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Lo noble y lo trivial: tres partidos entre Colombia y África

Vanessa Londoño

 
 

Uno

Recuerdo que durante el partido entre Colombia y Costa de Marfil la lluvia amenazó varias veces con agujerear el cielo diluido y azul. El primer tiempo de ese encuentro, en el Mundial 2014, había cerrado a ceros, y ambas selecciones se resignaban a los remates desde fuera del área. Parecía que el empate al que le apostaban sintetizaba de alguna forma ese miedo permanente al sortilegio mutuo.

Al minuto sesenta entró por fin Drogba. Tenía el encargo de meter a los elefantes en la segunda ronda, y por eso saltó a la cancha haciendo lo que sabe hacer mejor: imponer al partido un ritmo desenfrenado. El africano no solo quería ganar sino que estaba ahí para dejar atrás la modesta campaña que hacía en Europa. En la tribuna esperábamos entonces la resurrección de esa deidad que se había formado en el Chelsea; la reaparición de ese jugador con la sofisticada elasticidad de los felinos y la enigmática androginia que a veces rodea a los animales. Pero a sus treinta y seis años una lesión en el muslo derecho lo sofocaba. En las gradas del Mané Garrincha pronto nos dimos cuenta de que su fútbol era un espectáculo extemporáneo: la luz que salía de una estrella apagada hacía tiempo y cuyo eco hasta ahora nos empezaba a alcanzar.

Fue hasta el minuto sesenta y cuatro que Colombia logró romper el empate. James recibió un tiro de esquina que empujó con la cabeza, para el primero; y luego Quintero mandó un balón a ras de piso que terminó por estrellarse contra el fondo tembloroso de la red. A la Selección le tomó solo seis minutos desentrañar el conjuro de ese fútbol novedoso, lleno de velocidad y fortaleza física que representó el juego coherente pero fugaz de Didier Drogba. La codicia desmesurada e incontrolable de esos pumas andinos mostraba, después de todo, una notable vecindad estética con la de los felinos africanos.

El descuento de Gervinho selló el resultado final. Con el vaso de la cerveza recalentada en la mano, a mí todavía me parecía que podía llover. Hasta la tribuna me llegaba ese olor inconfundible de la tierra removida entre el agua, y en la cabeza empezaba a sentir el rebotar de esos goterones grandes que se escurren lentos y perezosos, impulsados por el roce de otras gotas más pesadas. Entonces saqué de la maleta el impermeable que traía guardado desde Bogotá.

—No va a llover, te lo prometo –me dijo sorpresivamente un hincha marfileño que estaba a mi lado–. Si Mandela está viendo desde arriba este partido, seguro que no va a llover.

Dos

No fue la primera vez que Drogba jugó lesionado ni que se puso la camiseta de la selección nacional a costa de su propia integridad física. A Sudáfrica 2010 llegó con un brazo roto después de un partido amistoso contra Japón, y a sólo semanas del inicio del torneo en su propio continente.

Fue el propio Nelson Mandela quien tuvo que llamarlo para convencerlo de jugar. “Hijo”, le dijo el nobel al teléfono, “una Copa del Mundo sin ti no es un mundial de fútbol”.

Mandela conocía bien de la doble militancia de Drogba entre la política y el fútbol: en 2005 apareció en la televisión nacional de su país arrodillado junto al resto del equipo para pedir a los marfileños que se reconciliaran, y que dejaran atrás la sangrienta guerra civil que vivían. Abrazados en el suelo, los jugadores ponían el fútbol como ejemplo de que la paz era posible. Al fin y al cabo, una selección tan pluralista como el país mismo, dividido de facto por asuntos políticos y religiosos, había logrado junta la clasificación al Mundial de la FIFA.

Tres

No fue tampoco la primera vez que Colombia se enfrentó a un país africano. Cuando uno reproduce los videos transferidos a internet desde esas cintas magnéticas que dejó el Mundial de Italia 1990, encuentra el bochornoso 2 a 1 de Camerún en el estadio de Nápoles. El material es tan precario que a veces resulta mejor reproducir esos goles, demasiado releídos, en la traición de la memoria. Sea como sea, el resultado visto desde uno u otro es siempre el mismo: Mila vacila con facilidad la mítica extravagancia de Higuita, que se va a jugar prácticamente a la mitad de la cancha.

El partido que jugamos en Rusia 2018 contra Senegal no solamente marca el tercero de los encuentros entre Colombia y África, sino el segundo partido que Colombia gana en lo futbolístico pero pierde por ahora en lo histórico. Los leones y los elefantes son repúblicas que han conseguido superar el conflicto a través de procesos de paz, y que se alistan para recibir mejores tiempos democráticos. Como Drogba en su momento, Sadio Mané hizo historia hoy jugando para la selección de su país en un Mundial de fútbol. Mané nació en la región de Casamance, el territorio que por décadas estuvo en guerra permanente con el resto de Senegal y que, durante años, tuvo a la población civil atrapada entre un ejército y una gendarmería que actuaban con total impunidad para debilitar la insurrección, y el ejercito separatista que se había levantado en armas.

La historia política de Colombia se puede contar de a mundiales. Mientras en Brasil 2014 le apostábamos a un Acuerdo de Paz con la guerrilla, en Rusia 2018 tenemos un gobierno electo que se alista para desmantelarlo. A los colombianos parece gustarnos la venganza y rendir culto a la catástrofe. Tal vez no sea coincidencia lo que Alexander H. Krappe explica en La génesis de los mitos: que la tradición del diluvio universal está repartida por toda la tierra, excepto en África.

El senegalés Kalidou Koulibaly y el colombiano Juan Cuadrado disputan un balón durante el choque que enfrentó a ambas naciones el 28 de junio en la ciudad rusa de Samara. Foto Liu Dawei (Xinhua).
 
El senegalés Kalidou Koulibaly y el colombiano Juan Cuadrado disputan un balón durante el choque que enfrentó a ambas naciones el 28 de junio en la ciudad rusa de Samara. Foto Liu Dawei (Xinhua).

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