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Cinco futbolistas de La Habana que nunca jugarán en un Mundial

El fútbol está tan presente en América Latina que resulta un vehículo idóneo para explorar las sociedades. Incluso en Cuba, país que lleva 80 años sin asistir a una Copa Mundial de la FIFA, es un deporte que se vive con insospechada intensidad. El periodista cubano Abraham Jiménez Enoa vive el fútbol con pasión, y desde esa condición se dedicó a buscar en las calles de La Habana a futbolistas anónimos, para contar sus historias y a través de esas historias retratar la Cuba actual.

Texto y fotos Abraham Jiménez Enoa

 
 

I. El niño de las trenzas largas.

El primero que me dijo Niño fue papi. Después, todos me empezaron a decir así y se me quedó para siempre. A veces, cuando alguien me llama Fernando, Fernandito, pienso que no es conmigo, sigo. Se me olvida que ese es mi nombre porque casi todo mundo me dice Niño, el niño de las trenzas largas.

En la escuela no me gusta mucho jugar fútbol porque donde hacemos la educación física no es un terreno de tierra y no me puedo deslizar. Es un espacio chiquitico en un patio de cemento. Además, en mi aula no hay gente muy buena. Al final sudo por gusto y me ensucio y no me divierto.

El problema es que casi siempre hago la educación física en camiseta –sin mangas– y, cuando corro detrás de la pelota, la punta de las trenzas se me mojan con el sudor de la espalda, y cuando se acaba el turno y tenemos que cambiarnos y ponernos el uniforme y volver al aula, la parte de atrás de los hombros de la camisa blanca se me llena de churre.

Vestido completamente de rojo, Fernando López, de 13 años. Barrio Buena Vista, La Habana.
 
Vestido completamente de rojo, Fernando López, de 13 años. Barrio Buena Vista, La Habana.

Papi me dice que para tener las trenzas, tengo que ser el niño más limpio de la escuela, el más lindo. Porque él tuvo que fajarse mucho con mi profesora y con la directora para que me dejaran tenerlas. Papi me dice que a nosotros los negros nos cuestan mucho más las cosas, y que por eso tengo que ser el mejor en todo y tengo que esforzarme el doble.

Cuando llego de la escuela a la casa, lo primero que hago son las tareas que dejaron los profes. Primero Español, que es la más fácil; después hago las de Biología y Química para salir de ellas, porque no me gustan: las de Matemáticas las hago rápido porque me da lo mismo; y dejo las de Historia para por la noche, porque papi me explica mejor y me hace cuentos que no están en el libro.

Él dice que la historia no es de quien la cuenta sino del que la vivió. Que aquí en Cuba han cambiado mucho la historia en los libros.

Si no hay arroz, lo pongo a hacer en la olla, barro la sala y el cuarto, y boto la basura en la esquina para ayudar a papi, porque él llega noche de su trabajo. Para cuando termino ya la gente está en el parque jugando. Me pongo la ropa del fútbol y salgo. Llegando la gente empieza a decir: ¡Ahí viene Niño! ¡Ahí viene Niño! Y enseguida me piden para un equipo.

Como siempre llego tarde, tengo que entrar de portero. Pero la portería es muy aburrida, es estar ahí parado y ver a la gente divirtiéndose, y tú aburrido esperando que alguien quiera meterte un gol. Cuando único es rico es en los penales. Porque si lo paras, eres el héroe, pero si no, no pasa nada, porque los penales casi nunca se fallan.

Aquí, en el parque, he parado varios porque soy el único que se tira. La mayoría de la gente sólo se mueve. Yo me tiro de cabeza y así los paro, aunque vengan duros. Creo que soy el mejor del parque por eso, porque lo mismo paro un penal, que meto goles, que me deslizo para defender.

Después de mí viene Abelito. Aquel de allí que está sin camisa y que tiene el short de la bandera de Estados Unidos. Abelito corre mucho, por eso siempre lo piden, porque no se cansa. Cuando jugamos en el mismo equipo, se va el sol y no perdemos ni un partido. Lo único malo de Abelito es que es muy guerrillero; coge la pelota y quiere llevarse de puerta a puerta a todo el mundo, no pasa balón nunca. Lo que a él le gusta es que los que están afuera griten ‘¡Ehhhhhh!’ cuando hace una jugada bonita.

Mira, por ejemplo, Yandry, aquel largo que parece una vara de tumbar cocos. Él es más lento, pero pasa la bola siempre. Lo malo de Yandry es que cuando se queda defendiendo atrás siempre le hacen un caño porque tiene las piernas muy largas.

Lo bueno de este parque es que todos pueden jugar; los que tienen zapatos y los que no, también, porque esto es tierra y la planta del pie no duele. Yo ahora tengo estos tenis que eran de papi, pero me los dio para que no jugara más descalzo.

Los zapatos me han ayudado. Cuando juego por la derecha, puedo pasar por encima de las raíces, de las matas que pinchan, de las piedras, y después puedo centrar para que alguien entre y dispare. Antes eso no lo podía hacer. Como están rotos en la punta y los dedos gordos se me salen, no le doy de puntera. Le doy siempre con el interior o con el exterior, y así parezco un futbolista de verdad. La gente pasa y se me queda mirando.

Un día pasaron unos españoles y nos vieron jugar. Nos dijeron que si viviéramos en España podríamos llegar al Madrid o al Barcelona. Ellos no me creyeron que tenía 13 años, decían que era muy grande y fuerte para esa edad. Al otro día pasaron de nuevo y nos regalaron un balón y camisetas. Como yo me llamo Fernando me dieron la del Niño Torres.

El único que se pone la camiseta que nos regalaron soy yo. Los demás las cogen para salir. Papi me dijo que si yo quería jugar con ella, que jugara con ella, que me acordara de que mami, cuando estaba viva, siempre me decía que lo importante no era la ropa, sino los sentimientos que van por dentro.

Si vienes mañana a esta misma hora, verás a mi papá jugando con nosotros. Él fue el que enseñó a todos los niños del barrio a jugar fútbol. Cuando él no está en el taller arreglando carros, está aquí en el parque jugando conmigo.

Fernando López, 13 años. Barrio Buena Vista, La Habana.

***

II. Mi hermano era como Messi.

Sólo jugaba por la banda derecha. Cogía la pelota a pie cambiado y empezaba a darles fintas a todos. Si se quedaba mano a mano y dejaba regado al último hombre, todavía lo esperaba para darle otra finta y hacer el gol más exagerado.

Parecía que tenía pegamento en el pie zurdo. Un imán, no sé. Mi hermano era como Messi, el tipo que tú sabes que te va a amagar para allá pero que al final se va a ir por aquí. Ya tú estás advertido, pero no sé cómo al final termina yéndose y tú cargándote en su madre por hacerte lo mismo de siempre.

En la computadora de la casa aún está la carpeta que tenía él con videos de Messi. Messi con el Barcelona, Messi con Argentina, Messi cuando Ronaldinho, Messi ya Messi y hasta Messi cuando era un piojo de chiquito. Por eso después en el barrio jugaba igual. Idéntico a la Pulga. Se enfermó de tanto mirarlo.

De espaldas, con la camisola de Messi, Guillermo Alfonso, de 18 años. Barrio Belén, La Habana.
 
De espaldas, con la camisola de Messi, Guillermo Alfonso, de 18 años. Barrio Belén, La Habana.

Mi hermano no jugaba todos los días, como yo, porque ya trabajaba. Él sólo venía los fines de semana al parque y algún otro día que se podía escapar temprano del trabajo. Él se graduó de Medicina y era ortopédico del Hospital Fructuoso Rodríguez.

Cada vez que salía de su turno de guardia, llegaba a casa y se ponía a comer algo y a mirar videos de fútbol que yo le traía en la memoria flash. Pero después terminaba viendo trescientas veces el gol de Messi al Getafe en la Copa del Rey. Y siempre decía: “¡Este enano es dios de verdad!”.

Su vida aquí en Cuba era esa: estudiar Medicina y ver y jugar fútbol cuando podía.

Recuerdo el día que llegó y nos dijo a mis padres y a mí que lo iban a mandar a Venezuela de misión. Mis padres se pusieron súper contentos. Mi papá dijo que eso había que celebrarlo y salió a buscar una botella de ron. Mi mamá se puso a cocinar. Nunca nadie de la familia nuestra había salido de Cuba.

Pero yo conozco a mi hermano. Él no estaba feliz. Tenía esa cara que pone cuando va a llorar y lo seguí. Se metió en el baño y le abrí la puerta. Estaba sentado en la taza con los pantalones puestos. Lloraba. Me dijo que al único al que se lo iba a decir era a mí. A los viejos se lo diría cuando llegara al final.

Aunque casi no podía hablar por el llanto, me dijo que no podíamos seguir viviendo así, pasando tanto trabajo, tanta hambre, tanta necesidad, que con él afuera íbamos a mejorar. Pero que yo tendría que ayudar a los viejos y que tenía que prometerle que los iba a cuidar porque él iba a estar varios años sin venir a Cuba.

Mi hermano llegó a Venezuela en octubre de 2015 y no trabajó ni un día. Subió por toda Centroamérica con un grupo de cubanos. Estuvieron casi un mes y medio en el viaje hasta que cruzó a Estados Unidos por la frontera de México. Dice que algún día me contará todo lo que pasó y que no volvería a pasar por eso.

Ahora está en Houston, Texas, trabajando en una clínica privada como enfermero. También está estudiando para validar su título de Medicina.

Recuerdo que la primera vez que llamó a la casa después de haberse ido, levanté el teléfono y me dijo: “Guille, ¿eres tú? Mi herma, llegué. Tú verás que ahora sí vamos a ganar la Champions”.

Guillermo Alfonso, 18 años. Barrio Belén, La Habana.

***

III. El verdadero fútbol cubano está en la calle.

Lo dejé porque seguir no tenía sentido. No iba a llegar a ningún lado y me iba a quedar con las manos en blanco. Sin futuro. El fútbol organizado en Cuba quita en vez de darte. Por eso creo que me salí a tiempo. Estuve desde los 7 años hasta los 16. Bastante, ¿no?

Pasé por todas las categorías infantiles y antes de los juveniles paré. Si yo hubiese nacido en otro país, fácil hubiera jugado en algún club de Europa. ¿Te imaginas? ¿Este negrito echándola por allá? ¿Este negrito millonario?

Yo fui equipo nacional dos veces y hasta viajé a Jamaica una vez. En todos esos años vi cosas que me abrieron los ojos y decidí dejar el deporte. Yo te digo que con este país bien organizado, Cuba llegaría al Mundial, pero tal y como está ahora es imposible.

El joven que patea la pelota es Javier Estrada, de 23 años. Barrio Jesús María, La Habana.
 
El joven que patea la pelota es Javier Estrada, de 23 años. Barrio Jesús María, La Habana.

Estoy seguro de que la única liga de primera división de todo el mundo que juega día sí día no es la cubana. Una cosa de locos. Eso físicamente está contraindicado. Van a matar a los futbolistas. Pero fíjate si los cubanos tienen buen físico que aguantan eso, ¿eh?

La liga cubana no tiene estructura, todos los años cambia. Los partidos se suspenden porque no hay guaguas para transportar los equipos de una provincia a la otra. Los albergues donde se quedan los futbolistas parecen campos de concentración. Los terrenos son potreros; imagínate un campo de fútbol sin hierba, con pedazos que son de tierra, pero tierra tierra, de verdad, que cuando rueda el balón se levanta el polvo y no ves nada.

Lo principal en la formación de un futbolista es lograr el control del balón. Y aquí eso es imposible. La pelota viene rasa y de pronto hacepac-pac y se levanta. O viene dando un bote y hace brulululup y se arrastra. Hay que ser mago para jugar en Cuba. Si los Cristianos y los Messis vieran esto, se mueren.

Tampoco los que dirigen tienen una intención de desarrollar el fútbol. Lo dicen, pero no lo hacen. Porque en la calle hay un talento del carajo. Este es un país que siempre ha dado deportistas y que muchos han salido de los barrios. Nada más hay que caminar para ver que el verdadero fútbol cubano está en la calle.

Los cubanos tenemos el talento, que es lo fundamental. Ahora, eso hay que pulirlo, entrenarlo. No es así como así; uno no se hace futbolista de un día para otro. Pero si el talento y el físico están, eso es un paso importante. Lo que falta tiene que venir de los que mandan.

Yo jugué contra varios equipos extranjeros y de niños, te digo, que estamos ahí ahí; no hay tantas diferencias. Unas pocas. La mayoría de ellos manejan los dos pies, tienen control de balón, pero ya. En velocidad, en habilidades, en físico, estamos ahí ahí, o nos los comemos.

Ojalá que la cosa cambie para bien del fútbol cubano. Para los que han seguido y los que empiezan ahora. Yo no. Yo decidí dejarlo y trabajar con mi tío en un restaurante. Gano mi dinerito porque está en el medio de La Habana Vieja y van muchos turistas. Si seguía jugando fútbol no iba poder ni vestirme.

El fútbol cubano tiene tremenda historia y ni siquiera los mismos cubanos la conocen. ¿Tú sabías que Cuba llegó a cuartos de final en un Mundial? ¿O que ocho cubanos han jugado en el Real Madrid?

Javier Estrada, 23 años. Barrio Jesús María, La Habana.

***

IV. Si quieres ser alguien en el barrio.

Venía dormido desde que salimos del aeropuerto pero parece que el taxi frenó de pronto y me desperté. Vi las luces, la gente con ropa rara, la bulla de la calle; parecía que estaba en otro país. Es que en Las Tunas todo es medio oscuro de noche. Es como un pueblo grande, un pueblo de campo estirado. Y La Habana choca si no la conoces, Oriente es otra cosa.

Tenía 10 años y nos mudábamos a La Habana mi mamá y yo. A ella le habían dado un puesto en el nivel central del Ministerio de la Agricultura y este apartamento en La Habana Vieja.

Al otro día por la mañana sentí niños afuera. Me asomé por la ventana y estaban como cinco chiquillos dándole patadas a un balón de básquet desinflado contra una pared. Gritaban y jugaban de manos, se restregaban por el piso. Estaban descalzos y sin camisas.

Yamil Díaz, de 26 años. Barrio San Isidro, La Habana.
 
Yamil Díaz, de 26 años. Barrio San Isidro, La Habana.

Después de desayunar, mi mamá me dejó sentarme en la puerta. Al rato, uno de los niños me gritó: “Eh, white, ¿tú eres nuevo en el barrio? Si tienes una pelota ven, sino quédate ahí”. Todos empezaron a reírse de mí porque respondí que no tenía. Cerré la puerta y entré. Creo que lloré. O no. No recuerdo bien.

En Las Tunas el vicio del fútbol todavía no había llegado y yo lo que sí jugaba era pelota (béisbol). Pasaron los días y esos chiquillos lo único que jugaban era fútbol. Era porque estaba el Mundial del 2002 andando; entonces, a cualquier hora ponían unas piedras en el medio de la calle, que tenían que quitar cuando pasaba algún carro, y correteaban delante de mi casa.

De vez en cuando, yo salía y me sentaba en la puerta para ver si me invitaban a jugar con ellos, pero no me hacían caso, era como si no hubiera nadie ahí sentado, como si yo fuera el hombre invisible.

En esos días mi tío había venido a visitarnos. Me vio aburrido y cogió un palo de escoba e hizo una pelota de trapo con esparadrapo. Me dijo que saliéramos a jugar un rato. La cuadra se dividió en dos: de un lado, mi tío y yo; y del otro sitio, los niños que jugaban fútbol.

Estuvimos jugando casi una hora, pero mi tío se dio cuenta de que yo no estaba concentrado porque me la pasaba mirando hacia los chiquillos. Casi ya cuando íbamos a entrar a casa, el balón desinflado vino hacia nosotros. Mi tío lo levantó con un pie, se lo pasó para el otro, hizo varios dominios y sin dejar caer la pelota se la devolvió con un toque.

Los niños se quedaron asombrados y lo invitaron a jugar con ellos. A mí no. Entramos a la casa y tomando agua mi tío me dijo: “Si quieres ser alguien en el barrio, parece que vas a tener que jugar fútbol”.

Yamil Díaz, 26 años. Barrio San Isidro, La Habana.

***

V. En este pedacito soy feliz.

Cuando estoy aquí es cuando único no tengo preocupación. El resto del tiempo es lío, rollos, enredos y complicaciones. Estas dos horas al día es lo que me distrae. Me apaga la cabeza un rato y después puedo seguir en la pelea.

Uno llega a la casa y siempre es algo. Cuando no es que no hay comida, es que no hay agua, que se rompió el motor o la cisterna tiene problema, y hay que cargar cubos desde el primer piso del solar y subir la escalera. Si no, que mi mamá o mi abuela se sienten mal y hay que salir a comprarle algún jugo y a zapatear las medicinas.

Que si las filtraciones del techo por las lluvias y que un día se van a desplomar las vigas que sujetan las columnas, que si la vecina de al lado regañó a la niña porque estaba haciendo bulla en la puerta de su casa, que si la policía vino a preguntar por mí porque yo estaba ayer por la noche en la bronca que se formó en la mesa de dominó.

Con la camisola naranja del Barcelona, Yasiel Pérez, de 28 años. Barrio Colón, La Habana.
 
Con la camisola naranja del Barcelona, Yasiel Pérez, de 28 años. Barrio Colón, La Habana.

Un día la cabeza me va a estallar. Por eso después de vender mis churros el día entero, churros rellenos, con chocolate, con leche condensada, con mantecado, con fresa, con lo que tú quieras, yo vengo para acá a tirar unas patadas a la pelota y a correr un poco para desestresarme.

En este pedacito yo soy feliz, de verdad que no quiero más nada.

Yasiel Pérez, 28 años. Barrio Colón, La Habana.

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