Vivir en una marginal

 
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La comunidad Las Palmas está ubicada en la exfinca San Benito, un terreno que para 1910 era propiedad del Estado y el cual era utilizado con fines agrícolas por los sacerdotes somascos del Instituto Emiliani, ayudados por un colono y su familia de cinco miembros. Cuando los sacerdotes dejaron de utilizar el terreno llegaron amigos y familiares de los colonos, que trabajaban cortando café en fincas vecinas. Luego llegaron personas a trabajar a la ex-pedrera "La Lechuza" que posteriormente se convirtió en la fabrica de tubos de cemento del Ministerio de Obras Públicas.  Este rubro demandó mucha mano de obra, y los nuevos trabajadores de la fábrica se ubicaron también en la ex finca somasca. Para los años 40 ya habitaban la finca 257 familias y una década después ya había 918. En la actualidad, Las Palmas está habitada por aproximadamente 1,500 familias de escasos recursos y terminó enclavada en medio de la colonia San Benito, una de las más exclusivas de la capital, y a espaldas de la Zona Rosa, ícono de la vida noctura: un paseo lleno de bares, discotecas y restaurantes desde los cuáles es casi imposible notar la existencia de Las Palmas.  Desde la década de los noventa, la comunidad ha llevado el peso del estigma con el que cargan casi todas las comunidades empobrecidas de San Salvador: la fama de lugar peligroso y que irradia su peligrosidad a las colonias circundantes. La pandilla Barrio 18 se hizo fuerte en esta comunidad; algunos de sus más poderosos líderes nacieron y se hicieron pandilleros en Las Palmas. Aunque solo una muy pequeña minoría de habitantes de la comunidad es miembro de la 18 o tiene alguna relación con la pandilla, todos deben asumir las consecuencias de estar marcados con ese signo. Para sus habitantes, circular por territorios controlados por pandillas enemigas implica un riesgo mortal, al igual que el hecho de gozar de buenas relaciones con la policía; es demasiado frecuente que los jóvenes sean rechazados cuando aplican a un trabajo, por el simple hecho de vivir en Las Palmas, y la Policía suele tratarlos como sospechosos de nacimiento.  Desde hace cinco meses, El Faro ha retratado la cotidianidad de una de las comunidades más estigmatizadas del país con el objetivo de mostrar cómo es el día a día de quienes tienen que vivir marcados por la sociedad y atemorizados por el violento poder de una pandilla.

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