Publicidad

Daniel, una víctima del ‘manodurismo’ de baja intensidad

Esta historia no debería ser noticia. Que un joven regrese de visitar a su abuela, en pleno mediodía, y pase cerca de una casa en la que un grupo de policías y soldados está deteniendo a alguien no debería ser noticia. Pero lo es cuando el improvisado interrogatorio se convierte en una sucesión de insultos, maltratos, agresiones físicas y amenazas. Algo habitual en las colonias de extracción más humilde, demasiado habitual, según denuncian distintos organismos que velan por los derechos humanos.

 
 

Foto Víctor Peña.
 
Foto Víctor Peña.

El joven Daniel camina, solo camina solo, y un soldado lo encañona. Es mediodía, casi. Es una colonia de Quezaltepeque, las afueras. Bajomundo. Daniel camina de la casa de su abuela a la de sus padres. Rutina. Daniel camina y al doblar una esquina lo encañonan con un M-16 . “¡Vení!”, le grita el soldado. Daniel duda. Cuarenta metros el uno del otro. Duda si correrse. Daniel no es pandillero ni nada que se le parezca, pero sabe cómo las gasta la autoridad y se teme lo peor.

—¡¡Vení!! –le grita por segunda vez.

Daniel ha oído el primer grito, pero nomás se ha detenido y se hace el loco. Está dudando.

—¡¡¡Que vengás, hijoelagranputa!!!

El soldado aprieta la culata contra su cuerpo y apunta.

Daniel comienza a acercarse, de a poco, el miedo en el cuerpo.

***

“Cuando hablamos de abusos de poder y del uso excesivo de la fuerza, de tortura, de ejecuciones extralegales, de detenciones arbitrarias, de acusaciones sin pruebas, de malos tratos, de amenazas y amedrentamientos, de falta de investigación, no se trata de mostrar algunas anomalías que se han podido dar, sino que más bien pareciera que estamos hablando de modos de hacer y de actuar de una buena parte de los agentes de seguridad del Estado”.

Informe sobre derechos humanos del Servicio Social Pasionista. Junio de 2017.

***

Con el miedo en el cuerpo Daniel camina hacia el soldado que le apunta con un fusil matador. No corre. No trota. Solo camina solo y asustado. Pero al soldado le parece insuficiente. “¡Corré!”, le grita. Unos perros ladran dentro de una casa del pasaje. “¡¡Corré!!”, vuelve a gritarle. Daniel aprovecha la bulla de los chuchos para hacer como que no ha oído. Solo camina.

—¡¡¡Corré!!! –le grita por tercera vez el soldado y mueve los dedos junto al gatillo del M-16.

Daniel aligera, encañonado y muerto de miedo. El soldado da unos pasos también, el fusil enfilado.

Ya están a un par de metros. Daniel alza las manos sobre la cabeza por instinto y las junta. El soldado se las hala tan duro que le truenan los dedos. Lo empuja. Daniel está ahora contra la pared, cabizbajo. El soldado se separa tantito. El M-16 lo perturba todo.

Daniel no sabe por qué está como está. Vive en el pasaje de arriba. Como infinidad de mañanas, ha ido a pasar unas horas con su abuela. Nomás regresaba a su casa, que es la de sus padres. Daniel aún no cumple los 20. Es mediodía, casi. No es pandillero ni nada que se le parezca. Pero ha pasado que en las cuatro cuadras de trayecto se ha topado a lo lejos con un pick-up de policías y soldados que han llegado a detener a alguien. Y ahora está contra la pared, el miedo en el cuerpo. Miedo de verdad.

—¿Sos pandillero? –pregunta el soldado.

—No, nada que ver.

—¿De dónde venís?

—De casa de mi abuela.

El soldado calla por unos segundos. Silencio absoluto por esos segundos. Lo registra con fuerza. Palpa algo en las bolsas de Daniel: una cartera y un teléfono. Se los saca.

—¿Sos pandillero? –replica el soldado.

—No, no soy pandillero.

El soldado le levanta la camisa.

—¿Estás manchado? ¿Tenés tatuajes? Vos sos pandillero, ¿veá?

—No, no soy pandillero.

—¿Y qué volteaste a ver?

—…

—Algo andás vigiando acá, vos sos pandillero.

—Yo para mi casa voy…

—¿Dónde vivís?

—Al otro lado.

—¿¿Dónde vivís??

—Al otro lado.

—¿¿¿¡¡¡Que dónde vivís!!!???

—Al otro lado.

En eso sale de la casa que custodia el soldado alguien con el uniforme azul oscurón de la Policía Nacional Civil. Unos 35 o 40 años. Es la persona al frente del operativo. Apenas ve a Daniel, va por él y le pone una pistola en la cabeza.

***

“Entre las instituciones mayormente denunciadas entre el 23 de septiembre 2016 y el 22 de mayo de 2017 por violar los derechos humanos se encuentra la Policía Nacional Civil, que continúa siendo la más señalada, en 886 ocasiones”.

Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos. Mayo de 2017.

***

El policía pone una pistola en la cabeza a Daniel y lo intimida con la misma pregunta. El soldado se cuelga el M-16 y comienza a hurgar la cartera.

Foto Roberto Valencia.
 
Foto Roberto Valencia.

—¿Sos pandillero? –pregunta el policía.

—No –responde Daniel, muerto de miedo–, no soy pandillero.

—¿Fumás marihuana? ¿Por qué andás los ojos rojos? Sacá la lengua…

Daniel saca la lengua.

—¿No fumás marihuana?

—No.

—¿Y por qué no fumás?

—Nunca me ha gustado eso. Yo voy a la iglesia.

—¿Pero sos pandillero?

—No.

Daniel cabizbajo contra la pared. No mira a sus agresores. El policía y el soldado se apartan un par de metros y se dicen algo, inaudible. Por un instante, Daniel cree que los ha convencido de que se han equivocado y que todo terminará. Pero no. El policía regresa más enfurecido aún. Le coloca la boca de la pistola en la sien con tanta fuerza que Daniel tiene que retorcer su cuello.

—¿Y qué andás haciendo acá en verdad? ¿Dónde vivís?

Daniel ni sabe ya qué responder.

—Revisá su celular –dice el policía al soldado–. Si te encontramos música de pandillas, ¿qué te hago? ¿¿Eh?? ¿¿¿Qué te hago???

***

“Other credible sources indicated that youths suspected to have knowledge of gang activity were mistreated by law enforcement personnel”.

Informe del Departamento de Estado de Estados Unidos. Marzo de 2017.

***

—¿¿¿Qué te hago???

—No me va a hacer nada porque no me va a encontrar nada –dice Daniel en un arrebato que podría haberle salido caro.

—Pero y si te lo encuentro, ¿qué te hago? ¿Te llevo a la delegación? ¿Te vergueio acá?

—No me va a encontrar nada.

El soldado y su M-16 están un par de pasos atrás. Revisa con dedicación la cartera, pero se está echando todo el rollo. El policía es ahora el que lleva palabra en el registro. Pide al soldado que chequee bien el celular. Pero el soldado le responde que tiene contraseña. Daniel se voltea, baja sus brazos en busca de su teléfono. Lo desbloquea dócil. Se lo devuelve al soldado. La pistola vuelve a apuntar a la cabeza. Daniel se voltea de nuevo contra la pared, alza sus brazos, entrelaza sus manos.

***

“Más allá del lujo de la brutalidad con la que han operado los miembros de pandillas, se ha podido observar un procedimiento policial, en suficientes ocasiones, que permite asegurar que los miembros de la Policía Nacional Civil están violando con bastante frecuencia el artículo 5 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos que dice textualmente: ‘Nadie será sometido a torturas ni a penas o tratos crueles, inhumanos o degradantes’”.

Instituto de Derechos Humanos de la Universidad Centroamericana (UCA). Febrero de 2017.

***

La manos entrelazadas, en alto y la mirada al suelo. El soldado trastea el celular en silencio. El policía redunda con el cuestionario básico como examen de primer grado: ¿sos pandillero? ¿Dónde vivís? ¿Qué estabas mirando? La pistola aún apunta la cabeza de Daniel.

En esas están cuando se acerca una señora de unos cincuenta, una vecina del pasaje. Cuando llega a la par, muda y con la mirada en el suelo, el policía baja la pistola hasta el costado de Daniel. La señora pasa como si nada ocurriera. Daniel la conoce, aunque apenas tiene trato con ella. Se voltea con la esperanza de que tercie por él. Pero nada. Ni siquiera dice ‘buenas’. Ver, oír y callar, dicen los otros. Y aplica. La señora se mete en su casa, contigua a la casa en la que están deteniendo a alguien.

El soldado no parece hallar nada que le resulte sospechoso en el teléfono.

—¿Sos mayor de edad? –pregunta el policía.

—Sí.

El soldado vuelve a hurgar la cartera, con mayor detenimiento esta vez. Saca los documentos, se toma unos segundos para leerlos por delante y por detrás.

La pistola del policía sigue firme en la cabeza de Daniel cuando de la casa custodiada sale un grupo de policías y soldados con un joven esposado, las manos en la espalda.

***

“Los reportes de abusos de autoridad o malas prácticas de la Policía Nacional Civil y la Fuerza Armada no son recientes, es decir, no comienzan a darse en el marco de las Medidas Extraordinarias, ni durante la gestión del presidente Sánchez Cerén, sino que son una constante que tiende a agravarse en ciertos contextos, como durante la aplicación de las políticas de mano dura”.

Informe ‘Inseguridad y violencia en El Salvador’, del Servicio Social Pasionista. Enero de 2017.

***

Sacan al joven esposado, las manos en la espalda, y lo depositan sobre la cama de pick-up blanco, nuevo de paquete, sin distintivo alguno ni de la Policía Nacional Civil ni de la Fuerza Armada. Sin decir nada, el policía baja su pistola y se va hacia el carro.

Daniel lo interpreta como una buena señal, se gira levemente y baja sus brazos de puro cansancio. Pero el soldado le golpea duro con la culata del M-16 en las costillas. De nuevo contra la pared.

Pasa un minuto eterno, quizá menos.

Cuando ya están todos en el pick-up blanco, alguien hace una señal al soldado para que suba también. El soldado regresa a Daniel su celular primero, la cartera después.

—Revisala –le dice–, checá que no te he quitado nada... ni te he puesto nada.

—Vaya –alcanza a responder Daniel–, gracias.

—Andate –le dice–, andate que ya no te quiero ver aquí.

Daniel, asustado como nunca antes lo había estado en su vida, da media vuelta y se va.

***

“Cuando usted ve pasar a algún policía, ¿qué tan seguro se siente?
1) Muy seguro 18 %
2) Algo seguro 23 %
3) Poco seguro 30 %
4) Nada seguro 29 %”

Encuesta del Instituto Universitario de Opinión Pública, de la UCA. Junio de 2017.

***

Daniel se va con el miedo en el cuerpo, con la sensación de que le ha salido barato su encuentro casual con las fuerzas de seguridad del Estado salvadoreño, sensación que en los próximos días devendrá convicción. Se lo contará solo a su familia, a sus amigos más cercanos y a un periodista, pero bajo condición de que no se publique su nombre completo ni la fecha ni la colonia exacta de Quezaltepeque en la que ocurrió el registro. Daniel tiene miedo.

“Yo siento –dirá– que si quizá me les hubiera rebelado, a mí me habrían llevado, y ese fue mi miedo en el momento, pero a la vez me puse a pensar en lo que iba a responder, y les colaboré en todo; si no, no sé qué habría pasado”.

Lo que sí pasó: intimidado, vejado, encañonado con un fusil, amenazado con una pistola, zarandeado, golpeado...

Daniel no ha denunciado lo que le pasó ni lo denunciará. Estos maltratos cotidianos del bajomundo quedan registrados por lo general solo en las mentes del maltratado y de los maltratadores.

Foto Víctor Peña.
 
Foto Víctor Peña.

Publicidad
Publicidad

 

Texto Roberto Valencia / Infografía Andrea Burgos

 
 

 CERRAR
Publicidad