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Hay que invadir los partidos

Héctor Pacheco

 
 

La campaña política por la presidencia ha iniciado. Los partidos políticos, los movimientos sociales e incluso la academia han comenzado a dinamizarse en torno a alianzas, estrategias y (con menos vigor) propuestas partidarias. Nuevamente, el discurso de la sociedad salvadoreña se ve polarizado en todos sus ámbitos: vuelven los buenos y los malos; ellos y nosotros; los ganadores y los perdedores.

Aunque las campañas políticas son algo acostumbrado, quizá demasiado, para todos los salvadoreños, las presidenciales no dejan de ser llamativas: además de ser las campañas más largas e incluso las más tediosas, siempre se venden como el cambio de rumbo, el respiro en medio de la decepción o el final de los problemas. Aunque la campaña presidencial que recién comienza no deja de tener “Déjà vu”.

Durante las últimas elecciones, no solamente las presidenciales, el discurso de todos los candidatos y candidatas se ha basado en las mismas promesas: la mejora de las condiciones de vida de la población, la reducción de la inseguridad y un aumento sustantivo en el crecimiento económico. Han pasado 26 años de los Acuerdos de Paz, pero las promesas siguen siendo las mismas.

En algunas ocasiones, en la búsqueda del poder, se ha rozado el cinismo. Se han prometido acciones sin capacidad legal, financiera y mucho menos técnica para cumplirlas. Al final, las campañas políticas no se centran en divulgar y proponer soluciones reales, sino en facilitar la consecución del poder a cualquier precio. ¿Qué esperar entonces de esta nueva campaña?

Se habla mucho de la participación de la sociedad civil y de su confrontación con la “clase política”. Y se dice que el ingrediente nuevo de esta campaña es que finalmente miembros de la sociedad civil participarán en política, olvidando que esto siempre ha ocurrido: los partidos políticos están formados por ciudadanos, es el vínculo de representatividad de estos con los partidos el que se ha desvanecido. Una división generada por el simple hecho de que hay una minoría que tiene acceso al poder institucional y al uso, o abuso, de recursos públicos en el día a día y una mayoría que simplemente vota con poca o nula retribución.

En esta nueva campaña, los partidos tratan por un lado de aprovecharse de esta voluntad de los ciudadanos por participar, manifestando que sus alianzas con la sociedad civil son una esencial muestra de apertura. Mientras por otro lado se llama revoltosa a la misma sociedad civil cuando se manifiesta en contra de las decisiones no consultadas por los partidos políticos.

Temas tan delicados como la gestión del agua o el impulso a concesiones territoriales se negocian y acuerdan sin consultar a la población, muestra de lo aislados de la realidad que están los partidos políticos. Piden participación ciudadana, pero insultan las expresiones de esa participación: llaman delincuentes y aprovechados a jóvenes y mujeres que por fin se manifiestan luego de décadas de no decir nada; o afirman que la Universidad de El Salvador siempre ha sido una fábrica de vago”, cuando esta institución tuvo que asumir el papel de partido de oposición durante al menos los últimos 30 años de autoritarismo militar.

La supuesta apertura de los partidos políticos a la sociedad civil más parece una simple estrategia electoral, en busca de los votos necesarios para ganar la presidencial, que un verdadero compromiso con la representatividad. Temo que la campaña presidencial que arranca continuará siendo una carrera desesperada por el poder, aunque esto signifique para los partidos seguir ignorando las necesidades reales de la ciudadanía en incluso los propios principios ideológicos

Aun así, la estrategia de “civilización social” de los partidos es un pequeño espacio de oportunidad, que podría permitir desbordar el sistema político nacional y devolverle su representatividad, en la medida en que exista una verdadera movilización social hacia el interior de los partidos.

Ese es quizá el llamado de atención que no conviene ignorar: participar en política es más que necesario, solo así es posible cambiar la realidad del país. Teniendo siempre en cuenta que sin movilización social no hay representatividad, y sin representatividad no hay, o no debería haber, votos. Y son los votos el fin último de cualquier campaña presidencial.

 

*Héctor Pacheco es especialista en políticas públicas comparadas y diálogo democrático. Es psicólogo social, economista y politólogo. Ha sido parte de equipos de Gobernabilidad Democrática y Construcción de Paz en organismos internacionales como la OEA y el PNUD, en El Salvador y para América Latina y el Caribe.

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