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Especial Educación

Salas cuna o el origen de nuestro subdesarrollo

Jaime Ayala

 
 

A lo largo de la construcción de la historia salvadoreña, en reiteradas ocasiones se ha destacado al ciudadano salvadoreño con un rasgo que parece destacar sobre los demás: su laboriosidad. El salvadoreño es, por definición, trabajador. En 1972, en su discurso de toma de posesión, el expresidente Arturo Molina expresó la paradoja de que faltara el trabajo para “uno de los pueblos más trabajadores del mundo”. Más de 45 años después, la promesa de obtener más y mejores oportunidades de empleo continúa siendo un eslogan que adorna las recientes campañas políticas.

La normalización del trabajo como indicador de prosperidad ha contrastado con que padres y madres valoren más la calidad que la cantidad del tiempo compartido; argumentando que no importa pasar una hora al día con sus hijos, siempre y cuando sea una hora muy bien aprovechada. Esta y otro tipo de expresiones resultan suficientes para justificar las agobiantes jornadas laborales y las extensas rutinas diarias. La calidad de tiempo es importante, pero eso no debe menospreciar la cantidad de este compartido con la familia.

Mientras que los países más desarrollados trabajan –en promedio- 6 horas al día, los salvadoreños nos hemos acostumbrado a permanecer casi más de 9 horas en una oficina y perder un par más en congestionamientos vehiculares. La flexibilización en las jornadas laborales no ha sido un resultado del alto desarrollo económico de estas naciones, sino que ha sido una política social efectiva la que ha propiciado las mejoras en competitividad económica. Históricamente, estos países han sabido invertir en sus familias, comprendiendo, además, que apostar en favor de la niñez constituye la principal estrategia de desarrollo humano, en el corto, mediano y largo plazo.

En El Salvador, más de un tercio de la población salvadoreña son niños. A la edad de 3 años, el cerebro humano alcanza el 85 % de su potencial, y el 90 % a los 4 años. Es durante la infancia que se desarrollan, con mayor medida, las funciones lógicas, sensoriales, socioemocionales y ejecutivas. Son estas mismas competencias las que, durante la adultez, influyen en el comportamiento como adultos, desde las reacciones violentas hasta actividades más sencillas como cruzarse una doble línea amarilla o no ser empáticos al no ceder el paso en el tráfico.

Nuestro comportamiento como adultos es un reflejo indiscutible de la formación que recibimos como niños. De acuerdo con cifras oficiales, El Salvador únicamente destina el 4 % de su inversión pública en los niños entre 0 a 3 años, que representan, aproximadamente, el 7 % de la población. En contraste, las personas mayores de 65 años -el 7 % de la población- reciben el 21 % de la inversión pública. El sistema salvadoreño de protección social se ha fundamentado en la reacción a los problemas durante la vejez, lejos de aplicar un enfoque proactivo para garantizar mejores condiciones de vida, desde la infancia, para un retiro próspero [1].

¿Qué les espera a los 100 000 niños y niñas que nacieron en El Salvador en el 2017? Si utilizamos las estadísticas actuales encontraremos que, de estos, 97 000 no tendrán acceso a cuido y educación inicial y 19 000 no recibirán todas sus vacunas. Antes del noveno grado, 36 000 ya habrán abandonado el sistema escolar y únicamente 40 000 finalizarán el bachillerato. Una cantidad mucho menor comenzará y completará la educación superior. De acuerdo con proyecciones, únicamente 16 000 de los 100 000 iniciales contará con un trabajo decente. Estos niños y niñas son la fuerza laboral de El Salvador para el 2040. Sobre ellos descansa la sostenibilidad de nuestro país y del sistema de protección social [2] .

De la generación de la paz -los 2.2 millones de niños que pasaron a la adultez de 1992 a 2017-, 1.7 millones trabajan, pero el 98 % de los que no lo hace son mujeres. Únicamente, 1 de cada 3 posee seguridad social, el 23 % posee un trabajo decente, 48.5% está subempleado y 5.1% está desempleado. Solamente el 23.4 % gana más del salario mínimo y no goza de protección social. Tras 25 años de la firma de los Acuerdos de paz, a 200 años de la Independencia, y tras la implementación de diversos modelos económicos, vale la pena cuestionarse, como país, qué hemos hecho mal [3].

El Salvador necesita un nuevo punto de consenso, si se quiere alcanzar la prosperidad, y este no puede ser otro que la formación de nuestros ciudadanos desde los primeros años de vida. Durante décadas, los salvadoreños hemos esperado alcanzar un estado de crecimiento económico suficiente, de manera que los beneficios y derechos sociales se deriven de este. Ha sido, precisamente, ese pensamiento lo que ha limitado el desempeño de El Salvador en los índices mundiales de competitividad.

Para los próximos años, El Salvador debería apostar por una política social que, tomando en cuenta las restricciones fiscales actuales, priorice una implementación del gasto de acuerdo con las necesidades de las distintas generaciones, es decir, enfatizando en los niños, niñas y adolescentes. No es normal que padres y madres lleguen tan cansados a sus hogares o que tengan tan poco tiempo disponible con sus hijos. Si los enfoques políticos continúan posicionando al crecimiento económico como un medio para alcanzar el desarrollo humano, se perpetuará la génesis de nuestro subdesarrollo.

 

*Jaime Ayala es economista graduado de la Escuela Superior de Economía y Negocios.  Posee experiencia como consultor para agencias de cooperación internacional e implementadores. Ha colaborado como asistente de investigación en temas de sustentabilidad, prevención de violencia, desarrollo humano y diseño de propuestas para una política social transformadora en El Salvador.
 
*Jaime Ayala es economista graduado de la Escuela Superior de Economía y Negocios.  Posee experiencia como consultor para agencias de cooperación internacional e implementadores. Ha colaborado como asistente de investigación en temas de sustentabilidad, prevención de violencia, desarrollo humano y diseño de propuestas para una política social transformadora en El Salvador.

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[1] Cifras estimadas a partir de Ministerio de Hacienda (2015) y Fondo Monetario Internacional (2001).

[2] CELADE, 2018; MINSAL, 2017; MINED, 2017 y DIGESTYC, 2016.

[3] Datos a partir de microdatos de la EHPM, 2016.


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