Publicidad

Un tufo insoportable a franquismo

Ramón Lobo

 
 

Lo que sucede en Cataluña nace de un movimiento popular, de abajo a arriba, al que se han sumado los líderes. Ellos no dirigen, solo intentan no quedar descabalgados. Es un movimiento de raíces profundas y muy extendido en toda Cataluña. Mientras que el Gobierno central solo habla de legalidad, la verdadera batalla está en la legitimidad y las percepciones. Pierde en ambas.

El ejercicio de brutalidad policial del 1 de octubre en Cataluña fue una muestra de debilidad extrema del Gobierno de Mariano Rajoy. Acostumbrados a la impunidad, nadie midió el impacto de las imágenes en los medios de comunicación extranjeros. Este gobierno más o menos posfranquista creyó que estaba en los años del orden y mando anteriores a Internet, los teléfonos inteligentes y a las redes sociales.

Los soberanistas han conquistado el relato, tienen una narrativa que vende ilusión: la independencia como solución mágica a todos los problemas. Sea verdad o no, enamora. Enfrente está la antipatía de quien dice siempre “no”, el que insulta, el señor cenizo que exige la rendición de las ideas del otro para iniciar una negociación en la que no cree.

Cataluña será independiente en pocos años si no se produce un cambio radical en Madrid; si no surge un discurso capaz de seducir a una parte importante de los catalanes que podrían aceptar un encaje federal en España. Sería más que un milagro. El PP se escuda en la Constitución como parapeto de su incapacidad de entender la diversidad y la realidad del país que gobierna.

Hay que ser pesimistas. No existe en España una estructura intelectual, una cultura política capaz de alumbrar una solución diferente a la del porrazo, la bravata y el aquí mando yo. El Gobierno central no solo se ha quedado sin discurso, que era el bueno hace unos meses, también carece de actores capaces de proyectar confianza.

Lo peor de esta espiral suicida es que ha reaparecido triunfante la extrema derecha, que siempre ha existido dentro del PP, y que ahora se siente legitimada para cantar el Cara el Sol. Madrid, como otras ciudades, se ha llenado de banderas españolas. La bandera como frontera.

Lo ocurrido el 1 de octubre no fue un referéndum. Carecía de las mínimas garantías de transparencia. El organizador era parte interesada. Más que un resultado presentable, el gobierno catalán, Govern, buscaba dar un paso en su proceso de agitación política. Logró dos objetivos: que la mayoría de la gente pudiera votar y que el Estado central quedara retratado ante la comunidad internacional. La represión fue impropia de un país democrático. El fracaso de Mariano Rajoy es rotundo. Solo por el daño causado a la imagen de España debería dimitir. Es un político irresponsable e inútil.

Pero no se irá, quizá convoque elecciones si cree que puede obtener una mayoría absoluta con el apoyo del partido Ciudadanos, que en este asunto es más intransigente que Rajoy. El discurso anti catalán busca votos en el resto de España. Es un juego irresponsable, y peligroso.

El independentismo catatán tiene poco más de dos millones de votos, unos 200.000 más que el anterior intento de consulta, el 9 de noviembre de 2016, un 42% del censo. Es menos de lo que obtuvieron los tres partidos independentistas en 2015, dos corriendo bajo la lista conjunta de Junts pel Sí y la CUP, el verdadero motor de lo que está pasando. La CUP es un movimiento antisistema de corte anarquista. No disponen de un mandato para una Declaración Unilateral de Independencia (DUI), pero no esperen demasiada inteligencia en leer los resultados. Es un duelo de emociones.

Argumentan los soberanistas que ese 42% de síes a la independencia (sobre el censo), y según los datos de la propia Generalitat, es irreal porque mucha gente no fue a votar por miedo a la policía española. Puede que tengan razón, pero no podemos interpretar sus motivos en beneficio de una parte. La única salida es un referéndum de verdad, como el de Escocia, con garantías, con un pacto claro, una autoridad independiente que lo controle, censo y campaña de ambas opciones. Esa consulta exigiría una reforma de la Constitución española, algo imposible en estos momentos. Sin el PP a bordo no se puede cambiar una coma.

Los éxitos del soberanismo llegan más por ineptitud de Rajoy y del PP que por habilidad propia. Pero sería injusto cargar solo todas las culpas en el Partido Popular. El Govern catalán y los partidos que lo sustentan tienen una gran responsabilidad, como el Partido Socialista (PSOE) y gran parte de la prensa que se ha dedicado a incendiar en vez de informar. La estatal Televisión Española, TVE, es una vergüenza, como TV3 en Cataluña. Y es responsable una ciudadanía laminada por la crisis económica que escogió el papel de espectador.

El gobierno catalán ha ganado también la batalla de la imagen exterior, lo que resulta insólito. Esto es importante porque empezará a crear el ambiente favorable para un futuro reconocimiento. No creo que el Govern sea capaz de leer esto, saber que ahora necesita pausa, construir una mayoría más amplia en favor de la independencia y atraer apoyos de países clave de la UE.

Lo podría hacer con la convocatoria de elecciones y llevar como único punto de su programa la petición de 90 escaños, que es una mayoría de dos tercios, para proclamar la independencia. Esos dos tercios le darían un barniz de legalidad del que hoy carece. El Govern se ha saltado las leyes españolas y catalanas, ha antepuesto el fin a las formas democráticas. Dudo que convoque esas elecciones porque es difícil que logre esa cifra, incluso podría perder la mayoría absoluta raspada de la que goza ahora.

El Govern no está para exquisiteces acuciado por la CUP, que son los que marcan el ritmo del proceso independentista y de la calle desde 2015. Una Declaración Unilateral de Independencia les haría perder las simpatías internacionales que acaban de conquistar, y daría al Gobierno central munición para equivocarse aún más y suspender de facto la autonomía, y tal vez detener a su presidente, Carles Puigdemont. Sería el Agamenón: crearía miles de independentistas en un segundo y provocaría la sublevación en las calles.

El soberanismo o independentismo, que hace siete años no debía pasar del 15% de apoyo, ha tenido suerte de tener enfrente a Rajoy, el hacedor de independentistas. Sin él nunca habrían llegado tan lejos. Desde que el PP decidió tumbar el nuevo Estatut catalán, amputado en 2010 por el Tribunal Constitucional, todas las decisiones sobre Cataluña han estado lastradas por dos constantes: el error y una catalanofobia que da votos en el resto de España.

Si Cataluña lograra su independencia debería levantar estatuas en cada ciudad y pueblo a Marià (Mariano en catalán) de Pontevedra, Mariano Rajoy, el gran padre de la patria, el que logró todos los objetivos del nacionalismo. De cómo se solucione el asunto catalán, dependerá que no despierte el vasco.

No existe un problema catalán, existe un problema español. No hemos sido capaces de crear un Estado moderno con unas instituciones que funcionen. Todo está bajo un tufo insoportable de franquismo mal curado. Quizá deberíamos empezar por ahí, por recuperar la memoria histórica.

Ramón Lobo tiene una carrera de 40 años en el periodismo. Fue reportero de guerra para el periódico español El País y cubrió conflictos armados en África, Europa y América.
 
Ramón Lobo tiene una carrera de 40 años en el periodismo. Fue reportero de guerra para el periódico español El País y cubrió conflictos armados en África, Europa y América.

Publicidad
Publicidad

 CERRAR
Publicidad