El Faro Académico /
¿Quién ordenó matar a Manuel Enrique Araujo?

Cien años después del magnicidio, documentos revelan que diplomáticos de Estados Unidos creían que el autor intelectual del crimen fue el presidente de Guatemala, Manuel Estrada Cabrera.


Fecha inválida
Héctor Lindo

Durante mis investigaciones para un libro sobre el antiimperialismo en El Salvador a principios del siglo XX encontré los documentos que se reproducen a continuación. Se trata de dos cartas secretas que enviaron diplomáticos de Estados Unidos en Centroamérica al Departamento de Estado tras el asesinato en 1913 del presidente salvadoreño Manuel Enrique Araujo. En ellas se maneja la versión de que el crimen fue ordenado por el Presidente de Guatemala, Manuel Estrada Cabrera.

El magnicidio puso punto final a una forma de hacer política en El Salvador. Con gran habilidad, Araujo logró mantener buena comunicación y amistad con pobres y ricos, y parte de su popularidad se debía a que cultivaba el apoyo de artesanos y obreros y velaba por sus intereses. No era raro ver al presidente llegar a las actividades de las sociedades obreras. En 1911 apoyó el Congreso Centroamericano de Obreros y asistió a sus actos. Cuando el mandatario cumplió un año en la presidencia, llegaron a felicitarle varias delegaciones de sociedades de obreros que además organizaron bailes de honor en varios barrios de la capital.

Durante su gobierno, el cónsul en Paris recibió instrucciones de preparar un resumen de la legislación social más moderna vigente en Europa. El interés no se quedaba en informes: el presidente firmó la primera ley laboral moderna de la historia de El Salvador: la Ley de Accidentes de Trabajo de 1911. Pero esto no quería decir que Araujo gobernara en conflicto con las clases pudientes. Su primer ministro de relaciones exteriores fue Francisco Dueñas, quien, junto con su hermano Carlos, lo acompañaba en el Parque Bolívar la tarde de su asesinato.

Cuando el mandatario salvadoreño tuvo que enfrentar uno de los desafíos diplomáticos más importantes de nuestra historia, lo hizo con independencia, valentía y enorme habilidad política. Se trata de la guerra civil en Nicaragua en 1912 y el subsiguiente desembarco de marines de Estados Unidos. El pueblo salvadoreño estaba enardecido ante las acciones estadounidenses, pero El Salvador no podía enemistarse abiertamente con al poder más grande del hemisferio. Al comenzar la guerra civil, Araujo comprendió las graves implicaciones de lo que ocurría en el país hermano y usó todos los medios a su alcance para evitar la invasión, desde esfuerzos de mediación en Nicaragua hasta mensajes directos al Presidente Taft. Todo esto dentro de un ambiente de tensión política interna debido a las grandes manifestaciones populares y publicaciones periodísticas en contra de la política de Estados Unidos.

Sus acciones le merecieron respeto en toda Centroamérica. Maniobró con tanto tino que aunque las autoridades estadounidenses resentían su actuación (como lo indica el tono displicente de la carta del Ministro Heimké que se muestra más abajo), no lo podían acusar de nada impropio y siguieron dispuestas a discutir empréstitos y otras formas de colaboración. Solamente podemos especular qué hubiera ocurrido en nuestra patria si se hubieran enraizado las prácticas políticas que estaba introduciendo Manuel Enrique Araujo.

El asesinato del presidente estremeció a la sociedad salvadoreña y pronto empezaron a circular rumores sobre sus actores intelectuales. Hay varios elementos que dan credibilidad a la versión del asesinato que se presenta en las cartas de los diplomáticos estadounidenses: Estrada Cabrera y Araujo tenían una enemistad profunda y el mandatario guatemalteco había apoyado varios intentos de derrocar a Araujo.

Los funerales del Presidente Manuel Enrique Araujo. Fuente: Ateneo de El Salvador, Libro Araujo (San Salvador: Imprenta Nacional, 1914) p. 115.
 
Los funerales del Presidente Manuel Enrique Araujo. Fuente: Ateneo de El Salvador, Libro Araujo (San Salvador: Imprenta Nacional, 1914) p. 115.

Además, la primera confesión de Mulatillo, uno de los hechores materiales, implicó a Guatemala. Inmediatamente después del asesinato, un comandante de la marina de Estados Unidos dijo incluso tener información fidedigna de que las autoridades salvadoreñas estaban a punto de declarar guerra a Guatemala y si no lo hicieron es porque no creían que pudieran ganar.

Pero la versión de los diplomáticos no es la única. El gobierno señaló como autor intelectual del crimen a Prudencio Alfaro, impenitente conspirador que tenía años de estar participando en intrigas para llegar al poder. Finalmente, hay tradiciones familiares que sugieren que el magnicidio fue una venganza que tenía que ver con asuntos de alcoba. Por lo demás, esta tradición se repite en el seno de más de una familia, testimonio quizás de la intensa vida social del inquieto presidente.

Es difícil que logremos determinar a ciencia cierta quién ordenó el crimen, pero es relevante conocer la hipótesis que manejaban los diplomáticos de Estados Unidos. Ellos tenían entonces, como hoy, especial interés en los intríngulis de la política centroamericana.

* * *

Guatemala, 7 de abril de 1913

CONFIDENCIAL

Excelentísimo

Secretario de Estado,

Washington

Señor:

Tengo el honor de informar, para conocimiento del Departamento, una historia que me ha llegado relacionada con el asesinato del presidente Araujo de El Salvador. Al dar la fuente de mi información, el Departamento podrá juzgar si el informe es digno de credibilidad.

El Sr. William Owen, vice cónsul general de Guatemala, visitó esta Legación y me dijo que se había encontrado en la calle con una señora Soto, esposa de un ex ministro de El Salvador en Guatemala, a quien había conocido en esta ciudad hace muchos años. La Señora Soto le informó que su hermano, el señor Dueños o Dueñas, había sido íntimo amigo del fallecido presidente Araujo, y, de hecho, estaba sentado junto a él en el banco en el momento del asesinato. Ella contó que su hermano le había informado que la confesión original de los asesinos, que habían sido contratados por Guatemala, era cierta, pero que como la administración del presidente Meléndez deseaba a toda costa evitar dificultades con Guatemala, ya que no estaban dispuestos a ir a la guerra, se inventaron la otra historia y las confesiones posteriores, que asignaban la responsabilidad a [Prudencio] Alfaro. Esto quedó demostrado, de acuerdo con lo que le dijo su hermano, con el descubrimiento entre los efectos del difunto presidente de una carta de Alfaro advirtiendo al presidente que se iba a hacer un intento para asesinarlo.

Tengo el honor de ser,

Su atento y seguro servidor,

Hugh R. Wilson

Carta enviada por Hugh R. Wilson al Secretario de Estado de Estados Unidos el 7 de abril de 1913, tras el asesinato del presidente Manuel Enrique Araujo. Página 1 de 2.
 
Carta enviada por Hugh R. Wilson al Secretario de Estado de Estados Unidos el 7 de abril de 1913, tras el asesinato del presidente Manuel Enrique Araujo. Página 1 de 2.

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San Salvador, 17 de mayo 1913

N ° 300

CONFIDENCIAL

Excelentísimo

Secretario de Estado,

Washington

Señor:

Con respecto a la instrucción Nº 128 del Departamento, de fecha 22 recién pasado, (Expediente Nº 816.001 Ar 1/15), que anexa, para la información confidencial de esta Legación, una copia de un despacho por el Encargado de Negocios en la ciudad de Guatemala, que resume el contenido de un informe en relación con el asesinato del presidente Araujo, tengo el honor de manifestar que, por todo lo que parece, la muerte del presidente Araujo ha evocado poca simpatía o interés, y que la mayoría de personas a las que he oído expresar una opinión en relación con el asesinato, no ocultan que mientras menos se hable del presidente Araujo, mejor, ya que se sabía que si hubiera vivido, habría sumido a toda Centroamérica en una guerra fratricida. Naturalmente, hay quienes, como su familia y parientes, y sus amigos personales, que deben lamentar la muerte del presidente Araujo. Cuando digo que por todo lo que parece se han manifestado pocas expresiones de pesar por su muerte, hablo en términos generales. Me asombró hace unos días un informe que dice que se está organizando aquí una Sociedad que tiene por objeto la construcción, en uno de los parques públicos de esta capital, de un monumento en memoria del asesinato del presidente Araujo, incidente que no ocasionó sorpresa ni oposición.

La fuente de información del Encargado de Negocios Wilson sobre el asesinato del presidente Araujo es incuestionable, conozco personalmente al Vice Cónsul General Owen, de Guatemala, a quien conozco como hombre de la más alta probidad. Desafortunadamente, sin embargo, muy pocas personas que conocen a la Señora de Soto estarían dispuestas a poner en juego su reputación por su palabra, ya que, a pesar de que es hija del fallecido presidente Dueñas, de El Salvador, cabeza de una familia muy estimable y respetada, desde hace muchos años ella vive una vida de intriga infame y de vergüenza, de manera que nadie la toma en serio en ningún lugar o en ningún momento. La Señora de Soto tiene tres hermanos, uno de los cuales (Don Miguel) está en Europa, y los otros dos (Francisco y Carlos), residen aquí, y estos señores son hombres de honor. Por lo tanto, si se puede creer lo que le dijo la Señora de Soto al Vice Cónsul General Owen, y dudo que nadie aquí desacreditaría la palabra de ninguno de sus hermanos, entonces parece que el complot para asesinar al presidente Araujo tuvo sus orígenes en Guatemala, que fue la historia que contó el asesino Mulatillo cuando lo capturaron. Son muchos los que dan credibilidad a la historia de que el complot para asesinar a Araujo tuvo su origen en Guatemala, teniendo en cuenta el odio intenso, implacable y sin disimulos que había existido entre el presidente Estrada Cabrera y el presidente Araujo, que habían competido entre sí para proclamarse Jefe Ejecutivo de una Centroamérica unida. Seis de las nueve personas implicadas en el crimen sacrificaron sus vidas; pero la muerte del presidente Araujo se considera aquí como una cosa común del pasado, por la cual ahora se escuchan muy pocos comentarios al respecto.

Tengo el honor de ser, señor,

Su atento y seguro servidor,

Wm. Heimké

Carta enviada por Wm. Heimké al Secretario de Estado de Estados Unidos el 17 de mayo de 1913, tras el asesinato del presidente Manuel Enrique Araujo. Página 2 de 3.
 
Carta enviada por Wm. Heimké al Secretario de Estado de Estados Unidos el 17 de mayo de 1913, tras el asesinato del presidente Manuel Enrique Araujo. Página 2 de 3.

 

*Héctor Lindo Fuentes es profesor de historia en Fordham University.

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