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Tapadas y encerradas

 
 

Hace unas semanas estuve con mi familia en Jerusalén. Llegamos en pleno verano y la temperatura sobrepasaba los 35 grados. Los amigos alemanes que visitamos viven en uno de los barrios palestinos de la ciudad, donde la mayoría de habitantes son musulmanes. Nuestra anfitriona nos ofreció dar un paseo para conocer el entorno y explicarnos un poco la vida vecinal. Presurosa me cambié la ropa del viaje y me puse un vestido de “pititas” liviano y floreado que llegaba justo sobre mis rodillas y arriba se ajustaba amarrando las dos “pititas” detrás de mi cuello. Cuando mi amiga me vio, frunció los labios y como con vergüenza me dijo que así no podía salir, que la gente se sentiría muy ofendida si caminaba con los hombros al aire. Lo correctísimo hubiera sido además tapar mis rodillas, pero mi vestido no era tan corto así que no habría problema. Regresé a mi cuarto y me cubrí los hombros, espalda y pecho con un chal de esos que usamos en los días de friito en El Salvador. Salimos.

Durante el paseo nuestra amiga nos explicaba muchas cosas, pero me costaba escucharla. De soslayo creía descubrir la mirada ajena escrutándome, las voces que murmuraban sobre mis rodillas descubiertas, eróticas e irrespetuosas. Por un rato deseé ser una de las mujeres que nos encontrábamos en el camino, usar pañuelo en la cabeza y estar cubierta del cuello a los pies para poder moverme con libertad en ese espacio público. Más tarde nuestra amiga me tranquilizó diciéndome que lo más probable es que la gente nos mirara como locos por estar caminando a pleno medio día, bajo el sol abrazador, empujando un cochecito de niño por calles empinadas. Me dijo también que la violencia hacia las mujeres era muy extraña y que su recomendación había sido más para mostrarnos respetuosas con la cultura religiosa de las personas.

Pensé que era mi primera vez fuera del continente americano y Europa y la primera vez que experimentaba la obligación de tapar una parte de mi cuerpo de mujer para no ofender las costumbres culturales-religosas de alguien. Y pronto me percaté de mi arrogancia y mi falta de memoria.

En El Salvador también hay códigos de vestuario e imposición de tipo y forma de ropa para mujeres y hombres. No están escritos en la ley, no se necesita, porque son acuerdos sociales que asumimos y con los que nos auto-disciplinamos para ser aceptados. De cómo nos vestimos depende en gran medida la manera en que se nos mira y se nos trata en sociedad. Para una mujer, la ropa habla, comunica sin palabras lo que se puedo o no se puede hacer con nuestro cuerpo.

Allá en Jerusalén recordé que nunca tuve carro cuando vivía en El Salvador. Cada día tomaba dos buses para ir de mi casa a la oficina y viceversa. Y cada mañana reservaba varios minutos para decidir qué ponerme, qué ropa usar que me hiciera pasar lo más desapercibida posible en el bus a los ojos y manos de hombres que quisieran tocarme. Siempre pantalones y camisas no muy pegadas. Nunca, nunca faldas o vestidos, y mejor zapatos bajos por si me tocaba correr. ¿Dejé de usar vestidos, faldas cortas, bikinis, camisas escotadas? No, pero toda la ropa que dejaba expuestas mis rodillas o más, que podía parecer sexy o atrevida, estaba reservada para espacios privados y cuando podía transportarme en carro. Y a veces ni para esas ocasiones. Recuerdo a un novio que tantas veces me dijo que me cambiara de ropa: “Es que si vas así me obligás a estar toda la noche alerta, me estás obligando a darme duro, porque segurito que un hijo de puta va a querer tocarte y voy a tener que defenderte”. La mayoría de veces hice caso omiso de sus palabras, pero algunas las acepté. Y lo de dar paseos caminando por la ciudad ni siquiera existía para mí. De la casa a la parada o al carro, del carro o la parada para la casa. Y ya está. Los problemas en El Salvador para una mujer deambulando en la vía pública no pasan por ofender al Dios de alguien con sus rodillas y hombros al aire, sino por alguno que podría pensar que la sola presencia de ese cuerpo es una invitación explícita a tocarlo y a usarlo.

En El Salvador nos creemos mujeres libres, al menos en parte, porque no tenemos que usar pañuelos en la cabeza como muchas musulmanas, respiramos aliviadas porque con todo y todo podemos bañarnos semi-desnudas en nuestras playas privadas. Pero la realidad es que somos un país de mujeres tapadas y encerradas.

No tengo nada en contra de que las mujeres usen mucha o poca ropa. No me parece más o menos opresivo un burkini que un bikini. En mi mundo ideal cualquier mujer debería usar lo que le de la regalada gana, taparse o destaparse solo por el simple deseo de hacerlo, de sentirse bien en armonía con sus principios y cómoda consigo misma. La ropa en sí misma no es represiva ni machista, sino los sistemas de miedo y control que nos advierten constantemente de los castigos divinos o terrenales por no vestir como otros dicen que debemos hacerlo.

*Laura Aguirre es estudiante de doctorado en sociología en el Instituto de Estudios Latinoamericanos de la Universidad Libre de Berlín. Su tesis, enmarcada dentro de perspectivas feministas críticas, está enfocada en las mujeres migrantes que trabajan en el comercio sexual de la frontera sur de México. Su trabajo también abarca la sexualidad, el cuerpo, la raza, la identidad y la desigualdad social.

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Diego Murcia

Natasha Reifenberg y Jocelyn Viterna

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