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El Ágora

El breve y eterno paso de Eduardo Galeano por El Salvador

El escritor uruguayo estuvo una sola vez en El Salvador, pero conoció mucho este país, según dijo, porque tuvo amigos como Claribel Alegría, Miguel Mármol y Roque Dalton. De ellos habló en sus obras y en sus intervenciones públicas. Escribió también sobre monseñor Romero, a quien no conoció personalmente. A los 74 años de edad, la región pierde a un referente de la literatura y de la lucha por la memoria y los derechos humanos.

Tomás Andreu / Élmer L. Menjívar (El Faro) / AFP*

 
 

Lo único que hizo la muerte al llevarse a Eduardo Galeano fue dejarlo más vivo que nunca en Latinoamérica. El lunes 13 de abril, buena parte de El Salvador amaneció de piedra al enterarse de que el intelectual, escritor y periodista uruguayo había fallecido a los 74 años de edad.

Este país tuvo una deuda con su solidaridad. Fueron las máximas autoridades de la Universidad de El Salvador —encabezadas por María Isabel Rodríguez, rectora de ese momento— quienes aquel octubre de 2005 redujeron el déficit al entregarle el doctorado Honoris Causa al escritor.

A la ceremonia de la entrega del galardón en el Teatro Universitario llegó el lider histórico de la izquierda salvadoreña Schafik Hándal. La derecha tampoco se perdió aquel momento con la presencia de Federico Hernández Aguilar, presidente del Consejo Nacional para la Cultura y el Arte (Concultura) del gobierno de Arena. Pero nadie le robó foco al autor de El libro de los abrazos, todo el mundo había puesto sus ojos y oídos en el intelectual uruguayo, su voz y su palabra.

Eduardo Galeano estuvo en El Salvador los días 11 y 12 de octubre de 2005 en la Universidad de El Salvador. La institución, por medio de su rectora, María Isabel Rodríguez, le otorgó un doctorado honoris causa por su inmensa labor literaria e intelectual para sacar a luz los grandes problemas de Latinoamérica. / Foto por cortesía de la Secretaría de Comunicaciones de la Universidad de El Salvador.
 
Eduardo Galeano estuvo en El Salvador los días 11 y 12 de octubre de 2005 en la Universidad de El Salvador. La institución, por medio de su rectora, María Isabel Rodríguez, le otorgó un doctorado honoris causa por su inmensa labor literaria e intelectual para sacar a luz los grandes problemas de Latinoamérica. / Foto por cortesía de la Secretaría de Comunicaciones de la Universidad de El Salvador.
 

Galeano estuvo vinculado con El Salvador a través de varios personajes emblemáticos del país, fue amigo del fundador del Partido Comunista, Miguel Mármol, quien fue uno de sus personajes del segundo tomo de Las memorias del fuego, y también de la escritora Claribel Alegría. También tuvo distintas cercanías con Roque Dalton y con monseñor Óscar Arnulfo Romero.

De Dalton fue amigo y cuando tiene oportunidad, lo evoca. El poeta salvadoreño fue para Galeano un gran hijo del sentido del humor y del amor. En su poema "10 de mayo" del libro Los hijos de los días hace un pequeño perfil de Dalton:

(...) jodón y respondón. Nunca
aprendió a callar ni a obedecer, y ejercía un desafiante
sentido del humor y del amor.
En la noche de hoy del año 1975, sus compañeros
de la guerrilla de El Salvador lo mataron de un balazo
mientras dormía.
Criminales: los militantes que matan para castigar la
discrepancia son tan criminales como los militares que
matan para perpetuar la injusticia.

Cuando Galeano llegó en octubre de 2005 a la Universidad de El Salvador habló de Roque Dalton para señalar públicamente a sus asesinos y fue duro: "Qué estúpidos fueron los que mataron a Roque Dalton. Qué estúpidos".

A monseñor Romero no lo conoció personalmente, pero es tristemente célebre la anécdota que incluye en Espejos, el relato El nombre más tocado. En él cuenta de un monseñor Romero buscando una audiencia con el papa Juan Pablo II y de un papa Juan Pablo II negándosela, de un monseñor Romero colándose en la fila de feligreses para contarle al papa la grave situación que vivía El Salvador en manos de la dictadura militar y de un papa Juan Pablo II diciéndole "¡No exagere, señor arzobispo!" La anécdota figura también en el diario de monseñor Romero en la fecha del lunes 7 de mayo de 1979, y también como testimonio en Piezas para un retrato, de María López Vigil, quien afirma: "Todo esto me lo contó monseñor Romero casi llorando el día 11 de mayo de 1979, en Madrid, cuando regresaba apresuradamente a su país, consternado por las noticias sobre una matanza en la catedral de San Salvador."

Aunque Galeano nunca se presentó como historiador, para muchos de sus lectores sus relatos son los referentes históricos que los acercaron a la historia de Latinoamérica. "Porque los científicos dicen que estamos hechos de átomos, pero yo creo que estamos hechos de historias", reza una de sus frases más célebres, y a eso se dedicaba, a contar historias, no la historia.

El Salvador fue un destino único y breve para Galeano, pero estuvo antes de estar y seguirá estando aunque no esté.

El día de los abrazos

Ana Inés Cibils, Yanina Olivera y Mauricio Rabuffetti (AFP)


Eduardo Galeano murió a los 74 años en Montevideo. Fue periodista, cuentista y escritor. Un contador de historias que se transformó en referencia intelectual para la izquierda con su obra Las venas abiertas de América Latina.

Eduardo Hughes Galeano había nacido el 3 de setiembre de 1940 en Montevideo y para escribir adoptó su apellido materno.

Ensayista comprometido con las causas de la izquierda, exploró a lo largo de su obra en las profundidades y los contrastes de Latinoamérica.

Las venas abiertas de América Latina es su obra más emblemática, en la que denunció en 1971 la opresión y amargura del continente en medio de procesos dictatoriales a lo largo y ancho de la región. Traducido a una veintena de idiomas, el libro intenta —según palabras del propio Galeano— "explorar la historia para impulsar a hacerla".

Ese libro fue el regalo que le llevó el ahora fallecido presidente de Venezuela, Hugo Chávez, a Barack Obama, en la Cumbre de las Américas de 2009 en Trinidad Tobago, gesto que catapultó de nuevo las ventas: ese día fue el libro más vendido en Amazon.

Eduardo Galeano estuvo en El Salvador los días 11 y 12 de octubre de 2005 en la Universidad de El Salvador. Ahí, las máximas autoridades del recinto universitario decidieron otorgarle un doctorado honoris causa por su inmensa labor literaria e intelectual para sacar a luz los grandes problemas de Latinoamérica. foto: Secretaría de Comunicaciones de la Universidad de El Salvador.
 
Eduardo Galeano estuvo en El Salvador los días 11 y 12 de octubre de 2005 en la Universidad de El Salvador. Ahí, las máximas autoridades del recinto universitario decidieron otorgarle un doctorado honoris causa por su inmensa labor literaria e intelectual para sacar a luz los grandes problemas de Latinoamérica. foto: Secretaría de Comunicaciones de la Universidad de El Salvador.

Pero con una muestra de autocrítica poco común, Galeano comentó hace un año en una rueda de prensa en Brasilia: "No sería capaz de leerlo de nuevo. Caería desmayado. Para mí, esa prosa de la izquierda tradicional es aburridísima. Mi físico no aguantaría. Sería ingresado al hospital".

El escritor, cuya educación formal no superó el primer año de secundaria, afirmaba haber aprendido el arte de narrar en los viejos cafés de Montevideo, de los cuales era afecto y consuetudinario visitante.

"No tuve la suerte de conocer a Sherezade; no aprendí el arte de narrar en los palacios de Bagdad; mis universidades fueron los viejos cafés de Montevideo; los cuentacuentos anónimos me enseñaron lo que sé", dijo el autor en octubre de 2009 en Madrid.

"En los cafés descubrí que el pasado era presente y que la memoria podía ser contada de tal manera que dejara de ser ayer para convertirse en ahora", añadió entonces ese mago de las palabras, que cautivaba con sus letras y con su voz.

El periodismo de la memoria

Galeano inició su carrera periodística a los 14 años, cuando publicó su primera caricatura en el semanario El Sol, del Partido Socialista uruguayo, bajo la firma de "Gius", onomatopeya irónica de su primer apellido de origen galés.

Entre 1961 y 1964 fue editor de la prestigiosa revista Marcha, que dirigía Carlos Quijano y que era reducto de intelectuales latinoamericanos, en la que también escribió Mario Benedetti. Luego fue director del diario independiente de izquierda Época (1964-1966).

La breve novela Los días siguientes (1963) y el libro de cuentos Los fantasmas de los días del león y otros relatos (1967) revelaron su veta literaria entre escenarios montevideanos, conflictos existenciales y atmósferas sutiles.

Vagamundo (1973) y La canción de nosotros (1975, que le dio el premio Casa de las Américas) confirmaron sus dotes de narrador, mezclando la historia social con el mito y la leyenda, lo ficticio y lo testimonial.

Con la llegada de la dictadura en 1973 a Uruguay, que duraría 12 años, Galeano, vinculado a corrientes marxistas, se exilió en Argentina, donde fundó y dirigió la revista literaria Crisis.

El día cuando la Universidad de El Salvador hizo el reconocimiento a Eduargo Galeano, en octubre de 2005, el Teatro Universitario fue insuficiente para todo el público que quiso presenciar la ceremonia y escuchar el discurso del escritor, así que hubo quienes afuera de la sala lograron atestiguar el acta por medio de pantallas de televisor. / Foto por cortesía de la Secretaría de Comunicaciones de la Universidad de El Salvador.
 
El día cuando la Universidad de El Salvador hizo el reconocimiento a Eduargo Galeano, en octubre de 2005, el Teatro Universitario fue insuficiente para todo el público que quiso presenciar la ceremonia y escuchar el discurso del escritor, así que hubo quienes afuera de la sala lograron atestiguar el acta por medio de pantallas de televisor. / Foto por cortesía de la Secretaría de Comunicaciones de la Universidad de El Salvador.

Dos años después se trasladó a España, a Calella (al norte de Barcelona), donde escribió para publicaciones de ese país y colaboró con medios de Alemania y México.

En la trilogía Memoria del fuego (I - Los nacimientos, 1982; II - Las caras y las máscaras, 1984, y III - El siglo del viento, 1986), Galeano revive el pasado indigenista latinoamericano.

Con la restauración de la democracia en 1985 regresó a Uruguay, donde residió hasta su muerte.

En 1989 editó El libro de los abrazos, que el propio autor definió como "un libro sobre los vínculos con los demás". Le siguieron recopilaciones de crónicas y artículos, e incluso un libro sobre el balompié, del que era un gran fanático: El fútbol a sol y a sombra (1995).

Tampoco faltan los relatos de los pueblos originarios, de la lucha por los recursos naturales y cuestionamientos a la guerra en Irak, a Estados Unidos, a los grandes bancos internacionales o a las multinacionales.

Obtuvo el premio Casa de las Américas en dos ocasiones (en 1975 y en 1978) y su trilogía Memoria del Fuego recibió en 1989 el American Book Award, distinción que otorga la Universidad de Washington.

En 2010 recibió el prestigioso premio sueco Stig-Dagerman, otorgado "porque su escritura apoya en forma inquebrantable a todos aquellos que están marginados y condenados".


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