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Nacimiento del feminismo revolucionario: la Asociación de Mujeres de El Salvador (AMES)

La historia de la Asociación de Mujeres de El Salvador (AMES) contradice la idea de que el feminismo se contrapone a la lucha armada y al socialismo. Durante los años ochenta, AMES desarrolló una praxis feminista revolucionaria y redefinió el concepto de revolución socialista, entendiéndolo como el derrocamiento del capitalismo y el patriarcado por igual y movilizando a las mujeres para dar forma al proceso revolucionario.

Diana Carolina Sierra Becerra

 
 

La Asociación de Mujeres de El Salvador (AMES) contaba con un estimado de 10,000 miembros, incluyendo mujeres combatientes, campesinas y militantes en el exilio. Organizó a mujeres campesinas en territorios de la guerrilla en El Salvador y en campamentos de refugiados en Nicaragua y Costa Rica, y coordinó trabajos de solidaridad en México, Costa Rica, Nicaragua y los Estados Unidos. AMES politizó la labor reproductiva, profundizó la participación de las mujeres dentro del proceso revolucionario y construyó instituciones alternativas que avanzaron hacia la igualdad de las mujeres. Estas prácticas organizativas permitieron el surgimiento de nuevas ideas acerca de la relación entre género y opresión de clase, y sobre el papel de las mujeres en la lucha armada, lo que motivó a las mujeres a hacer que los hombres tomaran responsabilidades y aseguraran que la revolución liberaría a las mujeres. Esto se desarrolló mientras que las salvadoreñas exiliadas colaboraban con mujeres de izquierda en Estados Unidos y América Latina, quienes también criticaban la separación de la liberación de las mujeres de la revolución socialista. Estos intercambios impactaron en cómo AMES teorizaba acerca de la opresión de las mujeres bajo el capitalismo.

Para contar esta rica historia me he basado en testimonios de integrantes de AMES, documentos de la organización y de grupos feministas estadounidenses, y archivos de las Fuerzas Populares de Liberación Farabundo Martí (FPL), la organización guerrillera que fundó inicialmente AMES.

Poco ha sido escrito acerca de AMES y mucha de esta literatura caracteriza al movimiento revolucionario de los años 70 y 80 como obstáculos al feminismo. Dos trabajos publicados en 1987 por Francesca Gargallo y María Candelaria Navas estudiaron AMES, pero con poca profundidad. Académicas como Navas, Patricia Hipsher, Norma Stoltz Chinchilla y Joselyn Viterna, habían señalado el sexismo en los movimientos izquierdistas, al caracterizar las organizaciones de mujeres como de naturaleza femeninas (y no feministas). Básicamente todos los académicos, incluyendo a Julie Shayne y Karen Kampwirth datan el surgimiento del feminismo en los años 1990, el momento en el que muchas mujeres abandonaron el FMLN y formaron organizaciones feministas auto-identificadas como tales. Menciono éstos importantes escritos para documentar las corrientes sexistas dentro de movimientos izquierdistas y las prácticas revolucionarias alternativas que desarrollaron las mujeres.

Los campamentos guerrilleros

En 1977, las FPL asignaron a sus miembros la tarea de fundar AMES, como parte de una gran estrategia para organizar a las mujeres de la clase obrera. AMES fue fundada públicamente el 3 de septiembre de 1979, en una asamblea nombrada en honor de Isaura Gómez, profesora y activista quien fue asesinada junto a su hija de doce años por fuerzas del Estado. En sus primeros tres años, AMES organizó de forma preferente a mujeres del área urbana, pero después de 1982, construyó una presencia más fuerte en áreas rurales bajo control guerrillero, particularmente en el departamento de Chalatenango.

En 1981 los campesinos aprovecharon las victorias militares de las FPL para establecer nuevas estructuras de gobiernos locales: Poderes Populares Locales (PPL). Como respuesta a la violencia estatal, la escasez de comida y la ausencia de escuelas y clínicas, las fuerzas guerrilleras establecieron milicias de campesinos, clínicas, escuelas, y centros de cuidados infantiles, e incluso cultivaron sus propios alimentos de manera colectiva. Estos poderes populares no solo mantuvieron con vida a la población, sino que también representaban una estrategia de organización. En un boletín de AMES de 1982 se describe a estas estructuras como “una instancia de autogobierno local compuesto de representantes elegidos por la comunidad.” Un año después, una dirigente de AMES describe los PPL como “la semilla de la nueva sociedad”.

La primera persona en asumir el cargo de presidente de las PPL fue una mujer: María Ofelia Navarrete. AMES no solo alentaba la participación de las mujeres dentro de estos organismos, también trabajaba para que en estos abordaran las preocupaciones de las mujeres. Por ejemplo, AMES promovía que en las clínicas populares se abordara las preocupaciones de salud ginecológica. Proyectos de las PPL también facilitaron a mujeres integrantes de AMES la oportunidad de educar a otras mujeres. Estos proyectos buscaban “desarrollar la conciencia política de las mujeres y ayudarlas a entender su doble opresión. El problema es que los hombres, en virtud de ser hombres tienen autoridad sobre sus mujeres y así las mantiene oprimidas” explicaba una activista de 18 años en 1983.

Las organizaciones de mujeres establecieron límites al sexismo. En 1982, una combatiente de las FPL explicaba como “las personas tienen un mejor entendimiento de lo que significa llevar a cabo una revolución... Hoy en las zonas de guerra, las mujeres pueden realizar sus labores mientras los hombres se encargan de cuidar a los niños”. AMES desarrolló medidas para contrarrestar la oposición de los hombres a la participación política de las mujeres. En 1983 una organizadora explicó cómo AMES confrontó serios problemas debido a que algunos hombres amenazaron con abandonar a sus esposas, si ellas se involucraban activamente en la política. En respuesta, miembros de AMES trabajaron como "consejeras matrimoniales". Las intervenciones de AMES parecían mejorar las relaciones conyugales. Por ejemplo, en 1983 una activista de AMES reportó que un hombre, quién inicialmente se opuso a la participación política de su esposa, ahora hacía tortillas, una tarea tildada como femenina. En otro caso, una mujer caminó durante una semana para asistir al primer congreso de AMES en 1984. Debido a una invasión del ejército gubernamental, que impidió su regreso, su esposo, quien participaba en las milicias locales, cuidó de sus hijos por tres meses. De acuerdo con la organizadora de AMES, él aprendió a apreciar mejor las contribuciones de su esposa. El hecho de que la mujer asistiera al congreso dice mucho acerca de los cambios en su relación, ya sea que ésta tomara una forma más equitativa o que la esposa no tolerara más que le dijeran qué hacer.

Las mujeres de AMES también politizaron los llamados problemas personales, tales como la violación matrimonial y el cuidado de los niños. Las organizadoras desafiaban nociones sexistas que justificaban el abuso sexual hacia las esposas y educaron a las mujeres en su derecho de negarse al sexo. También crearon guarderías como parte de una lucha antisexista, para alentar la participación de la mujer y colectivizar la crianza familiar, criar hijos con valores antisexistas, y resistir la violencia estatal. La existencia de las guarderías, además de las discusiones respecto al abuso y la violación marital refuta las opiniones respecto a que había poco debate dentro de los movimientos revolucionarios en relación con temas de maternidad, paternidad y vida conyugal.

Encuentros en el extranjero

A medida que AMES se organizaba dentro de los campamentos guerrilleros, también enviaban a representantes al extranjero para promover trabajo de solidaridad. Algunas de las integrantes de AMES que vivían en el exilio contaban con educación universitaria. Ellas producían boletines informativos para movilizar el apoyo a las mujeres campesinas, y en el proceso, colaboraban con otras mujeres izquierdistas quienes también trataban de cerrar la brecha entre la liberación femenina y el socialismo. Las mujeres de AMES redefinieron conceptos claves dentro de las FPL, para desarrollar un feminismo anticapitalista que pudiese abordar las necesidades de las mujeres campesinas. Estas intervenciones teóricas necesitan ser contextualizadas dentro del amplio debate que se desarrollaba dentro de las izquierdas en el continente. En los años 70 y 80, mujeres latinoamericanas y estadounidenses luchaban para integrar en los movimientos obreros y de liberación nacional, una praxis feminista, y reconceptualizaron la relación entre el capitalismo y patriarcado. Mientras que la praxis revolucionaria feminista de la asociación surgía en parte de las condiciones locales dentro de El Salvador, también reflejaba una tendencia mayor en el feminismo latinoamericano.

Parte del apoyo de AMES en los Estados Unidos vino de parte de la Red Nacional de Derechos Reproductivos (Reproductive Rights National Network), que abogaba por una visión de justicia reproductiva, defendiendo el acceso al aborto y a los anticonceptivos, y simultáneamente denunciaba las esterilizaciones forzadas y recortes a los servicios sociales que condenaba a las madres embarazadas a la pobreza. En un boletín de 1981, la Red denunció las campañas de esterilización forzada por parte del gobierno de los Estados Unidos en contra de mujeres salvadoreñas y estadounidenses. Un año después, la Red publicó un anuncio para Amigos de AMES (Friends of AMES), en el que se invitaba a las mujeres estadounidenses a movilizarse en apoyo de la lucha salvadoreña.

Organizaciones feministas y de personas homosexuales y lesbianas en los Estados Unidos auspiciaron conferencias de AMES, tratando de reducir la brecha entre la liberación sexual y el anti imperialismo, conectando las luchas domésticas en contra de la intervención estadounidense en el extranjero. Por ejemplo, un grupo multirracial de lesbianas y mujeres heterosexuales con base en San Francisco, tomó inspiración del papel de las mujeres en los movimientos sociales en Nicaragua y El Salvador. En 1984, el grupo recibió una delegación de AMES en una conferencia de 500 personas desarrollada en el barrio La Misión. Estos intercambios condujeron a que algunas dirigentes de AMES considerara la liberación sexual como parte del proyecto revolucionario. Sin embargo, en otros casos las mujeres de AMES veían la liberación homosexual como una desviación de la revolución real. Este caso demuestra los límites de estos intercambios internacionales.

Repensando la revolución

El proceso de organizar a mujeres campesinas e involucrarlas en intercambios en el extranjero llevó a AMES a reformular el marxismo, para analizar cómo el patriarcado se entrelaza con el capitalismo, y lo refuerza. En un documento de 1981: Participación de la Mujer Latinoamericana en las organizaciones sociales y políticas: reflexiones de la mujer salvadoreña , AMES explica cómo el capitalismo se beneficia del sexismo, incluyendo la labor doméstica no remunerada y de los salarios desiguales entre trabajadores y trabajadoras. Además, denunciaba cómo el sexismo aliena a las mujeres y les impide participar en la toma de decisiones sobre sus propios trabajos y sus propios cuerpos, y a la vez enseña a los hombres a ver a las mujeres como objetos sexuales y de reproducción. Para confrontar estas desigualdades, AMES abogó por una revolución para “nuestra emancipación total,” la cual las liberaría del capitalismo y del patriarcado por igual.

Teniendo en claro que la lucha por la liberación femenina debe estar inmersa en la lucha por la liberación de nuestros pueblos, también es necesario señalar que somos un grupo con condiciones y reivindicaciones especificas, y no podemos esperar que el socialismo o el cambio de estructuras nos soluciones mañana los problemas que hay mismos son causa de nuestras limitaciones…

Al reducir la brecha entre la liberación de la mujer y el socialismo, AMES criticó a marxistas ortodoxos y a feministas liberales occidentales por igual. Criticó a los primeros por querer posponer la lucha contra el sexismo hasta después del triunfo revolucionario. En lugar de suponer que un cambio en las relaciones económicas por sí solo liberaría automáticamente a las mujeres pobres, AMES argumentó que las mujeres tenían que organizarse en el presente para construir una sociedad libre de opresión de clase y género. Así mismo, criticó a las feministas liberales occidentales quienes ignoraban la división de clase entre las mujeres, y buscaban su inclusión dentro del sistema capitalista. En resumen, AMES, abordó el marxismo y el feminismo como teorías vivas, que desarrolló y fortaleció en su práctica.

Comprender los inicios del movimiento feminista revolucionario en tiempos de guerra, nos permite entender el dramático incremento de las organizaciones feministas a principios de la década de los años noventa. Después de los Acuerdos de Paz en 1992, los cuales permitieron al FMLN establecerse como partido político, muchas mujeres abandonaron el FMLN para crear sus propias asociaciones feministas independientes. Otras, en cambio, optaron por permanecer en el partido y organizarse desde su interior. En ambos casos, las militantes feministas de la postguerra no surgieron de la nada: décadas de lucha generaron a mujeres que desarrollaron sus propias ideas sobre lo que significaba ser libres.

1984. Joven guerrillera en el volcán de Guazapa. Foto de Giovanni Palazzo/Museo de la Palabra y la Imagen
 
1984. Joven guerrillera en el volcán de Guazapa. Foto de Giovanni Palazzo/Museo de la Palabra y la Imagen

Foto de Giovanni Palazzo. Joven guerrillera en un campamento en Guazapa.

 

* Diana Carolina Sierra Becerra está haciendo su postdoctorado en Smith College en Northampton, Massachusetts, EE. UU. Este resumen se basa en una combinación de su disertación doctoral, “Insurgent Butterflies: Gender and Revolution in El Salvador, 1965-2015," que completó en la Universidad de Michigan en agosto del 2017, y el siguiente capítulo: “‘For Our Total Emancipation’: The Making of Revolutionary Feminism in Insurgent El Salvador, 1977-1987,” in Making the Revolution: Histories of the Latin American Left, editado por Kevin A. Young. Cambridge: Cambridge University Press, 2019. Ella le agradece al Museo de la Palabra y la Imagen por su apoyo durante la realización de esta investigación.

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