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Opinión

El chiquitico

Daniel Quirós*

 
 

Tendría que empezar con la fiesta en el bote. La imagen de escritores, editores y periodistas frente a un DJ en la planta baja, vueltos locos con Beyoncé y Dr. Dre mientras el río Ródano pasaba negro y frío afuera de la portilla.

Cuando primero bajé las escalerillas, tengo que admitir que la escena me sorprendió. Me sacó un par de risas, por lo menos. Ahí, en medio de la pista de baile, estaban el autor cuyo libro más reciente investigaba cuerpos mutilados; la autora que la noche anterior me confesó estar interesada en explorar la psicología de los psicópatas. Yo les había contado de mis novelas también; de mis crímenes. Y ahora ahí estábamos —autores del género negro, policiaco, thriller o como se le quiera llamar— todos medio borrachos; todos moviendo el esqueleto mientras recitábamos canciones enteras de The Cure o 2Pac. Era sábado por la noche en Lyon, Francia, sitio del Quais du Polar: el festival de literatura policiaca más grande en Francia y, si no me equivoco, uno de los más grandes en Europa.

No todos los autores estaban ahí abajo. No estaban ahí los grandes nombres del evento: Michael Connelly, John Grisham, Patricia Macdonald, Ian Rankin o Val McDermid. Tampoco vi a Leonardo Padura entre la ya avanzada fiesta, ni a Paco Taibo II, Santiago Gamboa u Horacio Castellanos Moya. De hecho, solo reconocí a un escritor que conocía bien, que para el final de la noche le había propuesto matrimonio a por lo menos tres mujeres distintas.

Más que todo, andábamos allá abajo escritores menos conocidos, quienes tal vez estábamos aún sorprendidos de que estuviéramos ahí, viendo pasar el Ródano afuera de la portilla en vez del río Delaware o el Tiribí. Entre nosotros había un buen número de estadounidenses, varios ingleses y, por supuesto, muchísimos franceses. De Latinoamérica éramos solo tres: un peruano, un brasileño (ellos sí eran más conocidos) y yo. Fue la primera vez que pensé lo obvio: soy el único tico acá.

La mañana siguiente la sufrimos un poco. Se veían las caras largas, el café que se agotaba en el quiosco. Y sin embargo, estábamos todos llenos de emoción y adrenalina porque por la entrada principal del Palais du Commerce —estábamos firmando libros en el salón central, una bóveda inmensa con frescos de saber cuántos años pintados sobre el cielorraso— seguía entrando el público. Más de 70,000 personas supuestamente. Más de 30,000 libros vendidos por más de 100 autores de más de 20 países. Todo en cuestión de un fin de semana.

Yo había sido invitado a presentar mi primera novela, Verano rojo (Editorial Costa Rica 2010), que fue traducida por Roland Faye y publicada por l’Aube como Été rouge a fines del 2014. Las dos charlas en las que participé —ambas con traductores activos, como en las Naciones Unidas— estuvieron completamente llenas. Al hablar con otros autores me decían lo mismo: cuarto lleno, la gente muy entusiasmada. Inclusive había filas de gente esperando antes de cada evento, muchas veces para ir a ver a autores de los que nunca habían escuchado nada, como yo.

Por un lado, fue muy lindo: las cenas, las fiestas y los encuentros. Pasé agradeciéndole a cada organizador que me topaba, feliz de que mi primera novela les hubiera gustado lo suficiente como para invitarme. Más agradecido aún de que algo de la suerte y los esfuerzos de mi traductor la hicieran llegar a una editorial en Francia. En fin, como escritor joven centroamericano, sin duda tenía mucho que agradecer.

A la misma vez, cuando firmaba libros y hablaba con la gente, sentía también un tipo de incomodidad. Varias personas me dijeron que nunca habían conocido a un escritor costarricense, que nunca habían leído nada de ese lado del mundo. Algunos me pedían información sobre mi país, me preguntaban por la actualidad en Costa Rica. En las charlas —una de ellas sobre el tema de las dictaduras, las revoluciones y guerras— me sentía como el variable en el experimento; tratando de cuestionar imágenes sobre Latinoamérica que en verdad no se aplicaban a mi país. ¿Cómo hablar de mi país, entonces?

Mi literatura, que cuestiona la imagen de la “Suiza centroamericana”, trata de explorar y representar una Costa Rica más próxima a la creciente desigualdad, violencia y criminalidad que ha visto el resto del Istmo en los últimos treinta años. El género policiaco ha sido un muy buen medio para intentar esto; algo que empecé en Verano rojo, mi primera novela, y continué en Lluvia del norte, la segunda. A la misma vez, ¿cómo se pueden comparar los 10 asesinatos por 100,000 habitantes en Costa Rica —un crecimiento muy grande en la violencia en los últimos años— con los 66 por 100,000 habitantes de Honduras; con los 61 de El Salvador? No quería glorificar a mi país, pero tampoco quería vilipendiarlo exageradamente.

Especialmente porque, en el contexto de Costa Rica, mi perspectiva es solo una perspectiva de mi país. Hay una pluralidad de escritores, de gran talento y con más trayectoria que la mía, que ya han profundizado en las distintas realidades ticas. Lo mío es la violencia, el crimen, el lado más oscuro de nuestra llamada “modernidad” y “progreso”. ¿Pero acaso es lo único? También soy alguien que vive en Estados Unidos. Mi perspectiva de Costa Rica, ficcionalizada, indudablemente pasa por el lente del que se fue; del que mira desde afuera.

Me sentía como un representante incómodo de la verdad en mi país, para un público que consume Latinoamérica, y la violencia en Latinoamérica, desde Europa. ¿Y qué significaba hablar de crímenes, de violencia en Costa Rica, desde Francia?

Para el escritor de países pequeños o poco representados en la literatura mundial, la participación en eventos así implica siempre una contradicción. Por un lado, puede haber una cierta felicidad y hasta orgullo en representar al país; en poder decir “aquí estamos” o “la literatura tica/centroamericana existe y es importante”. A la misma vez, no se puede salir de representar al país. La literatura de uno necesariamente se convierte en un tipo de alegoría de lo nacional.

Esto no quiere decir, por supuesto, que las personas en Francia no estén conscientes de la profunda heterogeneidad y diversidad de Latinoamérica. De hecho el Festival, que tenía a Latinoamérica como uno de sus enfoques este año, hizo un muy buen trabajo en presentar una variedad de autores y perspectivas latinoamericanas. Inclusive había dos centroamericanos, que ya es mucho decir. Las personas que conocí mostraron gran curiosidad por Costa Rica, por su literatura. Preguntaban, compraban libros, querían conocer más. Mi experiencia fue, en suma, muy positiva.

Sin embargo, en el contexto del mercado global no pude dejar de hacerme preguntas más grandes, especialmente en cómo se representan y consumen países “pequeños” en las bibliotecas de la literatura mundial. Veía la multitud de escritores estadounidenses, canadienses, ingleses, y franceses —los mismos del bote— firmar libros y platicar con el público. Mientras tanto, me preguntaba si ese público esperaría la misma relación entre ellos y su país que esperaban —consciente o inconscientemente— de mí.

Porque el número de escritores de países más “grandes” era, por supuesto, más grande. Había unos quince escritores estadounidenses, por lo menos; una camada que se renueva cada año. Pensé en la diferencia de alguien preguntándole a John Grisham o James Ellroy sobre la actualidad en Estados Unidos. Después pensé en otras cosas: ¿qué tal si en Costa Rica, lo único que supiéramos de Estados Unidos fuera lo que hemos leído en una novela de Michael Connelly? ¿Qué tal si mi única imagen de Francia fuera Madame Bovary?

Suena absurdo, pero solo porque la posición global de estos países nos ha presentado, a lo largo de nuestras vidas, con una multitud de imágenes de ellos. Recordé una charla titulada “El peligro de una sola historia” (está en YouTube), de la escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie. En ella, Adichie discute cuestiones parecidas pero en otro contexto. Específicamente, habla del peligro de que la pluralidad de las historias y la realidad nigeriana —la africana también— sea reducida a una sola historia o realidad en la literatura e imaginario del Occidente. Una historia que además está muy condicionada por una imagen de pobreza, violencia endémica, corrupción y gobiernos anárquicos. Y ahí estaba mi novela en Francia, llena de desigualdad, violencia y creciente criminalidad. Después de todo, ese es el género negro. Yo me preguntaba: ¿qué pensará la gente de mi país después de leerla? ¿Cuándo leerán a otro autor tico?

Antes de cerrar el chinamo, pensé en cuántos otros escritores centroamericanos o de países “pequeños” habrían reflexionando sobre temas parecidos; en otros festivales, en otros lugares del mundo. Pensé otra vez en Adichie, quien en su charla cita a otro escritor nigeriano: Chinua Achebe. Achebe siempre decía que las historias tienen peso, que tienen importancia; muchas historias más importancia aún. Parece obvio, pero en ciertos contextos tal vez no lo sea.

Pensé en todas las dificultades que enfrentan escritores jóvenes y editoriales centroamericanas: la falta de recursos, la resistencia de las librerías más grandes a vender autores locales, la falta de librerías y bibliotecas en las ciudades y la casi inexistencia fuera de las capitales. Encima, lo difícil que es que un libro salga del país, mucho más del continente. Estaba agradecido, feliz de estar ahí. A la misma vez, sentía como si hubiera olvidado decir algo importante. ¿Qué? No sabría decir.

Afuera estaba garuando. El escritor peruano y yo fuimos por nuestras maletas al hotel y, como buenos latinoamericanos estereotípicos, llegamos de últimos, apenas llegamos, al bus del Festival que nos llevaba a la estación del tren. En el bus íbamos casi los mismos de la fiesta en el bote. Imagino que los John Grishams del mundo tendrían su chofer. Mientras cada uno agarraba por su lado frente a la estación, tan diferentes y a la vez con tanto en común, pensé, como Adichie, que nunca existe una sola historia sobre un lugar. Tal vez por eso escribimos, para rescatar algo de esa complejidad inasible del mundo. Es una empresa imposible, por supuesto. Ojalá sigamos sumándole a ella nuestra pluralidad.

Daniel Quiros durante uno de los eventos en el Quais Du Polar 2015, el festival de novela negra de la ciudad de Lyon, el más grande de Europa. / Fotografía del sitio oficial - ©Julien Roche - Quaisdupolar.
 
Daniel Quiros durante uno de los eventos en el Quais Du Polar 2015, el festival de novela negra de la ciudad de Lyon, el más grande de Europa. / Fotografía del sitio oficial - ©Julien Roche - Quaisdupolar.


 

*Daniel Quirós (1979) es costarricense pero reside actualmente en Easton, Pennsylvania. Es autor de la colección de cuentos A los cuatro vientos y las novelas Verano rojo (Premio Nacional Aquileo J. Echeverría) y Lluvia del norte . Su tercera novela, Mazunte, verá la luz este año.

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