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De cómo el arcoíris se tomó la calle y las plazas de San Salvador

La comunidad LGBTI salvadoreña organiza desde 1997 marchas que desafían la homofobia imperante. Son pasos simbólicos, actos políticos, para reclamar derechos y cambiar una cultura que acepta como normal insultar, agredir físicamente, negar igualdad jurídica y humillar a sus miembros, y que se resiste a aceptar estilos de vida diversos.

Amaral Gómez-Arévalo

 
 

Primera Marcha del Orgullo Gay celebrada en San Salvador, en 1997. Foto cortesía de AMATE El Salvador.
 
Primera Marcha del Orgullo Gay celebrada en San Salvador, en 1997. Foto cortesía de AMATE El Salvador.

En 1997 se realizó en El Salvador la primera manifestación política de personas lesbianas, gay, bisexuales y trans (LGBT), denominada Marcha del Orgullo Gay. Asistieron alrededor de 200 personas. Fue un acto político, de protesta y de resistencia, que ha sido poco conocido en El Salvador y fuera de sus fronteras.

El movimiento organizado LGBT nace en El Salvador en la postguerra. Los Acuerdos de Paz entre las partes del conflicto armado se firmaron el 16 de enero de 1992. Con estos acuerdos se dieron por finalizados doce años de cruel guerra con un saldo de 75,000 muertes de personas no relacionadas a los bandos en contienda y una enorme diáspora salvadoreña. En ese inicio del periodo de postguerra, un grupo de travestis y hombres gay comienzan a reunirse para enfrentar la epidemia del VIH. En ese colectivo se origina la primera organización LGBT de El Salvador, la Asociación Salvadoreña de Derechos Humanos “Entre Amigos”, que a su vez organiza la primera marcha de reivindicación política de las personas LGBT.

Joaquín Cáceres, miembro fundador de “Entre Amigos”, recuerda aquella primera Marcha del Orgullo Gay, designada así bajo los preceptos internacionales de aquel entonces y celebrada en junio de 1997. “Entre Amigos” convocó a la comunidad LGBT alrededor del recuerdo de la una masacre de travestis cometida por el ejército en el año 1984, aunque existen hay versiones que indican que la masacre pudo haber ocurrido en octubre de 1980.

Así en esta misma actividad se unen acontecimientos internacionales con la connotación propia de la historia reciente de El Salvador respecto a las minorías sexuales invisibilizadas. Ésta es una de las características principales que va adquiriendo la Marcha: un mensaje explícito de reivindicaciones políticas, pero que de forma paralela adquiere otros sentidos de expresión y construcción de identidad para sus participantes.

Aquella primera Marcha partió del parque Cuscatlán y terminó en la Plaza Francisco Morazán, próxima al lugar de la masacre. Es un recorrido, además, tradicional en las protestas de diversos movimientos sociales en demanda al Estado de respeto a los Derechos Humanos, como por ejemplo la gran manifestación unitaria convocada por la Coordinadora Revolucionara de Masas el 22 de Enero de 1980, que se estima que reunió a 300,000 personas.

En una sociedad en la que la negación de derechos y la violencia tanto física como simbólica contra personas LGBTI es una costumbre social, cultural y política, la marcha logró convocar a casi 200 personas, para sorpresa de los propios organizadores que esperaban a entre 20 y 50 participantes. Aunque no contó con la autorización de la municipalidad, la manifestación sí tuvo apoyo logístico de la reciencreada —apenas tres años antes— Policía Nacional Civil (PNC), que desvió el tráfico durante todo el trayecto. Quienes marcharon recuerdan las expresiones de sorpresa de los vecinos de San Salvador que vieron la marcha pasar, pero especialmente que, al ingresar en las calles del Centro Histórico, dominadas por el mercado informal ya en ese entonces, los participantes en la marcha fueron aplaudidos y ovacionados por hombres y mujeres, comerciantes informales y ambulantes. Al final del recorrido se realizó un acto político-simbólico de reivindicación de Derechos.

Desde 1997 hasta 2009 “Entre Amigos” comandó el desarrollo de la Marcha. En ese periodo los locales de socialización de la comunidad LGBTI aumentaron en San Salvador y se comenzó a desplegar un puente de unión entre el movimiento y los comercios LGBTI para la realización conjunta de la Marcha.

Políticos alimentaron la marcha

En el año 2009, en el contexto de la discusión de una posible ratificación de reformas constitucionales que intentaban cerrar la posibilidad de que personas del mismo sexo pudieran tener acceso a la unión civil y la adopción, se formó la Alianza por la Diversidad Sexual, un movimiento unificado de las diferentes organizaciones LGBTI, organizaciones de prevención del VIH-SIDA y activistas independientes, destinado a confrontar e impedir la ratificación de esas reformas.

En medio de esta lucha política, de un aumento desproporcionado de crímenes de odio y de amenazas de bomba contra la realización de la marcha, la Asociación “Entre Amigos” hizo un traspaso simbólico del liderazgo de la organización de la marcha a la Alianza por la Diversidad Sexual. Será la primera vez que, pese a todas las dificultades, la otrora Marcha del Orgullo Gay saldrá a las calles de San Salvador con su nuevo nombre: Marcha por la Diversidad Sexual, asumiendo el lema El Salvador inclusivo y diverso para manifestarse en contra de las pretendidas reformas. En medio de esa lucha política la actividad tuvo, pocas semanas después de que hubiera tomado posesión el primer gobierno de izquierda en el país, una participación de un aproximado de 3,000 personas.

A partir de 2010 se creó el Comité 28 de Junio, integrado por diversas organizaciones, comercios y activistas independientes LGBTI que se encargan de organizar la marcha. La apertura política tras la victoria del FMLN en 2009 propicia una nueva dinámica de organización, cualificación y desarrollo. Una de las características de este periodo es el incremento de participantes, que llegan a 7,000 en 2014 y se estiman en 6,000 en 2015, según los organizadores.

Al igual que todos los movimientos sociales que han existido en la historia reciente de El Salvador, para emitir sus pronunciamientos políticos el movimiento LGBTI recurre a las plazas públicas, el mismo espacio institucionalizado para que los gobernantes emitan sus discursos. Con el hecho de ocuparlas, los movimientos sociales asumen la posición del gobernante para emitir su palabra y dejar constancia de sus demandas de las más diversas órdenes.

En tal sentido, la ocupación de las plazas públicas con la disrupción discursiva de cuerpos de hombres y mujeres que manifiestan formas diferentes de relacionarse, de sexualidad y de género, por lo menos una vez en al año exige a la sociedad heterenormativa el reconocimiento y aceptación de estilos de vida diversos, pero no menos normales que el patrón binario heterosexual.

Esta proclama de respecto a la sexualidad diversa se ha realizado en espacios simbólicos públicos como el Redondel de la Constitución (La Chulona), la Plaza Morazán, la Plaza Gerardo Barrios, el pórtico del Palacio Nacional o el Monumento a El Salvador del Mundo. Pero antes de llegar a las plazas para emitir las proclamas, los y las participantes de las marchas ocupan la calle, y es necesario describir la importancia de la ocupación de la calle y su significado para el movimiento LGBTI.

Cuerpos de la calle

La calle siempre ha sido el lugar público por excelencia, donde todos tienen el derecho de estar y la obligación de respetar al otro. No obstante, para las personas LGBTI la calle es un espacio de exclusión, discriminación, persecución y muerte. Cuando se manifiesta un modo de comportarse diferente a lo que la norma binaria exige a los cuerpos de hombres y mujeres, al que ultrapasa o se encuentra en la frontera de lo “correctamente permitido” para un hombre o una mujer, la colectividad heteronormatizada utiliza la homofobia en diversos grados para amedrentar, estigmatizar, discriminar, lastimar, herir hasta asesinar a cualquier persona LGBTI que demuestre públicamente en la calle su orientación sexual, sus deseos, su expresión o identidad de género.

Así, el ocupar la calle en un acto político de reivindicación de Derechos, el sentimiento de temor internalizado por las personas LGBTI, por el odio y la ignorancia que la homofobia promueve por medio de las ofensas verbales, miradas desconfiadas, gestos desaprobadores y las actitudes negativas como mecanismos de control, se ve superado por la acción colectiva. Manifestarse en la calle se vuelve una acción revolucionaria pacífica contra la heteronormatividad, que al mismo tiempo visibiliza la existencia de personas LGBTI y su demanda de respeto por su forma de vida. La calle se transforma, aunque sea por unas cuantas de horas, en una aliada y no en una enemiga de las personas LGBTI.

Al interior de las personas LGBTI en El Salvador, por las difíciles condiciones de vida, se abren espacios vacuos de no pertenencia a su familia, su comunidad, a la sociedad y en general a todo el país. No obstante, un día al año esta situación se olvida y se promueve la transformación de los patrones heterosexitas normativos hegemónicos por medio de la realización de la Marcha por la Diversidad Sexual.

Por medio del desarrollo de la Marchas y otras actividades de organización, en este momento existe una visibilidad de la población LGBTI. En las marchas, aunque no sea parte de sus objetivos explicitos, sus participantes llegan a reproducir representaciones de género y expresiones culturales tradicionales —fiestas patronales, los viejos de agosto, cachiporristas, bailes folclóricos, una peregrinación religiosa de santos...— mezcladas con representaciones del movimiento LGBTI internacional como los angels, las rainbow flags, la música electrónica los gogo boys y el pridefest.

Las personas LGBTI, que día a día conviven con la gramática cultural de la violencia contra sus deseos, identidades y expresiones de género, encuentran en la Marcha por la Diversidad Sexual una palestra en la que el sujeto político LGBTI atraviesa diferentes momentos, que inician en la asimilación de patrones culturales tradicionales y muchas veces conservadores, pero que al ser simbolizados por personas LGBTI se transforman en una acción simbólica de resistencia a lo tradicional y conservador de la sociedad, y en una resignificación de la cultura salvadoreña.

Para finalizar, las personas LGBTI en la marcha demandan el reconocimiento como sujetos, como cuerpos, como individuos, como ciudadanos que, independiente de sus prácticas sexuales, deseos, identidades y expresiones de género, son seres humanos a los que se debe garantizar el libre ejercicio de sus derechos. La marcha tiene un sentido político de reivindicación del sujeto sobre su cuerpo y su sexualidad, que se mixtura con representaciones de género y expresiones culturales tradicionales, las cuales manifiestan en todo momento, en al contrario de las perspectivas conservadoras, la identidad salvadoreña de las personas LGBTI que demanda reconocimiento.

 

*Amaral Gómez-Arévalo es analista de la plataforma O Istmo, Instituto de Estudos da América Latina, Universidade Federal de Pernambuco. Esta entrega se basa en su artículo Gómez Arévalo, A. P. (2015): “La Marcha por la Diversidad Sexual en El Salvador ¿Continuidad o Ruptura?, en Realis, Vol. 5, N° 2, p. 51-74.

Marcha por la Diversidad Sexual de 2015, a su llegada a la Plaza de Las Américas o del Salvador del Mundo.
 
Marcha por la Diversidad Sexual de 2015, a su llegada a la Plaza de Las Américas o del Salvador del Mundo.

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