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Mi primera (y única) vez en el Estadio Cuscatlán

Magdalena Henríquez

 
 

Nunca he jugado al fútbol, pero me gusta ver fútbol.

Ni recuerdo a cabalidad qué año corría, pero yo era joven, muy joven. El machismo era muy fuerte en los ambientes en los que me crié, y todos los domingos me ponían a cuidar a mis primos pequeños mientras el papá se pasaba el día pegado al televisor, viendo a unos hombres correr detrás de una pelota. Yo no quería ver eso, ni siquiera lo entendía, pero estaba consiente de que aquel hombre no cambiaría de canal, así que poco a poco comencé a rendirme: ya que no tenía más remedio que verlo, al menos quise entenderlo. Así que comencé a preguntar: ¿cuándo es tiro de esquina? ¿Qué es el fuera de juego? ¿Cuándo se marca penalti? ¿Qué es un hat-trick? Y así, él me fue explicando a regañadientes las reglas del juego. Y no digo que fuera fácil comprenderlo, pero empecé a disfrutarlo, y aquel deporte terminó pareciéndome emocionante, al punto que lograba sobresaltarme con los goles.

Así empezó todo.

Tengo recuerdos mucho más precisos de la hexagonal que se disputó en 1997, y de la que salieron los tres representantes de la CONCACAF que disputaron un año después el Mundial de Francia. Yo tenía 19 años y ya entendía lo suficiente de fútbol. Recuerdo que aquel año no nos alcanzó con lo que teníamos aquí y nacionalizaron a tres jugadores: dos brasileños, Israel Castro Franco y Nidelson da Silva Mello (a) Nenei; y otro de origen serbio, Vladan Vićević. Pero mi favorito era un morenito muy salvadoreño, William Renderos Iraheta, quien vivía cerca de mi comunidad y lo había visto en persona un par de veces.

Me emocioné mucho cuando el hombre que años atrás me había explicado las reglas del fútbol me dijo que íbamos a ver un partido en el Coloso de Montserrat. Yo estaba convencida de que con aquella Selecta podíamos dar pelea y los dos brasileños me dieron más esperanza; claro que no eran Ronaldo ni Romario, pero eran brasileños, los del ‘jogo bonito’, y en mi inocencia futbolera ir al Mundial de 1998 fue por algunos meses una posibilidad real.

Se llegó el día, el 9 de noviembre de 1997. El Salvador enfrentaba a Jamaica a falta de dos fechas y se jugaba el todo por el todo. Yo había aguantado la gran regañada de mi mamá, porque ella decía que los estadios no era lugares para mujeres, que sólo hombres iban. Pero igual me fui. Recuerdo que entramos en el Cuscatlán a las 11 de la mañana, y nos pasamos horas esperando al pitido inicial.

Días antes del juego entre El Salvador y Jamaica, me habían dado unas recomendaciones: llevar pantalón e ir vestida estrictamente de azul y blanco. Y así lo hice. Fui con el papá de mis primos y un amigo de él. Justo antes de ingresar, me detuvieron y me dijeron: “Vaya, vos te vas a ir en medio de nosotros dos”. Y yo, extrañada, les pregunté que por qué. Me explicaron que algunos hombres se podían poner abusivos y que querrían manosearme, pero que si iba en medio de ellos no me pasaría nada.

Pero fue entrar y empezar a oír gritos: ¡Culo! Culo! Culo! Con los gritos cayeron pedazos de pan y bolsas con cerveza, orines o a saber qué otras asquerosidades. Los que estaban más cerca se abalanzaban para tocarme. Esa era la bienvenida que los aficionados salvadoreños daban a las mujeres en Sol general, conocido como Vietnam. Y digo era, en pasado, porque desde entonces, por más que me apasiona el fútbol, no he vuelto a acercarme al Cuscatlán. Me gustaría creer que algo habrá cambiado en estos 20 años, pero tampoco estoy dispuesta a averiguarlo.

Cuando iniciaron los actos protocolarios, todos aquellos que parecían animales cada vez que entraba una mujer se convirtieron en los salvadoreños más patrióticos y cantaron las estrofas del himno nacional con tanta pasión que el Coloso temblaba. Aquel partido se logró empatar gracias a un gol de Nenei de palomita. El resultado final fue un 2 a 2. Yo grité cada gol y regresé a mi casa sin voz, pero asustada como pocas veces en mi vida. Mi primera experiencia ‘mundialista’ con la Selecta estuvo lejos de ser algo como a mí me hubiera querido.

Aquella tarde yo sólo quería ver fútbol, quería vivir esa sensación de que la piel se te enchina cuando 35 000 personas cantan el himno a pleno pulmón. Pero que para disfrutar un partido en el estadio debas pasar por un trato tan humillante, incluso delictivo, es intolerable. En ese tiempo, se decía que si eras mujer, en el Cuscatlán sólo podías estar segura en la parte de sombra como mínimo, o en tribuna. Pero no todas podíamos pagar esos precios. Por si fuera poco, a la decepción en el plano personal por aquella violencia que sufrí se sumó la decepción colectiva porque El Salvador no logró clasificar para Francia 1998.

Yo sigo viendo fútbol y lo seguiré haciendo. Lo disfruto desde mi casa o en algún bar, con mi familia y amigos. Sólo convencida de que esta sociedad ha aprendido a respetar a sus mujeres regresaría a Vietnam. Pero para eso, me temo, falta un mundo.

Imagen de archivo del Estadio Cuscatlán, la catedral del fútbol salvadoreño. Foto archivo El Faro.
 
Imagen de archivo del Estadio Cuscatlán, la catedral del fútbol salvadoreño. Foto archivo El Faro.

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