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Yo, el supremo

Diego Fonseca

 
 

Diré lo obvio, pero debo. No hay fenómeno más televisado y visto en todo el planeta que una Copa del Mundo. No hay creencia más global que una camiseta de fútbol, capaz de unir el amor de un chico de una chabola de Cabo Verde con un estudiante de tercer grado de Tempe, Arizona, o una niña en la China rural. No hay religión que reúna en sus catedrales las masas que el fútbol. Y en medio de eso, un hombre –y, con creciente frecuencia, una mujer–, uno solo, tiene el privilegio de participar como espectador VIP. Y más aún: tiene el derecho, la prerrogativa y el poder de juzgarlo, condicionarlo, elevarlo o hundirlo.

No hay juez que amase mayor poder que un árbitro en la angustia nocturna de un hincha de fútbol, pletórico de pesadillas donde el magistrado arruina el partido perfecto, ni ninguno parece tener mayor interés. El árbitro de fútbol es la manifestación más cercana de un acuerdo de normas –de una sociedad funcional– en medio del evento humano más convocante, una fe global que renueva sus dioses en cada generación, pero que no permite jamás que sus sumos sacerdotes –si concedemos esa suerte al juez– adquiera tanto poder como para pretender ser el centro de las miradas desplazando a las estrellas.

Un árbitro de fútbol es objeto de envidia menor y de rencores mayores. Jamás otro hombre recibirá tanta atención debiendo ser tan poco importante –si, en una sociedad utópica, Santo Tomás, todos nos comportáramos según la norma–. Por otro lado, jamás otro hombre tan poco importante –no mete goles salvadores ni gloriosos, no es una estrella, no nos conmueve, no defiende colores– ha sido tan determinante. El enorme poder democrático del fútbol permite que un ser menor, a veces un don nadie, pueda llegar a la cúspide nada más que por seguir y hacer cumplir la ley. (Pensándolo bien, no es poco dado el estado de cosas en muchas sociedades.)

Vivimos rodeados de magistrados determinantes, cada uno a su modo. Hay jueces de paz en los caseríos más ajados y olvidados de cualquier nación. Hay jueces de tránsito, electorales, laborales, civiles y penales. Hay jueces de provincia y de nación. Los hay de residencia y de pedanía. Hay jueces convencionales, ordinarios, unas rarezas llamadas ad quem y a quo –que no explicaré–. Los hay que se declaran competentes o incompetentes, pero nadie los juzga así por sus capacidades intelectuales sino funcionales: entienden o no en un asunto. Está el juez privativo, quien conoce de una causa específica, y, por supuesto, el juez promiscuo, que no anda en mugres morales sino en cochambres legales: atiende todas las causas.

Pero ninguno de ellos alcanza la categoría de gran juez, reservada a individuos de ámbitos determinantes que concentran atenciones complementarias e intercambiables, la de las naciones y la de los individuos. Por un lado, los magistrados de Corte Suprema, involucrados en los asuntos de la razón, entendidos en los asuntos críticos de una nación. Por el otro, los jueces de fútbol, asociados a cuestiones del corazón, que han de reglar sobre el asunto más crítico de la humanidad, esa desaforada pasión por la pelota.

De ambos, no hay magistrado que demande más horas de nuestra existencia que el señor que viste como un niño de cuatro años. El juez que ocupa los martes de Champions y los domingos de liga, el que amarga la noche del domingo, el desayuno del lunes y, dependiendo del país, media semana de conversaciones de café y oficina, no lleva toga ni peluca y jamás despachará con traje en el rectángulo. Fuera de aquel que puede dictarnos libertad o cárcel o liquidarnos en un divorcio, no hay hombre de justicia que provoque más nervios, enojos y burdas alegrías que un magistrado en pantalones cortos.

“¿Cuál es el rol de un juez de la Corte Suprema de Estados Unidos?”, se pregunta Walter E. Williams en American Contempt for Liberty. “Un juez de la Corta Suprema tiene un trabajo y sólo uno, y eso es: es un referí. No hay nada complicado en esto. El trabajo de un referí, sea en el fútbol o en la Corte, es conocer las reglas del juego y asegurarse de que ellas se aplican de manera pareja y sin prejuicios”.

Hay un punto en el que los jueces supremos de la nación tienen una limitaciones, y esas son las fronteras nacionales. Sus fallos están restringidos por los contornos de un país. Un juez de fútbol, en cambio, tiene peso multinacional. Es el único magistrado capaz de enlutar a medio planeta si concede un gol clave al Barça o al Madrid, o acabar con una generación íntegra de futbolistas manchando con malas decisiones una final de la Copa del Mundo.

Por supuesto, es indiscutible la importancia capital de la justicia, buena y mala. En algunas naciones de Medio Oriente, hay jueces que autorizan a demoler a piedrazos a una chica semienterrada viva porque ha desobedecido la sharía. En Estados Unidos los hay quienes autorizan penas capitales en una silla eléctrica o permiten vender rifles de asalto entre civiles. En medio mundo los hay, autorizados por la ley, a arruinarle la vida de miles de personas que quieren a otros de su mismo sexo.

Pero no, no estamos aquí para discutir la justicia de los hombres sino la justicia divina. Puede que un juez de fútbol no nos condene a muerte (lo sé, lo sé: sí hay referís que han provocado infartos, pero no es el punto), pero no hay otro más que él que pueda administrar penas capitales para nuestra fe y devoción.

Tarjeta roja mostrada por el árbitro alemán Felix Brych durante el partido de la Champions League que en febrero de 2017 enfrentó al Oporto contra la Juventus. Foto Miguel Riopa (AFP).
 
Tarjeta roja mostrada por el árbitro alemán Felix Brych durante el partido de la Champions League que en febrero de 2017 enfrentó al Oporto contra la Juventus. Foto Miguel Riopa (AFP).

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