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Nicaragua: el fin de la poesía

 
 

¿Para qué ha de servir la poesía revolucionaria? –se preguntó Roque Dalton– ¿Para hacer poetas o para hacer la revolución? Roque ya estaba muerto cuando la respuesta llegó, en Managua, en 1979: para que los poetas hagan la revolución y para que la revolución haga poetas. Porque la sandinista fue una revolución de poetas. Un parnaso donde oficiaban Ernesto Cardenal, Mejía Godoy, Sergio Ramírez, Gioconda Belli, Rosario Murillo (Sí, Rosario Murillo. Poeta). Escritores, periodistas, cantautores... Hasta Daniel Ortega tuvo su paso por la poesía y más de alguno de sus poemas mereció el reconocimiento de escritores como Salman Rushdie.

A Rushdie, que hizo una visita de turismo cultural en 1986, Ortega le confesó: “Todo nicaragüense es un poeta hasta que demuestre lo contrario”.

Los sandinistas escribieron una de las páginas más poéticas de la historia centroamericana: derrocaron al dictador Anastasio Somoza, resistieron a Estados Unidos y a la Contra que financiaban, y comenzaron la participación colectiva en la construcción de una utopía. De todos los movimientos revolucionarios que nacieron inspirados por los barbudos cubanos, el sandinista fue el único que triunfó.

La revolución duró apenas una década. El distanciamiento con el pueblo que el poder generó en los comandantes, aunado a las ambiciones de algunos y el desorden administrativo de otros, más el desgaste de la guerra de los contras y la caída del Muro de Berlín, llevaron a su derrota electoral en 1989. Antes de irse, Daniel Ortega distribuyó entre amigos y parientes algunas de las mansiones, ranchos de playa y tierras que la revolución había confiscado. Ese evento, conocido como “la Piñata”, marcó la muerte del proyecto revolucionario.

La bandera sandinista sobrevivió monopolizada por Ortega. La mayoría de escritores e intelectuales que nutrieron la revolución abandonaron el partido, porque solo servía de sombra al comandante y a su compañera, Rosario Murillo.

Ortega ha sido, desde 1984, el único candidato presidencial del Frente Sandinista. Perdió contra los liberales Violeta Barrios, Arnoldo Alemán y Enrique Bolaños. Cuando, bajo el gobierno de este último, los tribunales nicaragüenses juzgaron y condenaron a Alemán por corrupción, Ortega se alió con el corrupto y dividió a los liberales. Así recuperó la presidencia.

Después modificó la Constitución para poderse reelegir y lo hizo una vez más para poder hacerlo indefinidamente. Convirtió el Frente Sandinista en el partido de Estado, imponiendo jueces, descalificando a rivales, haciéndose del control de los tres poderes del Estado. Cuidándose a tal grado de que nadie le haga sombra que, aún hoy, la mayoría de los nicaragüenses no sabe quién es el tercero al mando del partido, después del comandante y la compañera.

Puso a sus hijos al frente de inversiones públicas y privadas, a controlar medios de comunicación y, en un gesto digno de un dictador africano en un país igual de pobre, mandó traer desde Italia el festival de Puccini, para que su hijo Laureano, un aspirante a cantante de ópera, pudiera lucirse en un escenario de altura. En eso va hoy la revolución sandinista.

Por eso no sorprendió a nadie que Ortega, después de eliminar por decreto a sus opositores, nombrara a su esposa, Rosario Murillo, como su compañera de fórmula. Ella lleva a cabo la mayor parte de las tareas gubernamentales de su esposo, cansado y enfermo. Ha sido durante los últimos años su jefe de gabinete y la vocera oficial del gobierno. Se encarga de la mayor parte de la administración pública y, en su obsesión por controlarlo todo, dispone hasta de tareas municipales. Ni sus críticos más acérrimos le niegan una extraordinaria capacidad de trabajo. Pero hasta ahora, la compañera Murillo era, oficialmente, la primera dama.

La semana pasada, cuando el matrimonio presidencial se presentó ante el Consejo Electoral a inscribir la fórmula, Ortega dijo que lo hacía para reafirmar su compromiso de mantener al menos la mitad del aparato público nicaragüense en manos de mujeres. “Y para ser consecuentes con este compromiso se hablaba, bueno, ¿quién va a asumir la vicepresidencia? Ahí no podíamos dudar que tenía que ser una mujer, y quién mejor que la compañera que ha realizado ya una labor puesta a prueba, con mucha eficiencia, con mucha efectividad, con mucha disciplina, con mucho sacrificio, ¡sin horario!”

Si Murillo se convierte en vicepresidenta, será la sucesora inmediata de su marido. Si algo le sucede al comandante de 70 años, cada vez más visiblemente enfermo y con escasas apariciones públicas, la familia seguirá controlando el aparato del Estado. El matrimonio controla ahora los tres poderes del Estado, más el Consejo Electoral, la Policía y el Ejército. Hace unas semanas, el presidente rechazó a observadores electorales mientras la Corte Suprema declaraba ilegítimo el liderazgo del Partido Liberal Independiente, su mayor rival, y ordenaba entregar el partido a aliados de Ortega. Ahora, el comandante es el único candidato presidencial con opciones reales de triunfo. Y para que a nadie quepan dudas, el Congreso de mayoría sandinista destituyó hace un par de semanas a 28 diputados opositores.

El comandante aprendió las lecciones de los días del gobierno revolucionario. Olvidó la utopía y la poesía, y aprendió a hacer política inescrupulosa. Se alió con el enemigo de la revolución, el cardenal Obando y Bravo; y con los grandes empresarios centroamericanos (los mayores empresarios salvadoreños, que aquí advierten todos los días que el FMLN es enemigo de la democracia, son aliados de Ortega y hacen jugosos negocios en Nicaragua). Y la alianza la hizo basado en un principio pragmático: ustedes hacen negocios (conmigo); guían nuestra moral (a través de mí y de mi esposa) y me dejan a mí la política, que incluye volcar a todo el aparato público a hacer propaganda electoral y copar las instituciones del Estado de las banderas sandinistas.

El comandante es hoy la cabeza de un régimen que se parece más al de Somoza que a la sociedad utópica para el nuevo hombre que prometía la revolución. Ha destruido la oposición; persigue a sus críticos; ha pervertido el sistema judicial; expulsado a activistas y diplomáticos extranjeros y modificado la Constitución a su antojo. A través de los programas Alba financiados por Venezuela, de cuyas finanzas no rinde cuentas, controla ahora gran parte de la economía nicaragüense. Sus cómplices, los empresarios centroamericanos, juegan al ciego que no ve sus excesos familiares y sus políticas autoritarias. Obando y Bravo, el cardenal retirado que aparece purpúreo y sonriente en todos los eventos de los Ortega, ha sido nombrado prócer de Nicaragua. Prócer.

Si Ortega gana las elecciones de noviembre, y todo parece indicar que lo hará, podrá permanecer más años seguidos en el poder de los que se mantuvo el último de los Somoza, y acumulando más poder que el dictador. Y, como el primer Somoza, quiere que el poder se convierta en una dinastía familiar. Si los Somoza fueron instalados y apadrinados por Estados Unidos (en Washington se atribuye al presidente Roosevelt esta frase sobre el abuelo Somoza: “Puede ser un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”), los Ortega han contado con el petróleo venezolano y las inversiones de China y Rusia. En todas esas inversiones aparecen siempre su hijos.

En noviembre, además de presidente, los nicaragüenses elegirán también a alcaldes y congresistas. Eliminada la oposición, el Frente Sandinista obtendrá más control, en un sistema de partido único disfrazado de democracia.

¿Pero acaso no era la revolución un sistema de partido único también en la que el directorio sandinista dictaba todas las reglas del juego? ¿Qué hay de diferencia con esto? “Para empezar, la Guerra Fría ya terminó hace décadas”, me dijo hace poco la escritora Gioconda Belli, que también fue revolucionaria (y en cuya casa, en San José, vivía Rosario Murillo cuando conoció a Ortega). “Pero, sobre todo, que nosotros trabajábamos por un sueño. Creíamos que estábamos construyendo una sociedad más justa, un mundo nuevo. Podés pensar que era muy romántico, pero eso era lo que creíamos. Estábamos dispuestos a sacrificarnos por un ideal. Pero esos ideales ya no están. Daniel acabó con el sandinismo. Lo que tenemos ahora es orteguismo”.

Murillo ya no es poeta. Ni siquiera cuando juega ese papel y escribe sus terribles panegíricos destinados a la demagogia y la política. A principios de este año, acuerpada por todos los focos del oficialismo, recitó una oda a Sandino y Rubén Darío que solo es memorable por mala. Un desfile cursi de clichés aturronados. La poeta murió con la revolución. El orteguismo la hizo burócrata.

Ya no quedan en Nicaragua tantos poetas como presumían hace treinta años. Si los tuvieran, sabrían que el sandinismo ya no tiene poesía. Ni revolución. Que hoy es apenas un negocio, un gran negocio familiar.

El martes de la semana pasada, la primera dama salió sonriente de la inscripción de su candidatura. Vestida con un chal rosa flamingo y con el cuello cubierto por collares de cuentas de maderas de colores, tomó el micrófono para hablar a unas decenas de jóvenes uniformadas de jeans y camisetas blancas que aplaudían cada paso de la pareja presidencial. Dijo algunas palabras: “Las mujeres en Nicaragua somos penconas, somos luchadoras, batalladoras y, en la medida en que más mujeres y más mujeres están presentes en los espacios de liderazgo, económico, social, político, promovemos más liderazgo de mujeres, porque sabemos que nos identificamos con mujeres que pueden, y todas nos sentimos capaces; sabemos que también podemos, y vamos llegando… Ahora, recordemos también, para nosotras es muy importante que, en un día como hoy, que el Frente Sandinista inscribe una fórmula de presidente y vicepresidente con el 50 %, recordar que la revolución popular sandinista, que la lucha revolucionaria, es la que permite que en Nicaragua se reconozca el liderazgo y la capacidad de las mujeres.”

Después sonrió en grande, saludó uno por uno a los asistentes y se fue de la mano de su marido cansado.

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