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El espíritu que decidió contar su historia

“Los mendigos me amaban” de Carlos Henríquez Consalvi, “Santiago”, sobre el inquietante personaje santaneco Ernesto Interiano (1917-1943) mantiene al lector picado y demuestra que la investigación histórica y la literatura pueden amalgamarse para producir goce en quien se deje tentar por este intrincado relato.

Lauri García Dueñas

 
 

Una historia hondamente investigada, sentida y escrita, desde la inteligencia y lo sensorial-espiritual, con giros poéticos y narrativos que invitan a seguir leyendo sin parar la vida de Ernesto Interiano. Así es “Los mendigos me amaban” de Carlos Henríquez Consalvi, “Santiago”, publicada en 2015 por el Museo de la Palabra y la Imagen de El Salvador.

Como lectores, asistimos a la historia de un niño de padre desconocido, en el seno de una familia de la alta sociedad santaneca, que es ignorado por su abuelo materno, don Hilario, durante sus primeros meses de vida, sumido en las caballerizas al fondo de la casa familiar, hasta que, irredento como siempre fue, el bebé Ernesto sale gateando, de su anonimato y de la crítica a su 'inmoral' concepción, para presentarse en el comedor familiar y volverse el nieto y sobrino consentido de la casa y la ciudad.

La historia nos permite conocer El Salvador de la primera mitad del siglo XX, con su moral conservadora, su clasismo recalcitrante y sus revueltas políticas. Y gracias a ella podemos acompañar a nuestro protagonista, un niño-joven-hombre que reniega de la injusticia social y económica y los abusos del poder. Luego de su trágica muerte, “Carmen Bomba, acarreador de sacos en el mercado, famoso por platicar en rima, temerariamente trepa por los pináculos de Catedral, camina sobre el estrecho friso hasta el rosetón, abre los brazos. Lo observan decenas de personas boquiabiertas agolpadas en la plaza. Cuando cesan de repiquetear las campanas, se escucha su voz sonora. ¡Este dieciséis de diciembre de mil novecientos cuarenta y tres quedará tatuado en la memoria de santanecos, han matado al amigo de los ciegos y los mendigos!, ¡carajo! qué mala fecha, ¿quién por nosotros?”.

Su historia está plagada de tragedia, como el mismo lo reconocería, y un azar que no le favorece. Perseguido por todo el país a raíz de un malentendido (fue acusado de asesinar a un mozo que estaba arriba de un árbol cuando él disparó al aire), su fama de pendenciero y mujeriego y las acusaciones en su contra, así como el cúmulo de rencillas personales, lo llevaron a un trágico fin que décadas después lo convertirían en un “hermano” de las causas difíciles cuyas estampas se venden en el centro de San Salvador.

Perseguido por el seseante general Maximiliano Hernández Martínez, quien ordenó la masacre de miles de indígenas en 1932; a Ernesto Interiano, de porte y guapura envidiable, no solo los mendigos lo amaban sino también las mujeres que lo protegieron, amaron y siguieron durante toda su vida.

“Ernesto le hace una seña cariñosa, ella se acuesta a su lado. La abraza, le acaricia el cabello. Ninguno de los dos se percata del frío cuando, uno al otro, se despojan de la última prenda. A través del vitral multicolor, un relámpago ilumina la habitación. Clara Luz puede ver a Ernesto, arrodillado, acercando el rostro hacia sus muslos; los besa una y otra vez. Las flores del café lanzan aromas que envuelven la noche, abrazados giran entre suspiros, bajo las sábanas bucean en las urgencias del deseo. Afuera, vientos huracanados descuajan los árboles, esparcen los granos en los cafetos. Los tanques de agua rechinan en sus cimientos de hierro y las láminas de zinc dan latigazos en el techo de la capilla de la finca”.

El libro, además de su narrativa poética, está acompañado de imágenes documentales y fotografías que complementan la historia que fue investigada por “Santiago” por más de dos décadas, en una serie de casualidades que incluyeron hasta una sesión espiritista donde el espíritu de Interiano escogió a “Santiago” para aparecérsele en un sueño.

Además, la edición de dos mil ejemplares fue cuidada meticulosamente por Tania Primavera Preza y Carmen Álvarez y posee sorpresivos detalles gráficos, a cargo del diseñador Pedro Durán, y un Pop-Up de Katya Salamanca donde un Ernesto Interiano niño, disfrazado de príncipe, nos mira a los ojos sin pena.

La percepción es solo una proyección interior del sujeto, no una verdad. Por eso, para algunos Ernesto Interiano fue un truhán y para otros, un santo.

Hace mucho que no disfrutaba tanto un relato de este calibre y escrito tan poéticamente, en un país asolado por la violencia y la decepción política. “Los mendigos me amaban” te deja con un gran suspiro adentro porque la historia de este hombre es también la nuestra.

 

*Lauri García Dueñas es escritora y periodista salvadoreña. 

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Texto de Elena Salamanca * / Foto de José Carlos Reyes

 

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