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¿Quién fue Armando Calderón Sol? Aportes personales para una visión alternativa

Rubén Zamora

 
 

Hacer un obituario de una persona a quien conocí y consideré mi amigo me ha sido muy difícil. Sobre todo si se trata, por una parte, de una destacada figura política nacional que tuvo una orientación política diferente a la que yo confieso y trato de practicar. Esto me plantea un dilema: por un lado no es sincero ponerse a hacer alabanzas de un político con quien tuve diferencias públicas en la mayor parte de sus posiciones, pero hacer una página de críticas sobre su desempeño es una falta de respeto para sus deudos y una grosería de mal gusto. Eso sí, rehuiré a esos discursos rimbombantes y laudatorios de políticos que, al día siguiente de su muerte, proclaman lo maravillosa persona que era, la talla de estadista que tenía y los grandes beneficios que le trajo al pueblo salvadoreño, cuando en la vida real, se pasaron la vida insultándole o denigrándole; hacerlo es o una confesión tardía o simplemente hipocresía.

Afortunadamente, mi relación política con Armando Calderón Sol -ni de su parte, ni de la mía- tuvo esos matices. Ambos aprendimos a respetarnos mutuamente y a reconocer nuestras limitaciones. Esta es, por tanto, una apreciación muy personal y egoísta. Armando es ya un personaje de nuestra historia nacional, parte de ella, y como tal no puede evadir el juicio que esta le hará. Las evaluaciones históricas con el difunto aun no sepultado suelen ser erróneas, pero lo que sí podemos hacer ya, con el dolor de su partida y con la esperanza que lo vamos a seguir recordando, es una contribución para que, quienes asuman la tarea de reconstruir nuestra historia, tengan materiales que les ayuden a ser justos y equilibrados con el político Armando Calderón Sol, mi amigo.

En mis recuerdos hay siempre dos Armando: uno es el estudiante y otro es el político.

Conocí a Armando Calderón Sol I como estudiante de la Facultad de Derecho de la UES. Cuando él cursaba los últimos años -de los siete que se requerían en aquella época- yo ya estaba incorporado al cuerpo docente y también tenía responsabilidades de administración académica (la facultad pasaba por un periodo muy difícil). Nuestros contactos fueron eventuales y casi siempre en torno a peticiones administrativas: que si diferir un examen, cambiar horarios, etc.

Recuerdo que hablaba muy rápido y de vez en cuando tartamudeaba. La imagen que me formé de él no pasó de ser caricaturesca: niño bien, rico, un tanto despreocupado por sus estudios, pero inteligente, agresivo y hablador, pero siempre respetuoso. Creo que él tenía una imagen similar de mi persona, pues me trataba con respeto, aunque con cierta desconfianza y distancia.

Armando I era un joven que siempre andaba acompañado de dos o tres o cuatro compañeros, siempre los mismos. Sus planteamientos eran un tanto agresivos, como era lo usual de todas las peticiones estudiantiles de la época; pero él, contrario a mi persona, no participaba de la política estudiantil, y quizá por ello nunca hablamos de política en aquel momento.

En aquella etapa, creo que ya era novio de Elizabeth, quien después sería su esposa. La recuerdo porque fue mi alumna de Teoría del Estado, que yo enseñaba desde una perspectiva teórica y práctica de izquierda. Ella me hacía unos "papers" con una perspectiva muy conservadora, pero muy bien argumentados, lo que me obligaba, a pesar de estar en desacuerdo con casi todo lo que escribía, a calificarla con 10. Años después su esposo me contó que una de las cosas que lo hicieron respetarme y tenerme confianza fue precisamente ese relato de su esposa.

Fue la guerra y sobre todo en la etapa final de las negociaciones de paz -y en su implementación- cuando empecé a reconocer y aprendí a apreciar a Armando II. Él era alcalde de la capital y el presidente de su partido, Arena. Yo era dirigente de mi partido CD y luego también diputado. En las últimas semanas de la negociación de la paz me mantenía en contacto con el equipo de negociadores del FMLN; y él con su gobierno. Más de alguna vez trabajamos juntos para resolver problemas, especialmente cuando los acuerdos que las partes tomaban, en México o Nueva York, requerían de la aprobación inmediata de procesos legislativos.

Nunca olvidaré un día en que, por la mañana, la Asamblea Legislativa dio la primera aprobación al paquete de reformas Constitucionales en el último día del periodo de la legislatura. Los diputados no solo aprobaron las propuestas, sino que en uno de sus artículos añadieron una nueva frase. Recibí el texto y al cotejarlo con el acuerdo noté esta alteración. Lo comuniqué a México y la respuesta del FMLN fue fulminante: amenazaron con retirarse de las negociaciones. La frase no cambiaba nada importante pero constituía un precedente que la Asamblea Legislativa legítimamente podría cambiar o añadir ya no solo adornos, sino modificar a partes sustantivas de los acuerdos tan trabajosamente logrados, lo cual hubiera dado al traste con todo el esfuerzo de paz negociada. Les pedí tiempo para tratar de arreglarlo y llamé a Armando para informarle de la situación. Nuestra primera conversación ocurrió cerca de las 13 horas del último día de esa legislatura. Lo discutimos y sugerí que se convocara de nuevo a los diputados para que suprimieran el añadido. Armando se comprometió a lograrlo y, cuatro horas después, el pleno se reunió y suprimió su "aportación".

Una vez firmados los Acuerdos -y aun antes de la juramentación de la COPAZ, en la que como jefes de partido trabajamos juntos-, en repetidas ocasiones logramos ponernos de acuerdo en puntos cruciales. Entonces él se encargaba de explicarlo y argumentarlo al gobierno y a los militares y yo de hacer lo mismo con mis amigos del FMLN. Así se logró presentar la primera Ley de amnistía que contemplaba excepciones y cuya historia está aún por contarse. En su aprobación Armando jugó un papel crucial, primero en convencer a gobierno y militares que no era posible una amnistía absoluta y que era preferible una con excepciones y, segundo, dio la batalla en el momento crucial, cuando el proyecto de ley que habíamos consensuado en la pre-COPAZ fue presentado en casa presidencial ante el Presidente Cristiani, miembros de su gabinete, el alto mando militar y los jefes de las fracciones legislativas.

Otros temas muy controversiales en la COPAZ fueron las nuevas leyes que regulaban a la Fuerzas Armada y a la PNC. En ambos casos el papel de Armando, a mi juicio, fue determinante tanto en convencer a su gobierno como a los militares de aceptar los textos. Lo lograba tanto por el peso de su investidura (era el jefe del partido de gobierno) y por sus credenciales conservadoras impecables, que le daban gran credibilidad. Todo esto sin dejar a un lado su capacidad de argumentar a favor de su punto, que yo ya había experimentado con el bachiller Calderón años atrás.

Señalo estos casos en la COPAZ porque en aquella época, como ahora, reconocí dos puntos estratégicos para el éxito de las negociaciones de la paz. Los Acuerdos de Paz eran un cambio estratégico necesario después de décadas de exclusión política, y en el corazón de estos cambios se ubicaba la desmilitarización de la política. Eso es algo de lo que Armando, sin proclamarlo, estaba absolutamente convencido. Su convicción civilista durante las negociaciones de paz y durante las discusiones en la COPAZ fue algo que descubrí en esos años. Desde la izquierda, la imagen que nos hacíamos de los conservadores era que todos apoyaban, sin reservas, a los militares o los toleraban como un mal menor frente a la amenaza revolucionaria. La experiencia nacional de los últimos 60 años nos inclinaba a creerlo, aunque siempre aceptamos que habían conservadores que lucharon contra el militarismo y el ejemplo, entre otros, de Napoleón Viera Altamirano padre, durante las jornadas contra Martínez lo atestigua.

Armando hizo honor a esa tradición y durante su presidencia dio pasos -incluso uno de ellos arriesgado- para asentar la preeminencia del gobierno electo por el pueblo frente al estamento militar; me refiero concretamente al episodio de la investidura de nuevos Generales: el Alto Mando le presentó la lista de los coroneles a promover y el Presidente Calderón Sol la rechazó y, en un acto nunca antes visto, decidió su propia lista de nuevos generales. Esto creó un conflicto público que llegó hasta la Asamblea, pero el presidente se mantuvo y las fuerzas armadas acataron la decisión de su comandante en jefe. Estas son lecciones y actitudes que hoy, más que nunca, son necesarias. Es por tanto importante reconocerle este legado y continuarlo es nuestro deber histórico.

Aunque parezca paradójico, nuestra relación tendió a cimentarse aún más durante el siguiente periodo, cuando nos tocó competir por la presidencia del país, en 1994. Él como candidato de Arena y yo representando a la coalición CD-FMLN-MNR. Durante la campaña nos vimos poco, y una de esos encuentros fue por petición del PNUD para firmar el acuerdo de que cualquiera que ganara la elección se comprometía a una reforma electoral. Armando fue el primero en hacerlo, aun sin consultar a su gente. Yo fui más disciplinado y cumplí con la formalidad, aunque ya sabía que mis partidos estaban de acuerdo. El otro candidato se negó. Meses después, una de las primeras cosas que el presidente Calderón hizo fue citarme a Casa Presidencial y, en cumplimiento de lo acordado, proponerme que formara parte de la Comisión de Reforma Electoral. Acepté y ese encuentro nos permitió producir un conjunto de reformas que el presidente envió a la Asamblea, que aprobó la mayoría, aunque dejó de un lado algunas de las más radicales e importantes.

Me quedo aquí, pues el mayor impacto de Armando en mis recuerdos no se refieren a su periodo presidencial sino la de los años difíciles y esperanzadores del fin de la guerra y la transición a la paz política, en la que partiendo de visiones y políticas muy diferentes, pero con objetivos concretos comunes como la paz, la democracia, el respeto a los derechos humanos, fuimos parte de la transformación de la sociedad salvadoreña que nos trajeron los Acuerdos de Paz. Pero, sobre todo, el recuerdo de un hombre sin dobleces ni rencores, fierro luchador y argumentador de sus posiciones, pero siempre dispuesto a comunicar y escuchar al otro y, sobre todo, a buscar soluciones no condenatorias ni impositivas a los problemas que se nos planteaban. No sé si por los años que han pasado sobre nosotros, estoy cayendo en el defecto de los viejos y de los derrotados de cantar con el poeta "que todo tiempo pasado fue mejor". No, no lo creo. Mi intento es honrar a alguien de quien aprendí y compartí cosas importantes, pero sobre todo, la de preservar su memoria, tanto personal como colectiva, porque los pueblos que no asumen su historia, están condenados a repetir sus errores y no salir de sus desgracias.

Descanza en paz mi buen amigo Armando Calderón Sol.

Rubén Zamora (1942) en la biblioteca de su casa, en los Planes de Renderos. Zamora es un político de izquierdas que fue embajador de El Salvador en Estados Unidos y ante las Naciones Unidas. Miembro fundador del Frente Democrático Revolucionario y de Convergencia Democrática, fue parte del equipo negociador de la guerrilla para los Acuerdos de Paz. En 1994 fue candidato a la presidencia por la coalición CD-FMLN-MNR. /Foto El Faro: Víctor Peña
 
Rubén Zamora (1942) en la biblioteca de su casa, en los Planes de Renderos. Zamora es un político de izquierdas que fue embajador de El Salvador en Estados Unidos y ante las Naciones Unidas. Miembro fundador del Frente Democrático Revolucionario y de Convergencia Democrática, fue parte del equipo negociador de la guerrilla para los Acuerdos de Paz. En 1994 fue candidato a la presidencia por la coalición CD-FMLN-MNR. /Foto El Faro: Víctor Peña

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