Publicidad

¿A quién le va Dios en el Mundial?

Óscar Picardo Joao

 
 

Cuando ingresan a la cancha se persignan una y mil veces, tocan con su mano el césped y se vuelven a persignar; debajo de sus camisolas deportivas llevan otra camisa estampada con la imagen de Jesús o alguna frase divina. Algunos se agrupan y rezan; otros, hasta se imponen las manos. Cuando fallan un tiro al arco elevan la mirada desconsolada hacia el cielo pidiendo una explicación y, cuando hacen gol, con euforia agradecen al todo poderoso elevando sus brazos, se hincan y ofrecen la hazaña al omnipotente, en un profundo ritual en que el gol es presentado como ofrenda de sacrificio.

Religión y fútbol cada vez van más de la mano. Jugadores y técnicos de diversas creencias (protestantes, católicas, hinduistas, budistas y hasta islamistas o judíos) se conectan en cada jugada con Dios. Y entonces uno se pregunta: ¿a quién le va Dios?, ¿hacia dónde inclinará el fiel de su balanza milagrosa? ¿A los más devotos o creyentes?, ¿castigará a los pecadores con pifias, tarjetas y palos?, ¿tendrá un equipo elegido o favorito? ¿El diablo joderá a alguien? ¿Se apartan los Ángeles de la Guarda cuando marca Pepe?

En las redes especulan: es que el Papa es argentino y puede haber una conexión con Messi... CR7 se llama, nada más y nada menos, que "cristiano" y es del país de la Virgen de Fátima... Los colombianos son casi todos cristianos... Los mexicanos son muy guadalupanos; y mil cosas más. ¡El fútbol también es una cosa de fe!

Luego vendrá el problema de la camiseta teísta: los ingleses son anglicanos; ¿el dios de los luteranos abandonó a los alemanes? ¿Cómo les puede ir bien a los agnósticos uruguayos? De África mejor ni pregunto; o parece que a Alá no le interesa el fútbol, ya la mayoría de sus equipos están fuera del mundial. Esto se pone complicado.

No podemos obviar en esta discusión aquel 22 de junio de 1986, en el Estadio Azteca, cuando se creó la nueva epifanía de “la mano de Dios”. Una trampa del gran Diego sacralizada, con la cual se transformó en semiD10S, y a partir de ahí su culto en la sincrética “iglesia maradoniana”, fundada el 30 de octubre de 1988.

Pero bueno, volviendo a la pregunta inicial: ¿A quién le va Dios? ¿Están los dados cargados?, ¿tiene Dios favoritos? Todos rezan, suplican; basta ver una tanda de penales en una final: los porteros y los artilleros a cual más “pío”; mientas tanto, entre goles, fallos y atajadas, la gente se queda atónita esperando un favor del cielo.

La lectura teológica y fundamentalista del Dios omnisapiente, omnipresente y todo poderoso, lleva a muchos a sospechar que no puede haber resultado futbolístico al margen de su voluntad. Lo que ocurre en la cancha es porque Dios lo quiso, no hay casualidades posibles.

Esta visión del “Dios sádico” que premia y castiga, que favorece y entorpece, que “juega a los dados”, está en la perpleja catequesis de una religión pueril, y se nutre históricamente de la “providencia” católica y de la “predestinación” protestante, apelando al falso versículo: “ni una hoja de un árbol se mueve o se cae sin la voluntad de Dios”. No hay casualidades ni tanto libre albedrío: Dios está detrás de todo, de cada gol, de cada atajada y detrás de cada tarjeta (aunque ahora el VAR le ha quitado algunas complicaciones, funciones y milagros).

Bien, cada quien siga creyendo y rezando. Así es el fútbol: mágico, místico, ritual y religioso. Estas son simples preguntas y ocurrencias ahora que se vienen las eliminaciones directas.

Diego Armando Maradona carga el trofeo en México 1986, el mundial en el que se convirtió en astro del fútbol y marcó un gol con la mano a los ingleses. Foto AFP.
 
Diego Armando Maradona carga el trofeo en México 1986, el mundial en el que se convirtió en astro del fútbol y marcó un gol con la mano a los ingleses. Foto AFP.

Publicidad
Publicidad

 CERRAR
Publicidad