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Los retos de un hombre en una sociedad machista

Héctor Silva Hernández

 
 

En los primeros cuatro meses del año, la Policía Nacional Civil reportó 1,254 homicidios, de los cuales 152 fueron categorizados por la institución como feminicidios. Según Diana Russell, socióloga de la Universidad de Harvard, el feminicidio se refiere a “el asesinato de mujeres por hombres motivados por el odio (…) o el sentido de posesión hacia las mujeres”.

El Salvador, aún después de un impuesto especial para la seguridad, tres años de medidas extraordinarias y escuadrones de la muerte en la PNC, sigue siendo uno de los países más violentos del mundo. Pero somos ciegos si nos creemos que la violencia salvadoreña se circunscribe únicamente a las andanas y malandanzas de las pandillas. En el corazón de la sociedad hay otra realidad violenta y desigual sobre la que los hombres deberíamos hablar más, discutir más, reflexionar más, cambiar más, porque los hombres salvadoreños somos particularmente violentos. Desde que empezamos a construir nuestra conciencia aprendemos que, en congruencia con nuestro rol de hombres, no se vale mostrar vulnerabilidad, y que la manera más efectiva de resolver algunos problemas no siempre es hablando. Puede que esté generalizando y que muchos hayan tenido experiencias distintas, pero yo escribo desde la mía, que estoy seguro no es la única.

Mis padres decidieron divorciarse cuando yo era un niño. Resolvieron que yo viviría con mi madre durante la semana y que pasaría, uno de cada dos fines de semana, con mi padre. Ambos fueron ejemplares en sus roles: nunca los vi pelearse y las historias de terror que me contaban mis amigos de la escuela con padres divorciados siempre me fueron ajenas. Crecí bien y nunca me hizo falta nada. Hubo momentos difíciles, pero mi madre hizo lo imposible para que mi infancia fuera inocente y alegre, como debe ser. Desafortunadamente, en El Salvador eso no es suficiente. El trabajo, superación y responsabilidad de mi madre no era bien visto ni en el colegio católico al que yo asistía y mucho menos en el vecindario clasemediero en el que vivíamos. Mi madre trabajaba en un periódico, y su trabajo la obligaba a llegar tarde después de jornadas intensas de reporteo y edición.

Tenía quizá nueve años cuando un vecino, con el que jugaba fútbol todos los días en el parqueo de la colonia, me preguntó: "¿Y tu mamá por que llega tan tarde?" Le expliqué, me miró incrédulo y me respondió: “ha de ser bien divertido ese trabajo de tu mamá…”. El otro niño no ocupó ningún insulto, pero ambos sabíamos que su comentario iba cargado con un tono que buscaba denigrar a mi madre, y que solo había una manera de responder a esa afrenta.

No me malinterpreten: no crecí en un entorno violento y nunca nadie me dijo que la violencia era la solución, pero cuando mi vecino hizo ese comentario, tan desafortunado, entendí que para “salvaguardar” mi honor y el de mi madre solo había una opción: golpearlo, lo suficiente para que entendiera que, de alguna manera u otra, no iba permitir esa afrenta. Luego de la paliza, aunque orgulloso, a los nueve años me sentí culpable y decepcionado de mí mismo. Me pregunté ¿por qué no simplemente le respondí con una broma aún más pesada? ¿Por qué no lo ignore? ¿Por qué no traté de hablar con él? No podía. La única opción era golpearlo. Era mi mamá. Cualquier otra cosa habría sido culerada. Así crecemos.

Hay quienes dicen que el feminicidio es un invento oscuro de los progresistas que promueven la ideología de género. Pero no olvidemos que el feminicidio es solo una expresión, la más grave, de la violencia de género. En El Salvador, un país machista -que trata a sus mujeres como ciudadanas de segunda clase y que enseña a sus hombres que las mujeres son complementos, subordinadas y no iguales- a veces es difícil aceptar y reflexionar sobre estas realidades. Es complicado, en un país tan machista, prestarle atención a la violencia de género cuando somos los hombres quienes la reproducimos, o tenemos miedo a ser señalados cuando caemos en cuenta de que somos, hemos sido o podemos llegar a ser parte del problema. Pero ignorar esta realidad y negar la existencia de los estereotipos con los que crecemos es un error crítico. Es imposible solucionar un problema sin antes reconocer su existencia.

A mi mamá le hizo burla un vecino por llegar tarde del trabajo. A los hijos de Carla Ayala les arrebataron a su mamá. Se las arrebató un policía, probablemente porque Carla estaba en una posición vulnerable, porque era mujer. Al hijo de Karla Turcios le quitaron a su mamá en frente suyo, probablemente porque Karla estaba en una posición vulnerable, porque era mujer. ¿Por qué estaban en una posición vulnerable? No porque eran mujeres. Estaban en una posición vulnerable porque sus asesinos, aparte de ser seres humanos despiadados, probablemente crecieron con la noción tradicional que dicta que la mujer siempre estará por debajo del hombre, en todos los sentidos. Y por eso se puede hablar mal de ellas, denigrarlas, pisotearlas, decidir sobre ellas e incluso sobre sus vidas.

El acoso sexual, la violencia intrafamiliar y la violencia de género son calvarios que las mujeres salvadoreñas sufren todos los días sin importar su estrato social. Solo en 2017, la PNC registró 1,376 niñas violadas; en la mayoría de los puestos más importantes del gobierno, siguen siendo los hombres quienes mandan, a pesar de que las mujeres son mayoría. Han habido avances: cada vez hay más empresas privadas en el país comprometidas con la igualdad de género y el desarrollo de la mujer. Hay más funcionarias públicas con poder de decidir. Hay cada vez más mujeres exigiendo sus derechos.

Pero no es suficiente: los hombres debemos aceptar que somos parte del problema. Es nuestra responsabilidad, desde nuestro estatus privilegiado como hombres en una sociedad machista, abogar porque las mujeres tengan exactamente los mismos derechos y oportunidades que nosotros. Si la motivación no es moral, por lo menos debe ser pragmática: es imposible que un país salga adelante si más de la mitad de su población vive como ciudadanos de segunda clase. Es importante notar, también, que la solución debe ser integral. Los partidos políticos, por ejemplo, deben asumir un compromiso y dejar de proteger a los hombres que abusan, violentan o acosan mujeres, pero que son líderes entre sus filas.

La política salvadoreña tiene un record vergonzoso de protección a agresores. Como olvidarse de Rodrigo Samayoa, exdiputado de GANA, que fue reincorporado al pleno luego de golpear a su esposa. El partido Arena, que recientemente premió a los diputados Carlos Reyes y Alberto Romero con la jefatura de fracción y un puesto en la junta directiva de la Asamblea, respectivamente, debería tomar en cuenta los antecedentes y las acusaciones contra estos funcionarios antes de seguirlos empoderando. Así mismo, el partido de gobierno haría bien en remover definitivamente de su cargo como director del Ballet Nacional a Roberto Navarrete, acusado de agredir sexualmente a ocho bailarinas. Ejemplos hay por todos lados, sin importar los colores. Los políticos, desafortunadamente, sientan un ejemplo para el resto de la sociedad. El combate a la impunidad debería de empezar ahí, con los encargados de escribir las leyes y hacerlas cumplir.

***

Mi vecino se mudó unos pocos meses después de la golpiza. Su papá le pegaba a su mamá y todo el vecindario se había dado cuenta. El ciclo se consumaba: su papá ejerció violencia contra su mamá, él contra la mía, y yo contra él: ciegos los tres, impulsados por lo que nuestros “roles” dictaban. El reto, ahora, es deshacernos de estos esquemas machistas que tanto daño le hacen a nuestra sociedad. Así y solo así, lograremos detener, o por lo menos sofocar, la cultura de violencia en El Salvador.

 

*Héctor Silva Hernández es graduado de Ciencias Políticas de la Universidad de Massachusetts y coordinador de Asuntos Políticos para Nuestro Tiempo.
 
*Héctor Silva Hernández es graduado de Ciencias Políticas de la Universidad de Massachusetts y coordinador de Asuntos Políticos para Nuestro Tiempo.

 

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