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Los gritos de independencia en Guatemala

Miles de manifestantes celebraron las fiestas patrias exigiendo la renuncia de todos los diputados, a los que acusaron de corrupción. Ciento treinta parlamentarios se quedaron encerrados durante nueve horas en el Congreso debido a las protestas, y denunciaron estar secuestrados. Los manifestantes, en su mayoría, eran familias en un pacífico plantón. Hay otro paro convocado para el miércoles. La crisis guatemalteca se traslada a las calles.

 
 

Eran miles los reunidos alrededor del Congreso de Guatemala. Cantaban, gritaban, esperaban a sus diputados para mentarles la madre. Era su fiesta de independencia, celebrada esta vez con mayor fervor, con expresiones de amor patrio más cargadas de emoción que las que se vieron en muchos desfiles oficiales de 15 de septiembre. Cancelado el desfile oficial de este año por el presidente Jimmy Morales, la calle fue toda suya. De la gente.

Rodearon desde el mediodía el palacio legislativo. Una manzana sembrada en las avenidas 8 y 9 y las calles 9 y 10 de la Zona 1. Tapizaron la entrada principal con pancartas exigiendo la renuncia de todos los diputados. La chispa de aquel 2015, cuando las manifestaciones masivas acuerparon la caída del presidente Otto Pérez Molina, prendía otra mecha.

Era un día extraordinario. Y tanto que los diputados llegaron a su trabajo en día de asueto. Necesitaban regresar el tiempo. Dos días antes, por mayoría absoluta, aprobaron enmiendas “urgentes” a la ley, que redujeron los castigos para delitos relacionados con corrupción y financiamiento ilícito de campañas. Modificaron la ley para beneficiar a los corruptos. Probablemente no previeron el rechazo generalizado de organizaciones y gremiales nacionales y de gobiernos extranjeros; o el amparo contra sus decretos admitido por la Corte de Constitucionalidad. Los legisladores celebraban ahora una sesión extraordinaria para derogar lo aprobado y hacer un mea culpa.

Manifestantes bloquearon con una cadena humana el acceso principal del congreso sobre la 9ª avenida alrededor de las 4:00 PM, además fueron bloqueados los otros cincos accesos para evitar que los diputados abandonaran el lugar.
 
Manifestantes bloquearon con una cadena humana el acceso principal del congreso sobre la 9ª avenida alrededor de las 4:00 PM, además fueron bloqueados los otros cincos accesos para evitar que los diputados abandonaran el lugar.

Para ingresar en sus vehículos debieron abrirse paso entre la masa de sus repudiantes. Desde las banderas les lanzaron huevos, agua, de todo. Ingresaron al estacionamiento de la Asamblea, sobre la octava avenida, protegidos por un triple cordón policial. Pero entraron. Los congresistas cayeron en la trampa de la calle: Entrar podían. Votar podían. Salir ya no.

La sesión parlamentaria fue un desfile de arrepentidos. “Les pido disculpas por lo que hice pero no fue de mala fe”, explicaba el diputado Estuardo Galdámez, de pie frente a su curul en el hemiciclo. “Aquí estoy para enmendarlo”. Galdámez, un ex militar y miembro del Frente de Convergencia Nacional del presidente Jimmy Morales, llevó su mea culpa hasta el ridículo. “Soy un socialista moderado”, dijo. Las risas, las burlas, los insultos le llovieron desde el palco de prensa. “Gracias, compañeros”, les respondió.

Su correligionario Marcos Yax imploró a los cielos con una demostración de bagaje bíblico: “Quiero pedir perdón a Dios… Y a Guatemala. Quiero sacar esta paja de mi ojo”. Marleni Matías de la Unidad Nacional de la Esperanza se unió al coro de los lamentos: “Le pido disculpas a Guatemala. No fue un error. Fue con conocimiento de causa y con esa misma cara pido perdón a Guatemala”.

Cesión de palabra tras cesión de palabra, además de las disculpas del caso los diputados se acusaban unos a otros de corrupción, de obedecer a otros intereses, de traficar influencias, de ser pecaminosos, de olvidarse del pueblo. Uno de cada seis diputados en funciones tiene un proceso abierto, la mayoría por actos de corrupción.

El arrepentimiento y la contrición se instalaron en todas las intervenciones. Suficiente penitencia era ya, dijeron algunos, que en sus comunidades los insultaran; que en las redes sociales recibieran tal cantidad de improperios; que ya no pudieran pasearse tranquilos por ningún lado. La terapia grupal continuó hasta que alguien sin micrófono le gritó a la Junta Directiva que procedieran porque ya contaban con los votos. “Yo sé que ya se quieren ir a la playa, pero tengo derecho a hablar”, dijo otro diputado. El presidente de la Asamblea, que ya había aprobado pasar a la votación, le pidió suspender su intervención hasta después. Y votaron: 130 votos a favor y ninguno en contra para archivar los decretos aprobados dos días antes.

El salón legislativo se vació antes de que al diputado paciente le cumplieran la promesa de dejarle hablar. Rápidamente se movieron hacia sus vehículos, pero no pudieron salir.

A las puertas del estacionamiento, sobre la Octava Avenida, la multitud mantenía un ruido a decibeles que sobrepasaban en múltiplos los límites permitidos en el municipio. No bastaba con que los diputados dieran marcha atrás. Para la calle, sus representantes en el Congreso no tenían ya redención posible. Corearon una consigna clara: “No nos vamos hasta que renuncien” que todo mundo entendió como “Aquí nadie se mueve”, porque ninguno de los diputados pensó nunca en renunciar.

La seguridad parlamentaria prohibió la salida de los diputados. Alguien con más serenidad y buen juicio había decidido ya evitar a toda costa un enfrentamiento con los manifestantes.

El día anterior, cuando el presidente Morales anunció la cancelación de la ceremonia de festejos independentistas, argumentó que no podía garantizar la seguridad de los guatemaltecos porque los manifestantes eran personas violentas. Su ministro de Gobernación, Francisco Rivas, solicitó a la misión de Naciones Unidas que monitoreara la protesta para reportar violaciones a los derechos humanos o agresiones de cualquier bando. Todo anunciaba un ambiente muy tenso en los alrededores del congreso. La Procuraduría de Derechos Humanos también envió a una docena de observadores.

Los manifestantes bloquearon los cinco accesos al palacio legislativo. Las pancartas se multiplicaron, las banderas se agitaron y las trompetas y vuvuzelas sonaron más fuerte que en día de estadio. Las consignas también se inspiraron: “Jimmy Morales a los tribunales… Que se vayan estos animales” y de cuando en cuando recurrían al manual de los clásicos: “El pueblo unido…”.

Adentro, el diputado Manuel Conde, del Partido de Avanzada Nacional, iba y venía sobre metro y medio de un pasillo lateral. Lo seguía la mirada atenta de cuatro asistentes. Hablaba por teléfono: “Vamos a necesitar que nos vengan a sacar porque están muy violentos. No podemos salir solos. Al (diputado Fernando Linares) Beltranena le aventaron hasta meados creo yo, está muy fea la cosa… Sí, pero no podemos quedarnos aquí toda la tarde”. Algunos diputados subieron a sus oficinas y cambiaron saco y corbata por camisetas y zapatos deportivos, para salir sin ser reconocidos. No, dijo la seguridad. No pueden salir. Los diputados optaron por denunciar su desesperación en redes sociales. “Estamos secuestrados”, proclamaron.

¿Quiénes eran sus secuestradores? Jóvenes universitarios, profesionales, padres con sus hijos de la mano, abuelas dando la primera lección de civismo a sus nietos. Niños. Músicos, artistas, periodistas que cubrían las protestas y periodistas que protestaban. Madres cargando bebés. Como ya es tradición, la mayoría de los manifestantes vestía prendas con los colores patrios. Celeste, blanco, azul… muchas camisetas de la selección nacional. A fin de cuentas asistían a un festejo de independencia. Los policías que acordonaban el palacio fueron aplaudidos, abrazados. Ninguno llevaba su arma de fuego. El estuche vacío al cinto daba prueba de que tenían uno pero lo habían dejado en otro lado. Solo llevaban una macana, esposas y gas pimienta. Alguien tomó un megáfono y dijo: “Los policías tienen órdenes de no atacar. Están aquí para cuidarnos a nosotros, no a los ladrones de adentro”. Varios agentes sonrieron ruborizados, como cuando un mago desde el escenario llama a alguien entre el público. Una mujer les regaló les regaló claveles blancos. Aquello no era una manifestación violenta. Era un paseo familiar. La protesta más antiprotesta que un salvadoreño pueda imaginar.

María Vargas y su hija Alejandra Vargas protestan frente al congreso de Guatemala. Muchos de los manifestantes asistieron con sus familias para protestar en contra de los diputados. Foto: Fred Ramos
 
María Vargas y su hija Alejandra Vargas protestan frente al congreso de Guatemala. Muchos de los manifestantes asistieron con sus familias para protestar en contra de los diputados. Foto: Fred Ramos

A las de cuatro de la tarde los manifestantes eran ya suficientes como para rodear toda la manzana con una cadena humana. Los diputados no saldrían pronto. Pero aquello, que quedara claro, era una protesta pacífica. Era el ejercicio del legítimo derecho ciudadano a manifestar su rechazo a la corrupción y a la impunidad. Era la expresión del pueblo.

¿Era aquello de verdad el pueblo en las calles? La cantidad de indígenas en la protesta era mínima, a pesar de que la mitad de la población guatemalteca se reconoce como indígena. No. Aquello no era Guatemala. Aquello era la clase media de la ciudad.

Pero era una clase media decidida. No agrederían pero no cederían. Hicieron hincapié en el carácter pacífico de la manifestación. Lo decían a cada instante como si fuera parte de un código de honor, de un pliego petitorio, de un mentís. El mentís al presidente Jimmy Morales, que los acusó de ser tan violentos que el gobierno tuvo que cancelar el desfile de tanques, helicópteros y aviones artillados para no arriesgar a ningún guatemalteco.

La semana comenzó como un bálsamo para el presidente Jimmy Morales. El Congreso votó a favor de mantenerle la inmunidad para no enfrentar las acusaciones en su contra hechas por la CICIG y la Fiscalía, de financiamiento de su campaña con fondos ilícitos. El presidente agradeció a los diputados su “defensa de la soberanía nacional” y asumió la aprobación de los decretos, que incluían reducción de penas para delitos electorales, como una muestra inequívoca del apoyo del congreso y de su fuerza política en el pulso que mantiene con la CICIG y la Fiscalía.

El remedio fue peor que la enfermedad. Si su pulso con la CICIG había mantenido las protestas a raya, la reacción ante los decretos, combinados con una investigación de la revista Nómada en la que revelaba que el mandatario recibía un cheque mensual emitido por el Ejército, lo dejaron en una posición aún peor. Ante la calle y ante la comunidad internacional. El remedio fue peor.

Fue tan descarado el acto parlamentario a favor de la impunidad que él mismo salió públicamente a decir que, si el Congreso le enviaba los decretos, los vetaría. A pesar de que los decretos lo favorecían. Pero esto último no lo dijo. El 15 de septiembre, la gente que no había salido a las calles salió. A pesar de que la protesta era contra el Congreso, a nadie escapaba que detrás de todo esto estaba el presidente Morales también. Por eso llamaron esa votación un "Pacto entre Corruptos", que se convirtió en hashtag para la protesta por las redes sociales.

Adentro los diputados hacían llamadas a las autoridades, exigiendo que los fueran a sacar. Las dirigencias mantenían su retiro en los pisos superiores del edificio. La llanura se paseaba por el piso inferior tramando una fuga imposible. Encerrados y con hambre comenzaron a desesperarse. Afuera, dijeron, había una turba de terroristas, drogados. Afuera.  

Mientras tanto, afuera, entre los dos portones traseros bloqueados por los manifestantes, un grupo de niños jugaba al futbol con una pelota de plástico morada y dos veladoras a manera de postes en cada portería. Los manifestantes que deambulaban por los cinco portones intervenían a su paso con leves pataditas. Unos metros más adelante, en la esquina, se habían instalado ya los puestos de panes; las megahieleras con agua, cerveza, gaseosas…

A la mitad entre los dos portones, pero al otro lado de la calle, un “bar” de centro decidió abrir. Los parroquianos no eran manifestantes, sino comentaristas. Se mantuvieron toda la tarde en su silla, Gallo en mano, viendo pasar a la historia. Con la autoridad que solo son capaces de proyectar los expertos de taberna y los taxistas, discurrían sobre la pertinencia legal de archivar un decreto aprobado; la defensa de la soberanía nacional y lo pícaros que habían sido siempre sus políticos.

Varias de las bandas estudiantiles que tenían programado desfilar por la fiesta independentista salieron por su cuenta, sin la venia oficial. Desfilaron por la paralela séptima avenida y cualquiera que no estuviese al tanto de sus motivos hubiese dado por hecho que eran parte de las festivas manifestaciones. 

Frente a la entrada principal sobre la novena avenida, entre decenas de banderas (algunas manchadas con tinta roja), un joven llamado Alejandro Pineda, miembro de la Batucada del Pueblo y veterano de estas lides desde 2015, tomó el megáfono y proclamó el triunfo popular: Miles de ciudadanos mantenían retenidos pacíficamente a 130 diputados durante más de seis horas. La multitud aplaudió. Sonaron las trompetas, los tambores, los gritos. En algún lado bajo aquel mar de banderas agitándose, casi perdido, sonó un atrevido saxofón.

Media hora después los policías recibieron su cena. La protesta les aplaudió. Los agentes mantuvieron el descanso que sostenían desde que los claveles blancos les hicieron romper la cadena humana y relajar deltoides, tendones, bíceps, tríceps y extensores; abrieron sus cajas de durapax o de cartón y se dieron a la tarea de comer tacos o pizza que encontraron, como si estuvieran en un día de campo. Adentro los diputados hambreaban, pero no pudieron fraguar algún plan para ingresar alimentos. 

Este fue el último de los momentos cumbres de la jornada. El de la mayor ventaja de los que impulsan la lucha contra la impunidad, encarnados en aquellos manifestantes, y los que la resisten, que dos días antes intentaron un golpe audaz a través de aquellos parlamentarios hambrientos. Entre ellos las gremiales empresariales que ya habían logrado que, en las modificaciones a la ley de financiamiento de partidos, el delito de financiamiento no registrado recayera solo en el receptor y no en el que daba el dinero. El viernes, ya derrotados por la reversión de la ley, emitieron comunicados condenando “la retención ilícita” de los diputados. El de la Cámara de la Industria de Guatemala calificaba de “bélicas y conflictivas” las manifestaciones. Evidentemente ninguno de sus miembros había puesto un pie alrededor del palacio donde los policías continuaban cenando frente a los manifestantes. La gremial de los empresarios, el CACIF, también condenó “la retención de las personas y los actos de amedrentamiento que se llevan a cabo en las afueras del Congreso”.

A las 10 de la noche la protesta se había reducido lo suficiente como para prever que el sitio del Congreso no duraría mucho más. Ya casi no había niños ni padres de familia ni manifestantes de la tercera edad. Representantes de los grupos estudiantiles tomaron otra vez el megáfono, pero esta vez frente a la puerta trasera, la del estacionamiento, donde se concentraba la mayor cantidad de personas. “Hemos cumplido con Guatemala, este es un 15 de septiembre como ningún otro desde 1821”, dijo, un poco triunfalista, el joven de la Batucada. Alguien respondió: “No nos vamos hasta que renuncien” y volvió la batucada. ¡No-Nos-Vamos!-¡Hasta-Que-Renuncien!-¡No-Nos-Vamos!…

A las 10:20 un hombre se subió a un árbol sobre la octava avenida, justo frente a la protesta del portón trasero, el del estacionamiento. Desde ahí, con una bandera en la mano derecha, pidió silencio a los presentes.

- “Compañeros, allá adentro hay 130 diputados. Pero de esos hay quince que no votaron por las reformas. ¿Estamos de acuerdo?

-(La multitud en coro) Síiiiiiiiii

-Y esos 15 están con nosotros, ¿verdad?

-Síiiiiii

-Y entre esos está la diputada Nineth Montenegro. ¿Por qué no pedimos que ella salga en representación de los 15?

-… (barullo incomprensible)

Aquí se hizo el primer silencio. Nadie entendió qué tramaba el creativo. Alguien gritó: ¿para qué? Y el hombre respondió desde su rama: Para que ella negocie a nombre de los otros. Los manifestantes comenzaron a intercambiar miradas, inseguros de lo que pasaba. Alguien gritó: No tenemos nada que negociar. Y alguien más: Todos son iguales. Y comenzó otra vez la batucada: ¡No-nos-vamos…!

Momento momento momento insistía el compañero. Pero nadie lo escuchaba. Debajo de él una joven alumbrada por un teléfono pidió silencio otra vez. Más teléfonos la alumbraron. Eran las diez y media de la noche cuando la chica habló. “Compañeros, nos ha llegado información de que los diputados quieren pedir comida. Están pidiendo comida. ¡No les vamos a permitir ingresar comida!”. Y la gente, que ya para entonces era turba, primero intentó corear Noooo hasta que encajó una nueva frase en el ritmo de las consignas: ¡Que-co-man-mierda! ¡Que-co-man-mierda!

Poco después de las once pasó un hombre extraño por el muro lateral del Congreso, sobre la 10ª calle. Se acercó a los policías y les comenzó a tomar fotos y a gritarles sin detener el paso. Parecía un loco agresivo. Era un señuelo. Dos policías con chalecos negros, que ya venían detrás de él, comenzaron a seguirlo. Él apuró el paso y todas las miradas siguieron la escena. Atrás, los policías que cuidaban el muro cerraron la calle mientras todos veían hacia el otro lado. En cuestión de segundos las dos concentraciones, la de los accesos traseros y la de la puerta principal, habían sido efectivamente desconectadas.  Del lado del estacionamiento comenzaron las quejas.

Abajo, frente a la entrada principal, equipos de antimotines dispersaron la manifestación con gases lacrimógenos y empujando con sus escudos. En cuestión de segundos ingresaban por la novena avenida autobuses vacíos y camionetas con más agentes.

Adentro los diputados hacían fila para salir. En cuanto les dieron la señal abordaron los autobuses. En plena huida, cuando el bus arrancó, por una de las ventanas un diputado disparó un spray contra periodistas y manifestantes que atestiguaban la escena. Guatevisión aseguró que era gas pimienta. Esa fue la salida de los diputados, el final del sitio al Congreso. Nueve horas después de haber ingresado al recinto para “enmendar el entuerto”, los diputados eran libres otra vez.

 

Antimotines bloquean el paso de periodistas y manifestantes sobre la 10ª calle mientras que los diputados, atrás, abandonan el congreso en tres buses. Según informo un medio guatemalteco, uno de los diputados tiró gas a manifestantes y periodistas desde la ventana del bus.
 
Antimotines bloquean el paso de periodistas y manifestantes sobre la 10ª calle mientras que los diputados, atrás, abandonan el congreso en tres buses. Según informo un medio guatemalteco, uno de los diputados tiró gas a manifestantes y periodistas desde la ventana del bus.

Para esas horas, varias organizaciones de estudiantes y de la sociedad civil coordinaban las siguientes acciones. Un paro general, convocado para el próximo miércoles, saldrá desde la Universidad San Carlos. Un paro similar al que marcó hace dos años la caída del presidente Otto Pérez.

Al cierre del viernes, las redes sociales guatemaltecas eran un hervidero de injurias contra los diputados. Acompañando las expresiones con el hashtag #PactodeCorruptos, los indignados chapines desarrollaron también su propio concepto de personas nongratas: una lista creciente de comercios, desde restaurantes hasta barberías, se han unido al movimiento. Ninguno de los diputados que aprobaron los decretos serán bienvenidos en sus negocios. Para entonces, el hashtag había cambiado: #YoNoTengoDiputados.

Debido a las protestas, el diputado Orlando Blanco de la UNE ya no pudo comenzar el viernes sus vacaciones programadas en Antigua Guatemala. Llegó el sábado por la mañana y se instaló con su familia en los alrededores de la piscina del hotel Soleil. Todo un veraneante sin camisa, con lentes de sol, calzoneta y sandalias, vio interrumpida su tranquilidad cuando alguien lo reconoció y le gritó ladrón. Otros visitantes le tomaron fotos y las distribuyeron por las redes, acusando al hotel de recibir al diputado. Pasado el mediodía el parlamentario y su familia daban prematuramente fin a su paseo de verano. A su puente del Día de la Independencia.

Vitrina con mensaje de rechazo a la corrupción en el local de Saúl Bistro, ubicado en la 10 avenida 5-49 zona 14 de la ciudad de Guatemala.  Foto: Fred Ramos
 
Vitrina con mensaje de rechazo a la corrupción en el local de Saúl Bistro, ubicado en la 10 avenida 5-49 zona 14 de la ciudad de Guatemala.  Foto: Fred Ramos

 

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