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Pegar guinda

 
 

Jugué fútbol toda mi infancia y parte de mi adolescencia. Jugué en la liga federada, la oficial, la reconocida por los que se encargan de reconocer estas cosas. Dicen que en la raíz está el problema de nuestro fútbol. Y la raíz son las canteras. Y lo más parecido a las canteras son las ligas infanto-juveniles. Fui yo, de alguna forma, la raíz del problema de este miserable deporte que a los salvadoreños nos gusta tanto y jugamos tan mal.

Jugaba yo, desde chiquito, mal. Pongámosle medida al adjetivo: a la luz de lo demostrado en las canchas de mi infancia, si yo hubiera desarrollado mi potencial pleno, con suerte, hubiera llegado a ser un Nelson ‘la Piocha’ Rojas; con muchísima suerte, un Carlos ‘el Papo’ Castro Borja. Para quienes no conozcan a esos dos portentos de nuestro fútbol (lo digo sin sorna), eran dos jugadores rudos, golpeadores, que intimidaban. Pero no a lo Sergio Busquets, que te desarma con elegancia. Estos te desarmaban. Punto. Era mejor darles la pelota. Así era yo, o incluso peor. Era más sucio que hábil. Era más sucio. Era sucio. Convertí en mantra aquella frasecita mediocre: que pase el hombre o el balón, pero jamás juntos.

En fin, andaba yo por ahí jugando mi nefasto fútbol cada fin de semana. Jugaba yo en Los Pericos, la selección del Colegio Externado San José. Éramos; dentro de la liga, un equipo fresa: teníamos uniformes y hasta chumpas y pants. Teníamos una hermosa cancha, con medidas oficiales y grama verde, y malla atrás de cada portería. Cambiábamos de uniforme para cada temporada, y entrenábamos, bien almorzados, dos veces por semana. Éramos, aunque a algunos les duela, un equipo fresa. Pero también éramos uno de los mejores. Era raro que pasara un año en que el equipo no saliera campeón de una o más de las cuatro categorías de la infanto-juvenil.

De ahí saltaron jugadores hasta la Liga Mayor, seleccionados nacionales incluso, como Aarón Canjura, Guillermo ‘Memo’ Morán o Rafael ‘el Chele’ Barrientos. Salieron de ese equipo también futbolistas geniales en su contexto que nunca llegaron a Primera a pesar de haber estado en todas las selecciones juveniles del país. Recuerdo a uno en particular, con quien tuve la suerte –y él la desgracia- de jugar: Érick Fuentes.

Era un chaparro y fornido delantero. Rápido, ambidiestro y con un pateo de balón de alguien mucho mayor. Lo hacía llegar de la media cancha hasta la portería desde que teníamos 13 años. Cada vez que perdíamos un partido y se acercaba el final, lo único que escuchábamos como instrucción técnica el resto de los jugadores de Los Pericos era el alarido del entrenador: “¡Pásenla a Érick!”. Era temido en toda la liga; él y su archirrival del Real Tecleño: Eliseo ‘Cheyo’ Quintanilla. Sí, ese Cheyo, la estrella salvadoreña de la primera década de este siglo, el hombre que ganó la liga estadounidense con el D.C. United (siendo titular, no solo excusa para atraer público salvadoreño), el que jugó en clubes de Guatemala, Chipre y México (habrá algún lector de países con buen fútbol riéndose del palmarés de estrella que damos desde El Salvador, pero ni modo).

Cuando disputábamos un partido Los Pericos y el Real Tecleño, era más bien un partido entre Érick y Cheyo. Los demás hacíamos lo que buenamente podíamos. En mi caso, ser más sucio que lo habitual.

En la final de Infantil A, Érick ganó a Cheyo, y todos celebramos a lo grande en una pizzería. Esto no viene a nada, solo quería decirlo.

Por aquellos años, solía quejarme mucho cada vez que nos tocaba jugar en ciertas canchas. Recuerdo una en Popotlán, Apopa, que parecía más un parqueo de camiones. Ahí nos apedrearon los vecinos en una ocasión, porque cometimos el agravio de ganar. Recuerdo la bromita recurrente de que el sábado nos tocaba jugar en grava, no en grama.

Llegó un momento en el que se prohibieron los tacos de rosca metálica. En parte, argumentaron algunos directivos, porque había canchas de tierra dura donde las roscas se afilaban y podían usarse luego para acuchillar las piernas de uno de los futbolistas en ciernes. Había una cancha en Ciudad Credisa, Soyapango, en la que no podías tomar impulso de más de un paso para hacer un saque de banda, porque un barranco se desplegaba a tus espaldas. En una ocasión, se canceló un partido en esa cancha, porque la segunda pelota se fue al barranco y ya no había con qué jugar. Recuerdo la cancha del FAS Zacamil, frente a los condominios, frente al mercado, donde había que parar el partido para que pasaran los carros de los habitantes hacia el parqueo. Pasaba el carro levantando una nube de polvo, molestos los conductores por la espera, y luego continuaban las acciones del encuentro. Siempre pensé que me hubiera gustado escuchar cómo un narrador radial manejaba esa situación: lleva la pelota el número cinco, se quita a uno, dos, enfila hacia la línea de córner para centrar, son tres contra dos… Pausa… Un momento… Viene carro.

Pensaba yo en aquel momento que sería imposible convertirme en un futbolista profesional jugando en canchas de grava y siendo apedreado por ganar. Pero no fueron esos primeros años los que me hicieron renunciar a la idea de construir vida corriendo detrás de una pelota. Fueron tres las experiencias que me hicieron decir hasta aquí, ni modo, me meto a estudiar.

La primera es que entré, junto con algunos amigos, a los entrenamientos de preselección de la Sub-17 de El Salvador. Entrenábamos en la cancha 1 del complejo de la Federación Salvadoreña de Fútbol. El técnico, que si no recuerdo mal se llamaba Emmanuel, era evangélico, y nos obligaba a rezar a grito pelado antes y después de cada entreno. Él levantaba la mirada y observaba quién del grupo no estaba con gesto compungido gritándole a Dios. Era importante el fervor si querías ser seleccionado de fútbol del país. Yo había dejado de creer en ese Dios hacía cinco años, y me debatía antes y después de cada práctica entre querer jugar en la selección –o sea, rezar– y querer seguir siendo ateo. Ambas cosas las hacía de la misma forma en que jugaba: mal. Rezaba a gritos mientras negaba con la cabeza en gesto de desaprobación. Era decepcionante para un futbolista malo que se creía bueno que te evaluaran por tu griterío religioso. No seguí más.

En un momento, entrené con la reserva del Atlético Marte, un equipo histórico de la Mayor –ahora descendido–, que con suerte reunía a 50 aficionados –familiares– en el Estadio Cuscatlán cada fin de semana que jugaba. Entrenábamos en la cancha de la Universidad Nacional, antes de que reconstruyeran ese espacio. Era una cancha de tierra dura, seca. Ni siquiera había mucho polvo para amortizar las caídas. Barrerse era despellejarse.

Pero no fue el árido panorama el que me espantó. En una ocasión, el defensa central se enzarzó con el mejor jugador, el Negro. El técnico los detuvo y pretendió solucionar el problema malinterpretando una metáfora: “Vayan a echarse agua a la cabeza para enfriarse, par de pendejos”. Pero como lo de los pleitos no es un problema literal de calentamiento de la testa, el Negro volvió a retomar las trompadas unos minutos más tarde. El técnico sentenció que el Negro, el mejor del equipo, debía irse “a la mierda”. Lo echó del Marte. La última súplica del Negro me dejó helado: “Profe, usted sabe cómo es esto, no me tire a la droga”. El Negro, me enteraría después, consumía crack. Había sido adicto, y dejaba de serlo cuando el fútbol lo rescataba. Era bueno, muy superior al resto de los que entrenábamos, pero aquello no era un proceso ni había metodología ni paciencia. El agua helada en la cabeza no funcionó, así que el técnico repitió su sentencia: “¡A la mierda!”. Dejé de asistir a esos entrenos.

Intenté entrar al Soyapango F.C. Los entrenos ocurrían en la Jorgito Meléndez, cancha sede de equipos de la de Ascenso. Era, para lo que había, un lujo: cancha de grama reseca con áreas de tierra. Llegué con algún recelo, porque no podía olvidar que años atrás, un colega de Los Pericos se había lesionado seriamente la rodilla al enterrar su pie en un hoyo de esa cancha. El hoyo tenía unos cincuenta centímetros de profundidad, pero el monte había crecido dentro de él, y había sido cortado en la superficie al nivel del resto de grama. Era un hoyo camuflado, pues, una especie de trampa para el visitante.

Pensé previo a ese entrenamiento en calentar con dedicación, para estar flexible ante cualquier necesidad de estiramiento por caída en hoyo. Pero el técnico, un viejito, apareció temprano y dio inicio a la práctica con una indicación que me hizo poner en duda si él tenía algún conocimiento del deporte, de cualquier deporte.

Guinda en El Salvador significa, según la RAE, “huida a la carrera”, salir espantado. Durante de la guerra, los pueblos tomados por la guerrilla llamaban guinda a eso, salir huyendo de improvisto de la llegada del Ejército. Correr, con todas sus fuerzas, para salvar la vida.

Aquel sospechoso entrenador, con un desinterés más propio del que arrea ganado, dijo las palabras con las que pretendía iniciar la práctica desde el centro del campo: “Vamos a calentar, peguen una guinda de aquí para allá y de vuelta”, y señaló un extremo del campo y el otro. Adolescentes como éramos, corrimos como desesperados sintiendo los calambres producidos por aquel exótico ejercicio.

Jugué fútbol toda mi infancia y parte de mi adolescencia. Jugué en la liga federada, la oficial, la reconocida por los que se encargan de reconocer las cosas en esa materia. Era malo. Pude haberlo demostrado a más personas, pero el fútbol juvenil de este país me hizo desistir y pegar guinda lejos de las canchas.

Partido de fútbol en el reparto La Campanera, en Soyapango. Foto Roberto Valencia (El Faro).
 
Partido de fútbol en el reparto La Campanera, en Soyapango. Foto Roberto Valencia (El Faro).

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