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Malayerba

Gustavo Gorriti

 
 

Hoy cayó uno de los mejores entre nosotros. Javier Valdez, el gran periodista mexicano, fundador del semanario Riodoce, magnífico escritor de la columna semanal, Malayerba, fue asesinado hoy lunes 15 en Culiacán, la ciudad a cuyas trágicas historias dio voz, expresión y narrativa y que ahora, muerto él, vivirá en olvidos adelantados sus desgracias.

Por su valentía, tan grande como su talento, Javier fue galardonado en 2011 con el Premio Internacional por la Libertad de Prensa que confiere el Comité para la Protección de Periodistas en New York. Hoy, Sara Rafsky, que tradujo su discurso en la gala en la que Javier recibió el premio, lo definió con justicia  como “uno de los más valientes y más queridos” entre los bravos periodistas mexicanos de una generación que, dice Rafsky, “despertaron la década pasada para descubrir que se habían convertido en corresponsales de guerra de sus propios” patios, casas y zaguanes. Javier, de quien su traductora dijo que “combinaba la firmeza de los reporteros más endurecidos en la batalla con “el alma elegiaca de un poeta romántico del siglo diecinueve”.

Ese mismo año, 2011, Javier recibió el premio Maria Moors Cabot en nombre del semanario Riodoce, del que él fue uno de los fundadores. En la citación, recibida conjuntamente con el Diario de Juárez, el jurado honró al “Diario de Juárez y Riodoce de Culiacán para dar ánimo a todos aquellos excepcionales periodistas a través de México que desafían a la muerte para cumplir con su trabajo’. Treinta periodistas habían sido asesinados desde el dos mil  entonces. Ahora son 126. Y entre los 30 y los 126 hay una cosa en común: la impunidad que les llena los cementerios. Porque no es el poder del narco, ni la crueldad del sicario estúpido lo que puebla los cementerios. Es la impunidad de un Estado corrompido hasta la médula, incapaz de la más básica protección de sus ciudadanos, incapaz de no ser él mismo criminal.

Javier Valdez en la presentación de su libro,  Los Huérfanos del Narco, en la Feria Internacional del Libro en Guadalajara, México el 27 de noviembre de 2016.  Foto: Hector Gerrero, AFP

Javier Valdez en la presentación de su libro,  Los Huérfanos del Narco, en la Feria Internacional del Libro en Guadalajara, México el 27 de noviembre de 2016.  Foto: Hector Gerrero, AFP

Caminar así desarmado por las calles de una ciudad que no importa cuanto quieras porque igual mata, significaba, como dijo él ante el CPJ el 2011, convertirse en “asesinos de nuestro propio futuro”.

En medio de las muertes de las guerras con fines de lucro, si algo definió a Javier fue su sentido del humor, irónico, sarcástico pero afectuoso. Como sucede en tantas situaciones de opresión y de violencia, el humor mantiene la más básica cordura y enfrenta con irónica levedad desde los llantos hasta los matones.

Para mí, Javier Valdez fue sobre todo un notable escritor. Sus columnas de Malayerba eran cuentos cortos escritos con la compresión, la intensidad veloz y el desenlace noqueador del cuento, como lo quería Cortázar, solo que no eran ficción sino crónica de la vida real que terminaba, una vez si y otra también, en  la muerte joven y menos que gratuita.

He leído hoy sus últimas cinco malayerbas. En todas se acaba muerto. Hay dos o tres escritas como sus mejores columnas. Pero el cocodrilo, el licenciado, el veinticuatro horas, el lavadora: todos mueren malamente. Contar el camino a los infiernos sin perder la voz.

Se dice con razón que la prensa merece una protección especial porque cuando matan a un periodista ciegan la voz de los demás, la memoria de los muchos, la narrativa de sus tragedias. Cuánto más verdad eso con Javier Valdez.

Quienes permiten la impunidad de los crímenes a periodistas son asimismo cómplices de esos asesinatos. Aunque debemos mejorar mucho en cuanto a seguridad y autoprotección, los periodistas tenemos también que hacer que los cómplices de los asesinos paguen el precio de su cobardía y su corrupción.

“Morir” dijo Javier Valdez al CPJ en 2011, “sería parar de escribir”. Y así es. Malayerba ya no saldrá.  Y la gente, hasta que se haga de veras algo, no parará de morir, pero ahora morirán en la oscuridad y además, sin voz que los relate, vivirán en ella.

*Este artículo fue publicado originalmente en IDL-Reporteros de Perú.

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