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La importancia de los intelectuales campesinos en la guerra civil

La alianza entre intelectuales urbanos y campesinos que se forjó en la década de 1980 es un elemento clave para comprender los orígenes la guerra civil salvadoreña, pero no se ha apreciado la contribución de los intelectuales campesinos a la articulación de la ideología y la política de los movimientos sociales y revolucionarios.

Joaquín M. Chávez

 
 

Alrededor del año 1968, en la Habana, el escritor franco-argentino Julio Cortázar fue testigo de una conversación animada entre el poeta salvadoreño Roque Dalton y el líder cubano Fidel Castro. Ambas personas discutieron casualmente los usos de un arma no identificada durante un largo intercambio entre Castro e intelectuales asociados con la institución cultural cubana Casa de Las Américas. Cortázar recuerda que sintió “una alegría infinita” observando las interacciones entre “el corpachón de Fidel y la figura esmirriada y flexible de Roque” mientras los dos hombres intercambiaban una “metralleta abstracta” (es decir, un arma imaginaria) a medida que avanzaba el diálogo.

Esta peculiar conversación entre Castro y Dalton evoca los intrincados papeles que los intelectuales desempeñaron en la política revolucionaria en el apogeo de la Guerra Fría en América Latina. Innumerables estudiantes universitarios, académicos, periodistas, maestros y escritores de toda la región se unieron a movimientos insurgentes después de la Revolución Cubana. Cuba apoyó a intelectuales radicalizados como Dalton que formaron guerrillas en El Salvador, Guatemala y Nicaragua en los años setenta.

En el momento de su encuentro con Castro, Dalton escribió extensamente sobre las perspectivas de la revolución continental anunciada por Ernesto “Che” Guevara en su “Mensaje a la Tricontinental”, un foro revolucionario transnacional creado en La Habana en 1966. En ese mensaje Guevara abogó por la formación de “dos, tres o muchos Vietnams” para socavar el poder estadounidense en las Américas, Asia y África.

Según Dalton, las insurgencias en América del Sur y en América Central respondieron claramente al llamado de Guevara para la “creación de Vietnams latinoamericanos”. En cambio, consideraba que la mayoría de los partidos comunistas de la región eran obstáculos para la “lucha antiimperialista de los pueblos del continente” debido a las tendencias conservadoras, reformistas y “oportunistas de derecha” que él les atribuía. Siguiendo esta lógica, Dalton renunció a su afiliación con el Partido Comunista de El Salvador alrededor del año 1967 y eventualmente se unió a la resistencia armada contra el régimen autoritario en El Salvador.

El célebre Dalton pasó casi una década en Cuba y otros países socialistas, escribiendo y preparándose para la revolución en El Salvador. Pero su participación en la insurgencia salvadoreña resultó fugaz y trágica. La problemática integración de Dalton en el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) en diciembre de 1973 y su asesinato el 10 de mayo de 1975, a manos de la facción militarista que dirigía la organización, son testimonio de un claro anti-intelectualismo en la izquierda salvadoreña. Militantes de clase media acusaron a Dalton de ser un “intelectual pequeñoburgués” que amenazaba la seguridad de la organización y lo ejecutaron sumariamente. Al comentar sobre el legado de Dalton, Miguel Huezo Mixco, un poeta que se unió a la insurgencia a mediados de la década de 1970 y pasó la guerra civil en Chalatenango, observó cáusticamente que Dalton fue un caso excepcional entre sus pares, en la medida en que estos predicaban rebelión pero nunca tomaron las armas contra el Estado. “Si bien Dalton no fue el prototipo de un soldado, llegó más lejos que todos los poetas de su generación, que le cantaron a la revolución con la metralleta invisible bien guardada en sus armarios”, escribió Huezo Mixco.

Póstumamente, Dalton se convirtió en un ícono cultural en las Américas. Para muchos, sigue siendo el poeta rebelde por excelencia, una figura profundamente arraigada en los imaginarios de las revoluciones latinoamericanas del siglo veinte. Él fue realmente un individuo extraordinario entre los miembros de su generación literaria, que se unieron a partidos y movimientos de izquierda pero nunca tomaron las armas contra el Estado. Su trayectoria política es paralela a la de otros intelectuales centroamericanos posteriores a la Segunda Guerra Mundial que desafiaron al autoritarismo a través de políticas electorales y movilizaciones sociales y eventualmente formaron movimientos revolucionarios armados.

Aquella Nueva Izquierda

En 1960 Dalton se unió a un movimiento de protesta que depuso al Presidente José María Lemus, quien había ordenado medidas represivas contra la comunidad universitaria con el supuesto objetivo de contener la subversión en El Salvador patrocinada por Cuba. En aquel momento, Lemus lo encarceló ilegalmente junto con otros intelectuales universitarios. En 1964, agentes estatales secuestraron a Dalton por segunda vez. Después de escapar de una cárcel clandestina en Cojutepeque, cerca de San Salvador, huyó a Cuba. Se estableció en La Habana y se convirtió en una figura omnipresente en la vida cultural de la ciudad. Junto con otros escritores latinoamericanos y caribeños, realizó un famoso debate en 1969 sobre el papel que los intelectuales desempeñaron en las revoluciones latinoamericanas.

Dalton ha ganado una reputación prominente como un notable poeta latinoamericano y precursor de la insurgencia salvadoreña. Sin embargo, estaba lejos de estar solo; varias cohortes de estudiantes, líderes campesinos, maestros, poetas y trabajadores prácticamente desconocidos, orquestaron las movilizaciones revolucionarias que precedieron la guerra civil.

La trágica experiencia de Dalton en la insurgencia ilustra temas cruciales como el surgimiento de nuevas cohortes de intelectuales que cuestionaron el liderazgo tradicional que los intelectuales comunistas habían jugado en la política popular. A diferencia de sus predecesores comunistas que habían estado activos en la política electoral y reformista durante varias décadas, estos intelectuales emergentes rechazaron el reformismo y en su lugar crearon organizaciones guerrilleras y movimientos sociales revolucionarios para luchar contra el régimen autoritario que había prevalecido en el país desde 1932. Estos intelectuales encarnaron culturas de resistencia que se inspiraron en memorias de levantamientos campesinos indígenas y movilizaciones cívicas en El Salvador, movimientos revolucionarios y anticoloniales de todo el mundo y una variedad de tradiciones intelectuales, políticas y religiosas. Estudiantes y profesores universitarios, intelectuales Católicos, maestros, líderes campesinos y poetas fueron componentes cruciales de esta Nueva Izquierda emergente.

1983. Guerrilleros caminan por un pueblo del norte de Morazán
 
1983. Guerrilleros caminan por un pueblo del norte de Morazán

A pesar de su importancia, la historia de la insurgencia y la contrainsurgencia en El Salvador ha recibido poca atención académica. En Poetas y Profetas de la Resistencia examino la evolución de la alianza entre intelectuales urbanos y campesinos durante las dos décadas que precedieron a la guerra civil en El Salvador (1980-1992), usando el término “intelectuales” para designar a individuos —académicamente formados o no— que articularon la ideología y la política de los movimientos sociales y revolucionarios. Y ofrezco una historia de base de la polarización y movilización que llevó a El Salvador a la víspera de la guerra civil. Combinando el análisis social con una estrecha atención a la conciencia política, examina la evolución de las mentalidades políticas y religiosas y las ideas sobre el cambio histórico entre intelectuales urbanos y líderes campesinos. Estudia interacciones políticas y culturales, con un enfoque de clase transversal, entre la ciudad y el campo —particularmente la pedagogía secular y religiosa— que impulsaron las movilizaciones revolucionarias que anticiparon la guerra civil.

Los frecuentes enfrentamientos entre la comunidad universitaria y el régimen oligárquico-militar durante la Guerra Fría que prevaleció en la década de 1960 llevaron a la politización de los estudiantes universitarios y, en menor grado, de los profesores. Grupos literarios y otros movimientos contraculturales que se formaron en San Salvador, San Vicente y otras ciudades provinciales también se radicalizaron cada vez más. Posteriormente, estos grupos desempeñaron papeles importantes en la formación del movimiento insurgente en la década de 1970, cuando la represión crónica y los amplios cambios ideológicos e institucionales dentro de la Iglesia Católica y en la Universidad de El Salvador contribuyeron a la radicalización de los intelectuales Católicos que se unieron a la insurgencia.

Los líderes campesinos, especialmente en Chalatenango, fueron particularmente influyentes en la formación de la insurgencia. Las alianzas entre los activistas urbanos y los líderes campesinos se formaron en gran parte a través de la pedagogía popular, institucional y religiosa, es decir, la capacitación rural cooperativa, los programas de alfabetización y los talleres sobre la doctrina social Católica.

A lo largo de la década, el contenido de esta pedagogía se volvió más radical en respuesta a las limitaciones estructurales de la política, la economía política y la sociedad salvadoreñas, caracterizadas por el autoritarismo, la represión, los fraudes electorales endémicos, el capitalismo agrario obsoleto y la intransigencia oligárquica con respecto a las demandas de los trabajadores urbanos y rurales. A su vez, esta emergente “pedagogía de la revolución” tensionó y desafió esas estructuras y la política.

La reacción represiva del Estado ante las crecientes movilizaciones sociales de la década de 1970 estuvo acompañada por propaganda estatal ampliamente distribuida que describía a prominentes intelectuales como “el enemigo interno”. Esta propaganda legitimó la represión contra sacerdotes, estudiantes, maestros y líderes campesinos y motivó a muchos de ellos a apoyar a la insurgencia, convirtiéndose así en una causa directa de la guerra civil. Informados por las tradiciones Católica, socialcristiana, marxista, leninista y maoísta y por el espíritu insurgente de los años sesenta, los estudiantes universitarios y poetas formaron grupos insurgentes urbanos y se rebelaron contra el régimen autoritario a principios de los años setenta.

Los intelectuales campesinos desempeñaron papeles centrales en la transformación del relativamente pequeño levantamiento urbano en las insurgencias rurales masivas de 1973 a 1980. La escalada del terror estatal contra las comunidades campesinas en Aguilares, Chalatenango, San Vicente, Usulután, Morazán y otras áreas rurales dinamizó aún más este proceso. La polarización y los enfrentamientos violentos entre los campesinos integrados en las estructuras paramilitares del Estado y los afiliados al movimiento revolucionario también aumentaron significativamente a medida que la crisis política nacional se intensificó a fines de los años setenta.

En 1980, las fuerzas militares llevaron a cabo campañas de tierra arrasada en pueblos y aldeas en el noreste de Chalatenango que resultaron en la destrucción generalizada de las comunidades campesinas. La mayoría de los miembros de estas comunidades huyeron a Honduras, Belice, Nicaragua y otras regiones de El Salvador. Los campesinos que se unieron a las estructuras paramilitares estatales se reasentaron cerca de las principales guarniciones del ejército en Chalatenango. En ese periodo, los intelectuales campesinos y los insurgentes urbanos crearon un ejército guerrillero que libró una guerra revolucionaria de doce años contra los militares y sus aliados campesinos. La dialéctica entre el creciente terror de Estado y la insurgencia urbana y rural en la década de 1970 se convirtió en un prolongado conflicto armado entre el Estado y el FMLN que devastó al país entre enero de 1981 y enero de 1992.

La raíz campesina

Mi libro rastrea los orígenes de ese conflicto en Chalatenango, particularmente las iniciativas educativas anteriores a la creación del movimiento campesino y las interacciones entre los líderes campesinos y los militantes urbanos que formaron la insurgencia. El noreste de Chalatenango es un territorio montañoso cruzado por varios ríos, que limita con Honduras. En la década de 1970, esta área se mantuvo al margen de la economía agroexportadora del país debido a la mala calidad de sus suelos, terreno accidentado y aislamiento relativo de los principales centros urbanos.

Lempa, el río más largo de El Salvador, atraviesa Chalatenango y varios departamentos antes de llegar al Océano Pacífico. Dos presas hidroeléctricas, 5 de Noviembre y El Cerrón Grande, reliquias de proyectos de modernización en los años 1950 y 1970, forman grandes depósitos en el sistema del río Lempa. El río Sumpul atraviesa el noreste de Chalatenango y crea una frontera natural entre El Salvador y Honduras. El río Tamulasco fluye de norte a sur en el embalse de El Cerrón Grande. A principios de la década de 1970, minifundistas y trabajadores rurales de Las Vueltas, San Antonio Los Ranchos, El Portillo del Norte, San José Cancasque, Corral Falso, Potónico, Arcatao y otros pueblos y cantones de esta región crearon uno de los más poderosos movimientos campesinos en la historia reciente de América Latina. Estos pequeños propietarios sembraban cultivos de subsistencia y sufrían precarias condiciones de vida como trabajadores estacionales en cafetales y haciendas de azúcar en otras regiones de El Salvador o migraban a la costa Atlántica de Honduras. A fines de la década, formaron la columna vertebral de la insurgencia en la región central de El Salvador.

Líderes campesinos en Chalatenango, tales como los pequeños terratenientes que fundaron cooperativas rurales, desempeñaron funciones autónomas de liderazgo y pedagogía en comunidades campesinas a principios de la década de 1970 y organizaron un movimiento político que socavó seriamente el régimen oligárquico-militar. En ese momento, se unieron a un centro regional de capacitación cooperativa y se desempeñaron como educadores populares en un programa de alfabetización patrocinado por la Iglesia Católica llamado Escuelas de Radio (Escuelas Radiofónicas). Este programa combinó emisiones de radio diarias de lecciones de educación primaria con la formación de grupos de estudio locales en áreas rurales.

A mediados de la década de 1970, los líderes campesinos en Chalatenango articularon un discurso contrahegemónico que combinaba nociones Católicas de justicia y política de clase. También crearon una potente organización campesina llamada Unión de Trabajadores del Campo (UTC), que jugó un papel importante en las movilizaciones del período. Finalmente, algunos líderes campesinos se unieron a las organizaciones revolucionarias y se convirtieron en líderes insurgentes durante la guerra civil.

De hecho, los intelectuales campesinos fueron los principales catalizadores de las movilizaciones campesinas en Chalatenango, donde establecieron las bases ideológicas y organizativas para el surgimiento de la UTC en sus roles como maestros de las escuelas de radiofónicas, y como líderes cooperativos, predicadores laicos, paramilitares, activistas políticos, y rezadores y rezadoras (expertos en rituales Católicos). Organizaron la expansión masiva del movimiento campesino en las áreas rurales de Chalatenango donde el control estatal era relativamente débil.

Este no fue un caso típico de “desbloqueo de la conciencia campesina” promovido por intelectuales urbanos, ya que los líderes campesinos que fundaron el UTC en Chalatenango ya estaban “politizados” cuando llegaron a la región insurgentes urbanos y sacerdotes diocesanos influenciados por la teología de la liberación a principios de la década de 1970. El proceso constituyó más bien un diálogo entre intelectuales urbanos y campesinos que surgió a través de discusiones políticas y la formulación y ejecución de una estrategia revolucionaria común. La movilización militante de los campesinos se produjo gradualmente, en parte como resultado de su creciente hostilidad hacia la represión oficial. Aunque los insurgentes urbanos desempeñaron un papel en este proceso, la decisión de los campesinos de luchar contra las fuerzas estatales surgió de sus propias comunidades y líderes.

 

*Joaquín M. Chávez (PhD New York University) es Associate Professor of History en The University of Illinois at Chicago (UIC).

** Esta entrega es una adaptación de extractos del libro Poets & Prophets of the Resistance: Intellectuals & the Origins of El Salvador’s Civil War (New York and Oxford: Oxford University Press, 2017) del historiador Joaquín M. Chávez. Traducción al Español por Beatriz Maida y Héctor Lindo Fuentes.

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