmen, sacó una cámara fotográfica y pidió a sus cuñadas que se colocaran junto al invitado, quien no era un entusiasta de posar. Tantos años de venir a esta casa, y nunca nos hemos tomado una, le argumentó René. Accedió, pero antes pidió unos segundos para colocarse bien el alzacuello.

René tomó varias fotografías: en una Monseñor Romero aparece junto a Elvira Chacón, una imagen que durante años estuvo celosamente guardada pero que hoy ocupa un lugar destacado en la casa; en otra aparecía junto a Leonor Chacón, pero su esposo la quemó cuando se corrió la voz de que los escuadrones de la muerte matarían a los que tuvieran imágenes del arzobispo.

En la que se conserva, Monseñor Romero aparece sentado y sonriente, las manos cruzadas sobre la mesa. Enfrente tiene un vaso metálico con cebada.

—¿Lo que consumía lo pagaba en el momento o acá tenía cuenta abierta? –pregunto, más por rigor periodístico que por convicción.

—¿Pagar? –me mira extrañada Elvira Chacón–. No, él no pagaba nunca nada, él era un amigo de la casa.

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La familia Chacón nació el 5 de noviembre de 1924 en San Julián, Sonsonate, día en el que contrajeron matrimonio Carmen Herrera y Alfonso Chacón. En los primeros años todo marchaba sobre ruedas, incluso pudieron mandar a la mayor de las hijas a estudiar en un internado en Sonsonate. No eran una familia adinerada, pero tenían más que el promedio: una casa rural amplia con techo de tejas, un río cerca que les facilitaba el agua, un terrenito, gallinas, gallos, tuncos, vacas. Más que lo necesario para vivir. Fueron años buenos.

Con el paso del tiempo llegaron los hijos, muchos, y también comenzaron los apuros. En la década de los 40, los Chacón se vieron poco a poco en la obligación de vender primero una vaca, luego otra, una parcelita acá, otra allá… Agobiados y con expectativas poco halagüeñas, a mediados de siglo vendieron lo poco que les quedaba y se trasladaron desde San Julián a Santa Tecla, con la idea de apostarle como negocio a algo que todos conocían bien: las habilidades culinarias de Carmen.

—Mi mamá desde chiquita llevaba adentro el amor por la cocina –dice Elvira Chacón–. Todas sus comidas son invento de ella, nunca nadie le enseñó nada, solo probando y probando, hasta que le salían.

Don Alfonso Chacón –don Foncho, como lo llamaba Monseñor Romero– falleció en 1986, y Carmen de Chacón, en 1995. Pero el fruto de su esfuerzo pervive en un negocio llamado “Las delicias de las Chacón”, donde aún se come igual de bien que cuando abrió sus puertas hace más de medio siglo.

Sobreviven ocho de los trece hijos que tuvieron, pero las más vinculadas al negocio y a la vieja casona familiar son dos hermanas, las que mayor contacto directo tuvieron con Monseñor Romero. Por un lado, Elvira Chacón –Niña Elvira a partir de ahora–, nacida en 1927 y con quien el arzobispo entabló una sincera relación de amistad. Por el otro, Leonor Chacón –Niña Noy–, nacida en 1938, la que más secretos de cocina se dejó enseñar y la responsable directa de que en la vida familiar irrumpiera el padre Romero.

Niña Noy y Raúl Romero –el apellido es pura coincidencia– se casaron el 9 de noviembre de 1963, un sábado lluvioso. El padre Romero viajó expresamente desde San Miguel a Santa Tecla para celebrar la boda porque Raúl, migueleño también, había sido acólito suyo y le guardaba aprecio. La ceremonia fue en la iglesia de la colonia Las Delicias; la fiesta, en casa de los Chacón; y el banquete, responsabilidad de Carmen.

—Mi mamá desde ese momento sintió un gran cariño por él –dice Niña Noy–, y le hizo, como decimos nosotros aquí, su tambache: incluso le preparó pavo para que se lo llevara a San Miguel.

A partir de entonces, los encuentros entre Monseñor Romero y la familia Chacón se hicieron cada vez más asiduos. Con los años, el padre Romero que conocieron se hizo monseñor –primero así, con minúscula–, el monseñor se convirtió en obispo, el obispo se transformó en arzobispo, y el arzobispo, en Monseñor Romero. Pero para esta familia no hubo cambios radicales en este proceso. La manera de ser de la persona que comenzó a visitarles en 1963 poco difería de la que asesinaron en 1980. En esta casa se conoció al Monseñor Romero menos publicitado: el ser humano que reía y contaba chistes, que veía novelas frente al televisor, que platicaba temas intrascendentes y que disfrutaba las cenas en familia. Platos sencillos, pero preparados con amor.

—Todo lo que preparábamos aquí le encantaba, pero la preferencia de él eran los frijolitos volteados –confiesa Niña Elvira.

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Don Foncho era novelero. No le importaba pasar horas mirando novelas de esas de antes, en las que el beso entre los protagonistas se hacía esperar capítulos y capítulos. Y si el patriarca las miraba, ¿cómo no iba a hacerlo el resto de la familia? No pocas veces Monseñor Romero llegó y encontró a todos sentados frente al televisor, y no pocas veces él se integró al grupo con interés.

—Y usted –le preguntó Niña Noy en una ocasión–, ¿qué dice? ¿Es bueno o no es bueno ver novelas?

—Mire, ustedes vean las novelas si quieren, pero lo que tienen que hacer es tomar lo bueno que hace la gente, no lo malo.

Eso es lo que pensaba de las novelas de la década de los 70. Sería interesante conocer su opinión sobre las de ahora, con títulos tan explícitos como Sin tetas no hay paraíso o El cartel de Los Sapos.

***

En verdad fue especial aquella misa vespertina del 25 de febrero de 1975. Monseñor Romero era obispo de Santiago de María, pero no se lo pensó dos veces cuando los Chacón le pidieron que se acercara hasta Santa Tecla, fuera de la diócesis, para celebrar la misa de 30 días por Juan Alberto Chacón, uno de sus hijos.

Juan había muerto en un accidente de tránsito ocurrido en Venezuela el 23 de enero. Vivía desde hacía años en una ciudad llamada El Tigrito, en el estado de Anzuátegui, y trabajaba en los campos petroleros manejando maquinaria pesada. En uno de los viajes se salió de la carretera por no llevarse por delante un carro y perdió la vida.

—Era buldocero –dice Ángel, Angelito, el menor de los Chacón.

Cuando ocurrió el accidente, él también estaba en Venezuela, a donde lo había llevado su hermano para que probara suerte en tierra ajena.

Apenas supieron de la tragedia en El Salvador, la matriarca viajó de urgencia hasta El Tigrito. Tuvieron que velar el cuerpo tres noches, pero llegó a tiempo para despedirlo. Se quedó allá unas semanas más en compañía de Angelito, de la nuera y del nieto. Aún estaba en Venezuela para cuando se celebró aquella misa vespertina del 25 de febrero.

La iglesia de Las Delicias acogió la ceremonia, íntima, y luego todos cenaron en la casa frijoles volteados y pollo. A alguien se le ocurrió que a Ángel y a Carmen les haría ilusión recibir un mensaje de aliento de Monseñor Romero, y le propusieron grabarlo en un casete para enviárselo a Venezuela. Se sentó y comenzó a hablar.

—Querido Ángel, me han pedido unas palabras para grabártelas y enviártelas. Con mucho gusto. Estamos aquí en la casa de papá, con tus hermanos y…

No se despegó de la grabadora durante más de ocho minutos. Habló mucho y bien. Sin guión, sin titubeos, sin silencios incómodos, sin nervios... como si fuera una más de sus homilías. De entre todo lo que dijo aquella lejana noche de 1975 una frase hoy suena visionaria: “Muchos de mis queridos amigos ya difuntos para mí siguen siendo fuente de inspiración, de confianza y hasta en momentos de apuro, yo los invoco y me animan; sé que están conmigo”. Con el pasar del tiempo, él ha terminado convertido ante los ojos de miles en ese amigo querido fuente de inspiración.

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¡Qué hermosa consideración hace San Agustín!: “La voz es el ruido que llega hasta el oído, pero en esa voz va la palabra, el verbo, una idea”. En esta misma mañana esto está sucediendo aquí, en catedral, y a través de la radio. Escuchan la voz, pero la voz, una vez que deja de emitirse, termina. Es un ruido. Pero queda una palabra, la palabra es la idea. Esta sublime filosofía en el lenguaje de San Juan el Evangelista quiere decir: todos los que predican a Cristo son voz, pero la voz pasa, los predicadores mueren, Juan Bautista desaparece, solo queda la palabra. La palabra queda y este es el gran consuelo del que predica: mi voz desaparecerá pero mi palabra, que es Cristo, quedará en los corazones que lo hayan querido recoger.

(Monseñor Romero, homilía del 17 de diciembre de 1978)

***

Le gustaban los chistes. Los disfrutaba como niño. Tenía incluso su propio repertorio, y este es uno de los que él contó en casa de los Chacón: “En un convento de monjas pasaba que en las noches desaparecía de la refrigeradora toda la comida, y no sabían quién se la llevaba. Cansada de los hurtos, la madre superiora decidió escarmentar a la culpable. Para ello, se cubrió el rostro, se puso unos cachos de un venado en la cabeza y se escondió detrás de una cortina en el cuarto donde estaba la refrigeradora. Así, pensó, la monjita ladrona se daría cuenta de que el diablo mismo era el que la estaba tentando. En la madrugada, cuando llegó la monjita, la madre superiora salió de la cortina con los cachos, se acercó silenciosa, y le dijo al oído: ‘Soy el diablo’. La monjita se sobresaltó, pero rápido dio media vuelta y le respondió: ‘Ufff, menos mal, pensé que era la madre superiora’”.

—Él nos lo contó –dice Niña Elvira con una voz a medio camino entre la alegría y la nostalgia–. Y Monseñor imitaba la voz del diablo: ¡¡¡sooooooy el diaaaaaablo!!!

Niña Elvira sonríe risueña, como si en este momento escuchara la voz de un amigo.

***

“Tráigale al joven una cebadita, que la pruebe”, dice Niña Elvira a Ana Gladys, la mujer de su sobrino, que atiende en el mostrador a la clientela. La cebada que se prepara y se vende en esta casa es la misma desde hace al menos 40 años, la misma que tenía en Monseñor Romero a uno de sus más entusiastas defensores. Al poco, Ana Gladys se acerca con un vaso metálico lleno de una cebada de color rosa intenso y en la que a simple vista se le aprecia una mayor espesura. Sabe realmente bien.

El sabor de la cebada no es lo único por lo que parece no haber pasado el tiempo en este hogar. El sofá, las mesas, las sillas, el armario del fondo y algunos de los cuadros que cuelgan de las paredes son los mismos que estaban cuando llegaba Monseñor Romero.

—Fácil que en esta silla en la que estoy también se sentó él –comento.

—Sí, seguro –dice Niña Elvira–, ¿quiere un pastelito de piña con la cebada?

La casa de las Chacón transpira catolicismo. La sala la preside un gran Corazón de Jesús, y sin importar a qué rincón se mire, uno encuentra cuadros o figuras de la Virgen, de la Última Cena, crucifijos. Los lugares más destacados los ocupan las fotografías en las que aparece Monseñor Romero.

—Y ustedes –pregunto a las dos–, ¿creen que Monseñor Romero es santo?

—Sí –responde con firmeza Niña Noy–, a él se le veía la santidad en su modo de ser, en sus obras, era muy dado a la gente. Usted sabe, no todos los obispos ni todos los sacerdotes son así, porque hay algunos que tienen rencores, que tienen odios. Muchos lo odiaban, pero a él nunca se le oyó decir: fulano de tal es así o así. Nuuuunca.

—¿De su santidad se convenció después del o asesinato o en vida?

—En vida, en vida.

—Cuando él llegaba y se sentaba a comer frijoles volteados o a tomarse una cebada, ¿ya creían estar junto a un santo?

—Ajá –interviene Niña Elvira–, es que a él le gustaba lo sencillo. Mire, en Santiago de María él nos preparaba la comida. Sentaba al motorista, sentaba a la sirvienta y todos los empleados comían con él, con su hermana y conmigo también, como seis en la mesa.

—Pero yo veo eso y pienso: qué persona tan buena. Pero de ahí a ser santo…

—¿Qué más prueba de santidad que su martirio? –retoma la palabra Niña Noy–. Él sabía que de un momento a otro lo iban a matar y no se escondía. Las últimas veces acá vino solo, porque decía que así, si lo mataban por el camino, una sola familia quedaría de luto.

En el Vaticano, la Congregación para las Causas de los Santos tiene sobre la mesa la solicitud para la canonización desde 1997, pero en hogares como el de la familia Chacón su santidad no se discute. Es. Preguntarlo es preguntar por una obviedad tan obvia que cuesta responderla, como cuesta responder por qué amanece cada día. Roma está lejos, demasiado, pero en lugares como este no hay dudas. Quizá porque es donde mejor lo conocieron.

***

Aquel lunes sintió la necesidad impostergable de confesarse. No lo hizo en la mañana, a pesar de que la pasó en la playa en compañía de un grupo de sacerdotes. Del mar regresaron en torno a las 3 de la tarde y, aunque sabía que a las 6 debía oficiar una misa en la capilla del Hospitalito y que la tarde la tenía saturada de compromisos –incluida una visita al otorrino–, prefirió apretarlo todo y sacar el tiempo para visitar a su confesor habitual, el jesuita Segundo Azkue. Monseñor Romero hizo venir a su amigo Salvador para que lo llevara desde San Salvador a la residencia de los jesuitas que está junto a la iglesia El Carmen, en pleno centro de Santa Tecla.

Raúl Romero, el acólito que terminó casado con Niña Noy, también estaba aquella tarde en El Carmen, acompañado por su hijo mayor. Por las prisas, apenas pudieron intercambiar un saludo antes de despedirse. Pasaban ya las 5 de la tarde. Raúl y su hijo regresaron a casa y comentaron el casual encuentro.

—Hemos estado con Monseñor –dijo Raúl a su esposa y a su suegra apenas cruzó la puerta.

—Ah, pues cuando está por Santa Tecla siempre viene a cenar –dedujo Carmen.

Monseñor Romero nunca avisaba de sus visitas, pero Carmen había aprendido que solía hacerlas coincidir con viajes a Santa Tecla. Sin dudarlo, ordenó preparar la mesa y se puso a cocinar frijoles volteados, a la espera de que en cualquier momento alguien se asomara por la puerta e hiciera la misma pregunta retórica: ¿se puede o no se puede?

Oscurecía cuando el teléfono sonó. Niña Elvira respondió. Era Silvia, una cuñada. Le contó lo que acababa de escuchar en la radio. Niña Elvira no terminó de creérselo. Colgó. Al instante apareció en la puerta de la casa René, otro cuñado. Le repitió la misma noticia. Niña Elvira comenzó a llorar. A su llanto se le sumaron poco a poco el de otros familiares, como si fuera un coro. Sobre la vieja mesa de madera, en el lado en el que a él le gustaba sentarse, quedaron unos cubiertos y un plato vacío que esperaba una ración de frijoles volteados.

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(Este texto sobre Elvira Chacón y Leonor Chacón es una de las nueve semblanzas incluidas en el libro 'Hablan de Monseñor Romero', escrito por el periodista Roberto Valencia, y editado por la Fundación Monseñor Romero. El libro, publicado en marzo de 2011, está a la venta en la tienda virtual de El Faro, que puede visitar en este enlace.)


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