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Opinión

Jesuitas: que la oportunidad de justicia no salga soplada

Benjamín Cuéllar

 
 

En la coyuntura actual, se puso a cero el reloj nacional. Tanto su horaria como su minutero y su segundero estuvieron a punto, listas para comenzar a trocar la historia; para comenzar a corregirle el rumbo al país. Para pasar, pues, de la oscura impunidad a la brillante justicia. Sin embargo, como malacostumbran, el par de cerriles actores políticos de posguerra que le han dado cuerda desde hace casi cinco lustros, siguen y seguirán enfrascados en impedir que avancen esas agujas; necios, quieren imponer cada cual su hora. Nada más que su hora. “Todas las cosas tienen su tiempo”, reza el Eclesiastés. El actual, bien podría y debería ser de cambio sabiendo que “el tiempo perdido, hasta los santos lo lloran”. Hoy, pues, se corre el riesgo de dilapidar –una vez más– otra oportunidad para El Salvador; de desperdiciar un nuevo chance para sacarlo del hoyo profundo en que se encuentra, dolido y jodido.

Lamentable pero cierto, hoy por hoy el territorio nacional es una mesa cuyas patas son el hambre, la sangre, la corrupción y la impunidad. Ahí comen bien, muy bien, y están seguras, muy seguras, las minorías privilegiadas: económicas, políticas, mediáticas, militares y demás. Ahí han estado en sus señoríos, aprovechándose de su viveza y picardía; también del “no se aflijan” institucional, del “podemos hacer lo que sea y qué”. Y así seguirán, según parece. Con las “alertas rojas” en el caso de la masacre de la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas” (UCA), se está ante la posibilidad de darle vuelta a la historia. Pero, como van las cosas, no se aprovechará.

La captura de cuatro militares es, sin duda, un triunfo de las víctimas. De todas las víctimas. “A Dios rogando y con el mazo dando”, se dice. Pero también del trabajo de las organizaciones que iniciaron la querella en el ámbito de la justicia universal allá en España, el 13 de noviembre del 2008, y del apoyo brindado por el Instituto de Derechos Humanos de la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas” (IDHUCA) desde antes de su presentación. Pero son solo cuatro los detenidos, de un total de diecisiete perseguidos. Trece “se hicieron humo”. ¿Por qué? Si “el que nada debe, nada teme”.

Tomás Zárpate Castillo, alias “Sansón”; sargento del Batallón de Reacción Inmediata (BIRI) “Atlacatl”. Procesado a partir de 1990 y declarado inocente en 1991, pese a haberse hecho cargo de su participación en los hechos. Confesó que “les disparó a las dos mujeres que les estaba dando seguridad [Julia Elba y Celina Ramos], no recordando qué cantidad de disparos hizo, pero que sí fue tiro a tiro”. Antonio Ramiro Ávalos Vargas es el otro; alias “Sapo” o “Satanás”, como quieran. También sargento del “Atlacatl”. Igual que su colega anterior, aceptó su actuación criminal. Enfrente, “boca abajo”, estaban tendidos cinco jesuitas en el jardín de su residencia. En voz baja le dijo al soldado Óscar Mariano Amaya Grimaldi, alias “Pilijay”: “Procedamos”. Acto seguido, dispararon a las cabezas y cuerpos de las víctimas; “Pilijay” a tres, con un fusil soviético Ak-47, y “Satanás” a dos.

El tercer detenido hace unos días: Ángel Pérez Vásquez, alias “Saguamura”, cabo del mismo BIRI. Este reveló que un “señor alto”, tras haber observado los cinco cadáveres en el jardín, se regresó al interior de la residencia. Unos militares lo llamaron; no hizo caso y, cuando iba a entrar a una de las habitaciones, le dispararon. Luego, Pérez Vásquez entró a registrar dicha habitación. Agonizando, la víctima “lo agarró de los pies, a lo que él retrocedió y le disparó”.

Finalmente, entre las capturas está la del coronel Guillermo Alfredo Benavides Moreno. El único “pez gordo”. Bueno, ni tanto por dos razones. Era miembro de la “tandona”, como fue conocida la promoción de subtenientes que egresó en 1966 de la Escuela Militar “Capitán general Gerardo Barrios”; entre ellos se encontraba René Emilio Ponce y cuatro oficiales más acusados como autores mediatos de la masacre en la universidad jesuita. Pero Benavides no era de los “guerreros”; hay quien lo calificó como “ajeno a eso de la guerra”. Un “botas virgas”, como les decían a los oficiales sin mayor experiencia operativa.

Además, Benavides Moreno no debe considerarse entre los “gruesos” pues más bien fue y sigue siendo –con su reciente arresto– el “chivo expiatorio” por excelencia en la conspiración para garantizar el encubrimiento y la impunidad a los “grandes” de verdad. No le aparece un “alias”, pero ese sería el más indicado. Lo fue cuando lo condenaron en 1991 por el asesinato de Ignacio Ellacuría y siete personas más, pese a que solo había sido el “mensajero”; el simple transmisor de la orden proveniente del Estado Mayor de la Fuerza Armada de El Salvador y nada más. Tampoco era jefe ordinario de la tropa a la que le comunicó la orden de matar salida del Estado Mayor castrense. Desde su condena en septiembre de 1991 hasta su amnistía en marzo de 1993, “enmudeció” seguro de que saldría “con bien”, cuando también se amnistiaran a sí mismos los cobardes; los otros cobardes. Este sí sabe que “calladito se ve más bonito”.

Vale la pena, acá, parafrasear al quizás mejor jurista y magistrado costarricense: el entrañable, ya fallecido, Rodolfo Piza Escalante. La amnistía es una gracia que se otorga a los valientes; a los que, cuando hacen la guerra, se ciñen a los cánones establecidos por el Derecho internacional humanitario y del Derecho militar. Estas son las “leyes de la guerra”. Quienes mandan a matar población civil no combatiente –como en el caso de las masacres en El Mozote, la UCA y tantas otras– son cobardes y nada más. Para estos, no hay amnistía que valga.

Pero hay quienes los defienden. Más con el hígado que con argumentos bien sustentados, pero los defienden con formulaciones ya conocidas y bastante gastadas. ¡Reabrir heridas! ¡Cortina de humo! ¡Mayor polarización! ¡Caja de Pandora! ¡Cacería de brujas! ¡Persecución política!... Los tres partidos de derecha que gobernaron desde 1962 hasta el 2009, cuando ganó las elecciones el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), se pronunciaron de igual forma y agregaron que se está atentando “contra la letra y [sic] espíritu de los acuerdos de paz firmados en 1992”.

¿Por qué sostienen eso? En el de Chapultepec quedó el compromiso de superar la impunidad. Para ello, las partes decidieron remitir “la consideración y resolución de este punto a la Comisión de la Verdad”, a partir de un principio: “que hechos de esa naturaleza, independientemente del sector al que pertenecieren sus autores deben ser objeto de la actuación ejemplarizante de los tribunales de justicia, a fin de que se aplique a quienes resulten responsables las sanciones contempladas por la ley”. Ciertamente, “no hay cosa más difícil que conocer a un necio si es callado”. Suerte, pues, que estos hablan.

A las citadas necedades, se han sumado otras entre las cuales destacan dos por primarias y patéticas: que lo ocurrido en la UCA el 16 de noviembre son “simples homicidios” y no crímenes contra la humanidad; y que las órdenes de captura internacionales, consumadas o no, son “ajusticiamientos civiles”. “¡No me defienda, compadre!”. Par de absurdos, entendibles tan solo por venir de quienes vienen. Los voceros más visibles de los imputados: el abogado Lisandro Quintanilla y el general Mauricio Vargas.

Asimismo, los “prófugos” ya se pronunciaron advirtiendo que “tomarán medidas”. A eso le llaman querer “asustar con el petate del muerto”. En la vecina Guatemala, parte del “triángulo norte” centroamericano junto con Honduras y El Salvador, se han sentado y se siguen sentando en el “banquillo de los acusados” tanto soldados desconocidos como conocidos generales, llámense Lucas García, Ríos Montt y Pérez Molina, además de otros oficiales de menor graduación.

La chapina “Fundación contra el terrorismo” lanzó y mantiene, en respuesta, una campaña de denuncias en los medios y en los tribunales contra la anterior Fiscal General y la actual: Claudia Paz y Thelma Aldana, respectivamente. En la colada también han caído el Fiscal de Derechos Humanos, jueces que han actuado con independencia, defensores y defensoras de derechos humanos. No sería raro que pronto surgiera una versión guanaca de esa iniciativa con ese nombre u otro parecido, pero con el mismo fin: intimidar a las víctimas y a quienes las acompañan en su lucha por la verdad, la justicia y la reparación integral.

Y el comandante general de la Fuerza Armada, presidente de la República y antiguo miembro de la comandancia general insurgente, ¿qué dijo? Que la corporación policial solo los capturó y que es el sistema de justicia el que dirá la última palabra. A los militares escondidos por segunda vez en menos de cinco años, les recomendó entregarse. Y a las víctimas de las atrocidades, se supone que las cometidas por ambos bandos, les envió un mensaje: “Vamos a impulsar una política en el pueblo, para que este tenga espacio para perdonar hechos cometidos en el pasado”. Eso declaró Salvador Sánchez Cerén el recién pasado sábado 6 de enero. También habló de la necesidad de que hubiese verdad y justicia. Por estas dos debió haber empezado, para terminar con lo del perdón que es un asunto personal y muy íntimo.

Así como se han dado las cosas hasta ahora, bien dice el dicho: “No creás en el santo si no ves el milagro”. Las órdenes internacionales de captura a INTERPOL en España y El Salvador, así como a la Dirección General de la Policía Nacional Civil, fueron reiteradas por el juez Eloy Velasco el 4 de enero del presente año. No pasó nada hasta que exactamente un mes después, el 4 de febrero, en Carolina del Norte la juez Kimberly Swank decidió que el coronel Inocente Orlando Montano fuese extraditado a España, por existir “causa probable de que el acusado cometió los delitos de asesinato terrorista”.

Si la justicia estadounidense estableció eso para Montano, lo habría hecho también para los otros imputados. Pero como se encuentran acá, con o sin “soplo” previo –seguramente con– corrieron asustados a esconderse. Y “por los vientos que soplan”… Con todo lo anterior, solo resta señalar que “errar es humano y perdonar es divino”. Si es errada esta exploración hecha, escrita y publicada hoy, sobre lo ocurrido recientemente en torno a la búsqueda de verdad y justicia en el caso de la masacre en la UCA, hay que aspirar al “divino” perdón de la “noble afición” tras reconocer lo primero. Pero se vale pensar mal… porque “la mula no era arisca, los golpes la hicieron”.

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