Publicidad

El diputado y el fotoperiodista: una fábula salvadoreña en Rusia

Willian Carballo

 
 

El fútbol es una fábula. Una historia con moralejas de buenos y malos. En un mismo mundial vimos, por ejemplo, a un fotoperiodista salvadoreño sonreír mientras trabajaba debajo de un muro cuadriculado que se le venía encima luego de que los jugadores croatas se le arrojaran como niños en piñata tras el gol del triunfo sobre Inglaterra. Y en ese mismo torneo, días antes, pescamos a un diputado también de los nuestros con su bigote gris en esa cara sin muecas degustando en vivo y con goce de sueldo el Alemania-México, creyendo que nadie por acá se daría cuenta. El fútbol es una fábula; y permítanme explicarles por qué.

A los dos los descubrimos por accidente y en esto el camino de ambos se parece. Ni usted ni yo –a menos que usted sea Norman Quijano– sabíamos que Carlos Reyes, el parlamentario que apenas 48 días antes se había calzado por primera vez los zapatos de la jefatura de fracción en ARENA, andaba destapando matrioshkas en Rusia. La mayoría tampoco sospechábamos que a un metro de la línea de fondo de la cancha de Luzhniki un compatriota profesional de la fotografía, Yuri Cortez, afilaba el lente cerca de Modrić y Rakitić. Si no fuera por el internet, aceptémoslo, ambos hubieran pasado como Messi contra Francia: desapercibidos.

Al diputado Reyes, por un lado, lo pescamos porque el dios anticorrupción envió a un emisario en forma de youtuber y porque el arenero debe tener menos suerte –y sentido común– que un quinielista que apostó 30 dólares a que Argentina sería campeón (O sea yo). ¿Cuántas posibilidades hay de que entre los 78 mil espacios que la FIFA habilitó para el México-Alemania al videoblogger Werevertumorro se le ocurriera comprar un asiento justo dos filas debajo de donde el diputado se peinaba ese bigote delator? Es más fácil que Nayib encuentre partido a que tal coincidencia ocurra, pero pasó. Y del periodista nacional nos enteramos solo porque Mario Mandžukić y compañía derraparon hacia su cámara y se lanzaron sobre él hinchados de sangre hirviente tras marcar el gol. Es así: sabemos hoy de su historia nomás porque alguien lo identificó y nos contó en Twitter que el del lente era Cortez y tenía DUI.

Pero una vez supimos de ellos en Rusia, sus destinos se partieron como el de CR7 y el Real Madrid. Al cadejo malo de esta historia (el diputado del bigote gris, la cara sin muecas y con goce de sueldo en el estadio) se le armó la casa que volvió célebre el papá de Pablito Díaz. Mientras que al cadejo bueno, al sonriente camarógrafo que sí trabajaba en lugar de vacacionar, se le vino la admiración mundial como una epidemia de aplausos.

Reyes, que debía estar calentado su curul y no la butaca del estadio -o en todo caso intentando justificar el supuesto incremento en su patrimonio por el que es investigado-, fue apedreado en redes sociales. Al regresar al país debió dar esa misma cara sin muecas y aceptar su error. Se paró en conferencia, sin permitir preguntas de la prensa, a contar que ya no cobraría sueldo por los días que se fue a cumplir –y cito– su sueño de infancia. “Pido disculpas”, dijo escueto. Sus palabras, sin embargo, llegaron tarde a la cita del arrepentimiento. La dictadura implacable de los memes ya se habían encargado de darle su lugar en el museo de las sinvergüenzadas, ahí donde el diputado que presta vehículos oficiales a su hermana y el que balea mujeres policías tienen una muestra permanente en exhibición.

Al fotoperiodista, en cambio, que estaba en semifinales porque era su trabajo y que se abrigó en aquella noche rusa con los cálidos primerísimos planos de la victoria croata, la vida le sonrió y le besó. Su historia apareció en CNN, El País, el Clarín y Marca, por citar cuatro medios. Además, colegas de múltiples nacionalidades alabaron en redes sociales su capacidad para hacer lo que un fotoperiodista debe hacer bajo esas condiciones: seguir apretando el gatillo aunque encima tenga a Mandžukić, la fuerza aérea croata, veinte leones o los escombros de un edificio inglés.

Sí: el fútbol, por esta vez, fue una fábula. Los cadejos blancos, los buenos, los héroes, lo que se requeman la piel trabajando, los que no dejan de hacer su labor aunque una pared cuadriculada oprima sus pulmones, son los que triunfan. En cambio, los cadejos negros, los malos, los villanos, los que se fueron a escondidas, los que se aprovechan, los que nos ven la cara, son los que pierden.

Lo malo, para nuestra desgracia, es que la vida, contrario al fútbol, es más parecida a una película de cine negro que a una fábula. Verán ustedes cómo pasarán los días como una Coaster y en tres años ya nadie se va a acordar del fotoperiodista sonriente ni del diputado cumplidor de sueños rusos. Entonces, Carlos Reyes, siempre listo, borrará en Photoshop aquel rostro sin muecas del estadio y se estirará una gran sonrisa bajo ese bigote gris. Luego nos guiñará el ojo en alguna valla y nos pedirá el voto de nuevo. Y nosotros, amnésicos, se lo daremos. ¿Cuánto apostamos? Por más sentido común que me falte, sé que esta quiniela sí la gano.

Esta es una de las fotos que tomó Yuri Cortez, salvadoreño que trabaja para la agencia de noticias Agence France-Presse (AFP), tras la celebración de los croatas luego del 2-1 contra Inglaterra. 
 
Esta es una de las fotos que tomó Yuri Cortez, salvadoreño que trabaja para la agencia de noticias Agence France-Presse (AFP), tras la celebración de los croatas luego del 2-1 contra Inglaterra. 

Publicidad
Publicidad

 CERRAR
Publicidad