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‘Grupo salvaje’ o las memorias de un merengue ilustrado

¿Cuándo alguien se vuelve madridista? Pero sobre todo, ¿cómo? Quizá haya tantas respuestas como madridistas en el mundo. Una es la del periodista y escritor español Manuel Jabois, un merengue consumado que heredó de su padre la afición al blanco, y que narra sus vivencias y recuerdos en el libro Grupo salvaje, de la editorial Libros del KO. La secuencia inicial, que El Faro reproduce en este artículo, se recrea en un evento traumático para los madridistas que ya lo eran a inicios de los noventa: una derrota en Tenerife en la última jornada de Liga, con fallo clamoroso del portero Paco Buyo, que entregó el campeonato al F.C. Barcelona.

Manuel Jabois

 
 

Todo empezó uno de esos domingos en los que íbamos al pueblo a pasar el día con mis abuelos. El Madrid estaba ganando por dos goles a cero en Tenerife [partido jugado el 8 de junio de 1992, que definió el campeón de Liga de aquel año], y mi padre decidió subirnos a todos al coche y volver a casa. Es un rasgo, el de mi padre, de madridista antiguo, un poco resabiado. No llevábamos ni media hora y la Liga, declaró, se había ganado. Sin embargo yo sufro los partidos hasta en las goleadas, cuando pienso que algún cataclismo nuclear, mismamente en el descuento, puede dejar al Madrid sin victoria, pero mi padre insistió en que podríamos llegar a casa temprano y comer pepitos de ternera para ver los resúmenes en el salón manchándonos las manos de ketchup. Cuando se ganan cinco Ligas seguidas hay celebraciones así.

Subimos la olla de cocido al maletero, pues mi abuela para hacer un cocido sacrifica diez puercos en angustioso rito, y el coche se puso a andar pesadamente, como si hubiésemos dejado atrás algo. No recuerdo qué edad tenía: supongo que trece años, porque en la desgracia todos tenemos automáticamente trece años. Fue lo que una de las niñas Lisbon, aquellas vírgenes suicidas, le dijo a su psiquiatra cuando él le preguntó qué hacía en la consulta si no sabía lo mala que era la vida: “Está muy claro, doctor, que usted nunca ha sido una niña de trece años”. Llegaban a los asientos traseros los vapores del cocido cuando por Sanxenxo [pueblo ubicado en Galicia, provincia de Pontevedra] nos cruzamos dos coches con banderas del Madrid pitando enloquecidos. Unos minutos después marcó el Tenerife, y mi padre, para rebajar el efecto del gol, bajó un poco el volumen de la radio. Al segundo lo bajó otro poco, como si así el gol fuera menos; como si el sonido se fuese a perder desde las islas Canarias a Galicia quedándose en Benavente, y en el norte el Madrid siguiese ganando.

Arte Andrea Burgos.
 
Arte Andrea Burgos.

Luego vino la cesión de Sanchís. Fue un tanto alocada, pero a esos envites Paco Buyo siempre respondía dando lo mejor de sí mismo. Salió corriendo de la portería a por un balón que se iba a córner y se lo dejó muerto a un delantero; lo urgente era evitar el saque de esquina, pues Buyo nunca fue muy alto. Muchos años después, tras el penalti fallado por Figo ante la Juventus en aquellas semifinales de la Champions de 2003, yo me tambaleé hasta la barra a pedir otra copa y cuando el camarero me dijo que no era para tanto, solo pude gritar: “¿A dónde carallo iba Buyo?”. Perdió el Madrid, también al año siguiente, y aquellas dos Ligas frustradas nos trajeron a Valdano y a Raúl, que nos dio años gloriosos hasta que dejó de funcionar y se obstinó en algo trágico: robarnos al propio Raúl. Todo brotó de Tenerife y aquella maldición absurda que terminó con mi infancia. Fue una primera y dolorosa menstruación. Qué van a saber los doctores lo mala que es la vida para alguien de trece años.

Hace unos meses, ya en la edad adulta, estaba pasando las páginas de un periódico cuando alguien se sentó junto a mí y me felicitó por un artículo que había publicado. La columna, con perdón, era estupenda. No por mí, sino por la escena que había tenido la suerte de contemplar. En ella un matrimonio de ancianos, tras comer en una terraza, se abandona a un silencio mortal que rompe él preguntando: “¿Cuántas cosas no me habrás contado?”. Y la mujer, de repente, estalla en carcajadas y deja sin respuesta la pregunta.

El hombre que me felicitaba por el artículo me dijo que le había encantado. A mí también, le contesté sinceramente. Y respondió entre risas: “Lo leía y pensaba: este tío no parece del Madrid, pero ahora veo que sí, que sois incorregibles”. Traté de explicarle que no me gustaba el artículo porque lo hubiera escrito yo, sino por aquella pareja de viejos tan encantadora, pero fue imposible. Me di cuenta de que en realidad lo que parecía estar haciendo era tratar de justificar mi madridismo. Así que, si realmente eso me asociaba al Madrid, le aclaré antes de levantarme: “Aunque la verdad, si lo hubiera escrito otro, no tendríamos por dónde cogerlo”.

La frase, en realidad, llevaba escuchándola toda la vida. De niño, cuando le hacía un recado a mi tío, él contestaba: “Muchas gracias, rapaz, qué obediente. No pareces del Madrid”. Y ahora, en la madurez, no hay una semana que no escuche: “Escribiendo así no sé qué haces siendo del Madrid”. Hay una versión más apurada: “¿Eres del Madrid? Pues no te lo imaginaba, la verdad”. Pareciera que el Madrid es una especie de enfermedad crónica incompatible con ciertas virtudes; la principal, hacer algo bien. Una suerte de aprensión que se quita no pensando en ella.

Cuando era más joven asociaba la confusión a los Ultra Sur. Si aquella era la imagen prototípica del madridista, desde luego que yo no pintaba nada en ese club. Pero los contaba y me salían veinte. Y hacía las cuentas fuera de ellos, y me salían varios millones. A poco que viajase, me encontraba en el extranjero a señores educados, diría que hasta refinados, preguntándome con admiración que cómo era eso de que tu país acogiese al Real Madrid. Yo les respondía que vivía en Galicia, a eso de seiscientos kilómetros del Bernabéu, y se llevaban las manos a la cabeza: “¡A seiscientos kilómetros! ¿Y a cuánta distancia cree usted que estamos en las playas de Zanzíbar? ¡Ya me gustaría a mí marcharme y vivir a seiscientos kilómetros del Real Madrid!”.

Yo soy buena gente. Quiero decir, como Pascual Duarte: no soy malo, señor. Cuando mis padres se presentaron a los que iban a ser mis suegros, y comimos todos juntos, mi padre comenzó a describirme muy apasionadamente: alcohólico, vago, derrochador, bipolar y excesivo. Una vez que la lubina empezó a congelarse en el plato de mi suegro, mi padre, eufórico, cargó su brazo sobre mi espalda y dijo: “Eso sí, buena gente”. Yo, por costumbre, esperaba que alguien dijese entonces: “Pues cualquiera lo diría, si es madridista”, pero mi suegro comenzó a esbozar una suave sonrisa, y después de beber un traguito de albariño dijo: “Entonces, seguro que es del Madrid”.

***

Los madridistas hemos empezado a reconocernos entre nosotros, lo cual es señal inextinguible de supervivencia. Yo fui un niño madridista crecido en bonanza, educado bajo la dictadura de la Quinta del Buitre, y di por hecha la victoria. La adolescencia tornó traumática y estos años estamos un poco fuera de lugar, rozando ser malas personas por no gustarnos, más allá del Barça, su idea del fútbol. Acaso nos hayamos quedado, como dice mi amigo Ángel del Riego, en “el expresionismo barroco de los pañitos encima del sofá, de los visillos y los cortinones, de las fotografías del niño que se nos fue y la abuela que en paz esté, de la acumulación ornamental imposible de limpiar, del salón para invitados que nunca se utiliza, porque a los invitados se les recibe en la cocina”. Y el Barcelona sea el minimalismo cool en el que a las invitadas, modelos siempre, se las bañe en aceite en el futón. Con todo, lo peor es que nos creemos tan superiores que no respondemos a las ofensas con odio, ni siquiera con un poquito de rencor. Tras el 5-0 de 2010, este amigo se acercó a mi blog visiblemente trastornado (“del aquelarre del Camp Nou jamás se vuelve indemne”, estalló) y escribió unos párrafos muy lúcidos:

El odio de la meseta está teatralizado, porque realmente no hay nada a quién odiar. Un señor que se larga de casa con el petate y se encoge de hombros cuando le preguntan por su tierra. Por ahí anda. Un complejo de culpa de varios siglos, que se intuye y se manipula sin muchos miramientos. Una vaga presunción de que la razón es de los otros. Así solo se puede construir algo desde la victoria. Como se construyó el Madrid. Pásmate, y pasmado se quedó el madridismo ya en el mito iniciático, que les devolvía al siglo XVI. Ganar te empuja hacia adelante, pero no es un sitio para construir nada. El sitio, Madrid, es del Atleti. El país, España, de la selección. Valdano decía que el Madrid era la forma que tenía el español para sentirse por una vez el mejor en algo. Otra cosa que ya no es así. El Barça tiene el cuadrilátero de Cataluña, y a partir de esas raíces, vuela. Luego, reescribe la historia y convierte los azares en necesidades, pero el viento está de su parte, y no les pasa como a nosotros, que nos cae la mierda encima a la mínima que ponemos en marcha los aspersores.

Lo que queda (de España) es volver a lo primitivo, a ganar sin saber por qué. Como los conquistadores colonizaron un nuevo mundo sin causa ni razón. El Madrid es la demostración palpable de la inexistencia de cualquier sentido de las cosas. Ésa es una inteligencia del español desde tiempos remotos. El camino se hace al andar y la solución final es la victoria. Y cuando se gana, seguimos para volver a ganar. Si se pierde, claro, no tenemos máscaras suficientes para sobrellevar la derrota. No hay dignidad ni romanticismo ni dobles sentidos ni víctimas inocentes en la derrota del Madrid. Siempre ha sido así.

Yo creo que tiene más razón que un santo, pero bien es verdad que yo soy de esos periodistas que salen de los mítines pidiendo la papeleta de ese partido en concreto. Además, al Barcelona nunca le he dado una importancia excesiva. Echo la vista atrás y todavía recuerdo la primera vez que encontré a un barcelonista, como quien encuentra a un negro.

Fue cuando era chico de los recados, probablemente el mejor del pueblo. Mi abuela me daba dinero y me mandaba a hacer compras, dar avisos, recoger tal cosa y echar las quinielas. Era un competente chico de los recados y no me importaría volver: se hacían pocas horas, tenía uno once años y al regresar te daban el cambio. Te encontrabas a otros chicos de los recados y parábamos todos a jugar a las canicas, nos enseñábamos las bicis o nos quedábamos en silencio media hora uno delante del otro, hasta que alguien decía: “Marcho, que teño que marchar”. Hablábamos del fútbol, o sea del Madrid, y no había nada en aquel universo que sugiriese otra cosa más allá. Repasando periódicos antiguos leí una vez esto en un Diario de Pontevedra de 1971: “Se necesita chico de los recados”. Y cuando me preguntan qué hubiera sido de no haber escrito, digo que camarero o recepcionista, mis dos profesiones de la infancia, pero me olvido de la principal: el chico de los recados. Yo de no haber escrito sería el chico de los recados de cualquiera y habiendo escrito también lo soy, y no veo ningún descrédito social en ello siempre que al volver me dejen quedarme con el cambio.

En uno de esos recados fue cuando supe por primera vez que había gente de otro equipo además de mi tío, al que yo siempre he mirado con curiosidad. El bar en el que echaba las quinielas del abuelo era un bar llevado por un merengón, naturalmente, de esos que montaban escándalo si el signo de la quiniela iba contra el Madrid y a lo mejor, si tenía un día estupendo, se negaba a pasarla. Un sábado por la mañana me enteré de que el dueño del bar tenía un hermano que había montado un estanco a cincuenta metros. “¡El del estanco!”, exclamé. Y me contaron la historia familiar que circulaba por las calles del pueblo como un río turbio.

Los dos habían abierto el bar sin contar con un problema insalvable: uno era del Madrid y otro del Barcelona. Las tensiones se fueron extremando hasta que en un clásico se enfadaron a muerte, y la pelea fue tan sonada que uno vendió su parte y se puso por su cuenta a vender revistas y tabaco. “¿El culé?”, pregunté, y luego me llevé la mano a la boca, pues me sonaba a palabrota. “Por supuesto”. Así que el segundo barcelonista que conocí en mi vida era aquel señor alto y fuerte, al que de pronto empecé a ponerle cara de ángel expulsado del paraíso.

Una semana más tarde bajé allí a comprar el Marca solo para verlo, pues mi curiosidad era tremenda. Pasé por delante del escaparate varias veces como pasábamos delante de la finca de doña Berta para robarle manzanas, y al ver que no me quitaba la mirada de encima, me decidí a entrar.

Quería observarlo de cerca bajo una perspectiva entomológica. Llevaba el pelo cruzado de izquierda a derecha para tapar la calva, y tenía rostro de Neruda, de poeta que se había pasado tanto con el tabaco que se había puesto a venderlo. Me fijé en sus maneras de tipo común, entrando y saliendo del almacén de los cartones, y trataba de teorizar sobre él sin suerte, como si fuera inasequible al análisis. Me pareció, en cierto modo, un hombre fatal, alguien sumido en una desgracia que no era capaz de detectar: sabe que algo va mal y no acierta a saber lo qué. El barcelonista, pensé, es un madridista no avisado, alguien a quien no se le dijo nada, como si se le dejase crecer en la ignorancia; un niño al que no informan del día de su nacimiento y se queda sin cumpleaños toda la vida. Yo solo podía sentir compasión.

De repente, al darme el periódico, me preguntó por los recados que había venido a hacer y por mis estudios en Pontevedra. Le contesté a cuanto me pedía, un poco nervioso, y cuando acabé estuve a punto de preguntarle por mi tío. Luego nos volvimos a quedar en silencio; yo lo miraba con cariño, y de repente tuve ganas de empezar a llorar y darle un abrazo.

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Publicado con autorización de la editorial, este texto es un fragmento de Grupo salvaje’, un libro escrito por el periodista español Manuel Jabois y editado por Libros del KO, cuya versión e-book puede adquirirse en este enlace.

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