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El general se reencuentra con los gritos de sus víctimas

Víctimas y familiares de torturados, asesinados o desaparecidos por la Guardia Nacional y por la Fuerza Armada de El Salvador recibieron con gritos al exministro de Defensa y exdirector de la Guardia Carlos Eugenio Vides Casanova. Entre los manifestantes estuvieron dos que, en Estados Unidos, declararon haber sido torturados frente a los ojos del general.

Gabriel Labrador / Fotos: Fred Ramos y Dirección General de Migración y Extranjería

 
 

Carlos Eugenio Vides Casanova, exdirector de la Guardia Nacional y exministro de Defensa, comparte almuerzo con un grupo de salvadoreños deportados en el Aeropuerto Internacional Óscar Arnulfo Romero.
 
Carlos Eugenio Vides Casanova, exdirector de la Guardia Nacional y exministro de Defensa, comparte almuerzo con un grupo de salvadoreños deportados en el Aeropuerto Internacional Óscar Arnulfo Romero.

La última vez que el cirujano Juan Romagoza vio los ojos del general Carlos Eugenio Vides Casanova fue en un juicio que duró un mes en West Palm Beach, Florida, en el año 2002, y en el que el general fue condenado a pagar 54 millones de dólares por consentir que se torturara a Juan y a otros dos salvadoreños en diversas fechas entre 1979 y 1983. Antes de esa, la penúltima vez que vio a los ojos al general Vides Casanova fue en diciembre de 1980, en el cuartel central de la Guardia Nacional sobre la Ruta Cañera, al oriente de San Salvador, mientras el militar supervisaba que lo electrocutaran, o bien que le sumergieran la cabeza en depósitos con agua, o bien que lo colgaran de los dedos. Este mediodía de miércoles quizá haya mil razones en la cabeza de Juan Romagoza (64 años) para querer ver, de nuevo a los ojos, a su verdugo. Quizá en realidad Romagoza haya venido a gritarle "asesino" o "torturador", como le gritan desde detrás de una cerca un grupo de mujeres armadas con pancartas. Pero por más que le pregunte, mientras Romagoza observa el avión inmóvil a la espera de que el general Vides Casanova baje, él solo responde que “su regreso a El Salvador es histórico".

Juan Romagoza no se equivoca. Es histórico.

El avión ha aterrizado al mediodía. Pagado por el Gobierno de Estados Unidos, el avión fue enviado con un centenar de personas en sus entrañas, salvadoreños migrantes que en algún lugar de Estados Unidos han conducido en estado de ebriedad, agredido a su pareja, que han entrado sin papeles migratorios, o que han actuado como pandilleros... Entre todos ellos, como un bicho raro, como alguien que no caza en el perfil del migrante que salió pobre de El Salvador para retornar sin nada a El Salvador, viene también un anciano alto, canoso y con sobrepeso, un militar que en otros tiempos fue uno de los hombres más poderosos y temidos en El Salvador, pero que ahora es nada menos que un exmilitar venido a menos, expulsado de un país que le ha negado, por fin, el amparo. Sobre ese hombre, a diferencia del resto que viajaron junto a él, pesan innumerables acusaciones por torturas y asesinatos.

El general retirado Vides Casanova venía dentro del avión junto al resto de deportados con las manos esposadas, así lo ha confirmado la Dirección General de Migración y Extranjería. Momentos antes del aterrizaje, se las han quitado, porque El Salvador, oficialmente, ha recibido a el general con un "Bienvenido a casa", el nombre y lema del programa de atención para el migrante deportado. En El Salvador ningún fiscal está persiguiendo al general, pese a que en Estados Unidos han dicho que él consintió la tortura de un hombre llamado Juan Romagoza, y de otros dos salvadoreños más; así como de haber participado en "innumerables" actos violatorios a los derechos humanos en los años en los que dirigió a la Guardia Nacional (1979-1983), y en los años que actuó como ministro de la Defensa (1983-1988).

El general ha bajado del avión pero si no es por una fotografía que ha tomado uno de los empleados de Migración, y que luego circulará por las redes sociales, nadie se enterará de que el exmilitar entrenado por la Escuela de las Américas en realidad no viene en silla de ruedas, como se ha rumorado.

El general ha hecho fila y ha recibido una lata de Coca Cola. Se ha sentado en una primera fila, al centro, frente a un pasillo, en un cuarto donde los deportados escuchan una charla en la que se les explican los derechos de asistencia a los que pueden acceder en el aeropuerto internacional Óscar Arnulfo Romero.

El general luce incómodo. El mismo empleado de Migración le ha tomado otra fotografía y en ella se le observa sosteniendo una lata de gaseosa con las dos manos, entre las piernas, como esperando a que sus vecinos deportados terminen de ingerir sus alimentos: dos pupusas porque al salvadoreño deportado se le recibe con dos pupusas. Quién sabe si los demás deportados en el salón sabrán quién es ese hombre de 78 años que está con ellos en ese cuarto y que, al parecer, rechazó sus pupusas.

¿Lo saben?

Afuera, detrás de la valla, se sabe de sobra. Al aeropuerto han venido unas 40 personas, mujeres adultas, hombres jóvenes, que gritan su nombre, blanden carteles con su fotografía y con leyendas que lo mencionan como perpetrador de crímenes de guerra. “Justicia, justicia”, gritaban. “Asesino”, dicen otros. Son miembros de la Comisión Pro Memoria Histórica que aglutina a diversas organizaciones que representan a víctimas de violaciones a derechos humanos ocurridos durante la guerra y que, en muchas ocasiones, fueron recogidas por la Comisión de la Verdad.

Los protestantes han llegado en carros particulares y han formado una pared humana desde la cual esperan darle una sonora bienvenida al general. Una docena de policías y de guardias de seguridad privada han impedido que los manifestantes ingresen al recinto en el cual está siendo procesado para reingresar al país. Entre los manifestantes hay una mujer cuyo testimonio, al igual que el del médico Juan Romagoza, sirvió para que la justicia estadounidense concluyera que las tropas bajo el mando de Vides Casanova cometieron abusos con pleno conocimiento de la alta dirigencia. Ella es Neris Gonzáles, secuestrada el 26 de septiembre de 1979 en San Vicente, cuando estaba embarazada de ocho meses. A raíz de la tortura, Neris perdió a su hijo. Antes de esta, la última vez que Neris vio a los ojos al general fue cuando un juez en Estados Unidos lo condenó a pagar 54 millones de dólares, en aquel juicio que también impulsó Juan Romagoza. En aquella ocasión el militar buscó a Neris Gonzáles y las otras víctimas para ofrecerles un estrechón de manos. “No -dijo Neris- Yo le voy a dar la mano allá en El Salvador cuando lo deporten”.

Por eso ha venido Neris, para honrar su promesa. “Así que aquí estoy”, dice, mientras con su mano sostiene un cartel en el que se lee la palabra "asesino".

Neris Gonzáles está enfadada. Hace unos minutos apareció en pleno aeropuerto un grupo de exmilitares integrantes del Partido Salvadoreño Progresista (PSP). Ellos han venido a solidarizarse con el general Vides Casanova. El secretario general del partido, el capitán Rodolfo Pérez, dijo ante los micrófonos y cámaras que los salvadoreños debían dejar tranquilo al general, dejarlo rehacer su vida en El Salvador.

—Nunca han condenado a mi general Vides por ningún acto criminal en la guerra, si fuera así, ¿por qué no está preso en Estados Unidos? -preguntaba a las cámaras el capitán Pérez.

Neris Gonzáles estaba a unos metros de distancia y al escuchar estas palabras se acercó de inmediato, levantó su cartel, y con su voz pretendió opacar lo que militar estaba diciendo.

—¡Todos los de la Tandona defendían los intereses de la oligarquía, asesinos! -le gritó.

—Todo mundo sabe que quien daba las órdenes no eran los ministros, si no el presidente como comandante general de las Fuerzas Armadas -respondió el capitán Pérez.

—¡Masacradores, torturadores! -repondió Neris.

—También el Ejército tiene muertos, ¿quieren que traigamos a sus familiares también? -dijo el capitán.

“¡Ignorantes!”, dijo Gonzáles, finalmente. “Como que no saben que hasta Bush-padre vino con una lista de nombres militares a los que había que separar por sus abusos de derechos humanos”. Se refiere a una visita oficial que George Bush hizo en 1983. En ese periodo, el primer trienio de la guerra en el que se registraron las más graves masacres contra poblaciones campesinas, Bush se reunió con Vides Casanova, entonces ministro de Defensa, a quien le compartió una lista de ocho oficiales del Ejército a los que había que remover por sus constantes violaciones y abusos de derechos humanos. La visita de Bush era un claro llamado de atención al ejército salvadoreño para que dejara de cometer abusos durante la guerra, so pena de cortar la ayuda militar que Estados Unidos aportaba a la lucha contra la guerrilla del FMLN.

Organizaciones de víctimas del conflicto armado esperan la llegada de El exministro de defensa y exdirector de la Guardia Nacional de El Salvador, Carlos Vides Casanova. Quienes exigen que sea procesado por violación a los derechos humanos. Foto: Fred Ramos
 
Organizaciones de víctimas del conflicto armado esperan la llegada de El exministro de defensa y exdirector de la Guardia Nacional de El Salvador, Carlos Vides Casanova. Quienes exigen que sea procesado por violación a los derechos humanos. Foto: Fred Ramos

Cara a cara con las víctimas

Del cubículo para migrantes deportados, cerca de las 3 de la tarde, han comenzado a salir uno por uno los compañeros de vuelo del general. Los repatriados se acercan a las autoridades para que les devuelvan sus escasas pertenencias: un reloj, anillos, dinero, ropa… Se acercan a una valla metálica, dicen su nombre, y en seguida les entregan una bolsa, una caja, o unos papeles.

El general Vides Casanova aun no ha aparecido. Su salida ha demorado porque su nombre, extrañamente, coincide con el de un salvadoreño al que las autoridades en este país sí están buscando por cuentas pendientes con la justicia. A los deportados que les encuentran órdenes de captura o posibles vinculaciones con causas judiciales abiertas se les llama así, “posibles”, y el general Vides entró en esa categoría, confirmó el vocero de Migración Mauricio Silva. Pero esa detención fue una curiosa ironía. El militar señalado por Estados Unidos por participar y permitir graves violaciones a derechos humanos fue detenido momentáneamente porque tiene un homónimo que sí es requerido por la justicia de El Salvador.

La puerta se abre a las 4 de la tarde. El general, alto, anciano, es recibido por los gritos de Neris y las otras decenas de manifestantes. “Los gringos te entrenaron, y ahora te deportaron”, es el cántico que los protestantes hacen suyo. “Asesino, asesino”, gritan unos. “Da la cara, da la cara, aquí están tus víctimas”, dicen otros.

20 policías de la división de control migratorio separan a los manifestantes del parqueo en el que una camioneta negra espera al general. Cuando los manifestantes se percatan que no tendrán un encuentro cara a cara con el exjefe de la Guardia, los gritos y rechiflas se hacen más sonoros. “¿Por qué te protegen Casanova?”, dicen. “¿Le tenés miedo a tus víctimas?", le preguntan.

El general camina lento, desaparece unos instantes mientras se acerca a la valla metálica a pedir sus pertenencias, y luego reaparece para subirse a la camioneta. La rechilfa persiste, y aunque es casi seguro que el general pase desapercibidas las pancartas, también es casi imposible que ignore los gritos de toda esta gente. La camioneta arranca a toda velocidad y un hombre que ha gritado "asesino" a todo pulmón intenta perseguirla, a pie. Rápido se rinde en su esfuerzo inútil. Se detiene y choca sus manos, una en forma de puño y la otra abierta, mientras gime con la mandíbula apretada: “¡Maldito, maldito! ¡Se fue, se fue!”, dice. Se llama Jorge Ramírez, tiene 67 años y no deja de caminar de un lado a otro mientras intenta disimular la cólera doblando una de las pancartas de protesta… pero la furia lo domina y rompe a llorar. Jorge Ramírez cae rendido sobre el pecho de un compañero que intenta consolarlo.

A su lado está Marta Martínez de Sánchez, otra manifestante. Es una señora de 60 años que carga en sus manos un retrato de su hijo asesinado el 18 de abril de 1980, cerca del Instituto Técnico Ricaldone, en las cercanías de la Universidad de El Salvador. Marta también gritó a todo pulmón lo que pudo, también intentó seguir la reluciente camioneta negra que transportó al general pero sus pies apenas avanzaron unos pasos.

Entre los manifestantes hay madres, hermanos, tíos, amigos de las víctimas que se quedan gritando consignas y reclamos a la Policía por no haber podido enfrentar cara a cara al exministro. Al menos ellos, aunque no lo tuvieron cara a cara, pudieron gritarle.

Han pasado más de dos horas desde que Juan Romagoza se fue del aeropuerto. Juan no pudo seguir esperando al general porque se le venció el tiempo de permiso que había pedido en el trabajo. Él trabaja en el ministerio de Salud, aunque ya no ejerce como cirujano. El golpe de gracia que unos militares le propinaron mientras estuvo recluido y torturado fue un disparo en la mano izquierda. Sus captores le dijeron, con claridad, que lo hacían para que ya no pudiera actuar como cirujano. Más de treinta años después, y aunque ya no puede operar, Juan Romagoza sigue apoyando con sus conocimientos en salud en su oriundo Usulután, y este día de miércoles tiene una reunión por la tarde a la que no puede faltar en el hospital Rosales de la capital.

Él esperaba que la llegada del general se resolviera en la mañana, pero las cosas se alargaron demasiado. “Nunca pensé que Estados Unidos lo deportaría”, dijo antes de marcharse, bajo la sombra de una glorieta desde la que decenas de periodistas esperaban el arribo de Vides Casanova. “Verlo bajar del avión hubiera sido lo mejor, y espero que su venida ayude a cambiar la mentalidad de muchas víctimas que hasta ahora han callado", dijo.

Juan Romagoza no calló y su denuncia explica, en parte, que el general haya sido deportado por Estados Unidos. Romagoza espera que ahora hablen más víctimas, que la Fiscalía las escuche y que Vides Casanova sea investigado en un El Salvador que debate la nulidad de la ley de Amnistía, la ley que desde 1993 permite la impunidad de las violaciones a los derechos humanos cometidos en los años de la guerra.

Juan Romagoza no pudo ver de nuevo a los ojos al general que lo convirtió en una víctima, pero quizá está por verse si tendrá otra oportunidad. La Procuraduría de Derechos Humanos ha increpado al Fiscal General, Luis Martínez, para que abra una investigación de oficio contra el recién llegado.

Carlos Eugenio Vides Casanova, sale de las oficinas de migración y se dirige a la camioneta que lo esperaba para alejarse de la mirada de todos los periodistas.
 
Carlos Eugenio Vides Casanova, sale de las oficinas de migración y se dirige a la camioneta que lo esperaba para alejarse de la mirada de todos los periodistas.

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