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El club privado desde el que se gobierna Panamá

En Panamá, el poder político está fundido con el económico y se reúne en el Club Unión. Fundado en 1909, solo seis años después de la independencia de Colombia, en sus salones privados conviven, entre abrazos y recelos, los rabiblancos. Apellidos de siempre, sospechosos nuevos capitales, ministros, presidentes, comparten allí pertenencia, costumbres, negocios o complicidades.

Sol Lauria

 
 

No es fácil entrar al Club Unión. Primero hay un muro flaco y arrugado de varios metros que cerca el predio. Después unas rejas, una caseta y un guardia que pone las condiciones: “¿es socio?”, “es privado”, “no, no puede entrar cualquiera”. Entonces puedes llamar, preguntar si te dejan, si por favor. Te van a decir lo mismo: socio-privado-no cualquiera. Como al socio sí le abren las puertas del Club y de los negocios que en él se hacen, tal vez quieras ser uno. Con los contactos adecuados y dos miembros que te avalen, presentas tu petición en la gerencia y empiezas el traqueteo: codearte con los miembros de la Junta de Admisión, invitarlos a fiestas, a una tarde en yate, a participar de una inversión prometedora, pedirles que convenzan a los 32 que votan y, después, esperar con paciencia a que la urna se llene y rezar para que no más de cinco saquen bolilla negra, y te impidan entrar. Sí, puede que nunca seas parte: el Club Unión no está ávido de gente porque sí. Pero, si al final te aceptan, eso es otro cuento: pones los 100.000 dólares de la membresía, luego los 180 al mes, otros 3.200 por tu acción y acatas las normas estrictas. Entonces, te dan tu carnet. Y así, como si entrases al ball room para recibir tu Oscar, te conviertes en parte del exclusivo mundo de La Gente Conocida de Panamá.

Si nada de eso funciona, queda aún un sitio en la sala de espera. Tal vez algún día un socio te convide al brunch del domingo, a una noche de pastas o a una boda: olisquearás la exclusividad de prestado. Ahí, después de saludar al guardia, atravesarás el patio delantero con su fuente y, al final, tras un pórtico amplio, serás bienvenido en la sede. Puede que te cruces con gente que porta los apellidos que impulsaron la independencia de Colombia en 1903 o de quienes apoyaron el protectorado de Estados Unidos. O con los dueños de bancos, de despachos de abogados y de aseguradoras, de casinos, de medios de comunicación y colegios, de empresas de seguridad, de puertos o —menos aristocráticos pero igual de millonarios— de casas de empeño. Y puede que también veas por allí a cualquiera de los administradores del Canal de Panamá, a la mitad del Gabinete actual y a varios miembros de gabinetes pasados, a algún expresidente y, tal vez, al presidente actual.

Ese lugar al otro lado del muro reúne a gente involucrada en demasiadas cosas que definen la vida de muchas personas. Aquí los llaman “rabiblancos” para distinguirlos, pero todos son El Poder, a secas. Esta es una forma del edén, del paraíso o del olimpo, y la llaman Club Unión.

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Panamá es una ciudad de contrastes. En diez cuadras pasas de Singapur a Ruanda, de edificios espejados con marcas internacionales a otros que parecen ruinas después de un terremoto. Los barrios más cotizados están sobre el mar, erizados de torres de acero y cristal y moteados con casonas de planta cuadrada con foyer y palmeras perfectas: Casco Antiguo, Avenida Balboa, Punta Pacífica. El del Club, que se llama Punta Paitilla. Hasta 1957, Paitilla fue puro monte y parte de Estados Unidos, como otro tercio del país, pero cuando los gringos la devolvieron, el gobierno panameño intentó convertirla por ley en “uno de los sitios más pintorescos y atractivos de la capital”.

Paitilla ahora es una panza de tierra sobre el Pacífico en un extremo privilegiado de la bahía, un área donde los edificios compiten en altura y las avenidas explotan de árboles. Hay salones de belleza, tiendas orgánicas que venden fruta cara y nanas uniformadas que atajan a los niños cuando bajan de los buses escolares. Aunque es uno de los pocos barrios de la ciudad donde puedes caminar porque hay aceras, la mayoría de los habitantes de Paitilla se mueve en toyotas, mercedes y porsches.

El Club Unión ocupa una manzana de este rincón de Panamá donde el metro cuadrado cuesta 2.000 dólares, casi tanto como en Beijing o Buenos Aires. El edificio original del Club es de estilo moderno tropical —tejas rojas, galerías amplias—, luminoso y muy cálido, y tiene por acceso una arcada sin puerta que deja ver el lobby, la terraza y, más allá, el mar. De aquella construcción de plantación bananera idílica queda cada vez menos, pues las ampliaciones y remodelaciones —salones y spa con techos metálicos como fuselajes de avión— viraron a una estética de shopping mal, imprimiéndole al Club su actual apariencia de arquitectura de cualquier parte.

Hoy es un viernes de febrero y finalmente he entrado al Club Unión porque ser periodista de vez en cuando te abre la puerta de lugares con estricto derecho de admisión. Durante dos meses intenté sin éxito superar a los guardias de la caseta: supliqué a amigos socios que me trajeran a comer; a otros que me mostraran el lugar en un paseo; hasta me ofrecí de cronista de sociales para una revista hight class. Esta vez bastó una llamada al organizador de una fiesta para que opere el milagro.

Ni bien entras al Club entiendes su condición privilegiada en una ciudad donde el principal espacio de reunión es el centro comercial: los ambientes son amplios y están bañados por la luz de un sol suave, no hay ruido ni música a niveles de infarto y siempre, desde cualquier sitio, ves el mar. Los socios disponen de 17 salones adonde invitar de 12 a mil personas pagando a la administración una módica renta de 200 dólares u otra más sustanciosa de 13.500. Hay comedores, bares, discotecas, un gimnasio equipado con máquinas de última generación, piscina olímpica, un salón de juegos y de billar y de bingo y de lectura, canchas de squash y de básquet y de tenis bajo techo y de tenis sin techo y, aunque en Panamá aún no es un deporte estelar, hay también un campo de fútbol.

Ahora son las ocho de la noche y afuera, por el barrio de Paitilla, hay vecinos con kippah y señoras con cochecitos saliendo de las sinagogas. Aquí, dentro del Club, un decorador montó canastos con orquídeas, sillas Tiffany, unas guirnaldas de luces tenues. De fondo suena un calypso y la gente habla y ríe mientras los meseros ofrecen gin tonic y champán. El mar es una línea infinita, negra, unida al cielo. La brisa roza las palmeras volando varios centímetros por encima del suelo asfixiante que es la ciudad al otro lado del muro.

La fiesta es de una institución que dice tener ideas progresistas y fe en la ciencia. Hay costarricenses, caribeños, salvadoreños y gringos que viajaron para celebrar con sus amigos panameños; ellos visten guayaberas blancas, ellas van de cóctel. Los socios se mezclan, dan la bienvenida —en inglés— a los recién llegados y, cuando se topan con otros conocidos, se abrazan y dicen oye, qué gusto verte, preguntan qué tal está el tío Fulano o si hay planes para ir a la playa con el primo Mengano.

Si están rodeados de gente, los habitués del Club Unión son expertos en la simulación. Excepto en esas cuestiones con un consenso social indiscutido entre su clase —la corrupción de La Gente Desconocida, la intransitable ciudad durante las horas pico, el modelo económico—, no dirán en público nada comprometedor. A solas podrán contar detalles tenebrosos hasta de un hermano, pero ante otros no, porque las ofensas pueden ser duras y duraderas. Pocos soportan enemigos en el pequeño universo de La Gente Conocida.

Después de unas vueltas, doy con el anfitrión, un tipo rubio con anteojos y boina que parece un intelectual francés de los ochenta. Me saluda con afecto, presenta a varios miembros de su institución y me guía hasta una mesa. Me deja sentada entre una gringa absoluta de Houston —rubia de cara redondeada— y un panameño cincuentón también rubio y blanquísimo pero ya casi calvo. El cincuentón es D. y luce como cualquiera de los socios del Club, aunque no lo es: D. es un ambientalista de izquierda que libra batallas con algunos poderosos que pretenden alterar el curso de un río para construir un complejo inmobiliario. D. pide una cerveza, el mesero informa que no quedan, así que se pasa al vino.

—Si eres de afuera no puedes comprar cerveza, en el bar no te la darían. ¿Sabes cómo funciona?

En los comedores y bares del Club sólo pueden consumir los socios: el carnet funciona como una tarjeta de crédito con un límite de 2.000 dólares. El Club Unión no acepta efectivo. Fuera de lo que no se puede comprar, todo lo demás se disfruta: el vino que pidió D., los ceviches y las ensaladas y hasta la comida típica como el tamal, que en las fondas es un pastiche de choclo y especias y aquí es una gloria de sabor perfecto.

D. pincha con un tenedor algo de su plato, lleno a tope en el bufet. Cuenta que el suyo siempre fue un país de piratas —Henry Morgan, el más famoso— y de acopio y de intercambio de mercancías, de mercaderes y de mercantilismo. Después se convirtió en un país creado a la medida de Wall Street: una nación que es, en realidad, un gran banco. Panamá podrá ser diminuto pero fue siempre un país de paso y de arribistas, y también de gente que echó anclas y crió generaciones de los suyos. Cualquiera sea su origen, en general todos parecían tener la misma vocación de aventura y de poder.

—Al país siempre lo manejó esta gente que maneja todo y tiene todas las influencias —dice D., y llama al mesero por más vino.

—¿Qué gente?

—Esta —levanta la mano y señala con el dedo índice en derredor—. Tu sabes cómo es esta gente.

—No, no sé.

—Son los dueños. Hacen lo que quieren.

Canchas de tenis del Club Union de Panamá. La membresía cuesta 100,000 dólares. Foto: Club Unión. 
 
Canchas de tenis del Club Union de Panamá. La membresía cuesta 100,000 dólares. Foto: Club Unión. 

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El Club Unión nació el 23 de mayo de 1909, seis años después de la independencia, cuando Panamá se metía bajo la sombra omnipotente de Estados Unidos. Un grupo de comerciantes decidió que sería razonable tener un lugar donde reunirse para divertirse con sus familias y hablar de los negocios en la nueva era. La primera sede del Club estaba en un edificio del Casco Antiguo, la antigua ciudad amurallada con calles adoquinadas, mansiones, plazas y edificios de gobierno. El Casco Antiguo hoy es un atractivo turístico pero entonces albergaba a los vecinos distinguidos, aquellos a quienes, cien años después, aún llaman “rabiblancos”. La época legó el término que todavía divide a los socios del Club Unión del resto del país: rabiblancos —rabo blanco: culo blanco— eran los miembros de la supremacía política que vivían intramuros; rabiprietos —rabo negro: culo negro—, los demás —la mayoría del país—, los de afuera.

Las crónicas de la época describen al Club Unión como el “centro de luz y de alegría de la sociedad panameña”. En los hechos, fue, casi desde sus orígenes, el centro del poder absoluto. El 75 por ciento de los presidentes de Panamá salieron de la nómina del Club Unión. El primero fue Federico Boyd, un prócer de la independencia que hizo fortuna en el mundo de los negocios. Dos décadas después, asumió la presidencia su hermano Augusto. Los Boyd no fueron los únicos apellidos repetidos en las galerías del país y del Club: el padre de Roberto Francisco Chiari, Rodolfo, fue también presidente de Panamá treinta y seis años antes que el hijo.

Ese mundo de continuidad sin fisuras se interrumpió con el golpe de Omar Torrijos en 1968. Torrijos, un oficial apuesto, carismático y bebedor a tiempo completo, adquirió categoría histórica cuando recuperó el Canal para Panamá en un acuerdo con Jimmy Carter en 1977. Torrijos fue capaz de imponer presidentes extraños al Club Unión desde que asaltó el poder y hasta que murió en un accidente aéreo en 1981. No hubo sangre en el proceso, sino un pacto de poder: los militares se ocupaban de la política; los rabiblancos del Club Unión, dueños de un poder económico cada vez más vasto, de los sus negocios.

Cuando Manuel Antonio Noriega reemplazó a Torrijos como jefe del país, los socios del Club siguieron recluidos en sus negocios pero activaron conversaciones con los gringos para apurar la salida del “Man”, como decían a Noriega. El momento llegó en 1989: el 20 de diciembre los gringos invadieron Panamá, regaron tanta sangre como pólvora en el barrio El Chorrillo, se llevaron a Noriega y lo sentenciaron a cuarenta años en una muestra fenomenal de quién mandaba. La Gente Conocida del Club Unión se puso feliz y alistó sus mejores ropas para volver a dirigir la nación.

Desde entonces y por los últimos treinta años, los socios del Club se sucedieron en la presidencia y los gabinetes. Guillermo Endara, Ernesto Pérez Balladares, Mireya Moscoso, Ricardo Martinelli y Juan Carlos Varela: todos unionistas. El único presidente extramuros fue otro espasmo del pasado, Martín Torrijos, el hijo de Omar, pero su gobierno no fue demasiado agresivo con la vieja plutocracia del Club. Con los viejos socios otra vez a cargo, en cambio, todo fluyó mejor: volvió energizada la generosidad de los gobiernos civiles con las empresas privadas y retornó la inversión extranjera por miles de millones.

La nueva etapa tuvo como particularidad la emergencia de cierta alternancia política —del panameñismo al Partido Revolucionario Democrático (PRD), luego panameñismo y PRD de nuevo, Cambio Democrático y, desde 2014, panameñismo otra vez— , pero los códigos no se alteraron. El tráfico de influencias, el nepotismo y el soborno siguieron siendo parte de la política panameña. Y el consenso que garantiza impunidad de clase, también.

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En el Club Unión las reglas son muchas y se respetan. Está prohibido andar con ropa deportiva por áreas no deportivas, prohibido caminar por las galerías, la piscina o la biblioteca con un trago o comida; prohibido ingresar con un gato o un perro o con alimentos y bebidas compradas al otro lado del muro. Prohibido también proferir “públicamente” en “contra del Club Unión o en su membresía en general, insultos, amenazas o injurias”.

Sin embargo, hablar mal del Club a espaldas del Club es una práctica extendida. La clave es que nadie debe ser descubierto —los veintipico de socios que entrevisté durante dos meses, de hecho, me contaron anécdotas y detalles con la condición de no ser nombrados ni grabados. Finalmente, está prohibido llevar visitas a eventos exclusivos de socios, como los Carnavales y el Festival de las Debutantes.

Hay también reglas no escritas pero seguidas a rajatabla: los rabiblancos se mueven y actúan en bloque. Por eso, con los años, a medida que el Casco Antiguo se deterioró y sus calles se llenaban del pobrerío rabiprieto con sus negocios ambulantes, los socios del Club Unión se movieron a zonas como la aristocrática Obarrio —una parcela de aceras sombreadas y casas con patios y balcones en pleno centro de la ciudad— o Paitilla. A principios del año 2000, el socio Stanley Motta —dueño de Copa Airlines, de bancos, de medios, de puertos, de aseguradoras, de centros comerciales y de barrios— convenció a otros miembros del Club —ejecutivos de multinacionales, políticos y banqueros— de mudarse en masa a Costa del Este, un antiguo basural que él mismo había hecho aplanar para construir una miríada de barrios cerrados y rascacielos mastodónticos espejados.

Otra regla no escrita: los miembros mandan a sus hijos al Balboa o a la Academia Interamericana, comandada por una socia del Club. Otra más, sellada como un pacto de sangre: los rabiblancos se casan entre ellos. Pueden experimentar con los de fuera, pero tu esposa o esposo definen mucho —la casa en la playa, el carro, los viajes, y por sobre todo, las alianzas económicas. El ritual de la endogamia entre La Gente Conocida es el Festival de las Debutantes, un evento exclusivo que, cada año de manera ininterrumpida desde 1955, sirve para presentar en sociedad de las hijas adolescentes de los socios. El Festival parece una máquina que traga niñas y escupe señoritas-listas-para-el-matrimonio, y para dejar todo en familia.

La idea de familiaridad y pertenencia es capital. Además de sus propias actividades cerradas, los socios del Club Unión pueden participar de las actividades cerradas de otros clubes iguales de cerrados. Gracias a las “reciprocidades”, con el carnet del Unión entras al gomelo El Nogal de Bogotá, al impenetrable Club de la Unión de Guayaquil, al pituco Nacional de Perú y al paquetísimo Jockey de Argentina —y a 26 más en Asia, Europa y el resto de América. Todos tienen en común ese halo de discreción: la secrecía y el silencio han de ser respetadas. Por eso casi no hay reportajes sobre ellos. Sobran, claro, fotos de los eventos realizados tras sus puertas, pero son producidas para ser publicadas en las páginas de sociales. El poder siempre intenta controlar su narrativa.

Pero pese a los descomunales esfuerzos por homogeneizar y mantener el orden, hay también diferencias. La más notorias las establecen los socios antiguos con los socios “nuevos”. Como toda institución cancerbera de alguna tradición, el Club Unión ha mantenido las formas en el tiempo, pero no ha podido impedir que la Historia trace su curso y, con ello, que se deshagan viejas fortunas y que plata nueva de nuevo rico llegue primero a Panamá y, de inmediato, a golpear sus puertas en busca de una membresía legitimadora.

En los noventa, con el boom privatizador y el aumento de la inversión extranjera, aterrizaron en el istmo negociantes que buscaban un lugar en el paraíso. Con ellos también asomó una ascendente nueva burguesía local. Como la exclusividad llega hasta donde empiezan los negocios, la élite permitió el ingreso de algunos nuevos y el Club Unión se hizo más heterogéneo en el último cuarto de siglo. Ahora, además de patricios-blancos-ricos y patricios-blancos-sin-un-centavo, hay blancos-ricos-sin-linaje. Y aunque hay una distancia insalvable entre los antiguos y los nuevos, el panorama parece bastante inmutable: la plata vieja y la planta nueva del Club Unión sigue en manos de hombres blancos, elegantes, respetuosos de los códigos.

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En Panamá, el Estado ha sido un instrumento funcional a los negocios de los clanes y la acción política una herramienta para engordar el patrimonio de los poderosos. Desde la Constitución de 1904, la élite urbana selló lealtad con una idea mercantilista, prioritaria, de la nación. El primer presidente de la República, por ejemplo, fue designado sin elección, como candidato de consenso entre los poderosos de la época. Y de las veinte elecciones realizadas en Panamá entre 1904 y 1968, doce fueron fraudulentas —digitadas por diversos grupos de poderosos—, en seis intervino la policía panameña y en cuatro, Estados Unidos.

El poder económico entendió en muchos momentos de la historia que la democracia era secundaria porque, por su propia concepción de la nación, Panamá es antes mercado que nación. Y ese mercado, por buena parte de la existencia independiente del país, fue La Zona. La Zona es la Zona del Canal, una franja de 1.432 kilómetros cuadrados que Estados Unidos dominó desde 1903, cuando empezó su construcción, hasta el último día de 1999, cuando fue devuelta en cumplimiento del tratado Torrijos-Carter.

La Zona partió Panamá en dos. Durante los años del control gringo, allí había aceras —en la ciudad no—, hospitales donde salvaban vidas —en la ciudad no—, teatros con acústica de ópera —en la ciudad no—, productos importados, buenos sueldos, una vida cómoda y fácil —no, no y no. Y había alambrados y soldados que bloqueaban el paso a los locales que no tenían permiso para entrar y un mercado tan interesante que a La Gente Conocida no le preocupó atentar contra la estabilidad que tanto apreciaba con tal de mantenerse atada a los privilegios que brotaban allí.

—La mal llamada aristocracia criolla, las clases dominantes, controlaban el poder político del país —dice P., un exministro y socio del Club que tiene una voz a la vez ronca y pícara—. Los presidentes salían del Club Unión.

P. es un viejo linajudo, de maneras campechanas que parece haberlo entendido todo: siempre sonríe. En una mañana soleada de diciembre, sentado en el bar del centro de la ciudad donde suele desayunar, P. me pregunta qué quiero, llama a la mesera y pide por favor un café con leche para la señorita si es tan amable. Entonces sigue:

—Una vez, en los ‘70, entrando yo al Club Unión, me encuentro con don Ricardo Arias Espinosa, que fue presidente de la república, y me dice: “Oye P., ¿tú conoces a ese tipo que nombraron de presidente, ese ingeniero Lakas? ¿Ese, quién es? Lakas ese apellido...”.

P. detiene el relato para reírse y luego me cuenta que contestó que sí, que conocía a Lakas de la ciudad de Colón, porque era amigo de un compadre suyo y porque él siempre frecuentó gente de fuera de su círculo.

—Y Ricardo me dice: “¡Coño, P., es la primera vez en mi vida que yo no conozco quién es el presidente de la República!”

Demetrio Basilio Lakas presidió Panamá entre 1972 y 1978 y su nombre es parte de la Historia porque quien lo llevó a la magistratura fue Omar Torrijos unos años después del golpe. Lakas fue aceptado como socio —así fuera colonense y desconocido, era un presidente—, pero para la elite panameña esa inclusión representó un símbolo de la inevitabilidad del cambio: ya nada sería como fue.

“Antes Panamá era más familiar, más agradable y humano; había intimidad”, me dijo un socio, extendiendo las fronteras de la institución al país, como si fueran idénticos. “Los militares acabaron con eso y generaron resentimiento”. Algo similar piensa otro miembro del Club que quiere preservar el viejo carácter aristocrático: “Fue la decadencia cultural”. Y la misma idea tiene Z., otro distinguidísimo del universo de La Gente Conocida que, como tantos otros que se quejan —“Yo voy y no conozco a nadie. Ya no sé ni para qué soy socio”— nunca jamás se desafiliará. ¿La razón? Según Z., sus hijos disfrutan de la piscina y de las amistades, pero en realidad nadie se autoimpodría el exilio del Club Unión como ningún noble abandonaría voluntariamente una corte imperial.

—Acá todo es para beneficiar al amigo —me dice G., un empresario que es socio del Club pero está alejado de su pensamiento único—. Por eso la importancia de Omar Torrijos en 1968: fue el único que enfrentó a la aristocracia y miró hacia otro lado. Bueno o malo, fue así.

Por eso el regreso de la democracia tras la salida de Torrijos —o de los militares o de los que hicieron que ya nada fuera lo mismo— entusiasmó a los rabiblancos, dedicados sólo a los negocios durante todo ese tiempo. Sintieron que recuperaban los espacios perdidos, y actuaron rápidamente para colocar a los suyos. Guillermo Endara, el presidente del regreso del Club al poder, en 1989, representaba a grandes empresas panameñas y extranjeras con su despacho de abogados. Su ministro de Hacienda había fundado otro bufete en sociedad con el presidente de la Corte Suprema de Justicia.

Esa hibridación entre Estado y empresa se mantiene hasta hoy. El actual ministro de Economía fue director financiero del descomunal despacho Morgan y Morgan, el más grande de Panamá, en el cual también son socios el vicecanciller y el exdirector del Registro Público, la dependencia donde se inscriben las sociedades y fundaciones que permiten esconder los bienes de millonarios del mundo. El negociador del gobierno ante la OCDE es socio de otro bufete de renombre y aparece un centenar de veces en la filtración Panamá Papers —también el vicecanciller. El ministro de la Presidencia tiene despacho propio, vinculado al caso de lavado y corrupción que involucró a la familia Kirchner en Argentina. Tras el cimbronazo de los Panamá Papers, su mismo gobierno contrató al bufete para “asesoramiento relacionado con finanzas públicas, en servicios financieros y estructuración de leyes especiales”.

Y así: mezclados, revueltos, emparentados, amigados, aliados, amigos y casados.

Ernesto Pérez Balladares, presidente entre 1994 y 1999, hizo un guiño fenomenal al Club Unión: tomó 3.200 metros cuadrados de un parque público y los donó para que la institución ponga un estacionamiento.

Y así:

Martín Torrijos, que asumió en 2004, no era socio del Club pero La Gente Conocida se garantizó un lugar en el gabinete con su segundo. Ese, el vicepresidente, fue acusado junto a un ministro de pasar una ley que liberó a amigos y parientes —uno gerente y el otro VP ejecutivo de Banitsmo, uno de los mayores bancos panameños— de pagar 400 millones de dólares en impuestos.

Y así:

Ricardo Martinelli, recién extraditado desde Estados Unidos, entró a la presidencia en 2009 siendo propietario de una cadena de supermercados con 33 sucursales: cinco años después, dejó el cargo con 46. Martinelli también acumuló causas judiciales y enemigos poderosos en el universo de La Gente Conocida: se batió a duelo por los negocios del país con Stanley Motta, a quien señalan como el dios de Malebranche que sostiene el mundo dentro y fuera del Club Unión. Recordado como políticamente incorrecto, cuando era presidente Martinelli dijo: “Me he dado cuenta de que todas las grandes fortunas de Panamá vienen del Estado”.

A diferencia de otras naciones, Panamá parece exhibir que el sector privado no coopta al Estado sino que tienen una convivencia armónica, cuando no identificación absoluta, a lo largo de la historia. El Estado asumió el rol de reproductor del capital y se puso al servicio de las fortunas y empresas líderes del país, sin conflicto aparente. Los presidentes que no son empresarios tienen vínculos directos con las familias más poderosas de Panamá. Los ejecutivos del sector privado llenan las posiciones clave de los gobiernos, facilitan negocios y, al concluir el mandato, regresan a sus asientos corporativos.

Todo eso acabó en esto: cuando el Estado reniega de su rol de regulador y nada más se asume como favorecedor de la riqueza más concentrada, se vuelve un apéndice del capital. Deja de ser Estado —y de preocuparse por las necesidades y posibilidades de la nación como conjunto— para convertirse en bróker de los grandes empresarios. Y eso es Panamá, una nación que funge de banco.

Fachada del Club Union. Tres de cada cuatro presidentes de Panamá eran socios en el momento de ser nombrados. Foto: Club Unión. 
 
Fachada del Club Union. Tres de cada cuatro presidentes de Panamá eran socios en el momento de ser nombrados. Foto: Club Unión. 

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—Los socios del Club son rabiblancos. ¿Tu sabes lo que son los rabiblancos? —pregunta C.—. Rabiblancos son los ricos de Panamá. Tienen todo y son los mandamases.

Al inicio de la tarde de un lunes de enero de 2017, C. domina la sala de su casa desde un sillón mullido. Trabajó muchos años en el Club, donde se jubiló. Vive en una ciudad satélite de la capital donde el sol es un fuego, no vuela una mosca y el aire se copa de los bocinazos de los carros atascados al regreso del trabajo.

—¿Y cómo son los rabiblancos?

—La mayoría son así —C. extiende el brazo, gira la mano como queriendo decir más o menos—. Hay muchos que son muy grotescos, se piensan que están en el tiempo de los esclavos. Los buenos son los menos.

C. es parte del cuarto de panameños que gana lo imprescindible para vivir. Después de tres décadas de trabajo continuo, su último salario apenas sobrepasó los mil dólares, en un país cuyo costo de vida es muy superior al promedio centroamericano. La mayoría de sus patrones del Club Unión ingresan 30 veces más dinero que a él. Panamá, la tierra de los puertos y las rutas que conectan al mundo, es la décima economía más desigual del mundo.

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—Ese grupo del Club Unión está muy afectado con el escándalo del Panamá Papers —dice F., historiadora y, también, socia del Club—. Ese era su negocio y lo están defendiendo a capa y espada: sector bancario, seguros, sociedades de papel. Las sociedades son plataformas jurídicas que se asemejan a las ciudades amuralladas: construyen un escudo alrededor de los beneficiarios, que de alguna manera le roban a los que quedan por fuera. Pero quieren hacer ver que esos son los negocios de Panamá.

En los años ochenta, Panamá fue un pasillo internacional para que guerrillas, espías y dictadores escondieran dinero, comprasen armas o intercambiaran información. Hay más historias que palmeras: los viajes de Pablo Escobar, el lavadero financiero de las FARC y de Moammar Gadaffi, las cajas fuertes para el dinero de la venta del arsenal soviético tras la caída del Muro.

Antes y después, Pamamá también fue un refugio para derrocados. Aquí llegó el expresidente argentino Juan Domingo Perón, en 1955, y aquí conoció en un hotel de la ciudad de Colón a su segunda esposa, una bailarina llamada Isabelita que lo sucedería como presidenta de Argentina. El expresidente de Guatemala Jorge Serrano Elías vive aquí con asilo político desde 1993 tras huir de su país acusado de un autogolpe. En la lista de exiliados políticos están también el ex dictador haitiano Raoul Cedrás, el destituido presidente ecuatoriano Abdalá Bucaram y María del Pilar Hurtado, acusada de espiar a más de 300 personas cuando dirigía el servicio de inteligencia de Álvaro Uribe en Colombia.

Aunque toda la vida la población vivió ajena al blanqueo de dinero, el tráfico de armas, las drogas y demás, cuando se publicó la monumental filtración de la firma Mossack Fonseca, el país se escandalizó. Desde entonces, el taxista, el recepcionista, el último pinche reportero de la cadena televisiva, repite el canto de guerra que aullaron los abogados millonarios y La Gente Conocida: “ataque”, “soberanía”, “bullying internacional”. Una serie infinita de negocios turbios quedó arropada bajo una conveniente cobija de chauvinismo. Cuando el poder engrana tan bien, deprime.

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A inicios de 2017, Panamá se puso en carne viva por otro escándalo internacional: Odebrecht. Si Panamá Papers hizo a los socios del Club Unión todavía más reactivos a cualquier escrutinio, los sobornos de la constructora brasileña lacraron sus labios. En Panamá, Odebrecht obtuvo contratos millonarios a lo largo de una década, un periodo que incluye las presidencias de Martín Torrijos, Ricardo Martinelli y Juan Carlos Varela. Sólo en la era Martinelli, pagó coimas por al menos 59 millones de dólares. Muchos temen que sus nombres acaben manchados, con razón o sin ella.

En febrero de 2017, surgió un delator inesperado: Ramón Fonseca Mora, el cofundador de Mossack Fonseca. Amigo íntimo del presidente Varela, Fonseca abrió huecos imposibles en paraísos fiscales para ocultar dinero de dictadores, políticos y narcotraficantes, desde Vladimir Putin al narco Rafael Caro Quintero. Aunque es socio y millonario —y, por lo tanto, poderoso—, la plata vieja del Club jamás vio a Ramón Fonseca Mora comouno de nosotros. “No es rabiblanco”, me dijo una socia. “Es un outsider”, me dijo otra.

Tal vez por eso, cuando la Justicia panameña lo llamó a declarar por el caso Lava Jato, Fonseca debió presentir que el poder que vive y merodea el Club le soltaba la mano. Al llegar al Ministerio Público de Ciudad de Panamá, el abogado dueño de mil secretos frenó ante los periodistas y, levantado el dedo y con el rostro desencajado, escupió: “A mí el presidente Varela, escuchen esto con atención y que me caiga un rayo si es mentira, me dijo que él había aceptado donaciones de Odebrecht”. La declaración conmocionó al universo político y a activistas, que enseguida salieron a las calles a exigir transparencia y justicia. Lava Jato promete llevarse puestos a dos expresidentes de Panamá y a Varela, el actual.

Para Fonseca, si caía él, también debían caer las firmas que abrieron sociedades para pagar los sobornos. Los diez mayores bufetes lo hicieron: todas pertenecen a socios del Club. Fonseca ya lo había avisado por Twitter: “Yo no voy a ser el chivo expiatorio”.

—Este país es de intereses —me dijo M., un político con influencias en todos los partidos y relaciones estrechas con los gringos—. Antes de meter preso a alguien ven quién eres, qué tienes y de quién eres familia para ver si puedes hacerme daño.

—Este es el país de los primos —me dijo luego un empresario socio del Club, en su oficina, rodeado de libros—. Aquí tu necesitas el know how, el know who y el how much.

Un detalle: en todas las causas abiertas en Panamá por los casos de corrupción ocurridos entre 2009 y 2014, no hay rabiblancos de pura cepa entre los presos, aunque sí dos socios del Club condenados. Y si bien hay corrupción desde siempre, las causas nacidas durante la gestión de Ricardo Martinelli son las más obvias por alevosía. Un ejemplo conocido es el caso Cobranzas del Istmo, que implicó al socio paladar negro y exministro de Economía, Alberto Vallarino, y a su colega en varias juntas directivas de bancos y actual ministro de Economía de Varela, Dulcidio de la Guardia.

La empresa Cobranzas del Istmo fue contratada por el Ministerio de Vallarino para recuperar impuestos morosos, tarea por la que cobró comisiones de 47 millones de dólares. La Fiscalía sospechó corrupción detrás de esas ganancias y comenzó a investigar a los cuatro implicados: Vallarino, De la Guardia y dos extramuros, uno contratado por Vallarino en el Ministerio, y el dueño de Cobranzas. Los cuatro negaron su participación en los sobornos y culparon a otro. Al final, los dos extramuros fueron acusados y detenidos; Vallarino y De la Guardia, eximidos de culpa y cargo. “Se les perdona lo gangsters que son”, me dijo un socio. “Rabiblanco no toca a rabiblanco”, dijo otro. Y un tercero: “No hay nada que el dinero no pueda comprar”. Los primos conservan los privilegios de siempre en el país donde el dinero es dios y el Club, un purificador de aguas turbias.

*

Las horas avanzaron aquella mañana de diciembre en el bar con P., el viejo linajudo de maneras campechanas. Las calles del centro se volvieron una bulla de carros siempre a punto de chocar, puestos de comida aromática y radios evangélicas a todo dar. P. pidió otro café con leche para la señorita por favor si es tan amable.

—Esto era un pueblo —me dice luego, muerto de risa—. El que no era de su propio estatus social, tenía empleados y era amigo de los empleados y los hijos de los empleados jugaban contigo.

P. gira, voltea los ojos claros a la mesa donde están los amigos con los que desayuna casi a diario y posa la vista sobre uno de ellos, morocho con pelo abundante y la piel oscura.

—Fíjate el Monjo —dice, y lo señala—, había una diferencia abismal en el aspecto social y económico, sin embargo actuaba al lado nuestro y éramos como hermanos.

El Monjo es amigo de P. desde sus tiempos de militancia en el partido nacionalista. En los sesenta, eran jóvenes y desbocados y pretendían hacerle daño al gobierno. Una de esas noches de activismo y tragos, cuando volvían de una reunión política que terminó en festejos en un barrio popular, la policía paró a P. y al Monjo y se los llevó al cuartel. Enervado, P. cuestionó el motivo de la detención y, con todo el respeto del mundo, le dijo al sargento que estaban equivocados. El sargento respondió con una sentencia de 90 días de arresto en una celda común. La diferencia entre los amigos vino al día siguiente: a P. lo soltaron en la mañana. El Monjo quedó guardado un año.

Al poco tiempo, cuenta P., un viejo amigo de su padre se encontró en el Club Unión con el todopoderoso jefe del Ejército, Bolívar Vallarino. Vallarino era una rareza en su clase: el único ricachón que entró al Ejército, un mundo reservado en Panamá para pobres y excluidos. El tipo saludó a Vallarino con afecto, y lanzó:

—Ey, Boli, ¿cómo es eso que soltaron a P. de la cárcel?

—Bueno, ¡es que tu no has visto que P. es rabiblanco!

Y apurando un trago en el Club de siempre, del lado de adentro del muro, ambos rieron.

 

*Este texto es parte de una serie de crónicas y ensayos sobre el poder económico en Centroamérica, coordinada y editada para El Faro por el periodista y escritor Diego Fonseca.

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